viernes, 8 de noviembre de 2013

La ventana



Los lugares anclados en la memoria se identificaban gracias al poder de la palabra de los actores que los habitaban, gracias a la fuerza de los hablantes.  -  Marc Auge


Desde que lo arrendé, visitaba el lugar cada día después del trabajo, con ferviente devoción, sin falta. Subía los cuatro pisos del edificio, abría la puerta y encontraba ese silencio y privacidad que tanto buscaba. No había nada, ni una mesa, ni una silla, nada que delatara mi presencia, nada que insinuara siquiera mi nueva condición de inquilino, de amo y señor de mi tranquilidad. Entraba en lo que era la habitación, un ropero empotrado, vacío, con bisagras rechinantes, que me mostraban cuánto tiempo había estado deshabitado.
Ni un solo bombillo en toda la casa. Venía a sentarme en medio de la sala/comedor a oscuras, sin cortinas que ocultarán mi ritual, con la luz de los faros de la calle alumbrando míseramente mi ubicación. Luego entraba al baño, aunque no lo usara, me miraba en ese gran espejo sobre el lavabo, viraba a la cocina, abría las llaves del fregadero, solo por hacerlo. La llave general del agua se mantuvo cerrada hasta la mudanza definitiva. Salía por la puerta con una sonrisa en el rostro, satisfecho, emocionado, feliz. Me persignaba, echaba llave, bajaba los cuatro pisos y me iba, mirando atrás de vez en cuando, para ver el edificio.
Cinco días después de la firma del contrato con la inmobiliaria, recolecté las pocas cosas que tenía, para dejar definitivamente el lugar que me había albergado durante un año, cuando recién llegué a esta ciudad, sin saber nada, sin conocer nada, sin entender nada, aunque habláramos español, sus palabras eran muy diferentes. Fui quitando cosa tras cosa del escritorio, metiendo mi ropa lo mejor que pude para que volviera a caber en las maletas. Esa pequeña habitación había sido testigo de muchas cosas, llantos, amor, incertidumbre y ahora la dejaba. Al estar de pie mirando la cama, el escritorio, aún sentía el lugar impregnado de mi presencia, de mis recuerdos, me despedí de modo muy solemne y cerré la puerta por última vez.
No me sorprendió que las cosas que tenía entraran en un par de maletas y unas cuantas bolsas, a pesar de haber adquirido algo de ropa y libros (sobre todo libros), lo que me llevaba a la casa nueva no llenaba ni la mitad del espacio. Los días anteriores a la mudanza, fueron días extremos, siempre contra el tiempo, caminar, comparar precios, buscar una buena oferta, la mejor calidad y varias cosas que jamás imaginé se necesitaban tomar en cuenta al momento de tener una casa. Lo primero que ocupó el apartamento fue la cama, una espaciosa cama que llenó casi por entera la habitación y que dejaba impregnado en el aire ese olor a objeto nuevo, sin uso, el virginal y deseado olor a producto recién salido del plástico.
El mismo día de la mudanza, María José y yo fuimos a comprar los implementos para “hacer aseo”, así lo llamaba ella, yo me encargaría de organizar las cosas de las maletas, ella del baño. Ese día despertamos a las 7 de la mañana y terminamos de organizar el apartamento a las 7 de la noche. Cansados, cenamos sobre una tela en el piso, con una vajilla que nos había salido un gangazo y las cortinas nuevas que nos habíamos demorado en escoger, hasta que entendimos cuál era el ancho y cuál la altura.
Al día siguiente “mercamos”, colocamos unas cuantas cosas en la alacena, alimentos no perecederos, aún comíamos en el suelo, pero la casa tomaba forma. Había perdido, gracias a Majo, el olor a guardado, y ahora reinaba un olor a pureza y a blanco, casi tanto como todas las cosas blancas que me obligó a comprar, porque el blanco era símbolo de limpieza, y “con una trapera de colores no puedes saber si está sucia o no”, eso me alegó. El horrendo eco que envolvía y enfatizaba quizás todas nuestras conversaciones y ruidos para los vecinos, se fue perdiendo a medida que colocábamos cosas. La cama aún olía a nueva, las sábanas no ayudaban, también mantenían el olor de recién salidas de fábrica. No teníamos televisor, ni teléfono, ni Internet, con lo increíble que puede sonar en estos tiempos vivir en una casa sin estar conectado al mundo.
