martes, 20 de diciembre de 2011

Crónica para Amador


El domingo a las nueve de la mañana desperté para salir con mi madre y distraerla un poco de la semana tan cargada de estrés que tuvo. Hacia las dos de la tarde me preguntó si la acompañaba, a ella y a mi abuela al hospital, accedí. El sistema de salud pública peruano ha tenido y sigue teniendo problemas cuando se trata de brindar una atención de calidad a los miles de contribuyentes que por años aportan para, Dios no quiera, ser atendidos en caso de enfermedad o accidente.
Llegamos al hospital Alberto Sabogal Sologuren ubicado en la provincia constitucional del Callao, luego de 20 minutos en coche, muy atentas de no sobrepasar el límite de velocidad permitido para evitar las multas que tan bien sabe repartir la administración de dicha provincia.
Para visitar a tu familiar enfermo, necesitas realizar una cola, que ese día tuvimos que hacer junto con mi abuela de casi ochenta años, de pie, bajo el sol, que decidió salir con más fuerza en el momento que nos colocamos desprovistas de sombra. Los encargados de la seguridad del hospital, entregan solo dos pases para visitas. Una señora delante de nosotras nos informa, luego de escuchar las quejas de mi abuela sobre la atención, que las regulaciones sobre el ingreso han cambiado, “porque ha habido muchos problemas”, nos dice. Yo me quedo pensando un poco en eso y es que tiene razón, me imagino que pueden haber sido víctimas de robos y vandalismo, el edificio de hospitalización se encuentra justo al lado del de emergencias, tomando en cuenta que esta provincia tiene el primer lugar en el ranking de robo y el segundo lugar dentro del índice delincuencial de todo el país, es posible explicar el estricto control de parte de los efectivos.
Luego de realizar esa cola, hay que hacer una más, con el pase en mano, para recién a las cuatro de la tarde ingresar para el horario de visitas que se prolonga hasta las seis. La mayoría de las personas que hacen cola junto a mí, son personas de la tercera edad, jubilados, abuelos, personas que cuentan con atención preferencial en bancos, supermercados y en los buses, pero no aquí, aquí todos somos iguales y hacemos cola bajo el sol del incipiente verano que nos espera.
Por fin logramos entrar, las instalaciones son nuevas, el edificio está inmaculado por donde lo mires, hay bastante personal entre enfermeras, auxiliares y seguridad. Recorro con mi abuela los corredores buscando la habitación donde se encuentra su hermano. La habitación es bastante pequeña y alberga a tres personas incluyendo a mi tío. Mi abuela se acerca a saludarlo y luego él posa la mirada sobre mí, yo le sonrío a pesar de que el lugar parece no ser el adecuado para hacerlo y ella le pregunta quién soy. Mi tío, un hombre de ochenta años muy delgado, pronuncia mi nombre con una sonrisa carente de dientes, pero que me parece mucho mejor que todas las sonrisas que he recibido a lo largo de mi vida. Estira el brazo para que me acerque y mientras voy juntando el rostro con el suyo, empieza ya a hacer el sonido característico con los labios, anunciando los tres besos que me da en la mejilla.
Al lado izquierdo de su cama hay otro señor, una de las enfermas me comenta que el anciano tiene cien años. De lo poco que le entiendo al señor, porque habla todo el tiempo que estoy allí, pide por favor que le den agua, a él a diferencia de a mi tío y el otro compañero de cuarto, nadie lo ha ido a visitar. Mi abuela me dice que corra la cortina, justo en el momento en que dicho señor empieza a toser y tratar de expectorar. Cuando termino de correrla, el señor escupe.
Vuelvo con la enfermera una vez más, a preguntarle con algo de indignación pero mucho respeto, porqué no le dan agua al pobre viejo, que al igual que mi tío tiene una fractura de cadera. La enfermera empieza por decirme que tiene colocada una sonda, que por la posición que tiene que mantener, echado, no pueden darle agua para que su condición no se complique con los pulmones, no entiendo nada, pero logra convencerme.
El señor no tiene ningún familiar, ninguno, ni hijos, ni esposa, ni hermanos, ni nada. Es de Huacho, una localidad ubicada en la costa central peruana, fue trasladado a Lima por falta de recursos en el hospital donde se encontraba. Lo que sí tiene son terrenos, chacras y un socio. La enfermera me explica que para poderlo internar, el señor firmó un poder para el socio, otorgándole todos sus bienes. Ya se imaginarán que el socio no ha dado señales de vida desde aquél momento, dejando al pobre anciano solo, acordándose entre sus peticiones de agua, que “solo te interesaba la plata, pues”. La enfermera me sigue contando mirando el pasillo de derecha a izquierda en todo momento con nerviosismo, que la asistenta social que ve el caso del señor ha logrado comunicarse con el socio y que este simplemente ha dicho que “no tiene tiempo de ir a verlo”.
Mi abuela y yo estamos allí, porque si no hay nadie a la hora de las comidas, los pacientes se quedan sin comer. La situación es terrible, mientras ella le lleva a la boca a mi tío una cucharada de cremita de zapallo y el compañero de la derecha recibe una cucharada de mazamorra de parte de su sobrina, el anciano de la izquierda sigue pidiendo agua. Decido retirarme, dando como excusa que otros familiares esperan abajo para entrar a verlo, pero la verdad, quiero salir de allí e irme a mi casa.
El panorama sigue siendo desagradable una vez que salgo de hospitalización, entrego el pase a mi madre y me quedo observando a la gente. Me impresiona la cantidad de ancianos que hay, algunos simplemente están visitando amigos, no familiares, me alegra pensar que hay amistades que pese a los rumbos que cada uno toma, no se acaban. En la puerta de entrada a emergencias la ambulancia se desarma de tanto tocar la bocina para que el pacienzudo amigo marrón (seguridad) le abra la reja a paso de tortuga. ¿Será que con la rutina, la gente llega a perderle el respeto a la vida? ¿Será que su trabajo mal remunerado y abusivo, le quita claridad y significado a la palabra emergencia?
Mi madre es enfermera de profesión, ya no ejerce, pero no me cabe duda porque la he visto trabajando, que ella nunca en todos los años que trabajó al servicio de otros, trato a ninguno de sus pacientes como si no valiera nada. Y lo noto ahora también, en cómo se desvive por darle tranquilidad a su tío, que se encuentra postrado en una cama, luego de haber llevado una vida tan independiente. Lo noto en los pequeños detalles que tiene con él, le ha comprado una almohadita para apoyar sus piernas, crema para evitar las escaras, colonia, peine, pijamas y lo sé son cosas, pero la intención detrás de ellas le quita el carácter materialista que le quieran ver. “Quiero retribuirle” me dice, por todo lo que hizo por ella, por ser su padrino de bodas, por la gran fiesta sorpresa el día de su matrimonio, pero yo veo en sus ojos que es purito amor y eso me alivia, la crudeza de la visita.
Yo solo espero, porque quiero a mi país, porque me gusta mi ciudad, con su olor a mierda, sus combis, su ruido, su gente, que en poco tiempo la calidad de atención en salud pública mejore para todos, que uno no tenga que rogarle a los médicos por una cama para un familiar querido, que no tenga que sobornarse a las enfermeras con panetones (es diciembre) para una atención de calidad a tu pariente cuando no estás presente, pero más que nada, que nadie tenga que quedarse solo en un momento tan vulnerable como es pasar una enfermedad en un servicio de salud pública, pidiendo agua a gritos sin que nadie te responda, como si ya estuvieras muerto.

