jueves, 29 de marzo de 2012

El peso de su sombra


A mi madre y su maravillosa capacidad
De llenarlo todo.
                                                                                                                                     
No es nada nuevo para mí lo que voy a contar, probablemente sí sea la primera vez que analizo la situación de esta manera, en lugar de darle vueltas a la idea en mi cabeza. Ya había ocurrido en varias ocasiones antes, pero con seguridad puedo decir que hace seis meses me viene ocurriendo. Una pequeña mirada de más, un simple reojo al espejo con mi imagen en ella, era suficiente para empezar las cavilaciones y llegar a la conclusión que todos manejan. Me parezco a mi madre.

Ahora pensará que no es para tanto, es normal, se llama genética, debería estar contenta de tener pruebas fehacientes de que sí, soy hija innegable de mi señora madre. Sin embargo amable lector, le contaré un poco de historia respecto a ese detalle en mi vida. Yo tendría nueve años la primera vez que recuerdo haber escuchado la sentencia de los labios de alguien que realmente con el pasar de los años no tenía importancia alguna para mí, pero las palabras que salieron de su boca eran demasiado importantes para dejarlas pasar. María chiquita decía, no solo ella claro está, desde esa vez en adelante no pude detener a mi mente de recopilar dicha información, las veces que se dijo, las veces que se dirigió el comentario a mi persona.  Entonces crecí con ella no solo a mi lado (me refiero a mi madre) sino siendo un constante recordatorio de ella para los demás, careciendo de personalidad desde mis años pueriles. Aquello debo reconocer, para que comprenda que no estoy tomando el papel de víctima, se detuvo durante la adolescencia, exacto, esa etapa confusa en la vida de todo niño en el que el cuerpo crece de forma irregular para cualquier lado y en el que casi todos reconocen que no hay una pizca de belleza real hasta que llega el maravilloso verano del desarrollo total y abracadabra el patito feo se hace cisne.

Sin embargo, porque siempre hay un pero, María chiquita continuó perdurando en las conversaciones familiares, conversaciones que me causaban una incomodad tal que solo podía escapar de ellas escondiéndome en el baño (tengo un fetiche particular con los baños del cual no hablaré). Las frases desde luego, como todo durante el tiempo, fueron variando, cómo te pareces a tu madre, eres igualita a tu madre, y el fulminante parecen hermanas. 

Ahora bien, esta mujer que tuvo la delicadeza de querer compartir su cuerpo conmigo durante nueve meses, tiene una hoja vida llena de éxitos que le han costado sangre, sudor y lágrimas y no puedo evitar pensar, sentir, saber que aquél apodito tierno y quizás hasta halagador tiende a generar en mi una presión, la barra está puesta muy arriba para siquiera poder desear sentir que realmente soy María chiquita. Es probable (este texto ya dejó de rozar la sensación de un auto sicoanálisis para hundirse hasta las rodillas en ello) que el problema sea ese, que yo al ver mi reflejo no comprendo cómo pueden decir que me parezco a ella. Le concederé amable lector, si es que ya llegó hasta aquí, que las frases dichas hagan alusión a la parte física, a la apariencia, pero como dije antes, su hoja de vida me pesa.

Pero hoy, hoy amigo, si es que me permite esa confianza, hoy sin querer un espejo se cruzó en mi camino, un espejo cualquiera, ni muy grande ni muy chico y me enfrentó con algo que siempre quise dejar atrás, me hizo reconocer aquello de lo que he tratado de liberarme desde que tengo uso de rebeldía, el reflejo que ese espejo me devolvió fue el rostro de mi madre. Entonces hice una lista mental de otras posibles herencias físicas y de costumbres que tengo con ella, como por ejemplo la manera que coloco la mano en la cintura mientras cocino, la forma de sonreír, el timbre de voz cuando respondo el teléfono e indefectiblemente me dicen Mari, y ¿sabe qué? ya no sentí ese peso, no me concentré en su hoja de vida, no solo porque tengo la mía, que mal que bien reconozco con bastante orgullo me gusta. No sentí peso alguno porque recordé la cantidad de veces (y me faltan manos para contarlas) que mi madre me ha dicho lo orgullosa que está de mi, la alegría en su rostro al compartir mis logros, la tristeza en su mirada al conocer mis penas y lo único que deseé amigo lector  fue con mucha modestia, poder parecerme un poco, solo un poquito más a ella, que el reflejo que ese furtivo espejo me devolvió compaginara de alguna milagrosa manera, con los hilos misteriosos que tiene la vida, con mi vida.

Para concluir, puedo considerar que el parecerme a mi madre, tener el nombre de mi madre en mi nombre sea un peso, un peso enorme, unos zapatos que nunca llenaré, pero también puedo considerarlo una bendición, una maravillosa casualidad forzada, un gran modelo a seguir, una firme vocación de explotar mis talentos (propios o heredados). Querido amigo lector, permíteme la licencia de terminar este relato dirigiéndome a ella, para decirle lo orgullosa que me siento de haber sido alguna vez María chiquita y que no importa cuántas veces los espejos me devuelvan su rostro al mirarme en ellos, puede tener la seguridad, la certeza de que siempre, siempre, siempre me hará falta ver el suyo.