sábado, 2 de julio de 2011

El engaño

El bofetón que me dio, resonó en los oídos de los demás comensales. Fue automático, ella me atizó el golpe y yo sonreí.
Me acusaba a gritos de haber coqueteado con la mujer que había venido a pedirme fuego, sentía el rostro caliente y las orejas me ardían pero no le quité la mirada de encima mientras intentaba excusar su irracional reacción. Movía las manos sin control, que no salían de mi campo visual, no iba a permitir que me cayera otro golpe.
Sus amigos bebían en silencio y la anfitriona del restaurante estaba parada a su costado intentado interrumpirla.  En lugar de eso solo atinaba a asentir con la cabeza a lo que ella vociferaba a modo de pregunta (todas retóricas, pero la pobre niña parecía enfocada en no darle la contra).
Lancé la servilleta que tenía en las piernas sobre la mesa, había arruinado no solo nuestra cena sino la de los demás asistentes del local. Entre ellos, el idiota que le iba a anunciar a su novia que esto no está funcionando, no eres tú, soy yo, sin sentimiento de culpa alguno porque estaba pagando una millonaria cena y eso lo salvaba del escándalo y del llanto. El tipo debía estar agradeciéndole a Cristo que la escena me la hubiera ganado yo y no él.
Ariana seguía con la cantaleta cuando la anfitriona se armó de valor para decirle que por favor bajara la voz o bien optáramos por llevar nuestros asuntos privados a un lugar más adecuado. Qué pena me dio ver como el rostro de la niña, porque no tendría más de 18 años, se enrojeció y sus ojos se tornaron acuosos, tuve que llevarme la mano a la boca para ocultar la risa. Ariana había salido con una respuesta que incluía el recordatorio innecesario de su madre y toda su estirpe, con parada obligatoria para sembrar la duda acerca de la relación sanguínea con su padre. Ella era así, se le daba con facilidad el insulto, por alguna razón que desconocía era capaz de hacer llorar a cualquiera, sin conocer siquiera el estado de su vida. Tenía un don, todos tenemos cochinaditas bajo la alfombra me solía decir cuando estábamos en la cama luego de hacer el amor, alguna tarde lejana de la situación en la que estábamos ahora.
La mesa ya estaba asignada, yo me había encargado de hacer la llamada con dos semanas de anticipación, quería festejar nuestro aniversario e invité a una pareja de amigos que solíamos frecuentar para festejar juntos. Estuvimos en mi apartamento bebiendo unos tragos antes de partir al restaurante. Ariana estaba divina, llevaba un vestido que realzaba de una manera imponente las gloriosas tetas heredadas del lado materno y unas piernas contorneadas al mejor estilo de mujer fatal. Llevaba una correa sencilla pero elegante que acentuaba su cintura, parecía salida de las revistas y anuncios publicitarios que ella tanto decía odiar.
La mujer de la discordia, la del fuego, estaba en la mesa de al lado, completamente sola, sosegada con un Martini clásico y una cajetilla de cigarrillos con la que jugaba sobre la mesa. Sentí su mirada y busqué sus ojos, le di las buenas noches con un leve movimiento de cabeza mientras ayudaba a Ariana a sentarse. Tamborileaba los dedos sobre la mesa y la espiaba con el rabillo del ojo, sonreía de medio lado y miraba a Ariana con ternura buscando su mano.
La dama en cuestión se puso de pie y se acercó a nuestra mesa. Me pidió amablemente el fuego y yo se lo cedí poniéndome de pie para acercarle la llama. Colocó su mano sobre el envés de la mía y me miró fijo mientras chupaba a aquél pestilente amiguito. Ariana ya estaba de pie, ya había empujado la silla, que se cayó estrepitosamente en el piso, consiguiendo que todos los ojos se posaran sobre nosotros y allí fue que me estampó su delicada mano, que tantas cosas buenas me había hecho antes sobre mi desprevenida mejilla. La mujer salió erguida sin mirar un solo instante a Ariana que desde ya la enviaba de vuelta al lupanar de donde había salido.
Vino el gerente del establecimiento a pedirnos lo mismo que la anfitriona, quien había partido secándose las lágrimas que le habían caído por las mejillas, no a su puesto de trabajo sino al baño para empleados en donde se encerró. Felipe, el ayudante de cocina con el que andaba en amoríos, se quedó con la nariz pegada a la puerta, diciéndole que había sido una coincidencia catastrófica que aquella demente mujer de la mesa 10 supiera de su estado de bastardía. El gerente sorteó el cuerpo de Ariana con una gran habilidad para llegar hasta a mí, que estaba en mi silla tamborileando los dedos sobre la mesa. Se notaba en la facilidad con la que se movió, que muchas otras veces había escapado así de la discusión con la novia. Probablemente en una discoteca, por culpa de la ordinaria que se atrevió a rozarle la bragueta con el culo, aduciendo que estaba oscuro y se confundió. Se acercó a mi oído y colocó la mano derecha en mi hombro, dándome un par de golpes comprensivos. Respiré en tono cansado y me puse de pie haciendo un gesto a los amigos para retirarnos. A Ariana la cogí por la cintura y con una presión suave de mi mano la empujé hacia la salida, seguía diciéndome como deseaba que fuera aquél tipo al que le comía el hígado un águila día tras día. Ariana estaba llevando una clase de mitología griega y debo admitir que aunque tenía mala memoria para los nombres y era eso lo que resultaba confuso de los malos deseos que me conjuraba, estaba aprendiendo.
Salimos del restaurante, caminando en silencio, quietos, ella se dejaba tomar de la mano y sus amigos algo avergonzados de la situación supongo, decidieron tomar el primer taxi que vieron.  No me importaba mucho si Ismael ya no me llamaba para el partido del sábado como habíamos quedado antes de todo el escándalo.
Paramos en una esquina, justo en el punto en que la luz del poste no alumbraba y nos dimos varios besos largos, profundos, suaves y nos reímos hasta despertar las gargantas de los perros del vecindario y de los gatos de los tejados.
Te dije que iba a funcionar, me dijo metiendo sus brazos dentro de mi abrigo para rodearme con ellos. Su plan había sido maravilloso, debo admitir que tuve mis dudas, que quizás su escenita iba a pasar desapercibida, pero lo logró. La volví a besar, esta vez contra una pared de ladrillos vieja, áspera e inmunda, olía a orines por todos lados y a lo lejos se escuchaban a las ratas entre la basura, pero nunca me sentí tan feliz.  Saqué del bolsillo del pantalón un par de billetes arrugados con muchos ceros y le dije que le invitaba el postre.
Feliz Aniversario, amor mío le dije.
Feliz Aniversario, ternura mía.
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