sábado, 10 de noviembre de 2012

Mañana por la mañana


Mañana por la mañana, me dijo. Estuve con los ojos pegados al techo el resto de la noche, mirandola tenue luz que se filtraba por la cortina desde la calle. Escuchaba su respiración fuerte pero pausada, sentía sus movimientos a mi lado, como rodaba sobre su cuerpo para envolverse en las mantas, para deshacerse de las mantas, para volver a respirar. Yo me mantuve en mi lugar, sin moverme desde que me dijo lo que me dijo, con las manos entrelazadas como haciendo oración, mirando el techo, la luz, sin poder cerrar los ojos.
Levantaba la cabeza por ratos, con cuidado de no perturbarle el sueño con mis movimientos, diez, diez y media, once y media, luego volvía a mi posición de rezo tratando de inventar un método para detener el reloj, el tiempo, para evitar la mañana, negar la mañana, pero era imposible. Si hay algo que aprendí desde que tuve capacidad de razonar a un nivel abstracto, es que el tiempo no se detiene, está en constante movimiento, al igual que la rotación de los planetas, al igual que el ciclo de las estaciones, al igual que nacer es empezar a morir.
Morir, veo de nuevo la hora, doce y media, maldita sea, mañana por la mañana, esas palabras retumbaban en mi cabeza, enloquecían la poca tranquilidad que necesitaba para cerrar los ojos aunque sea unas horas, para quizás soñar la respuesta, para evitar que la mañana llegara, pero no. Me torturé el resto de horas mientras su cuerpo respiraba a mi lado, sintiendo que con cada leve movimiento, para intentar conciliar el sueño, la mañana se apuraba en llegar.
Uno no debe preguntar lo que no quiere saber, uno no debe arriesgar a escuchar lo que ya sabe que escuchará, he sido muy idiota al llevarla al punto donde la llevé, de guiarla en el camino a la respuesta que esperaba me diera pero no quería escuchar. Son la una y media, no logro encontrar la respuesta, no sé cómo evitar “el mañana por la mañana”, ella duerme tranquila a mi lado, quizás lo olvide al despertar, quizás solo respondió para esquivar mi pregunta por unas horas, quizás, tal vez, es probable, posiblemente, veo cada una de esas palabras llenar las paredes blancas en la oscuridad de la habitación, cursiva, script, negrita. Dos y media.
Giré el cuerpo para mirarla, le acaricié el cabello, mis dedos recorrían su sien, toqué su piel, la fui descubriendo de las mantas, acaricié su brazo izquierdo, con lentitud paseé mi mano por su brazo, llegaba al codo y volvía al hombro. Su piel, ese maravilloso viaje de sensaciones, esa suavidad tan suya, tan mía, mañana por la mañana, me dijo, no podía esperar la mañana, la quería hoy, pensé en la paradoja del tiempo, hoy no, mañana sí, siempre es hoy. Destapé el resto de su cuerpo cuando el cambio de temperatura la obligó a buscar mi calor, yo la miraba, miraba el esbozo de su silueta en la oscuridad y acariciaba su brazo.
Quería quedarme así, suspender la vida en ese momento en que su piel con mi piel, era mi tranquilidad, donde el mañana no importaba, donde su respuesta no importara. Logré conciliar el sueño con el canto de los primeros pájaros del día, cuando mañana por la mañana era hoy.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Fresco, que esto no es con usted


