domingo, 14 de agosto de 2011

Luisa V.

Eran algunas mañanas, no todas. Ella despertaba antes que yo porque por alguna razón era necesario empezar el día con energía, yendo a correr, tomar un buen jugo natural, un café bien negro para no dormirse por la tarde e irse a trabajar. Adicionalmente antes de salir me daba una lista de tareas mientras yo fingía dormir entre las sábanas. Me resultaba difícil salir de la cama, a pesar que el calor me impedía seguir durmiendo. Me levantaba, quejándome de mi suerte y allí estaba, pegado en el espejo del baño, un diminuto cuadrado de papel anaranjado, con la escritura al revés.
                Entraba a la ducha feliz y aunque el agua estaba helada me demoraba más de lo debido, cantaba, me enjabonaba bien las partes requeridas, buscaba mi mejor atuendo, mordía una tostada, dejaba la mitad, la mermelada de mora abierta, el cuchillo de untar en el piso, tomaba media taza de café y salía por la puerta.
                A mediodía el aburrimiento había impregnado hasta mi sudor, trabajaba con desgano, me levantaba cada quince minutos al baño, a la cocina a tomar agua, a mirar por la ventana, bajaba al primer piso a fumarme un cigarrillo, ver pasar los carros por la avenida, mirando el reloj de manera intranquila. Regresaba a mi asiento, me concentraba, pasaba las manos por el cabello, controlaba el movimiento espasmódico de mi pierna derecha y trabajaba.
                Un poco antes de la cinco de la tarde, las bocinas de los carros inundaban la oficina del quinto piso donde trabajaba redactando cartas de respuesta a las quejas que se presentaban a una gran compañía de productos alimenticios dentro del rubro de cereales. Muchas eran solo sugerencias que había que tomar en cuenta respondiendo la carta y programando el envío de alguna baratija promocionando la marca; otras eran iracundas cartas de quejas sobre los fosforescentes colores de las golosinas en los cereales para niños y sobre las facultades nocivas del azúcar en el índice de hiperactividad de sus hijos. También un poco antes de las cinco de la tarde, los días que encontraba la nota en el espejo, recibía un escueto mail con una sola palabra. Sentía la sonrisa sórdida formarse en mi rostro y trabajaba feliz hasta las seis de la tarde.
                A las seis y cinco minutos, apagaba mi computadora, me despedía de todos y salía por la puerta. Mientras bajaba las escaleras al primer piso, buscaba un cigarrillo y lo tenía en la mano hasta que salía del edificio y lo podía encender. Llegando al cruce de las avenidas, un mensaje al celular con una dirección. Volvía a sonreír, estiraba el brazo, paraba un taxi, me subía y me colocaba los audífonos.
                La dirección era de un departamento en el octavo piso de un edificio. Subí por el ascensor, me miré en el espejo, me arreglé la ropa y el cabello, el ascensor se detuvo. Caminé por el pasillo buscando el número de apartamento, lo encontré y giré la perilla. Allí estaba ella, llevaba una falda corta, tacones y una blusa que hacía resaltar sus senos, estaba maquillada y peinada, detrás de la barra del mini bar.
— Hola —saludé.
— ¿Tiene reservación con nosotros? —me dijo jugando con su cabello.
—Sí
Se acercó a mí y me pidió que la siguiera hacia la habitación, el movimiento de sus caderas era hipnotizador, abrió la puerta de la habitación y entró dando un discurso acerca de las instalaciones. Describió los servicios del baño, dónde estaban las toallas, el número de canales de la televisión. Cuando llegó a la cama se sentó en ella, explicó las dimensiones que tenía mientras se quitaba los zapatos, la ergonomía del colchón mientras se quitaba la blusa, la suave calidad de las sábanas mientras se quitaba la falda y el placentero descanso del que gozaría mientras daba vueltas en la cama. Me llamó con un dedo y yo acudí a ella con la lentitud con que lo movía, como si se tratara de un hilo imaginario que ella dominaba a su antojo. Cuando llegué hasta su boca me susurró, espero que disfrute su estadía con nosotros, para cualquier consulta mi nombre es Luisa V. y hundió su lengua en mi boca.
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