jueves, 23 de febrero de 2012

Silencio


Mariana habla dormida, ella no lo sabe y yo no se lo he dicho. Quiero decir quizás lo sabe, no considero que haya sido la única persona con la que ha compartido hábitos de sueño, pero definitivamente no se lo he dicho. Ahora pensarán que no se lo he dicho porque el contenido es polémico o de algún oscuro interés para mí.
Mariana habla dormida, pero no contesta preguntas, el simple susurro de mi garganta en su verborrea es suficiente para que su rinitis me arrulle el resto de la noche.
Mariana ronca, ella lo sabe pero se hace la cojuda y ese acto de soberana conchudez me causa ternura. Entonces yo no pregunto aunque me muera de curiosidad. Ella dice que me gusta el chisme, yo con tono de indignación repruebo su sentencia y ella se cuelga de mi cuello con una mueca condescendiente.
En fin, Mariana habla dormida, pero no me escucha, ahora la miro dormir y escucho sus casi entendibles frases y sí quiero hacer preguntas o al menos opinar, establecer una conversación. Lo pienso bien mientras intento no distraer el hilo de sus pensamientos audibles, Mariana nunca me escucha.
Mariana habla despierta, de su día en el trabajo, de los zapatos que compró, de la pesada de su madre, del tipo que le tocó el culo en el bus, pero no me escucha.
Y si quien duerme ¿soy yo? Si la realidad está trastocada, si quien habla soy yo, quien pregunta ella, si quien habla es ella y quien escucha soy yo, si ella no me escucha o soy yo quien no habla, si soy incapaz de hablar o ella no lo suficientemente curiosa. La sola idea de perder mi voz, mi voto, mi existencia ante la suya me intranquiliza, por eso la maté, por si quien duerme no soy yo.