martes, 20 de septiembre de 2011

La silla del amor

Me invitó a un café saliendo del trabajo, era un viernes en la noche y yo solo quería un buen vaso de ron pero accedí a su propuesta. Tuve que correr hasta llegar al café, la lluvia había detenido a todos en la estación y yo ya llevaba quince minutos de retraso esperando que escampara. La encontré sentada en una esquina del local con un libro de fotografía en las manos. La saludé moviendo la cabeza mientras pedía un café con algo de alcohol para no quedarme con las ganas. Ella empezó a preguntar por mi día a lo que respondí con la misma pregunta y empezó a hablar.
Me distraje unos segundos de lo que decía chequeando mensajes en el celular.  Me tomó de la mano sin violencia pero con rapidez, tiró unos pesos en la mesa y me llevó directo a la lluvia. Subimos al primer taxi que pasó y quedó en silencio todo el camino con una sonrisa de satisfacción en el rostro, jugando a clavar mis uñas en sus dedos.  Llegamos a un motel, yo reí con fuerza mientras bajaba del taxi y ella me empujaba a la puerta del dudoso establecimiento.
En la recepción ella habló, dio varias especificaciones y me dijo que sacara dos de veinte mil. La señora de la recepción nos entregó una llave y nos deseó buena noche.
La habitación estaba caliente, tenía una cama; un televisor montado en la pared, que al encender lleno de gemidos el cuarto; el baño y el espacio donde se encontraba el artefacto que me mostró en las fotos que veía en el café una hora antes.  Sonrió coqueta entregándome un beso leve en los labios para perderse luego en mi cuello y reír despacio en mi oído diciendo, esto es turismo sexual, baby. Me pidió que la desvistiera, fui quitando uno a uno sus botones, encontrando sorpresa ante el placer que me causaba ir observando cómo cada botón suelto me entregaba un poco de su piel, de su cuerpo, de ese cuerpo que tantas veces había visto. Lo que yo sentía por ella, en ese momento, generaba una contradicción con el lugar en el que estábamos. Pero no dejé de sentir amor por aquella niña hermosa que me entregaba la aventura que tantas veces le había mencionado quería tener.
Ahora la veo bailar descalza y en ropa interior, dando vueltitas en la cocina, escuchando a Chopin, mientras me demuestra que la arepa no se le quemará. Yo estoy escribiendo esto, este recuerdo entrañable de cuando fui a encontrarla. Ella se acerca a jugar con mi cabello, a darme esos besos irresistibles para mí en el cuello, en el punto exacto que descubrió por su cuenta, como si contara con un mapa erógeno de mi cuerpo. Comemos en silencio cuando ella rompe a hablar, yo la observo, mastico, bebo, me deleito mirando su boca soltar las frases, luego ella calla y pregunta qué pasa, yo trato de convencerla con lo que sé usar, palabras.
Ella lee en el computador, yo me acomodo en mi sofá, la tarde avanza en el pequeño nido que conseguimos y que llamamos nuestro, la luz se desvanece.  Antes de quedar en las sombras, ella busca mi cuerpo en el sofá, se acurruca en mí, me besa como sabe hacerlo, me pierdo en el aroma de su cabello. Dostoievski se acomoda en su regazo y entonces lo sé. El amor está en esta silla, en este sofá, aquí y ahora, desde que rompí mi tickete de vuelta y me quedé con ella, con nuestro nido y nuestra propia silla del amor.

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