sábado, 27 de agosto de 2011

Debajo de la mesa


La pequeña Zoe entró al baño, se sentó en la taza y esperó a oír el hilo de orina hacer contacto con el agua. Se relajó, jugaba a mover los pies, que no llegaban al suelo, mientras se desprendía de la presión en los esfínteres. Hizo rodar un poco el rollo de papel higiénico con un suave toque de sus dedos cuando la puerta se abrió. No le dio tiempo a reaccionar, se quedó inmóvil con una de las manos contra las mayólicas del diminuto baño de visitas. Las mayólicas eran celestes al igual que el resto de cosas allí, incluido el corriente papel higiénico marca Suave.
La que entró era Amanda, quien a diferencia de Zoe logró con eficiencia cerrar la puerta del baño. Se quedó parada mirando la escena con una sonrisa juguetona en los labios, cogida de la pared cubierta de mayólicas que estaban frías al contacto con su piel, y jugando con la punta de su pie derecho en una de las grietas del suelo divertida ante la expresión de pudor de Zoe.
La pequeña Zoe había notado a Amanda al llegar a la fiesta. A diferencia de ella, Amanda no era tímida, bailaba y comandaba a los demás niños al jugar. Era hija de una de las amigas de su madre y aunque Zoe prefería quedarse con los adultos, debía retirarse con resignación al ver la expresión en su rostro. Ya reconocía esa expresión, era un rubor leve que podía volverse más carmesí si estaba bebiendo y era producto de un comentario certero, de alguna mal intencionada mujer del grupo, acerca de Zoe que incluía la palabra rara.
Enredó el papel en su pequeña mano sin hacer esfuerzo por ocultar su incomodidad ante la mirada de Amanda, limpiándose de adelante hacia atrás como le decía su madre en las mañanas. Amanda miró a Zoe levantarse los calzones dándole la espalda, peleándose con las pantis blancas que llevaba puestas debajo de la falda. Dejó escapar una risita al ver que la línea del panty le quedó chueca sobre las nalgas. La pequeña Zoe tiró de la cadena y se aseguró de que el agua en la taza quedara libre del color amarillento, luego bajó la tapa y se dirigió al lavadero.
Al terminar de secarse las manos, con nerviosismo trató de llegar a la puerta sin rozar a Amanda, quien la tenía casi bloqueada. Pero Amanda la tomó de la mano y le preguntó ¿adónde vas? Ahora me toca a mí, espera. La pequeña Zoe no la miró, pero supo por el sonido de los zapatitos negros de charol que Amanda llevaba, que se dirigía a sentarse en la taza. Se quedó parada en el preciso espacio que Amanda estaba ocupando cuando la situación era la inversa, mirando con atención la grieta en la cual minutos antes jugaba el pie de Amanda.
La pequeña Zoe notó que a diferencia de ella, Amanda alcanzaba con la punta de los zapatos el suelo y jugaba con su cabello. Además prodigaba un chorro ruidoso, dejando escapar un suspiro de alivio al terminar. Zoe sintió cierto placer en presenciar la escena, ese placer que algunas noches la atacaba en su cama y resultaba en una incontenible fuerza que la obligaba a acariciarse el cuerpo hasta llegar “allí abajo”.
Amanda realizó del mismo modo que Zoe todo lo que vino después de descargar su vejiga. Luego de secarse las manos, sin embargo, se acercó a la pequeña Zoe de una manera que esta última constató inquietante. Amanda le pasó la mano por el cabello, le dijo que era suavecito y se lo acomodó detrás de la oreja. También le tocó las mejillas, le dio un pellizco delicadito en cada una. Amanda la tomó de las manos y se paró enfrente de la pequeña Zoe, quien solo podía sentir que el corazón se le saldría por el pecho. También pensaba que no quería que Amanda notara como se movía su corazón debajo de la blusita que llevaba puesta. La pequeña Zoe aguantó la respiración cuando sintió la mano tibia de Amanda en el lugar exacto donde su corazón levantaba su blusa y la volvió a aguantar cuando Amanda posó sus labios en los de ella, unos labios pequeños, suaves y mojaditos.
La pequeña Zoe salió del baño sintiendo un sudor frío, con la misma sensación que tenía cuando su madre la sorprendía mirando por la cerradura de la puerta a su padre, quien se vestía para ir al trabajo. Caminó entre la gente jugando a ser invisible, esquivando con mucha maestría cada obstáculo que se le presentaba. Antes de salir del baño, Amanda le había dicho al oído para ir a jugar debajo de la mesa. Zoe imaginaba sentir los labios de Amanda otra vez, lamía los suyos encontrando el sabor de los de Amanda y era otra la sensación que la llenaba. Sentía cierto calor tibio en el cuerpo, una sensación parecida a los abrazos de su madre cuando la pequeña Zoe buscaba esconderse en su regazo.
Decidió entonces aventurarse debajo de la mesa por primera vez. Todos los niños de todas las fiestas a las que asistía solían perderse allí cuando los adultos se distraían bebiendo y soltando esas risas estruendosas que Zoe tanto odiaba. Siempre le produjo curiosidad saber lo que allí ocurría y ahora tenía una invitación verbal de Amanda. Cuando pensaba en ello recordaba el calorcito sobre su oído y volvía a pensar en su boca.
Grande fue la decepción de la pequeña Zoe al encontrar a Amanda debajo de esa mesa prodigando besos a todos los niños presentes. Tuvo ganas de llorar, la miró durante unos minutos regalar sus labios de forma divertida. Amanda la miró mientras besaba a Alonso, la pequeña Zoe lo miró con rabia, se fue sintiendo que odiaba a Amanda.
 La pequeña Zoe se dirigió donde su madre a decirle que se sentía mal y que quería irse. La madre la ignoró hasta que Zoe devolvió el equivalente mezclado de una gelatina de frambuesa, innumerables galletas de animalitos y dos vasos de refresco. Su madre llevaba el color carmesí en el rostro cuando salieron de allí.
 Zoe pasó dos días con fiebre y desde ese día en adelante se negó con tanta terquedad, en unas pataletas monumentales, a ir a otra fiesta infantil, que su madre terminó por dejarla tranquila. Además el color carmesí en el rostro de su madre pasó a ser ocasionado por los comentarios acerca de la infidelidad de su padre.
Eso fue todo doctor dijo Zoe ¿cree que ese episodio sea la causa de mi problema?
Ya llegaremos a eso, por lo pronto olvida a esa niña… buscó en sus notas.
—…Amanda, doctor dijo Zoe llevándose la mano al pecho sin intención.
Eh sí le dijo e hizo una anotación en su libreta.

