martes, 20 de diciembre de 2011

Crónica para Amador


El domingo a las nueve de la mañana desperté para salir con mi madre y distraerla un poco de la semana tan cargada de estrés que tuvo. Hacia las dos de la tarde me preguntó si la acompañaba, a ella y a mi abuela al hospital, accedí. El sistema de salud pública peruano ha tenido y sigue teniendo problemas cuando se trata de brindar una atención de calidad a los miles de contribuyentes que por años aportan para, Dios no quiera, ser atendidos en caso de enfermedad o accidente.
Llegamos al hospital Alberto Sabogal Sologuren ubicado en la provincia constitucional del Callao, luego de 20 minutos en coche, muy atentas de no sobrepasar el límite de velocidad permitido para evitar las multas que tan bien sabe repartir la administración de dicha provincia.
Para visitar a tu familiar enfermo, necesitas realizar una cola, que ese día tuvimos que hacer junto con mi abuela de casi ochenta años, de pie, bajo el sol, que decidió salir con más fuerza en el momento que nos colocamos desprovistas de sombra. Los encargados de la seguridad del hospital, entregan solo dos pases para visitas. Una señora delante de nosotras nos informa, luego de escuchar las quejas de mi abuela sobre la atención, que las regulaciones sobre el ingreso han cambiado, “porque ha habido muchos problemas”, nos dice. Yo me quedo pensando un poco en eso y es que tiene razón, me imagino que pueden haber sido víctimas de robos y vandalismo, el edificio de hospitalización se encuentra justo al lado del de emergencias, tomando en cuenta que esta provincia tiene el primer lugar en el ranking de robo y el segundo lugar dentro del índice delincuencial de todo el país, es posible explicar el estricto control de parte de los efectivos.
Luego de realizar esa cola, hay que hacer una más, con el pase en mano, para recién a las cuatro de la tarde ingresar para el horario de visitas que se prolonga hasta las seis. La mayoría de las personas que hacen cola junto a mí, son personas de la tercera edad, jubilados, abuelos, personas que cuentan con atención preferencial en bancos, supermercados y en los buses, pero no aquí, aquí todos somos iguales y hacemos cola bajo el sol del incipiente verano que nos espera.
Por fin logramos entrar, las instalaciones son nuevas, el edificio está inmaculado por donde lo mires, hay bastante personal entre enfermeras, auxiliares y seguridad. Recorro con mi abuela los corredores buscando la habitación donde se encuentra su hermano. La habitación es bastante pequeña y alberga a tres personas incluyendo a mi tío. Mi abuela se acerca a saludarlo y luego él posa la mirada sobre mí, yo le sonrío a pesar de que el lugar parece no ser el adecuado para hacerlo y ella le pregunta quién soy. Mi tío, un hombre de ochenta años muy delgado, pronuncia mi nombre con una sonrisa carente de dientes, pero que me parece mucho mejor que todas las sonrisas que he recibido a lo largo de mi vida. Estira el brazo para que me acerque y mientras voy juntando el rostro con el suyo, empieza ya a hacer el sonido característico con los labios, anunciando los tres besos que me da en la mejilla.
Al lado izquierdo de su cama hay otro señor, una de las enfermas me comenta que el anciano tiene cien años. De lo poco que le entiendo al señor, porque habla todo el tiempo que estoy allí, pide por favor que le den agua, a él a diferencia de a mi tío y el otro compañero de cuarto, nadie lo ha ido a visitar. Mi abuela me dice que corra la cortina, justo en el momento en que dicho señor empieza a toser y tratar de expectorar. Cuando termino de correrla, el señor escupe.
Vuelvo con la enfermera una vez más, a preguntarle con algo de indignación pero mucho respeto, porqué no le dan agua al pobre viejo, que al igual que mi tío tiene una fractura de cadera. La enfermera empieza por decirme que tiene colocada una sonda, que por la posición que tiene que mantener, echado, no pueden darle agua para que su condición no se complique con los pulmones, no entiendo nada, pero logra convencerme.
El señor no tiene ningún familiar, ninguno, ni hijos, ni esposa, ni hermanos, ni nada. Es de Huacho, una localidad ubicada en la costa central peruana, fue trasladado a Lima por falta de recursos en el hospital donde se encontraba. Lo que sí tiene son terrenos, chacras y un socio. La enfermera me explica que para poderlo internar, el señor firmó un poder para el socio, otorgándole todos sus bienes. Ya se imaginarán que el socio no ha dado señales de vida desde aquél momento, dejando al pobre anciano solo, acordándose entre sus peticiones de agua, que “solo te interesaba la plata, pues”. La enfermera me sigue contando mirando el pasillo de derecha a izquierda en todo momento con nerviosismo, que la asistenta social que ve el caso del señor ha logrado comunicarse con el socio y que este simplemente ha dicho que “no tiene tiempo de ir a verlo”.
Mi abuela y yo estamos allí, porque si no hay nadie a la hora de las comidas, los pacientes se quedan sin comer. La situación es terrible, mientras ella le lleva a la boca a mi tío una cucharada de cremita de zapallo y el compañero de la derecha recibe una cucharada de mazamorra de parte de su sobrina, el anciano de la izquierda sigue pidiendo agua. Decido retirarme, dando como excusa que otros familiares esperan abajo para entrar a verlo, pero la verdad, quiero salir de allí e irme a mi casa.
El panorama sigue siendo desagradable una vez que salgo de hospitalización, entrego el pase a mi madre y me quedo observando a la gente. Me impresiona la cantidad de ancianos que hay, algunos simplemente están visitando amigos, no familiares, me alegra pensar que hay amistades que pese a los rumbos que cada uno toma, no se acaban. En la puerta de entrada a emergencias la ambulancia se desarma de tanto tocar la bocina para que el pacienzudo amigo marrón (seguridad) le abra la reja a paso de tortuga. ¿Será que con la rutina, la gente llega a perderle el respeto a la vida? ¿Será que su trabajo mal remunerado y abusivo, le quita claridad y significado a la palabra emergencia?
Mi madre es enfermera de profesión, ya no ejerce, pero no me cabe duda porque la he visto trabajando, que ella nunca en todos los años que trabajó al servicio de otros, trato a ninguno de sus pacientes como si no valiera nada. Y lo noto ahora también, en cómo se desvive por darle tranquilidad a su tío, que se encuentra postrado en una cama, luego de haber llevado una vida tan independiente. Lo noto en los pequeños detalles que tiene con él, le ha comprado una almohadita para apoyar sus piernas, crema para evitar las escaras, colonia, peine, pijamas y lo sé son cosas, pero la intención detrás de ellas le quita el carácter materialista que le quieran ver. “Quiero retribuirle” me dice, por todo lo que hizo por ella, por ser su padrino de bodas, por la gran fiesta sorpresa el día de su matrimonio, pero yo veo en sus ojos que es purito amor y eso me alivia, la crudeza de la visita.
Yo solo espero, porque quiero a mi país, porque me gusta mi ciudad, con su olor a mierda, sus combis, su ruido, su gente, que en poco tiempo la calidad de atención en salud pública mejore para todos, que uno no tenga que rogarle a los médicos por una cama para un familiar querido, que no tenga que sobornarse a las enfermeras con panetones (es diciembre) para una atención de calidad a tu pariente cuando no estás presente, pero más que nada, que nadie tenga que quedarse solo en un momento tan vulnerable como es pasar una enfermedad en un servicio de salud pública, pidiendo agua a gritos sin que nadie te responda, como si ya estuvieras muerto.