jueves, 17 de mayo de 2012

Abstinencia


Cierto día una muchacha entró al bar, tenía el dorso de la mano sobre la barbilla, en ese lugar donde se le formaban unas tímidas gotas de sudor, debido al calor infernal que azotaba a la ciudad hacía un par de meses. La miraba de reojo bebiendo un vaso de whisky, se sentó en la barra a dos bancas de distancia, pidió una copa de vino blanco fría y con una servilleta, que dobló en cuadrado perfecto, hizo una leve presión sobre su frente, mejillas y nariz. Le dio un sorbo a la copa dejando una marca muy tenue de labial, un labial de color carmesí que iluminaba su rostro.
Levanté mi vaso vacío para que el barman regresara a llenarlo, me dio una mirada vacía y fría seguida de un fuerte respiro, se acercó hasta mi puesto en la barra y con la botella en la mano empezó:

 —Son cinco dólares, Joe.
 —Es que acaso mi crédito es malo —pregunté. 
 —Son cinco dólares, Joe.

Empecé a sentir como el calor empezaba a invadir mi cuerpo, como perdía la frialdad que había logrado conseguir mientras me tomaba el whisky con hielo, no la miré pero podía sentir o creía saber que ella estaba mirando la escena. Me habría gustado sacar la billetera (de la cual carezco) del bolsillo del pantalón y pagarle sus malditos cinco dólares, pero no los tenía. Esa mañana había ido a cobrar un cheque por desempleo y me habían negado el dinero por faltarle un sello. Tuve que regresar a la oficina de desempleo para que me dijeran que la persona encargada del sello se encontraba de vacaciones, y tendría que esperar dos semanas para tener el dinero que amargamente me ayudaba a sobrevivir en esa inmunda ciudad. Malditos burócratas, coman mierda, grité, alzando el puño en evidente acto de violencia mientras la seguridad del lugar me sacaba de allí a empujones.

Obstinado en conservar el poco orgullo que tenía frente a la muchacha del bar, recordé que siempre llevaba escondidos diez dólares dentro del zapato izquierdo (que era el único que aún conservaba la suela entera). Me levanté de mi asiento diciéndole al barman que le daría su dinero, que iría a mear y esperaba encontrar a mi regreso el vaso lleno, porque yo tendría el dinero en la mano. No había contado que parte del poco orgullo que quería conservar se vería mellado con el zigzagueo de mí andar camino al meadero, ni con el sonido del cartón que cubría el hueco de la suela del zapato contrario al que llevaba el dinero.

Logré sacar el billete, hice un esfuerzo por quitarle las arrugas, estirándolo sobre mi cuerpo y lo sacudí unos minutos para quitarle la humedad. También lo acerqué a mi nariz, por suerte no estaba impregnado con el olor de mis pies. Me peiné frente al espejo pasándome la mano por los escasos cabellos que conservaba, sintiendo el exceso de grasa capilar entrando a mis uñas, me llevé las manos a la nariz y reconocí con pesar que me había llenado de ese olor a cuerpo viejo, a piel gastada, un olor al fin y al cabo. 

Salí del baño sonriendo con satisfacción, pero la sonrisa me duró poco, la muchacha del bar ya no estaba en su puesto, traté de buscarla entre las mesas sin demostrar mucho interés, no la encontré. El vaso de whisky estaba sentado en mi puesto resguardado por el barman en posición de insolencia a mi lentitud, a mi paso incrédulo y desconcertado al no encontrar a la muchacha en su lugar. Le entregué el dinero o más bien lo sacó de mis manos raudamente y me senté en el barra con los hombros encorvados, la mirada en mi vaso mientras pensaba en cómo hacer para conseguir dinero para la renta, para comer, para comprar mis provisiones diarias de alcohol, cigarrillos y algún otro gusto que esa pensión por desempleo tardía lograba comprar.

Me tomé más de las dos copas que podía pagar, amigos asiduos al lugar, que se encontraban en las mismas condiciones que yo, hombres algo rotos, algo cansados, hechos mierda por algo, por alguien, hombres que como yo esperaban el maldito cheque por desempleo pero que a diferencia mía, tenían el condenado sello del que yo carecía. Recuerdo haber salido del bar cuando las luces de la ciudad eran todo lo que alumbraba, cuando la gente diurna dormía plácidamente en sus camas, en sus casas, con sus hijos y sus esposas. Recuerdo haber salido del bar cuando los monstruos de la noche, los demonios de los rincones oscuros, de las esquinas de la ciudad tomaban las riendas de las horas sin luz, cuando la vi. La muchacha del bar, apareció ante mí, iluminada y lozana, perfecta y esquiva, me acerqué a ella sin saber qué iba a decir. 

— ¿Qué haces? —pregunté tratando de sonar casual.

Ella miraba de frente, no supe a qué o a quién, miraba fijo en dirección distinta de donde había venido mi pregunta, como ignorándome, pero estaba demasiado embriagado, demasiado sintiéndome bien, muy cool para desistir de lo que quería lograr de ella. 

     Son cinco dólares, Joe —me dijo.
     ¿Qué? —estaba desconcertado y preocupado por no perder el poco equilibrio que me mantenía en pie. — ¿cómo dices?
     Eres un perdedor y yo tengo una debilidad por los perdedores, pero de esos especímenes ya tengo demasiados —dijo mientras se perdía en la oscuridad.

Son cinco dólares, Joe, pensé, cinco dólares, metí las manos a los bolsillos y me convencí de entrar de nuevo al bar, donde el barman sabía que no tenía cinco dólares, entrar de nuevo al bar donde no sabían mi nombre, porque ni yo sé quién mierda es Joe.