sábado, 14 de septiembre de 2013

El vestido



 Para mi cucha por darme la idea.
                                            NV.

 Eran las dos de la mañana y aún sentía el ruido de la espuma formándose entre sus nudillos y el algodón de la bata blanca, que ella y sus manos dejaban blanca en las primeras horas del día, porque nunca lo estaba al llegar al lavado. La odiaba, no me dejaba dormir y necesitaba al menos 6 horas de sueño, para no fallar el examen, para no hacer un mal corte, una mala sutura, un mal diagnóstico. Luego daban las 5 a.m y esas mismas manos, resecas por el uso del detergente, con grietas por el abuso de la fricción, me preparaban el desayuno, recibiendo en agradecimiento mis gruñidos de adormilado y el consecutivo portazo en señal de adiós.
Me avergonzaba de ella y sus modos campesinos, solía corregirla al hablar, de un lado a otro de la habitación mi voz profunda se proyectaba entre la gente, se dice “haya” no “haiga” y ella guardaba silencio, miraba para otro lado y alguna de sus hermanas la salvaba cambiando la conversación, siempre por medio de una broma, así las carcajadas borraban mi afrenta. No soportaba verla contenta, porque reía a carcajadas forzadas, histriónicas, solo para mostrarse como algo que no era y en minutos sentía su voz, su maldita voz calarme por dentro las entrañas.
Cuando llegaba a casa del hospital, parecía olerme o estar esperando mi entrada, porque siempre estaba al pie de la escalera secándose las manos en el mugrero que llamaba delantal pero no era más que un polo viejo de cuando yo iba a la escuela. Me servía la cena, no podía evitar mirar sus manos mientras colocaba los platos sobre la mesa. Estaban secas, ajadas, maltratadas y de solo pensar que la tarde entera había lavado calzoncillos ajenos, vueltos mierda, oliendo a orines y semen, se me quitaban las ganas de comer. Me preguntaba por mi día mientras me cepillaba los dientes, que era el momento en que hacía lista mental del nombre de cada uno de los huesos del cuerpo. De mi boca recibía respuestas escuetas, monosílabos llenos de rabia, salidos por entre los dientes.
Con mi primer sueldo le compré un vestido, uno de esos de escaparate de diseñador, pero cuando la llevaba a los centros comerciales más exclusivos se iba vestida con los trapos de diario, a los que les podías notar el desgaste de la fricción provocado por sus nudillos. Y yo le alegaba delante de la gente, ¿por qué no te pones el vestido que te compré? Lo guardo para una ocasión especial, me decía y bajaba la cabeza, y me tomaba del brazo para continuar caminando, pero yo no quería que me vieran caminando con ella, con esa mujer con pinta de empleada doméstica que nada tenía que hacer del brazo del prestigioso médico en el que me había convertido.
Hoy es una ocasión especial, después de veinte años he regresado a verla, quiero pensar que se alegró al verme, pero su rostro fue indiferente a mi mirada. Lleva puesto al fin el vestido que le compré aquella ocasión que terminamos discutiendo y yo decidí hacer mi especialidad como neurocirujano, muy lejos de ella y sus asquerosas manos. Cómo desearía sentir la calidez de sus manos, pero ella está molesta lo sé y yo avergonzado. Me da vergüenza todo lo que pensé de ella, haber renegado del trabajo honrado como lavandera del barrio para costearme la carrera de medicina. Me arrepiento de haberle corregido sus modos, de haber sentido asco de sus manos, porque es una buena mujer con un amor incondicional y directamente proporcional a la intensidad de mi desprecio.
Le digo todo esto controlando las lágrimas y modulando la voz, al fin sonríe y sus manos intentan llegar temblorosas a mi rostro, le pido que me perdone, le digo que se ve hermosa, que siempre lo ha sido, que la amo, que le agradezco y que me perdone otra vez.
El médico entra a la habitación y me toca el hombro. Me hace una confesión, su madre dijo que usted llegaría y pidió que se le pusiera ese vestido, que era una ocasión especial, que su hijo el doctor vendría a verla. Me acomodé en la silla al lado de la cama, contemplando la blancura de la bata de mi colega, sosteniendo la mano aún tibia de mi madre, mojando su piel con mocos y babas, desesperado, arrepentido, rabioso.
La enfermera cubrió el cuerpo, antes de salir de la habitación me dijo, yo no creo en la vida después de la muerte ¿sabe? Pero su madre estaba tan segura de que usted llegaría, que quizás esté donde esté, lo perdonó.