martes, 20 de septiembre de 2011

La silla del amor

Me invitó a un café saliendo del trabajo, era un viernes en la noche y yo solo quería un buen vaso de ron pero accedí a su propuesta. Tuve que correr hasta llegar al café, la lluvia había detenido a todos en la estación y yo ya llevaba quince minutos de retraso esperando que escampara. La encontré sentada en una esquina del local con un libro de fotografía en las manos. La saludé moviendo la cabeza mientras pedía un café con algo de alcohol para no quedarme con las ganas. Ella empezó a preguntar por mi día a lo que respondí con la misma pregunta y empezó a hablar.
Me distraje unos segundos de lo que decía chequeando mensajes en el celular.  Me tomó de la mano sin violencia pero con rapidez, tiró unos pesos en la mesa y me llevó directo a la lluvia. Subimos al primer taxi que pasó y quedó en silencio todo el camino con una sonrisa de satisfacción en el rostro, jugando a clavar mis uñas en sus dedos.  Llegamos a un motel, yo reí con fuerza mientras bajaba del taxi y ella me empujaba a la puerta del dudoso establecimiento.
En la recepción ella habló, dio varias especificaciones y me dijo que sacara dos de veinte mil. La señora de la recepción nos entregó una llave y nos deseó buena noche.
La habitación estaba caliente, tenía una cama; un televisor montado en la pared, que al encender lleno de gemidos el cuarto; el baño y el espacio donde se encontraba el artefacto que me mostró en las fotos que veía en el café una hora antes.  Sonrió coqueta entregándome un beso leve en los labios para perderse luego en mi cuello y reír despacio en mi oído diciendo, esto es turismo sexual, baby. Me pidió que la desvistiera, fui quitando uno a uno sus botones, encontrando sorpresa ante el placer que me causaba ir observando cómo cada botón suelto me entregaba un poco de su piel, de su cuerpo, de ese cuerpo que tantas veces había visto. Lo que yo sentía por ella, en ese momento, generaba una contradicción con el lugar en el que estábamos. Pero no dejé de sentir amor por aquella niña hermosa que me entregaba la aventura que tantas veces le había mencionado quería tener.
Ahora la veo bailar descalza y en ropa interior, dando vueltitas en la cocina, escuchando a Chopin, mientras me demuestra que la arepa no se le quemará. Yo estoy escribiendo esto, este recuerdo entrañable de cuando fui a encontrarla. Ella se acerca a jugar con mi cabello, a darme esos besos irresistibles para mí en el cuello, en el punto exacto que descubrió por su cuenta, como si contara con un mapa erógeno de mi cuerpo. Comemos en silencio cuando ella rompe a hablar, yo la observo, mastico, bebo, me deleito mirando su boca soltar las frases, luego ella calla y pregunta qué pasa, yo trato de convencerla con lo que sé usar, palabras.
Ella lee en el computador, yo me acomodo en mi sofá, la tarde avanza en el pequeño nido que conseguimos y que llamamos nuestro, la luz se desvanece.  Antes de quedar en las sombras, ella busca mi cuerpo en el sofá, se acurruca en mí, me besa como sabe hacerlo, me pierdo en el aroma de su cabello. Dostoievski se acomoda en su regazo y entonces lo sé. El amor está en esta silla, en este sofá, aquí y ahora, desde que rompí mi tickete de vuelta y me quedé con ella, con nuestro nido y nuestra propia silla del amor.