Zoe salió del consultorio, cuando concertaba otra cita sintió ganas de orinar. Miró la puerta del baño abrirse, alguien salía de allí. No pudo evitar recordar a Amanda, se sintió mal de no poder hacer lo que el doctor le pidió. Se molestó con ella misma por no poder aguantar las nauseas al recordar la mesa de esa fiesta infantil. Pero más que nada, se sintió mal de pensar que después de tantos años no había podido superar el temor que sentía a que la puerta del baño se volviera abrir.

domingo, 14 de agosto de 2011

Luisa V.

Eran algunas mañanas, no todas. Ella despertaba antes que yo porque por alguna razón era necesario empezar el día con energía, yendo a correr, tomar un buen jugo natural, un café bien negro para no dormirse por la tarde e irse a trabajar. Adicionalmente antes de salir me daba una lista de tareas mientras yo fingía dormir entre las sábanas. Me resultaba difícil salir de la cama, a pesar que el calor me impedía seguir durmiendo. Me levantaba, quejándome de mi suerte y allí estaba, pegado en el espejo del baño, un diminuto cuadrado de papel anaranjado, con la escritura al revés.
                Entraba a la ducha feliz y aunque el agua estaba helada me demoraba más de lo debido, cantaba, me enjabonaba bien las partes requeridas, buscaba mi mejor atuendo, mordía una tostada, dejaba la mitad, la mermelada de mora abierta, el cuchillo de untar en el piso, tomaba media taza de café y salía por la puerta.
                A mediodía el aburrimiento había impregnado hasta mi sudor, trabajaba con desgano, me levantaba cada quince minutos al baño, a la cocina a tomar agua, a mirar por la ventana, bajaba al primer piso a fumarme un cigarrillo, ver pasar los carros por la avenida, mirando el reloj de manera intranquila. Regresaba a mi asiento, me concentraba, pasaba las manos por el cabello, controlaba el movimiento espasmódico de mi pierna derecha y trabajaba.
                Un poco antes de la cinco de la tarde, las bocinas de los carros inundaban la oficina del quinto piso donde trabajaba redactando cartas de respuesta a las quejas que se presentaban a una gran compañía de productos alimenticios dentro del rubro de cereales. Muchas eran solo sugerencias que había que tomar en cuenta respondiendo la carta y programando el envío de alguna baratija promocionando la marca; otras eran iracundas cartas de quejas sobre los fosforescentes colores de las golosinas en los cereales para niños y sobre las facultades nocivas del azúcar en el índice de hiperactividad de sus hijos. También un poco antes de las cinco de la tarde, los días que encontraba la nota en el espejo, recibía un escueto mail con una sola palabra. Sentía la sonrisa sórdida formarse en mi rostro y trabajaba feliz hasta las seis de la tarde.
                A las seis y cinco minutos, apagaba mi computadora, me despedía de todos y salía por la puerta. Mientras bajaba las escaleras al primer piso, buscaba un cigarrillo y lo tenía en la mano hasta que salía del edificio y lo podía encender. Llegando al cruce de las avenidas, un mensaje al celular con una dirección. Volvía a sonreír, estiraba el brazo, paraba un taxi, me subía y me colocaba los audífonos.
                La dirección era de un departamento en el octavo piso de un edificio. Subí por el ascensor, me miré en el espejo, me arreglé la ropa y el cabello, el ascensor se detuvo. Caminé por el pasillo buscando el número de apartamento, lo encontré y giré la perilla. Allí estaba ella, llevaba una falda corta, tacones y una blusa que hacía resaltar sus senos, estaba maquillada y peinada, detrás de la barra del mini bar.
— Hola —saludé.
— ¿Tiene reservación con nosotros? —me dijo jugando con su cabello.
—Sí
Se acercó a mí y me pidió que la siguiera hacia la habitación, el movimiento de sus caderas era hipnotizador, abrió la puerta de la habitación y entró dando un discurso acerca de las instalaciones. Describió los servicios del baño, dónde estaban las toallas, el número de canales de la televisión. Cuando llegó a la cama se sentó en ella, explicó las dimensiones que tenía mientras se quitaba los zapatos, la ergonomía del colchón mientras se quitaba la blusa, la suave calidad de las sábanas mientras se quitaba la falda y el placentero descanso del que gozaría mientras daba vueltas en la cama. Me llamó con un dedo y yo acudí a ella con la lentitud con que lo movía, como si se tratara de un hilo imaginario que ella dominaba a su antojo. Cuando llegué hasta su boca me susurró, espero que disfrute su estadía con nosotros, para cualquier consulta mi nombre es Luisa V. y hundió su lengua en mi boca.