El hombre esperó con paciencia para subir al bus, se encontraba de pie justo detrás del encargado de chequeo de ruta. Luego de unos segundos se montó, quedándose de pie junto a la registradora, el conductor lo invitó amablemente a sentarse. El hombre se mantuvo sentado casi al lado mío, nervioso, extraño, sin saber dónde colocar la manos, sin saber dónde colocar los ojos, sabiendo a la perfección donde tenía el arma. El arma que sacó minutos después del cinto del pantalón para amenazarnos, para repetirnos que el asunto no era con nosotros, para dirigirse al amable conductor con groserías que obligaban a su voluntad a no dejar de pisar el acelerador y seguir la ruta como si nada. Fresco, que esto no es con usted, fresco que esto no es con usted, esas palabras resonaban en mi mente, golpeaban mi tímpano, ralentizaban el tiempo y apresuraban mis pensamientos, fresco, que esto no es con usted, fresco, que esto no es con usted. Bamboleaba el arma al ritmo de los baches de la calle, bamboleaba el arma al ritmo de sus lerdas y atropelladas peticiones, apuntaba a un hombre de mediana edad que poco antes que él había subido hablando por celular, vestido con modestia, a mi parecer otro usuario asiduo del bus. Fresco, decía, qué calor tan hijueputa, pensaba yo, fresco, decía y yo sentía el sudor recorriéndome la espalda, la sien, las manos y empañando mis lentes oscuros, detrás de los que ocultaba algo de temor, algo de rabia, algo de lamento por no coger el bus anterior, por quedarme mirando las formas de la nubes, fresco, que esto no es con usted.
Esa mañana, como nunca, llevaba en el morral mi pasaporte, mi billetera llena de dinero que acaba de cambiar, mi celular, las llaves de mi maletas, mi mp3, en fin que tenía cosas que no estaba dispuesta a perder, aunque aún no decidía si quería recibir un balazo. Pero era cierto lo que decía el hombre ese ladrón de tranquilidades, esa escoria a la que no tenía ninguna intención de darle mis cosas— había que estar fresco porque el tema no era con ninguno de los pasajeros del bus.  Deme el anillo, deme la cadena, deme el celular, deme el dinero, el modesto pasajero le pidió que le dejara para el pasaje y para mi sorpresa, el ladrón, el hombre que bamboleaba el arma con nerviosismo, le entregó unos pesos y se bajó raudo aún repitiendo su consigna, su mantra, fresco que esto no es con usted.
La tensión y el silencio en el bus se sintieron durante el resto de cuadras faltantes para llegar a la estación del metro, donde casi todos haríamos conexión. Yo estaba tan enojada, admito que mantuve los ojos cerrados e intenté sin mucho éxito pedirle a lo que muchos llaman dios, que me salvara de esa, admito que sentí en algún momento que ese sudor en la sien, me recorría frío, no soy capaz de admitir que le habría dado mis cosas, de haberse dado el caso que me las pidiera y por último admito que esa duda aún me asusta. Por otro lado, dejé de sentir la presión en mi mano izquierda, dejé de sentir ese leve movimiento espasmódico proveniente de sus piernas. Ella fue la segunda en bajarse del bus, nerviosa, temblando, lagrimeando para no llorar, la abracé diciéndole que todo estaba bien, que no había pasado nada. Ella me dio detalles que yo no pude ver por mi negativa a moverme un centímetro, por mi reacia voluntad de apretar los ojos lo suficiente para hacerme invisible. Ella me dio detalles del arma, detalles físicos del ladrón, detalles del asaltado, ella con todo su miedo y nerviosismo le había dado cara al asunto. Allí me di cuenta, ella era cien veces más valiente que yo o más estúpida, me gusta quedarme con la primera, me gusta pensar que mientras yo andaba rabiosa y asustada intentando un ejercicio infantil, ella pensaba en mí, en nosotras, en nuestra integridad, en no perdernos. Mientras yo pensaba en si me haría matar por un par de cosas, ella pensaba en salir ilesas, mientras a mí, aún ahora, no me deja de asaltar la maldita duda de la muerte, ella pensaba en no acabar nuestras vidas. Sé que me ama más que yo a ella, por eso la miro en las noches, a veces, mientras duerme y le prometo en ese silencio de la seguridad de nuestro hogar, que esa duda no está más, que las cosas, cosas son, le digo pasito al oído que la amo, respiro aliviada de tener el resto de la vida para amarla más que ella a mí, sin competir.