sábado, 27 de agosto de 2011

Debajo de la mesa


La pequeña Zoe entró al baño, se sentó en la taza y esperó a oír el hilo de orina hacer contacto con el agua. Se relajó, jugaba a mover los pies, que no llegaban al suelo, mientras se desprendía de la presión en los esfínteres. Hizo rodar un poco el rollo de papel higiénico con un suave toque de sus dedos cuando la puerta se abrió. No le dio tiempo a reaccionar, se quedó inmóvil con una de las manos contra las mayólicas del diminuto baño de visitas. Las mayólicas eran celestes al igual que el resto de cosas allí, incluido el corriente papel higiénico marca Suave.
La que entró era Amanda, quien a diferencia de Zoe logró con eficiencia cerrar la puerta del baño. Se quedó parada mirando la escena con una sonrisa juguetona en los labios, cogida de la pared cubierta de mayólicas que estaban frías al contacto con su piel, y jugando con la punta de su pie derecho en una de las grietas del suelo divertida ante la expresión de pudor de Zoe.
La pequeña Zoe había notado a Amanda al llegar a la fiesta. A diferencia de ella, Amanda no era tímida, bailaba y comandaba a los demás niños al jugar. Era hija de una de las amigas de su madre y aunque Zoe prefería quedarse con los adultos, debía retirarse con resignación al ver la expresión en su rostro. Ya reconocía esa expresión, era un rubor leve que podía volverse más carmesí si estaba bebiendo y era producto de un comentario certero, de alguna mal intencionada mujer del grupo, acerca de Zoe que incluía la palabra rara.
Enredó el papel en su pequeña mano sin hacer esfuerzo por ocultar su incomodidad ante la mirada de Amanda, limpiándose de adelante hacia atrás como le decía su madre en las mañanas. Amanda miró a Zoe levantarse los calzones dándole la espalda, peleándose con las pantis blancas que llevaba puestas debajo de la falda. Dejó escapar una risita al ver que la línea del panty le quedó chueca sobre las nalgas. La pequeña Zoe tiró de la cadena y se aseguró de que el agua en la taza quedara libre del color amarillento, luego bajó la tapa y se dirigió al lavadero.
Al terminar de secarse las manos, con nerviosismo trató de llegar a la puerta sin rozar a Amanda, quien la tenía casi bloqueada. Pero Amanda la tomó de la mano y le preguntó ¿adónde vas? Ahora me toca a mí, espera. La pequeña Zoe no la miró, pero supo por el sonido de los zapatitos negros de charol que Amanda llevaba, que se dirigía a sentarse en la taza. Se quedó parada en el preciso espacio que Amanda estaba ocupando cuando la situación era la inversa, mirando con atención la grieta en la cual minutos antes jugaba el pie de Amanda.
La pequeña Zoe notó que a diferencia de ella, Amanda alcanzaba con la punta de los zapatos el suelo y jugaba con su cabello. Además prodigaba un chorro ruidoso, dejando escapar un suspiro de alivio al terminar. Zoe sintió cierto placer en presenciar la escena, ese placer que algunas noches la atacaba en su cama y resultaba en una incontenible fuerza que la obligaba a acariciarse el cuerpo hasta llegar “allí abajo”.
Amanda realizó del mismo modo que Zoe todo lo que vino después de descargar su vejiga. Luego de secarse las manos, sin embargo, se acercó a la pequeña Zoe de una manera que esta última constató inquietante. Amanda le pasó la mano por el cabello, le dijo que era suavecito y se lo acomodó detrás de la oreja. También le tocó las mejillas, le dio un pellizco delicadito en cada una. Amanda la tomó de las manos y se paró enfrente de la pequeña Zoe, quien solo podía sentir que el corazón se le saldría por el pecho. También pensaba que no quería que Amanda notara como se movía su corazón debajo de la blusita que llevaba puesta. La pequeña Zoe aguantó la respiración cuando sintió la mano tibia de Amanda en el lugar exacto donde su corazón levantaba su blusa y la volvió a aguantar cuando Amanda posó sus labios en los de ella, unos labios pequeños, suaves y mojaditos.
La pequeña Zoe salió del baño sintiendo un sudor frío, con la misma sensación que tenía cuando su madre la sorprendía mirando por la cerradura de la puerta a su padre, quien se vestía para ir al trabajo. Caminó entre la gente jugando a ser invisible, esquivando con mucha maestría cada obstáculo que se le presentaba. Antes de salir del baño, Amanda le había dicho al oído para ir a jugar debajo de la mesa. Zoe imaginaba sentir los labios de Amanda otra vez, lamía los suyos encontrando el sabor de los de Amanda y era otra la sensación que la llenaba. Sentía cierto calor tibio en el cuerpo, una sensación parecida a los abrazos de su madre cuando la pequeña Zoe buscaba esconderse en su regazo.
Decidió entonces aventurarse debajo de la mesa por primera vez. Todos los niños de todas las fiestas a las que asistía solían perderse allí cuando los adultos se distraían bebiendo y soltando esas risas estruendosas que Zoe tanto odiaba. Siempre le produjo curiosidad saber lo que allí ocurría y ahora tenía una invitación verbal de Amanda. Cuando pensaba en ello recordaba el calorcito sobre su oído y volvía a pensar en su boca.
Grande fue la decepción de la pequeña Zoe al encontrar a Amanda debajo de esa mesa prodigando besos a todos los niños presentes. Tuvo ganas de llorar, la miró durante unos minutos regalar sus labios de forma divertida. Amanda la miró mientras besaba a Alonso, la pequeña Zoe lo miró con rabia, se fue sintiendo que odiaba a Amanda.
 La pequeña Zoe se dirigió donde su madre a decirle que se sentía mal y que quería irse. La madre la ignoró hasta que Zoe devolvió el equivalente mezclado de una gelatina de frambuesa, innumerables galletas de animalitos y dos vasos de refresco. Su madre llevaba el color carmesí en el rostro cuando salieron de allí.
 Zoe pasó dos días con fiebre y desde ese día en adelante se negó con tanta terquedad, en unas pataletas monumentales, a ir a otra fiesta infantil, que su madre terminó por dejarla tranquila. Además el color carmesí en el rostro de su madre pasó a ser ocasionado por los comentarios acerca de la infidelidad de su padre.
Eso fue todo doctor dijo Zoe ¿cree que ese episodio sea la causa de mi problema?
Ya llegaremos a eso, por lo pronto olvida a esa niña… buscó en sus notas.
—…Amanda, doctor dijo Zoe llevándose la mano al pecho sin intención.
Eh sí le dijo e hizo una anotación en su libreta.

Zoe salió del consultorio, cuando concertaba otra cita sintió ganas de orinar. Miró la puerta del baño abrirse, alguien salía de allí. No pudo evitar recordar a Amanda, se sintió mal de no poder hacer lo que el doctor le pidió. Se molestó con ella misma por no poder aguantar las nauseas al recordar la mesa de esa fiesta infantil. Pero más que nada, se sintió mal de pensar que después de tantos años no había podido superar el temor que sentía a que la puerta del baño se volviera abrir.

domingo, 14 de agosto de 2011

Luisa V.

