miércoles, 18 de mayo de 2011

Dostoievski siempre entraba maullando

Ella permanecía concentrada y quieta asemejando una pose para ser fotografiada.  Pero era genuina, sus ojos anunciaban todo lo que pasaba por su cabeza y su sonrisa complicaba a veces el mirarla con atención científica. Se concentraba tecleando en el PC, dejando caer sus dedos sobre las teclas sin peso pero produciendo un sonido como un golpe arisco. Dejaba las gafas de lado cuando se le cansaba la vista y sobaba sus ojos con mucha precisión y paciencia para colocar de nuevo aquellos artilugios que le permitían seguir con su agotador trabajo delante de la pantalla.
Su seriedad se veía invadida de cuando en vez por una sonrisa pícara, a la que la seguía el acto compulsivo de morder el cable de los audífonos que usaba para no molestar al silencio que ya reinaba en su habitación, en su apartamento, en su edificio, en su calle, en su municipio, en su capital, en su ciudad, en su país y susurrando como lo hacía no cabe duda que también en el mundo.
Yo estaba a su costado, leía un libro o dos, o hasta tres, pero me distraía su concentración, su seriedad. Si reía no preguntaba, seguía con lo mío y algunas veces no todas, me acariciaba el brazo y me hacía un comentario sobre lo charro que era lo que estaba leyendo o viendo en la web.
Luego yo me acomodaba para dormir, dejaba los libros a un lado sobre el piso junto a lo que ella llamaba desorden y yo llamaba convivencia. Le daba la espalda evitando la luz de la pantalla y escuchaba el tecleo iracundo de sus dedos que no era más que un eco de la suavidad con que caían sus manos sobre la máquina. Entonces cerraba los ojos con una sonrisa.
Tenía, por acuerdo verbal previo, derecho al lado izquierdo de la cama y allí me quedaba durmiendo hasta que sus manos tocaban mi espalda en obvio llamado de atención, de petición y mi cuerpo giraba hacia ella, que se acomodaba junto a mí, haciendo diminutos ruidos de engreimiento mientras jugaba a encontrar mis pies debajo de las mantas. Yo me quedaba inmóvil dejando que se encaramara en mí, feliz. Luego me daba un beso suave, como si sus labios pasaran de casualidad junto a los míos y me daba las buenas noches.
Por la mañana cada quien había sucumbido a la costumbre del sueño y despertábamos cada quien por su lado en la posición predilecta. Yo me aventuraba por su espalda, la besaba, le daba mordiscos suaves y ella despertaba haciendo ruidos de satisfacción. Entonces los pijamas estorbaban y desordenaban más el desorden con el convivíamos y hacíamos el amor en esa habitación sin puerta…porque no la necesitábamos.
Publicar un comentario