martes, 26 de octubre de 2010

Nebulosa en Rojo

Su sangre se mezcló con la mía y en ese momento tuve una sensación extraña, no podía evitar imaginar todo lo que estábamos compartiendo a través de eso, mezclándonos y enredándonos para siempre, pero sobre todo me agobiaba el peso de la incertidumbre de poder estar contrayendo esa día que el mes de junio acababa, alguna enfermedad incurable o algún bicho horrendo aunque inofensivo que llevaba en su ADN. No recuerdo los detalles de aquél ritual, cómo empezó o por qué se realizó, solo me es posible recordar, como un pequeño alfiler clavado en lo que ahora es el desorden de mi mente, que no podía romperlo.
Sí, eso era lo único claro que recordaba que salió de su boca, miraba sus labios y me concentraba en ellos porque la luz les daba un textura exquisita, traté de no concentrarme tanto en eso y miré sus ojos, pero el resultado en mí era exactamente el mismo, una debilidad en las piernas y en mi voluntad para evitar caer en sus labios. Mantuve la calma todo el tiempo, a pesar de los constantes reclamos que tenía para mí en mi mente. Mi cuerpo no mostraba reacción alguna de protesta ante su voz, sus manos y aquella pequeña aguja de jeringa con la cual clavó mi índice por alguna razón que ya olvidé.
Apenas sentí el acero traspasando mi piel me zumbaron los oídos y se me calentó el cuerpo, sudé frío pero en ningún momento dejé de observar como salía de mi aquél líquido viscoso de un color granate más que rojo. Me paralicé por miedo a que la aguja me abriera una zanja en el dedo y las pequeñas gotas se volvieran un chorro fuerte y salpicara cual película gore sobre el resto del grupo que miraba expectante. Sí, es cierto, había más gente alrededor, más gente no, no lo sé, todo es confuso ahora, todas las imágenes se cruzan, se confunde, se superponen o bien tratan de gobernar el recuerdo que quiero recordar, la razón por la cual no podía romperlo.
Luego su sangre, su sangre que a simple vista era como la mía, pero no era la mía. Tenía un color brilloso como el de la tempera o del brillo del aceite sobre las cosas. Yo no tuve el valor para clavarle la aguja, me miró diciéndome lo obvio y sostuvo la aguja cerca de su piel por unos segundos. La hundió lento, con temor, la demora parecía mostrar que tenía la piel dura, pero luego apareció, una pequeña gota se abrió camino timidamente. Presionó su dedo con fuerza, la gota engrosó, su sangre me recordó el color del labial russian red.
 La herida de mi índice estaba empezando a secarse. Acercó su dedo en mi dirección mientras la gota de sangre le chorreaba hasta llegar a la palma de su mano izquierda. Yo le mostré la palma de mi mano con el índice que ya mostraba una costra húmeda que se iba secando en los bordes. Al juntar su dedo al mío, mi dedo sobre el suyo, traté de no presionar muy fuerte y evitarme el dolor. Las heridas aún quemaban y latían, latían y sangraban, le imprimió fuerza y asemejando un pincel jugó con su dedo a hacer pequeños círculos, asegurándose que nos mezcláramos bien, que nos confundiéramos, haciéndome cómplice de algo que no podría decir nunca.
Me aconsejó que me chupara el dedo para evitar el ardor y la herida cerrara, dijo todo eso llevándome de la mano a la matiné de su hermana menor en el primer piso de la casa. Tomaron la foto familiar, papá, mamá, ella y su hermana con una torta de strawberry shortcake en el centro de la mesa rodeada por bocaditos. Yo aún tenía el dedo en la boca, ella miraba al piso cuando se tomó la foto.
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