Eran algunas mañanas, no todas. Ella despertaba antes que yo porque por alguna razón era necesario empezar el día con energía, yendo a correr, tomar un buen jugo natural, un café bien negro para no dormirse por la tarde e irse a trabajar. Adicionalmente antes de salir me daba una lista de tareas mientras yo fingía dormir entre las sábanas. Me resultaba difícil salir de la cama, a pesar que el calor me impedía seguir durmiendo. Me levantaba, quejándome de mi suerte y allí estaba, pegado en el espejo del baño, un diminuto cuadrado de papel anaranjado, con la escritura al revés.
                Entraba a la ducha feliz y aunque el agua estaba helada me demoraba más de lo debido, cantaba, me enjabonaba bien las partes requeridas, buscaba mi mejor atuendo, mordía una tostada, dejaba la mitad, la mermelada de mora abierta, el cuchillo de untar en el piso, tomaba media taza de café y salía por la puerta.
                A mediodía el aburrimiento había impregnado hasta mi sudor, trabajaba con desgano, me levantaba cada quince minutos al baño, a la cocina a tomar agua, a mirar por la ventana, bajaba al primer piso a fumarme un cigarrillo, ver pasar los carros por la avenida, mirando el reloj de manera intranquila. Regresaba a mi asiento, me concentraba, pasaba las manos por el cabello, controlaba el movimiento espasmódico de mi pierna derecha y trabajaba.
                Un poco antes de la cinco de la tarde, las bocinas de los carros inundaban la oficina del quinto piso donde trabajaba redactando cartas de respuesta a las quejas que se presentaban a una gran compañía de productos alimenticios dentro del rubro de cereales. Muchas eran solo sugerencias que había que tomar en cuenta respondiendo la carta y programando el envío de alguna baratija promocionando la marca; otras eran iracundas cartas de quejas sobre los fosforescentes colores de las golosinas en los cereales para niños y sobre las facultades nocivas del azúcar en el índice de hiperactividad de sus hijos. También un poco antes de las cinco de la tarde, los días que encontraba la nota en el espejo, recibía un escueto mail con una sola palabra. Sentía la sonrisa sórdida formarse en mi rostro y trabajaba feliz hasta las seis de la tarde.
                A las seis y cinco minutos, apagaba mi computadora, me despedía de todos y salía por la puerta. Mientras bajaba las escaleras al primer piso, buscaba un cigarrillo y lo tenía en la mano hasta que salía del edificio y lo podía encender. Llegando al cruce de las avenidas, un mensaje al celular con una dirección. Volvía a sonreír, estiraba el brazo, paraba un taxi, me subía y me colocaba los audífonos.
                La dirección era de un departamento en el octavo piso de un edificio. Subí por el ascensor, me miré en el espejo, me arreglé la ropa y el cabello, el ascensor se detuvo. Caminé por el pasillo buscando el número de apartamento, lo encontré y giré la perilla. Allí estaba ella, llevaba una falda corta, tacones y una blusa que hacía resaltar sus senos, estaba maquillada y peinada, detrás de la barra del mini bar.
— Hola —saludé.
— ¿Tiene reservación con nosotros? —me dijo jugando con su cabello.
—Sí
Se acercó a mí y me pidió que la siguiera hacia la habitación, el movimiento de sus caderas era hipnotizador, abrió la puerta de la habitación y entró dando un discurso acerca de las instalaciones. Describió los servicios del baño, dónde estaban las toallas, el número de canales de la televisión. Cuando llegó a la cama se sentó en ella, explicó las dimensiones que tenía mientras se quitaba los zapatos, la ergonomía del colchón mientras se quitaba la blusa, la suave calidad de las sábanas mientras se quitaba la falda y el placentero descanso del que gozaría mientras daba vueltas en la cama. Me llamó con un dedo y yo acudí a ella con la lentitud con que lo movía, como si se tratara de un hilo imaginario que ella dominaba a su antojo. Cuando llegué hasta su boca me susurró, espero que disfrute su estadía con nosotros, para cualquier consulta mi nombre es Luisa V. y hundió su lengua en mi boca.

lunes, 4 de julio de 2011

Nos van a escuchar

Yo me hacia la loca, como si la cosa no fuera conmigo. Pero en el fondo me moría de ganas de besarle el cuello. Sobre la mesa de su escritorio había un calendario amarillento, el sol tenía la particularidad de morir allí mismo al llegar el atardecer. Tenía las piernas cruzadas e inquietas, era un día caluroso y aunque el sudor le corría por el rostro, me mordía los labios y apretaba los puños para desviar mi mente de aquél secreto deseo.

Su voz era embriagante, tenía un acento rico, suave y una entonación que me envolvía, obligándome a agitar levemente la cabeza fingiendo quitarme el cabello de los ojos. Decidí jugar su juego, me miré las manos, ese mismo día había cambiado el color de las uñas, era un rojo bonito que realzaba el tono de mi piel. Adelanté el cuerpo hacia el escritorio apoyándome con el brazo sobre el mismo, me llevé un dedo a la boca y jugué con la uña entre los dientes sin dejar de mirar sus ojos.

Desenredé las piernas y con la mano libre me abrí paso entre ellas alzando un poco mi falda. Me movía lento fingiendo prestarle atención sin quitarle la vista de encima, sobre todo cuando llegué a sentir lo mojada que estaba.  Me acariciaba con dedicación y paciencia, empezaba a sentir subir el color a mis mejillas y el ardor de las cuencas de los ojos, pero no podía cerrarlos, noté más bien el prolongado espacio que había entre cada pestañear, como si estuviera viviendo una ensoñación.