jueves, 5 de julio de 2012

Un puto ángel guardián


La cabeza me reventaba hacía tres días. Hacía tres días la sentía pesada, con un latido incipiente que anunciaba la migraña. No podía ver luz, no quería ver gente. La gente me molestaba, los repelía, me parecían todos unos tontos, artefactos imbéciles que arruinaban mi espacio. El poco espacio que poseía hacía tres meses empezaba a sofocarme, aquél clima tropical lograba hacer sudar espacios en mi cuerpo, intranspirables hasta ese momento de mi vida. No soportaba fumar y necesitaba un cigarro, no soportaba a la gente y necesitaba un abrazo. El dolor, el maldito dolor, esa resaca absurda que quizás era el anuncio de lo inevitable. Todo era inevitable, inevitable era que me sacarían de la habitación cuando ya no pudiera pagar, tres días faltaban para eso, una punzada en la sien, inevitable era que no había desayunado, almorzado o cenado hacía tres días, una punzada en la sien, ni un solo peso, punzada en la sien, no poder ver la luz, punzada en la sien, que ella viniera a rescatarme de nuevo, mega punzada en la sien.
Me sacaba de los bares, de los baños públicos, de terrenos baldíos, mi puto ángel guardián. Esa noche vino por mí a casa de Dick. Dick estaba cansado, entre borracho y drogado, dormido sobre una baba espesa de color amarillo verdoso. Mag me levantó como pudo del sofá donde me encontraba lamentándome por mi dolor de cabeza. Mag y su pequeña fuerza ejercieron poder sobre la inercia de mi cuerpo abatido.
Mag, ese puto ángel guardián, me sube a su coche, me lleva a su casa, me quita la ropa, me mete a la ducha, me seca el cabello, me pone el pijama, me arropa en la cama. Y en el silencio de esa habitación que acunó momentos más felices, más luminosos, más buenos, más sanos, el débil murmullo de los labios de Mag, su petición ahogada a un dios en el que no cree, ese rezo improvisado, ese grito de auxilio agazapado, es el inicio de un nuevo dolor de cabeza, una nueva punzada en la sien.
No estoy muriendo es cierto, pero quiero morirme, no he comido en casi tres días porque quiero morirme. Van a sacarme de mi habitación porque quiero morirme, me duele la puta sien porque quiero morirme. Quiero morirme hace tres días, sin mucho éxito.
Lamentablemente Mag, amor, mi amor, tu amor no puede salvarme, tu rezo no logrará alcanzarme. Lamentablemente niña hermosa, nadie puede salvarme, solo yo y yo solo necesito un cigarro aunque no soporte fumar.

sábado, 16 de junio de 2012

Mi padre


Una de las cosas que más recuerdo de mi padre es haberme dicho:"en la vida tienes que ser valiente" no comentaré la conversación que antecedió a dicha frase pero es de las que más recuerdo y trato de practicar (algunas veces sin éxito).
Mi padre es un hombre metódico, se levanta a las cinco de la mañana sin necesidad de un despertador, sale directo a su trabajo a las 7 de la mañana, habiéndose metido al estómago dos panes con lo que haya y un café recién pasado- que logró aprender a hacer en la cafetera eléctrica con la presión de la dueña de su corazón- dejando atrás como prueba de su partida el sonido metálico del cerrojo de la puerta.
Mi padre, a veces, olvida llevar su brevete en el bolsillo de la camisa y son contadas, pero son, las ocasiones en que he tenido que ir a auxiliarlo y llevarle el documento a su centro laboral. En esas ocasiones me recibe con el gesto amoroso de un beso en la frente, el beso protector, el beso de la misión cumplida seguido de un amague a la billetera para buscar el dinero para el taxi de regreso.
Nunca me he negado a ello, a pesar de saber que he podido regresar a casa en bus pagando dos soles, de alguna manera, ese gesto amoroso, ese acto de desprendimiento y cuidado me llena de felicidad.

De mi padre aprendí que no se piensa, no es que mi padre esté en contra de cultivar la mente, no, es que siempre tuvo una fijación con verificar. A él no podía empezar diciéndole “creo que…” porque no podía creer, tampoco está en contra de las creencias personales o colectivas, había que estar seguro, tener certeza, cero adivinación, bola de cristal o pajazo mental.
De mi padre aprendí a nunca abrirle la puerta a un extraño, sin importar que me dijeran que le estaban arrancando la cabeza en la esquina. Sus métodos de enseñanza en seguridad pueden no haber sido los más adecuados pero definitivamente efectivos.
De mi padre aprendí lo que es ser un buen hombre, lo que es ser un hombre, y aunque soy mujer, aprecio en el sexo opuesto cualquier cualidad de las que mi viejo posee.
De mi padre aprendí que los hombres sí lloran, cuando aman, cuando aman por tanto tiempo y tanta pasión a la dueña de su corazón. No puedo decir de sus sueños, porque tenemos pruebas de que a papá le gusta soñar que está en la guerra defendiéndose de los facinerosos que lo quieren atacar.
                  
