lunes, 4 de julio de 2011

Nos van a escuchar

Yo me hacia la loca, como si la cosa no fuera conmigo. Pero en el fondo me moría de ganas de besarle el cuello. Sobre la mesa de su escritorio había un calendario amarillento, el sol tenía la particularidad de morir allí mismo al llegar el atardecer. Tenía las piernas cruzadas e inquietas, era un día caluroso y aunque el sudor le corría por el rostro, me mordía los labios y apretaba los puños para desviar mi mente de aquél secreto deseo.

Su voz era embriagante, tenía un acento rico, suave y una entonación que me envolvía, obligándome a agitar levemente la cabeza fingiendo quitarme el cabello de los ojos. Decidí jugar su juego, me miré las manos, ese mismo día había cambiado el color de las uñas, era un rojo bonito que realzaba el tono de mi piel. Adelanté el cuerpo hacia el escritorio apoyándome con el brazo sobre el mismo, me llevé un dedo a la boca y jugué con la uña entre los dientes sin dejar de mirar sus ojos.

Desenredé las piernas y con la mano libre me abrí paso entre ellas alzando un poco mi falda. Me movía lento fingiendo prestarle atención sin quitarle la vista de encima, sobre todo cuando llegué a sentir lo mojada que estaba.  Me acariciaba con dedicación y paciencia, empezaba a sentir subir el color a mis mejillas y el ardor de las cuencas de los ojos, pero no podía cerrarlos, noté más bien el prolongado espacio que había entre cada pestañear, como si estuviera viviendo una ensoñación.

Quería abrir la boca, lanzar un gemido, acariciarme las tetas y hacerle el amor en ese mismo escritorio con los tenues rayos del sol cayendo sobre nuestro acto. En lugar de eso, me aclaraba la garganta, paró su verborrea para ofrecerme un vaso con agua e intentó levantarse de su asiento. Le ordené, con la voz poseída por la excitación, que no se moviera, me entregó una sonrisa linda a la cual respondí con un buen gemido, desesperado por proyectarse en mi cavidad oral. Tiré el cuerpo hacia atrás y me acomodé en la silla, mirándome cómplice y con satisfacción imitó mi postura.

Estaba rígida, caliente, en los oídos solo tenía los latidos de mi corazón acelerándose, algún gemido debió haber superado la intimidad que compartíamos porque de un momento a otro su boca estaba en mi oído, cállate me dijo, me cogió las tetas y en ese momento sentí unas cosquillas deliciosas que me anunciaban el gran final. Estaba ansiosa por venirme, por acabar, gracias a su mirada, su voz, a ese cuello que me había vuelto loca desde que abrió la puerta y me hizo pasar.

Tenía el brazo cansado pero no iba a detenerme, su lengua me recorría del cuello a los pechos y su mano imprimía una delicada firmeza sobre mi boca, nos van a escuchar me decía y yo sentía que con cada una de sus palabras me volvía a mojar, a excitar. Con esfuerzo logré quitar su mano y antes de que la sellara con un beso ansioso lleno de afán alcancé a decirle que iba a acabar. Sentí su aliento sobre mis labios, una exhalación agitada e incoherente, como la mirada que tenía posada en mí.
Levanté las piernas sobre el escritorio, haciendo a un lado aquél amarillento almanaque, con uno de mis tacones, arquee la espalda, levante las caderas y las moví hasta que sentí el último espasmo del orgasmo, cuya manifestación audible fue amordazada por la unión de nuestras lenguas.

Me costó recuperar el aire y la tranquilidad, tenía el corazón latiendo como si hubiera corrido una maratón y no podía controlar el reflejo de la sonrisa en mi rostro. Acomodé cuanto pude mi ropa, me peiné y me maquillé nuevamente, tenía el rojo de los labios corrido. Cuando me sentí segura de haber recuperado la compostura y el dominio de mí, me puse de pie para dirigirme a la puerta.
Se levantó de su asiento y caminó hacia mí para acompañarme, uno de sus pies encontró el calendario, lo recogió y lo puso en el escritorio nuevamente dándome una mirada morbosa, mojándose los labios.

Le deseo suerte en el juicio señora Robles, ha sido placentero trabajar…para usted.

Estrechamos las manos como despedida, antes de salir de la agencia escuché de nuevo su voz llamando a otra clienta que había estado esperando. Voltee el rostro tímidamente y alcancé a ver la puerta de su despacho cerrarse. Volví a sentir el cosquilleo entre las piernas de solo pensar que detrás de esa puerta, en ese despacho, sobre ese escritorio le haría el amor a esa mujer desconocida pensando en mí, mientras yo apretaba con el puño el mes de julio de 1965 que me llevé como souvenir.
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