Quería abrir la boca, lanzar un gemido, acariciarme las tetas y hacerle el amor en ese mismo escritorio con los tenues rayos del sol cayendo sobre nuestro acto. En lugar de eso, me aclaraba la garganta, paró su verborrea para ofrecerme un vaso con agua e intentó levantarse de su asiento. Le ordené, con la voz poseída por la excitación, que no se moviera, me entregó una sonrisa linda a la cual respondí con un buen gemido, desesperado por proyectarse en mi cavidad oral. Tiré el cuerpo hacia atrás y me acomodé en la silla, mirándome cómplice y con satisfacción imitó mi postura.

Estaba rígida, caliente, en los oídos solo tenía los latidos de mi corazón acelerándose, algún gemido debió haber superado la intimidad que compartíamos porque de un momento a otro su boca estaba en mi oído, cállate me dijo, me cogió las tetas y en ese momento sentí unas cosquillas deliciosas que me anunciaban el gran final. Estaba ansiosa por venirme, por acabar, gracias a su mirada, su voz, a ese cuello que me había vuelto loca desde que abrió la puerta y me hizo pasar.

Tenía el brazo cansado pero no iba a detenerme, su lengua me recorría del cuello a los pechos y su mano imprimía una delicada firmeza sobre mi boca, nos van a escuchar me decía y yo sentía que con cada una de sus palabras me volvía a mojar, a excitar. Con esfuerzo logré quitar su mano y antes de que la sellara con un beso ansioso lleno de afán alcancé a decirle que iba a acabar. Sentí su aliento sobre mis labios, una exhalación agitada e incoherente, como la mirada que tenía posada en mí.
Levanté las piernas sobre el escritorio, haciendo a un lado aquél amarillento almanaque, con uno de mis tacones, arquee la espalda, levante las caderas y las moví hasta que sentí el último espasmo del orgasmo, cuya manifestación audible fue amordazada por la unión de nuestras lenguas.

Me costó recuperar el aire y la tranquilidad, tenía el corazón latiendo como si hubiera corrido una maratón y no podía controlar el reflejo de la sonrisa en mi rostro. Acomodé cuanto pude mi ropa, me peiné y me maquillé nuevamente, tenía el rojo de los labios corrido. Cuando me sentí segura de haber recuperado la compostura y el dominio de mí, me puse de pie para dirigirme a la puerta.
Se levantó de su asiento y caminó hacia mí para acompañarme, uno de sus pies encontró el calendario, lo recogió y lo puso en el escritorio nuevamente dándome una mirada morbosa, mojándose los labios.

Le deseo suerte en el juicio señora Robles, ha sido placentero trabajar…para usted.

Estrechamos las manos como despedida, antes de salir de la agencia escuché de nuevo su voz llamando a otra clienta que había estado esperando. Voltee el rostro tímidamente y alcancé a ver la puerta de su despacho cerrarse. Volví a sentir el cosquilleo entre las piernas de solo pensar que detrás de esa puerta, en ese despacho, sobre ese escritorio le haría el amor a esa mujer desconocida pensando en mí, mientras yo apretaba con el puño el mes de julio de 1965 que me llevé como souvenir.

