sábado, 10 de noviembre de 2012

Mañana por la mañana


Mañana por la mañana, me dijo. Estuve con los ojos pegados al techo el resto de la noche, mirandola tenue luz que se filtraba por la cortina desde la calle. Escuchaba su respiración fuerte pero pausada, sentía sus movimientos a mi lado, como rodaba sobre su cuerpo para envolverse en las mantas, para deshacerse de las mantas, para volver a respirar. Yo me mantuve en mi lugar, sin moverme desde que me dijo lo que me dijo, con las manos entrelazadas como haciendo oración, mirando el techo, la luz, sin poder cerrar los ojos.
Levantaba la cabeza por ratos, con cuidado de no perturbarle el sueño con mis movimientos, diez, diez y media, once y media, luego volvía a mi posición de rezo tratando de inventar un método para detener el reloj, el tiempo, para evitar la mañana, negar la mañana, pero era imposible. Si hay algo que aprendí desde que tuve capacidad de razonar a un nivel abstracto, es que el tiempo no se detiene, está en constante movimiento, al igual que la rotación de los planetas, al igual que el ciclo de las estaciones, al igual que nacer es empezar a morir.
Morir, veo de nuevo la hora, doce y media, maldita sea, mañana por la mañana, esas palabras retumbaban en mi cabeza, enloquecían la poca tranquilidad que necesitaba para cerrar los ojos aunque sea unas horas, para quizás soñar la respuesta, para evitar que la mañana llegara, pero no. Me torturé el resto de horas mientras su cuerpo respiraba a mi lado, sintiendo que con cada leve movimiento, para intentar conciliar el sueño, la mañana se apuraba en llegar.
Uno no debe preguntar lo que no quiere saber, uno no debe arriesgar a escuchar lo que ya sabe que escuchará, he sido muy idiota al llevarla al punto donde la llevé, de guiarla en el camino a la respuesta que esperaba me diera pero no quería escuchar. Son la una y media, no logro encontrar la respuesta, no sé cómo evitar “el mañana por la mañana”, ella duerme tranquila a mi lado, quizás lo olvide al despertar, quizás solo respondió para esquivar mi pregunta por unas horas, quizás, tal vez, es probable, posiblemente, veo cada una de esas palabras llenar las paredes blancas en la oscuridad de la habitación, cursiva, script, negrita. Dos y media.
Giré el cuerpo para mirarla, le acaricié el cabello, mis dedos recorrían su sien, toqué su piel, la fui descubriendo de las mantas, acaricié su brazo izquierdo, con lentitud paseé mi mano por su brazo, llegaba al codo y volvía al hombro. Su piel, ese maravilloso viaje de sensaciones, esa suavidad tan suya, tan mía, mañana por la mañana, me dijo, no podía esperar la mañana, la quería hoy, pensé en la paradoja del tiempo, hoy no, mañana sí, siempre es hoy. Destapé el resto de su cuerpo cuando el cambio de temperatura la obligó a buscar mi calor, yo la miraba, miraba el esbozo de su silueta en la oscuridad y acariciaba su brazo.
Quería quedarme así, suspender la vida en ese momento en que su piel con mi piel, era mi tranquilidad, donde el mañana no importaba, donde su respuesta no importara. Logré conciliar el sueño con el canto de los primeros pájaros del día, cuando mañana por la mañana era hoy.