Papá regresa de su jornada laboral, como digo es un hombre metódico, nos saluda a los hijos, luego a su amor, baja a la cocina, coloca los platos, las tazas, el agua a hervir, el pan en la mesa y silba. En mi casa mi leche, mi taza de leche caliente al despertar si era invierno, o fría al acostarme en verano me la daba él y yo solo se la pedía a él, porque la preparaba como me gustaba.
De mi padre aprendí a ser una optimista de profesión, aprendí a gritarle al televisor cuando veo un partido de fútbol, aprendí a tener un corazón enorme, aprendí a rezar para volver a dormir después de un mal sueño y sobre todo, papá, papito, papo, mi papo, sigo tratando de ser valiente en la vida. Te amo.

jueves, 17 de mayo de 2012

Abstinencia


Cierto día una muchacha entró al bar, tenía el dorso de la mano sobre la barbilla, en ese lugar donde se le formaban unas tímidas gotas de sudor, debido al calor infernal que azotaba a la ciudad hacía un par de meses. La miraba de reojo bebiendo un vaso de whisky, se sentó en la barra a dos bancas de distancia, pidió una copa de vino blanco fría y con una servilleta, que dobló en cuadrado perfecto, hizo una leve presión sobre su frente, mejillas y nariz. Le dio un sorbo a la copa dejando una marca muy tenue de labial, un labial de color carmesí que iluminaba su rostro.
Levanté mi vaso vacío para que el barman regresara a llenarlo, me dio una mirada vacía y fría seguida de un fuerte respiro, se acercó hasta mi puesto en la barra y con la botella en la mano empezó:

 —Son cinco dólares, Joe.
 —Es que acaso mi crédito es malo —pregunté. 
 —Son cinco dólares, Joe.

Empecé a sentir como el calor empezaba a invadir mi cuerpo, como perdía la frialdad que había logrado conseguir mientras me tomaba el whisky con hielo, no la miré pero podía sentir o creía saber que ella estaba mirando la escena. Me habría gustado sacar la billetera (de la cual carezco) del bolsillo del pantalón y pagarle sus malditos cinco dólares, pero no los tenía. Esa mañana había ido a cobrar un cheque por desempleo y me habían negado el dinero por faltarle un sello. Tuve que regresar a la oficina de desempleo para que me dijeran que la persona encargada del sello se encontraba de vacaciones, y tendría que esperar dos semanas para tener el dinero que amargamente me ayudaba a sobrevivir en esa inmunda ciudad. Malditos burócratas, coman mierda, grité, alzando el puño en evidente acto de violencia mientras la seguridad del lugar me sacaba de allí a empujones.

Obstinado en conservar el poco orgullo que tenía frente a la muchacha del bar, recordé que siempre llevaba escondidos diez dólares dentro del zapato izquierdo (que era el único que aún conservaba la suela entera). Me levanté de mi asiento diciéndole al barman que le daría su dinero, que iría a mear y esperaba encontrar a mi regreso el vaso lleno, porque yo tendría el dinero en la mano. No había contado que parte del poco orgullo que quería conservar se vería mellado con el zigzagueo de mí andar camino al meadero, ni con el sonido del cartón que cubría el hueco de la suela del zapato contrario al que llevaba el dinero.

Logré sacar el billete, hice un esfuerzo por quitarle las arrugas, estirándolo sobre mi cuerpo y lo sacudí unos minutos para quitarle la humedad. También lo acerqué a mi nariz, por suerte no estaba impregnado con el olor de mis pies. Me peiné frente al espejo pasándome la mano por los escasos cabellos que conservaba, sintiendo el exceso de grasa capilar entrando a mis uñas, me llevé las manos a la nariz y reconocí con pesar que me había llenado de ese olor a cuerpo viejo, a piel gastada, un olor al fin y al cabo. 

Salí del baño sonriendo con satisfacción, pero la sonrisa me duró poco, la muchacha del bar ya no estaba en su puesto, traté de buscarla entre las mesas sin demostrar mucho interés, no la encontré. El vaso de whisky estaba sentado en mi puesto resguardado por el barman en posición de insolencia a mi lentitud, a mi paso incrédulo y desconcertado al no encontrar a la muchacha en su lugar. Le entregué el dinero o más bien lo sacó de mis manos raudamente y me senté en el barra con los hombros encorvados, la mirada en mi vaso mientras pensaba en cómo hacer para conseguir dinero para la renta, para comer, para comprar mis provisiones diarias de alcohol, cigarrillos y algún otro gusto que esa pensión por desempleo tardía lograba comprar.