sábado, 2 de julio de 2011

El engaño

El bofetón que me dio, resonó en los oídos de los demás comensales. Fue automático, ella me atizó el golpe y yo sonreí.
Me acusaba a gritos de haber coqueteado con la mujer que había venido a pedirme fuego, sentía el rostro caliente y las orejas me ardían pero no le quité la mirada de encima mientras intentaba excusar su irracional reacción. Movía las manos sin control, que no salían de mi campo visual, no iba a permitir que me cayera otro golpe.
Sus amigos bebían en silencio y la anfitriona del restaurante estaba parada a su costado intentado interrumpirla.  En lugar de eso solo atinaba a asentir con la cabeza a lo que ella vociferaba a modo de pregunta (todas retóricas, pero la pobre niña parecía enfocada en no darle la contra).
Lancé la servilleta que tenía en las piernas sobre la mesa, había arruinado no solo nuestra cena sino la de los demás asistentes del local. Entre ellos, el idiota que le iba a anunciar a su novia que esto no está funcionando, no eres tú, soy yo, sin sentimiento de culpa alguno porque estaba pagando una millonaria cena y eso lo salvaba del escándalo y del llanto. El tipo debía estar agradeciéndole a Cristo que la escena me la hubiera ganado yo y no él.
Ariana seguía con la cantaleta cuando la anfitriona se armó de valor para decirle que por favor bajara la voz o bien optáramos por llevar nuestros asuntos privados a un lugar más adecuado. Qué pena me dio ver como el rostro de la niña, porque no tendría más de 18 años, se enrojeció y sus ojos se tornaron acuosos, tuve que llevarme la mano a la boca para ocultar la risa. Ariana había salido con una respuesta que incluía el recordatorio innecesario de su madre y toda su estirpe, con parada obligatoria para sembrar la duda acerca de la relación sanguínea con su padre. Ella era así, se le daba con facilidad el insulto, por alguna razón que desconocía era capaz de hacer llorar a cualquiera, sin conocer siquiera el estado de su vida. Tenía un don, todos tenemos cochinaditas bajo la alfombra me solía decir cuando estábamos en la cama luego de hacer el amor, alguna tarde lejana de la situación en la que estábamos ahora.
La mesa ya estaba asignada, yo me había encargado de hacer la llamada con dos semanas de anticipación, quería festejar nuestro aniversario e invité a una pareja de amigos que solíamos frecuentar para festejar juntos. Estuvimos en mi apartamento bebiendo unos tragos antes de partir al restaurante. Ariana estaba divina, llevaba un vestido que realzaba de una manera imponente las gloriosas tetas heredadas del lado materno y unas piernas contorneadas al mejor estilo de mujer fatal. Llevaba una correa sencilla pero elegante que acentuaba su cintura, parecía salida de las revistas y anuncios publicitarios que ella tanto decía odiar.
La mujer de la discordia, la del fuego, estaba en la mesa de al lado, completamente sola, sosegada con un Martini clásico y una cajetilla de cigarrillos con la que jugaba sobre la mesa. Sentí su mirada y busqué sus ojos, le di las buenas noches con un leve movimiento de cabeza mientras ayudaba a Ariana a sentarse. Tamborileaba los dedos sobre la mesa y la espiaba con el rabillo del ojo, sonreía de medio lado y miraba a Ariana con ternura buscando su mano.
La dama en cuestión se puso de pie y se acercó a nuestra mesa. Me pidió amablemente el fuego y yo se lo cedí poniéndome de pie para acercarle la llama. Colocó su mano sobre el envés de la mía y me miró fijo mientras chupaba a aquél pestilente amiguito. Ariana ya estaba de pie, ya había empujado la silla, que se cayó estrepitosamente en el piso, consiguiendo que todos los ojos se posaran sobre nosotros y allí fue que me estampó su delicada mano, que tantas cosas buenas me había hecho antes sobre mi desprevenida mejilla. La mujer salió erguida sin mirar un solo instante a Ariana que desde ya la enviaba de vuelta al lupanar de donde había salido.
Vino el gerente del establecimiento a pedirnos lo mismo que la anfitriona, quien había partido secándose las lágrimas que le habían caído por las mejillas, no a su puesto de trabajo sino al baño para empleados en donde se encerró. Felipe, el ayudante de cocina con el que andaba en amoríos, se quedó con la nariz pegada a la puerta, diciéndole que había sido una coincidencia catastrófica que aquella demente mujer de la mesa 10 supiera de su estado de bastardía. El gerente sorteó el cuerpo de Ariana con una gran habilidad para llegar hasta a mí, que estaba en mi silla tamborileando los dedos sobre la mesa. Se notaba en la facilidad con la que se movió, que muchas otras veces había escapado así de la discusión con la novia. Probablemente en una discoteca, por culpa de la ordinaria que se atrevió a rozarle la bragueta con el culo, aduciendo que estaba oscuro y se confundió. Se acercó a mi oído y colocó la mano derecha en mi hombro, dándome un par de golpes comprensivos. Respiré en tono cansado y me puse de pie haciendo un gesto a los amigos para retirarnos. A Ariana la cogí por la cintura y con una presión suave de mi mano la empujé hacia la salida, seguía diciéndome como deseaba que fuera aquél tipo al que le comía el hígado un águila día tras día. Ariana estaba llevando una clase de mitología griega y debo admitir que aunque tenía mala memoria para los nombres y era eso lo que resultaba confuso de los malos deseos que me conjuraba, estaba aprendiendo.
Salimos del restaurante, caminando en silencio, quietos, ella se dejaba tomar de la mano y sus amigos algo avergonzados de la situación supongo, decidieron tomar el primer taxi que vieron.  No me importaba mucho si Ismael ya no me llamaba para el partido del sábado como habíamos quedado antes de todo el escándalo.
Paramos en una esquina, justo en el punto en que la luz del poste no alumbraba y nos dimos varios besos largos, profundos, suaves y nos reímos hasta despertar las gargantas de los perros del vecindario y de los gatos de los tejados.
Te dije que iba a funcionar, me dijo metiendo sus brazos dentro de mi abrigo para rodearme con ellos. Su plan había sido maravilloso, debo admitir que tuve mis dudas, que quizás su escenita iba a pasar desapercibida, pero lo logró. La volví a besar, esta vez contra una pared de ladrillos vieja, áspera e inmunda, olía a orines por todos lados y a lo lejos se escuchaban a las ratas entre la basura, pero nunca me sentí tan feliz.  Saqué del bolsillo del pantalón un par de billetes arrugados con muchos ceros y le dije que le invitaba el postre.
Feliz Aniversario, amor mío le dije.
Feliz Aniversario, ternura mía.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Dostoievski siempre entraba maullando

Ella permanecía concentrada y quieta asemejando una pose para ser fotografiada.  Pero era genuina, sus ojos anunciaban todo lo que pasaba por su cabeza y su sonrisa complicaba a veces el mirarla con atención científica. Se concentraba tecleando en el PC, dejando caer sus dedos sobre las teclas sin peso pero produciendo un sonido como un golpe arisco. Dejaba las gafas de lado cuando se le cansaba la vista y sobaba sus ojos con mucha precisión y paciencia para colocar de nuevo aquellos artilugios que le permitían seguir con su agotador trabajo delante de la pantalla.
Su seriedad se veía invadida de cuando en vez por una sonrisa pícara, a la que la seguía el acto compulsivo de morder el cable de los audífonos que usaba para no molestar al silencio que ya reinaba en su habitación, en su apartamento, en su edificio, en su calle, en su municipio, en su capital, en su ciudad, en su país y susurrando como lo hacía no cabe duda que también en el mundo.
Yo estaba a su costado, leía un libro o dos, o hasta tres, pero me distraía su concentración, su seriedad. Si reía no preguntaba, seguía con lo mío y algunas veces no todas, me acariciaba el brazo y me hacía un comentario sobre lo charro que era lo que estaba leyendo o viendo en la web.
Luego yo me acomodaba para dormir, dejaba los libros a un lado sobre el piso junto a lo que ella llamaba desorden y yo llamaba convivencia. Le daba la espalda evitando la luz de la pantalla y escuchaba el tecleo iracundo de sus dedos que no era más que un eco de la suavidad con que caían sus manos sobre la máquina. Entonces cerraba los ojos con una sonrisa.
Tenía, por acuerdo verbal previo, derecho al lado izquierdo de la cama y allí me quedaba durmiendo hasta que sus manos tocaban mi espalda en obvio llamado de atención, de petición y mi cuerpo giraba hacia ella, que se acomodaba junto a mí, haciendo diminutos ruidos de engreimiento mientras jugaba a encontrar mis pies debajo de las mantas. Yo me quedaba inmóvil dejando que se encaramara en mí, feliz. Luego me daba un beso suave, como si sus labios pasaran de casualidad junto a los míos y me daba las buenas noches.
Por la mañana cada quien había sucumbido a la costumbre del sueño y despertábamos cada quien por su lado en la posición predilecta. Yo me aventuraba por su espalda, la besaba, le daba mordiscos suaves y ella despertaba haciendo ruidos de satisfacción. Entonces los pijamas estorbaban y desordenaban más el desorden con el convivíamos y hacíamos el amor en esa habitación sin puerta…porque no la necesitábamos.