Las semanas siguientes fuimos adquiriendo más cosas, un pequeño escritorio que Majo y yo compartíamos, ella para corregir exámenes, yo para avanzar mi tesis, ambos conectados a Internet desde un dispositivo móvil que tenía la particularidad de quedarse sin señal los días de lluvia (estábamos en pleno noviembre, el mes de lluvias en Medellín). Conseguimos una nevera, cosa que ella agradeció mucho porque no “solo de pasta vive el hombre, Daniel”, así me dijo.
Peleamos una semana entera con los dos operadores de servicios telefónicos y demás, para que alguno se dignara a aparecer y poder ver Warner channel. Estuvimos encerrados tres días esperando su llegada, “es que yo les quiero pagar el servicio, cómo fuera cuando me tengan que cobrar, allí sí están atrás de uno”, les dijo en una de tantas llamadas, entre groserías e insultos. Yo me escondía en la habitación y me reía, ese carácter explosivo, esos alegatos groseros y subidos de tono. Yo, por ser extranjero, no era nadie, conmigo no querían nada, no podía firmar ni tener nada a mi nombre, pero mejor así, quien mejor que ella para arrear la parsimonia de sus paisanos.
Compramos cubiertos, ollas, comida incluso innecesaria pero que podíamos refrigerar, una buena amiga de ella nos regaló vasos para tomar la sobremesa y así, poco a poco como nos decían todos. Ahora al entrar a ese apartamento la sensación era diferente, era un lugar cálido, sin ecos molestos. Me costaba mucho dejarlo por la mañana para irme al trabajo y durante todo el día solo pensaba en volver. Esperaba con ansias los fines de semana, de levantarme tarde, ir desnudo de la habitación al baño, mear con la puerta abierta, cocinar desnudo, dejar la vajilla en el fregadero para lavarla después, no cerrar la puerta de la habitación.
Todavía recuerdo el día que lo conocimos, Majo lo miro desde la entrada del edificio y en ese momento dijo “este es” y apretó mi mano, y yo sentí que sus palabras eran proféticas, que era como ella decía y ese era, ese era el espacio que haríamos nuestro, esa era la vida nueva que íbamos a comenzar. Caminaba dentro de él tratando de ocultar su emoción, hasta que dijo, “bueno, hablemos de negocios”, ella, mi traductora de la vida paisa, aunque yo tuviera un año acá, seguía siendo vulnerable a algunos acuerdos y negociaciones.
La primera noche que dormimos aquí, lo hicimos sin cortina; la primera lluvia, conversamos hasta quedarnos dormidos; la primera cena se ganó varios likes en Facebook, los primeros desacuerdos, las risas, las persecuciones que terminan en la cama con un ataque de cosquillas, las tareas compartidas, “tú lavas y yo cocino” (no tenemos lavadora y yo no he lavado una sola prenda a mano en mi vida). Este espacio es nuestro, las paredes tienen ahora nuestra historia, nuestros momentos, entrar por la puerta ahora es distinto, quizás sea el aroma a Suavitel que Majo adora en la ropa los días que lava, quizás las luces de los 7 bombillos que colocamos, o el televisor que ya tenemos para los momentos de ocio.

Este lugar está impregnado de mí, de nosotros, tanto que después de un mes de habitarlo, sigo mirando hacia atrás para mirar la ventana, para ubicar las cortinas, para verla de pie detrás del cristal haciéndome adiós con la mano. Y entonces tengo la seguridad, de que no importa cuánto tiempo pase, si nos mudamos o no, que ese apartamento siempre será nuestro, el lugar donde empezamos esta aventura, y en esa ventana siempre se leerá para mí, “nada es difícil si nos tenemos”, eso dijo. Y así fue.
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