Me tomé más de las dos copas que podía pagar, amigos asiduos al lugar, que se encontraban en las mismas condiciones que yo, hombres algo rotos, algo cansados, hechos mierda por algo, por alguien, hombres que como yo esperaban el maldito cheque por desempleo pero que a diferencia mía, tenían el condenado sello del que yo carecía. Recuerdo haber salido del bar cuando las luces de la ciudad eran todo lo que alumbraba, cuando la gente diurna dormía plácidamente en sus camas, en sus casas, con sus hijos y sus esposas. Recuerdo haber salido del bar cuando los monstruos de la noche, los demonios de los rincones oscuros, de las esquinas de la ciudad tomaban las riendas de las horas sin luz, cuando la vi. La muchacha del bar, apareció ante mí, iluminada y lozana, perfecta y esquiva, me acerqué a ella sin saber qué iba a decir. 

— ¿Qué haces? —pregunté tratando de sonar casual.

Ella miraba de frente, no supe a qué o a quién, miraba fijo en dirección distinta de donde había venido mi pregunta, como ignorándome, pero estaba demasiado embriagado, demasiado sintiéndome bien, muy cool para desistir de lo que quería lograr de ella. 

     Son cinco dólares, Joe —me dijo.
     ¿Qué? —estaba desconcertado y preocupado por no perder el poco equilibrio que me mantenía en pie. — ¿cómo dices?
     Eres un perdedor y yo tengo una debilidad por los perdedores, pero de esos especímenes ya tengo demasiados —dijo mientras se perdía en la oscuridad.

Son cinco dólares, Joe, pensé, cinco dólares, metí las manos a los bolsillos y me convencí de entrar de nuevo al bar, donde el barman sabía que no tenía cinco dólares, entrar de nuevo al bar donde no sabían mi nombre, porque ni yo sé quién mierda es Joe.

sábado, 7 de abril de 2012

Mi ciudad y tú


"Qué cosa tan jodida" 
                           Pink Tomate

Vamos al centro de Lima, a un bar a ver mujeres bailar dime que me quieres muñeca delante de sus bailes que destilan sexo, que insinúan drogas, que fingen amor dime que me quieres muñeca el cielo está limpio y la noche caliente, es un viernes santo y tú no te sientes santa dime que me quieres muñeca y prometo devorar tu falsa santidad de niña de casa, con la boca, con las manos, con el cuerpo dime que me quieres muñeca la ciudad sabe a tierra y calor, huele a cemento y calentura en viernes santo dime que me quieres muñeca busquemos un bar, bebamos whisky, vodka o cerveza, seamos punks, dime que me quieres muñeca como punk, crucemos las pistas con semáforo en rojo, esquivemos a la muerte, raptémosla y bebamos con ella dime que me quieres muñeca vamos a la playa a tirarnos botellas de arena, vamos a quitarnos la ropa y meternos al mar dime que me quieres muñeca, miremos el cielo y contemos aviones, adivinemos su destino, pídeme que te lleve a pasear en una de esas aves dime que me quieres muñeca. La luna está llena hoy y la gente sale de sus nidos e invade la ciudad como ratas dime que me quieres muñeca, todos lunáticos, yo soy un lunático y tú quieres ser lunática dime que me quieres muñeca, tomemos la carretera 45b y sigamos de frente cuando el camino ladee, dejemos atrás lo terrestre, coloca tu mano sobre mi mano que tiene el timón en ella dime que me quieres muñeca vira raudamente fuera del camino, estrella mi vida en tu vida, nuestras vidas en la nada dime que me quieres muñeca corramos de la mano por la avenida central, gritando a los buses dime que me quieres muñeca saltemos sobre los charcos, bailemos bajo la lluvia, que el calor no abandone tu cuerpo, que la timidez no mate tus ganas dime que me quieres muñeca, azotemos puertas y ventanas, hagamos ladrar a los gatos y maullar a los perros, que beban con nosotros a la orilla del mar, sobre un pájaro de acero dime que me quieres muñeca, que la noche no se acabe antes de acabar con tu cuerpo, es viernes santo dime que me quieres muñeca embriagados con vodka, con cerveza, con ron, en un bar, en un parque o montados en el bus, la noche se termina, la ciudad empieza a guardar silencio dime que me quieres muñeca, que la noche no se termine hasta que termine con tu cuerpo, que la noche no termine cuando te pregunte me quieres muñeca y tú digas que sí, que me quieres a mí, a lo bares, a los perros maullando, a las ventanas azotadas, a las mujeres bailando sin amor, con amor y sin nada, a la luna llena, a los lunáticos, que me quieres punk además, que me quieres como quieres a esta ciudad que huele a cemento y calor, que sabe a tierra y orina, esta ciudad que es nuestra cada viernes en la noche, un viernes santo donde no eres tan santa donde no soy tan santo donde me quieres cuando te lo pregunto dime que me quieres muñeca. Entonces lo dices y yo me siento contento, te digo que te quiero muñeca y pregunto de nuevo si me quieres muñeca, tomas mi mano y nos paramos frente a un bus, las luces nos ciegan, te quiero muñeco me dices aprietas mi mano, me dices que me quieres en una ambulancia, en una ambulancia con ron, con cerveza y botellas de arena, me dices también qué pena que no llueve muñeco y trip trip trip el bus cae de lado, se resbala sobre el pavimento seco y caliente, sin lluvia y me dices que me quieres y que todo bien, que ya estás cansada y debes ir a casa dime que me quieres muñeca. El bus. La ambulancia. Los bares. Las mujeres. La noche. Los lunáticos. Las aves de acero. Tráeme tu amor. Trip trip trip. Te quiero muñeca como se quiere a una ciudad.