domingo, 1 de mayo de 2011

Simple Matemática

Tengo un desbalance químico en el cerebro, eso fue lo que me diagnosticó.  Me dio una receta para comprar en la farmacia del primer piso. Me entregaron las pastillas luego de mostrarme que coincidían con el número que indicaba la caja. La bolsa era pequeña, tenía un asa, la cargaba de allí sintiendo que se veía muy pequeña para mis manos.
Llegué a casa, el sol aún calentaba, abrí la cortina para dejarlo entrar, me quité el polo y me senté en la máquina a perder algo del recuerdo del resultado de los exámenes que me hicieron para llegar a la conclusión de que ahora y para un buen tiempo en adelante debía tomarme una de esas pastillitas rosas una vez al día.
Me recomendaron además, que cambiara de hábitos y fuera consciente de sacar de mi vida toda cosa o persona que me hiciera sentir como había explicado en el test que me hicieron cuando marqué todas las anteriores en lugar de solo la A. 
Me senté al borde de mi cama sintiendo como el sol me calentaba la espalda y el principio del culo que el pantalón no ocultaba. Miraba mi habitación, creo que la pastilla no surtía su efecto porque me sentí peor, supe que mi desbalance le estaba sacando la mierda a la pastilla marica que me habían recetado.
Quise llorar y me aguanté como todas las veces anteriores, también recordé que nunca dije lloro, solo me dan ganas de llorar y el tipo delante de mí me miró por encima de las gafas e hizo un apunté agresivo en su libreta.
Decidí ayudar al medicamento y me tomé otra más, enviando refuerzos hacia las sinapsis de mi cerebro que no querían conectar con un estado de ánimo considerado culturalmente adecuado en reuniones sociales. No tenía apetito, aquello también lo comenté con el tipo ese, volvió a hacer un apunte mientras me daba un papel, una orden para un examen en otro piso del edificio, una orden para hacer otra cola más, escuchando como la gente delante de mí se quejaba del servicio y del tiempo que los hacían perder. Recordé que yo no tenía nada que hacer ni nadie a quien informarle nada como hacían los demás en esa sala de espera.
De nuevo sentí las fuerzas aliadas rosas perdiendo terreno, ¡qué hijo de puta el desbalance este! era un cabrón, de seguro las sometió a ambas con la misma táctica y ahora debía mandar más refuerzos, así que envié un grupo de cuatro pastillas y luego dos más porque media docena de refuerzos contra un solo desbalance químico debían ser más efectivos que dos parejas, simple matemática.
Empecé a sentirme mejor, al menos me dieron ganas de echarme en la cama, algo adormilado luego de semanas sin poder pegar los ojos, yendo como un zombi por la ciudad con los ojos enrojecidos escondidos detrás de las gafas de sol. Me recosté allí como si estuviera en la playa tomando sol, viendo como los rayos calentaban partes específicas de mi abdomen. Eso también se lo comenté al tipo, seguida de una relación de todas las cosas que había probado para poder conciliar el sueño, entre ellas varios nombres de drogas vendidas solo con recetas médicas de las que yo carecía. Vuelta a hacer una anotación y darme una orden para ir a otro piso del mismo edificio, a una nueva sala de espera. Allí también me hicieron un test y creo que hice bien en marcar la B y no la opción que realmente quería marcar porque me retornaron con el tipo de siempre y él me recetó la caja de pastillas rosas que ya había consumido por completo en cuestión de dos horas.
Era verdad que era una diaria y era mentira que mi respuesta fuera la B, pero ya no me importaba el no tener qué hacer, las ganas de llorar se habían convertido en una leve sonrisa mientras me acomodaba en mi cama para por fin, luego de semanas sin poder tomar una siesta, descansar los ojos y al despertar hacerle caso al sonido de mi estómago pidiendo alimento.
El ejército rosado tendría ya amordazado y en clara rendición a aquél desbalance cabrón. Al fin dormir, soñar, comer y sonreír, sí definitivamente de acá a unas horas todo estará mejor. Sonrío por no haber permitido que el tipo de las gafas me condenara con su errada receta para combatir al indeseado huésped en mi cabeza. Mi rostro se relaja aún más y dibuja una amplia sonrisa, pensando que mañana despertaré fresco para irme a trabajar, evitándome el calvario del hábito diario de consumir aquella pastilla rosa por tiempo indefinido para sentirme normal.

jueves, 28 de abril de 2011

Mi nariz junto a su axila

             Ya no recuerdo su nombre, recuerdo que me gustaba encontrarla saliendo de la ducha y tumbarme con ella en la cama. Me echaba sobre ella con la cara sobre sus pechos y la nariz junto a su axila. Ella me regañaba por la barba crecida y me hacía prometer que me quedaría quieto, dejando que me embriagara todo lo que quisiera con su olor. Luego hacíamos el amor lo que restaba de la tarde y veíamos entrar los últimos rayos del sol muriendo en el piso del cuarto.
                La conocí por casualidad, yo me había hecho de una pequeña fortuna con el último robo bancario que planee, nunca me gustó trabajar lo reconozco, pero tampoco me consideraba un ladrón, así que apenas conseguí lo necesario para viajar lo dejé. Me fui a una pequeña isla de Grecia, el primer día me quedé sentado en la costa mirando lo turquesa del agua, disfrutando de la brisa del mar y del sol mediterráneo.
                No puedo recordar su nombre, pero recuerdo su rostro y su cuerpo como las lecciones del colegio enseñadas a cocachos.  Llegó a mi mesa en un bar y me dijo que le invitara un trago. Yo me reí en su cara, aún así se quedó sentada y conversamos. Se salió con la suya y desde esa noche en adelante permaneció conmigo en el cuarto que alquilaba donde siempre la sorprendía saliendo de la ducha para realizar nuestro ritual.
                La última vez que la vi, sucumbí ante la satisfacción de un gran ejercicio amatorio, dejé deslizar sin pensarlo un te amo en lugar de un qué rico. A la mañana siguiente ella ya no estaba más, ni tampoco las pocas cosas que había logrado adquirir para llenar ese cuarto para que no se viera tan grande a pesar de que era pequeño. Tampoco mi billetera, ni mi pasaje de retorno, me dejó ahí los años que necesité para ahorrar el dinero del boleto de regreso trabajando como pescador, viendo aún morir los rayos del sol en el piso del cuarto.
                Es curioso, pero acá a mi lado mi esposa toma mi mano, es una buena mujer o al menos lo es conmigo y a pesar de que le agradezco con toda mis fuerzas que me haya amado como me ama, a pesar de que me dio hijos, hijos buenos y sanos, a pesar de que me entregó su vida y me dio una familia. A pesar de todo lo bueno que me trajo sigo pensando en aquella mujer que andaba desnuda en mi cuarto lejos de aquí y aunque no recuerdo su nombre, me reconforta aún recordar el olor de sus axilas mientras en este cuarto, recostado en la cama me voy muriendo yo.

