viernes, 21 de septiembre de 2012

Fresco, que esto no es con usted


El hombre esperó con paciencia para subir al bus, se encontraba de pie justo detrás del encargado de chequeo de ruta. Luego de unos segundos se montó, quedándose de pie junto a la registradora, el conductor lo invitó amablemente a sentarse. El hombre se mantuvo sentado casi al lado mío, nervioso, extraño, sin saber dónde colocar la manos, sin saber dónde colocar los ojos, sabiendo a la perfección donde tenía el arma. El arma que sacó minutos después del cinto del pantalón para amenazarnos, para repetirnos que el asunto no era con nosotros, para dirigirse al amable conductor con groserías que obligaban a su voluntad a no dejar de pisar el acelerador y seguir la ruta como si nada. Fresco, que esto no es con usted, fresco que esto no es con usted, esas palabras resonaban en mi mente, golpeaban mi tímpano, ralentizaban el tiempo y apresuraban mis pensamientos, fresco, que esto no es con usted, fresco, que esto no es con usted. Bamboleaba el arma al ritmo de los baches de la calle, bamboleaba el arma al ritmo de sus lerdas y atropelladas peticiones, apuntaba a un hombre de mediana edad que poco antes que él había subido hablando por celular, vestido con modestia, a mi parecer otro usuario asiduo del bus. Fresco, decía, qué calor tan hijueputa, pensaba yo, fresco, decía y yo sentía el sudor recorriéndome la espalda, la sien, las manos y empañando mis lentes oscuros, detrás de los que ocultaba algo de temor, algo de rabia, algo de lamento por no coger el bus anterior, por quedarme mirando las formas de la nubes, fresco, que esto no es con usted.
Esa mañana, como nunca, llevaba en el morral mi pasaporte, mi billetera llena de dinero que acaba de cambiar, mi celular, las llaves de mi maletas, mi mp3, en fin que tenía cosas que no estaba dispuesta a perder, aunque aún no decidía si quería recibir un balazo. Pero era cierto lo que decía el hombre ese ladrón de tranquilidades, esa escoria a la que no tenía ninguna intención de darle mis cosas— había que estar fresco porque el tema no era con ninguno de los pasajeros del bus.  Deme el anillo, deme la cadena, deme el celular, deme el dinero, el modesto pasajero le pidió que le dejara para el pasaje y para mi sorpresa, el ladrón, el hombre que bamboleaba el arma con nerviosismo, le entregó unos pesos y se bajó raudo aún repitiendo su consigna, su mantra, fresco que esto no es con usted.
La tensión y el silencio en el bus se sintieron durante el resto de cuadras faltantes para llegar a la estación del metro, donde casi todos haríamos conexión. Yo estaba tan enojada, admito que mantuve los ojos cerrados e intenté sin mucho éxito pedirle a lo que muchos llaman dios, que me salvara de esa, admito que sentí en algún momento que ese sudor en la sien, me recorría frío, no soy capaz de admitir que le habría dado mis cosas, de haberse dado el caso que me las pidiera y por último admito que esa duda aún me asusta. Por otro lado, dejé de sentir la presión en mi mano izquierda, dejé de sentir ese leve movimiento espasmódico proveniente de sus piernas. Ella fue la segunda en bajarse del bus, nerviosa, temblando, lagrimeando para no llorar, la abracé diciéndole que todo estaba bien, que no había pasado nada. Ella me dio detalles que yo no pude ver por mi negativa a moverme un centímetro, por mi reacia voluntad de apretar los ojos lo suficiente para hacerme invisible. Ella me dio detalles del arma, detalles físicos del ladrón, detalles del asaltado, ella con todo su miedo y nerviosismo le había dado cara al asunto. Allí me di cuenta, ella era cien veces más valiente que yo o más estúpida, me gusta quedarme con la primera, me gusta pensar que mientras yo andaba rabiosa y asustada intentando un ejercicio infantil, ella pensaba en mí, en nosotras, en nuestra integridad, en no perdernos. Mientras yo pensaba en si me haría matar por un par de cosas, ella pensaba en salir ilesas, mientras a mí, aún ahora, no me deja de asaltar la maldita duda de la muerte, ella pensaba en no acabar nuestras vidas. Sé que me ama más que yo a ella, por eso la miro en las noches, a veces, mientras duerme y le prometo en ese silencio de la seguridad de nuestro hogar, que esa duda no está más, que las cosas, cosas son, le digo pasito al oído que la amo, respiro aliviada de tener el resto de la vida para amarla más que ella a mí, sin competir.