jueves, 29 de marzo de 2012

El peso de su sombra


A mi madre y su maravillosa capacidad
De llenarlo todo.
                                                                                                                                     
No es nada nuevo para mí lo que voy a contar, probablemente sí sea la primera vez que analizo la situación de esta manera, en lugar de darle vueltas a la idea en mi cabeza. Ya había ocurrido en varias ocasiones antes, pero con seguridad puedo decir que hace seis meses me viene ocurriendo. Una pequeña mirada de más, un simple reojo al espejo con mi imagen en ella, era suficiente para empezar las cavilaciones y llegar a la conclusión que todos manejan. Me parezco a mi madre.

Ahora pensará que no es para tanto, es normal, se llama genética, debería estar contenta de tener pruebas fehacientes de que sí, soy hija innegable de mi señora madre. Sin embargo amable lector, le contaré un poco de historia respecto a ese detalle en mi vida. Yo tendría nueve años la primera vez que recuerdo haber escuchado la sentencia de los labios de alguien que realmente con el pasar de los años no tenía importancia alguna para mí, pero las palabras que salieron de su boca eran demasiado importantes para dejarlas pasar. María chiquita decía, no solo ella claro está, desde esa vez en adelante no pude detener a mi mente de recopilar dicha información, las veces que se dijo, las veces que se dirigió el comentario a mi persona.  Entonces crecí con ella no solo a mi lado (me refiero a mi madre) sino siendo un constante recordatorio de ella para los demás, careciendo de personalidad desde mis años pueriles. Aquello debo reconocer, para que comprenda que no estoy tomando el papel de víctima, se detuvo durante la adolescencia, exacto, esa etapa confusa en la vida de todo niño en el que el cuerpo crece de forma irregular para cualquier lado y en el que casi todos reconocen que no hay una pizca de belleza real hasta que llega el maravilloso verano del desarrollo total y abracadabra el patito feo se hace cisne.

Sin embargo, porque siempre hay un pero, María chiquita continuó perdurando en las conversaciones familiares, conversaciones que me causaban una incomodad tal que solo podía escapar de ellas escondiéndome en el baño (tengo un fetiche particular con los baños del cual no hablaré). Las frases desde luego, como todo durante el tiempo, fueron variando, cómo te pareces a tu madre, eres igualita a tu madre, y el fulminante parecen hermanas. 