jueves, 21 de abril de 2011

Mi Abuelo

Llegué y le di un beso. Alguna vez antes olía a cigarrillo, ahora tenía el olor a un perfume para su edad. Extrañé su olor a tabaco y pensé en él.
                Su habitación el día que se fue estaba impregnada a Premier. Su aliento, su cuerpo, su ropa y su risa de garganta fumadora.
                Pero ella también fumaba. También se sentaba para descansar del baile con un pucho entre los dedos. Lo compartía, lo dejaba un momento ir de largo de mano en mano mientras hacía tronar su chiclet´s en su paladar.
                Él ya no estaba pero su olor en sus ropas era un recordatorio constante de su ausencia. La beneficencia se encargó de impregnar otras casas y otra gente de su olor.
                Mi abuela aún truena el chiclet´s mientras nos ve bailar.

sábado, 2 de abril de 2011

Publicación en Revista Delirium Tremens

Hola chicas y chicos especiales, seguidores del blog y amantes de la literatura en general
solo para comunicarles la aparición de uno de mis cuentos en la Revista Delirium Tremens, la cual ya se encuentra en formato pdf en la web en el siguiente link:
http://revistadeliriumtremens.blogspot.com


A ver si se dan una vuelta por el blog de la revista y chekean aparte de difundir desde luego, la presentación de la revista será este mes, ya les avisaré para que puedan adquirir sus ejemplares.

Nuevamente gracias por el apoyo brindado todo este tiempo (el blog ya tiene 3 años yeeeee) y hay más por venir así que estén atentos
Saludos!

Niña Veneno (alias Melissa Torres)

jueves, 3 de marzo de 2011

Neblina

De repente ya no quise nada que se pareciera a ella.
La había buscado por mucho tiempo, igual, el mismo toque, la misma mirada pero sobre todo la misma dinámica. Aquella donde mis amigos eran los tuyos y mi espacio era tu espacio, donde mis almohadas fueron desterradas para darle espacio a tu cuerpo invadiendo mi lado de la cama. La dinámica donde ya no sabía dónde terminabas tú y yo empezaba.
Iba en el taxi escuchando una cumbia y pensé que en realidad no quería nada como tú, nunca más. Pero sí, sí quería algo especial, y aunque tú siempre fuiste especial, y eras lo especial en mi diccionario, quería actualizar tu concepto en el diccionario de mi corazón, quería acompañarme pero no de cualquiera y mucho menos de ti. Por mucho tiempo traté de encontrarte, de sentirte en otros cuerpos, en otras miradas, en otros roces con mi mano, considerando que no a cualquiera le dejo tomarla.
Aquella cumbia y aquél taxista agradable y callado me dieron el tiempo necesario, un tiempo menor al que dura cualquier carrera durante el día, una carrera solitaria para ambos, el paso de los carros, las luces tenues, la vida continuando a pesar de que para mí, ya eran las buenas noches.
Bueno, buena, y sus plurales, ella siempre menciona buenos hombres, no hombres buenos, jamás hombres buenos, porque ser un hombre bueno a veces se interpreta como ser un huevón, quizás los buenos hombres son algo más. Pero yo no era de esos, porque si no se hubiera quedado conmigo. Buenos hombres así como el tipo con el que anda ahora, ese que la vuelve loca, que le saca la vuelta o le oculta cosas, pero le paga la entrada, el coctel y la juerga. Ese que tiene su depa propio y el carro en que la recoge, ese que le paga el llanto llevándola a cenar, ese que tiene problemas sicológicos y por eso termina con ella los fines de semana largo, para volver el martes a primera hora.
Entonces daba vueltas sobre mi eje buscando una buena mujer, pero nunca llegó y tampoco la busqué. Me miraba al espejo sintiéndome un huevón por sentirme tan mal, pensando en resolver la ecuación en la cual para ti, yo era una variable descartable. Anduve por calles, avenidas, micros, combis, anduve por todos lados esperando encontrarte otra vez.
Pero aquella canción, esa letra redundante en un taxi en altas horas de la madrugada, madrugada que le prometí a mi vieja no seguir explorando hasta que se volvería mañana, la madrugada cumbiambera, hiphopera, la madrugada donde deseé poder olvidarte con otro cuerpo, la madrugada que me percaté, que no es tu cuerpo, ni tu voz, ni tus manos, ni tus ojos, ni tú, no eres tú, no quiero que vuelvas a ser a tú.
Ojalá sea una ella, ojalá no vuelvas a ser tú, aunque mi corazón guarde la esperanza, aunque el destino parezca decidir por mí, ojalá que esta noche cuando me vaya a dormir, no sigas siendo tú la que reemplace a mi almohada. Ojalá que mañana cuando despierte, despierte en mi cama, solo, pero con la certeza de que ella llegará.