Ahora bien, esta mujer que tuvo la delicadeza de querer compartir su cuerpo conmigo durante nueve meses, tiene una hoja vida llena de éxitos que le han costado sangre, sudor y lágrimas y no puedo evitar pensar, sentir, saber que aquél apodito tierno y quizás hasta halagador tiende a generar en mi una presión, la barra está puesta muy arriba para siquiera poder desear sentir que realmente soy María chiquita. Es probable (este texto ya dejó de rozar la sensación de un auto sicoanálisis para hundirse hasta las rodillas en ello) que el problema sea ese, que yo al ver mi reflejo no comprendo cómo pueden decir que me parezco a ella. Le concederé amable lector, si es que ya llegó hasta aquí, que las frases dichas hagan alusión a la parte física, a la apariencia, pero como dije antes, su hoja de vida me pesa.

Pero hoy, hoy amigo, si es que me permite esa confianza, hoy sin querer un espejo se cruzó en mi camino, un espejo cualquiera, ni muy grande ni muy chico y me enfrentó con algo que siempre quise dejar atrás, me hizo reconocer aquello de lo que he tratado de liberarme desde que tengo uso de rebeldía, el reflejo que ese espejo me devolvió fue el rostro de mi madre. Entonces hice una lista mental de otras posibles herencias físicas y de costumbres que tengo con ella, como por ejemplo la manera que coloco la mano en la cintura mientras cocino, la forma de sonreír, el timbre de voz cuando respondo el teléfono e indefectiblemente me dicen Mari, y ¿sabe qué? ya no sentí ese peso, no me concentré en su hoja de vida, no solo porque tengo la mía, que mal que bien reconozco con bastante orgullo me gusta. No sentí peso alguno porque recordé la cantidad de veces (y me faltan manos para contarlas) que mi madre me ha dicho lo orgullosa que está de mi, la alegría en su rostro al compartir mis logros, la tristeza en su mirada al conocer mis penas y lo único que deseé amigo lector  fue con mucha modestia, poder parecerme un poco, solo un poquito más a ella, que el reflejo que ese furtivo espejo me devolvió compaginara de alguna milagrosa manera, con los hilos misteriosos que tiene la vida, con mi vida.

Para concluir, puedo considerar que el parecerme a mi madre, tener el nombre de mi madre en mi nombre sea un peso, un peso enorme, unos zapatos que nunca llenaré, pero también puedo considerarlo una bendición, una maravillosa casualidad forzada, un gran modelo a seguir, una firme vocación de explotar mis talentos (propios o heredados). Querido amigo lector, permíteme la licencia de terminar este relato dirigiéndome a ella, para decirle lo orgullosa que me siento de haber sido alguna vez María chiquita y que no importa cuántas veces los espejos me devuelvan su rostro al mirarme en ellos, puede tener la seguridad, la certeza de que siempre, siempre, siempre me hará falta ver el suyo.

jueves, 23 de febrero de 2012

Silencio


Mariana habla dormida, ella no lo sabe y yo no se lo he dicho. Quiero decir quizás lo sabe, no considero que haya sido la única persona con la que ha compartido hábitos de sueño, pero definitivamente no se lo he dicho. Ahora pensarán que no se lo he dicho porque el contenido es polémico o de algún oscuro interés para mí.
Mariana habla dormida, pero no contesta preguntas, el simple susurro de mi garganta en su verborrea es suficiente para que su rinitis me arrulle el resto de la noche.
Mariana ronca, ella lo sabe pero se hace la cojuda y ese acto de soberana conchudez me causa ternura. Entonces yo no pregunto aunque me muera de curiosidad. Ella dice que me gusta el chisme, yo con tono de indignación repruebo su sentencia y ella se cuelga de mi cuello con una mueca condescendiente.
En fin, Mariana habla dormida, pero no me escucha, ahora la miro dormir y escucho sus casi entendibles frases y sí quiero hacer preguntas o al menos opinar, establecer una conversación. Lo pienso bien mientras intento no distraer el hilo de sus pensamientos audibles, Mariana nunca me escucha.
Mariana habla despierta, de su día en el trabajo, de los zapatos que compró, de la pesada de su madre, del tipo que le tocó el culo en el bus, pero no me escucha.
Y si quien duerme ¿soy yo? Si la realidad está trastocada, si quien habla soy yo, quien pregunta ella, si quien habla es ella y quien escucha soy yo, si ella no me escucha o soy yo quien no habla, si soy incapaz de hablar o ella no lo suficientemente curiosa. La sola idea de perder mi voz, mi voto, mi existencia ante la suya me intranquiliza, por eso la maté, por si quien duerme no soy yo.