domingo, 24 de octubre de 2010

El avión

Aquella casa estaba inundada de olores, el olor a pulitón era mi preferido, se mezclaba con el aroma del pan caliente recién traído de la panadería que se encontraba a pocas cuadras de allí, ese pan caliente, en la panera de aluminio, cubierto por un secador impecablemente blanco y aroma a jabón de lavar marca Bolívar. El aroma del café de grano recién molido y pasado con el agua a punto con la receta secreta que le daba el sabor que tanto comentarían los adultos a la hora del lonche. El olor a comida cacera con aderezo a base de cebolla y ajo, el arroz hecho a la antigua, cocinado a fuego lento y con la cantidad de agua precisa. Todo esto acompañaba gritos y sudores de niños de menos de diez años, corriendo de un lado a otro, jugando con poca supervisión en la pista frente a la casa.
Era verano, era sabido entre mi hermano y yo que pasaríamos la mayor parte de la tarde en casa de la abuela. Dos padres trabajadores para mantener el hogar, para tener el árbol de navidad lleno de regalos, para pagar los costosos colegios de los que nos quejaríamos al hacernos adultos, para tener un perro, agua caliente y luz todos los días a todas horas. La abuela era un personaje, pequeña como era, la cocina estaba hecha a escala, no había alacena que no pudiera alcanzar con solo empinarse, el lavadero no tenía mucha altura al igual que la cocina, pero aquello solo lo notaría al crecer. Esa habitación casi liliputiense me recordaba siempre el jardín de infancia y esa pequeña casa que todos los salones nos turnábamos para jugar, con pequeñas camas, muñecos a modo de hijos que cerraban los ojos al echarse, y cocinas pequeñas de plástico que no producían una sola llamarada.
Yo no salía, solo me quedaba en el muro de la puerta mirando por entre las rejas de la casa de la abuela, mirando como jugaban y corrían y reían, yo solo miraba. A la hora de comer siempre recibía un plato más pequeño que ellos y una fruta menos de postre, sin opción a repetir. Mi abuela se sentaba en su silla a ver telenovelas mexicanas, las cuales devoraba con suma atención y me explicaba, como quien cuenta cuentos para dormir, esas tramas enrevesadas y melodramáticas que odio con tanta convicción. Luego se dedicaba a recoger la mesa, los platos, cubiertos, huesos y restos de arroz de los individuales, que minutos antes habían estado llenos y habían sido dejados por aquellos niños traviesos, a los que enviaba a cambiarse el polo empapado en sudor para que no se enfermaran.
A esa hora de la tarde continuaba con mi ejercicio de contemplación, el olor del pulitón era embriagante, mi abuela lavaba en silencio a diferencia de mi madre que siempre solía cantar, mi abuela miraba por la ventana de la cocina, empinándose para ver mejor a los nietos mientras se secaba las manos y comprobaba que aquél secador ya merecía ser lavado.  Los iba recolectando de los alrededores de la cocina y la mesa del comedor. Llenaba una gran olla con agua que hacía hervir con algo de jabón en escamas, del cual me regalaba un poco para jugar. Una vez hervida el agua metía uno a uno los secadores y los dejaba allí hasta que terminará la siguiente telenovela. Yo jugaba en el piso de la sala con un robot de plástico para armar, una de las pequeñas piezas había salido volando y me dedicaba a buscarla con atención.
Ellos seguían corriendo y gritando, mi abuela gritaba detrás de ellos echándolos, espantándolos como moscas con el único secador que se salvo de hacerse sopa y juntaba la puerta para seguir escuchando como María Fernanda le confesaba a Carlos Alberto que efectivamente Vitito era hijo suyo. Siempre al escuchar la música de tensión ante una confesión como esa, miraba a mi abuela y disfrutaba con su expresión de sorpresa. La boca abierta en forma de o y la suave caída de su mandíbula antes de ser cogida con su mano.
Continuaba buscando aquella pieza mientras en la cocina el olor del café empezaba abrirse paso por la casa, mi abuela salió de la cocina y me pidió que fuera deprisa a su cuarto en el segundo piso por sus pastillas para la presión, estaba colorada y respiraba entrecortado. Subí como un rayo a su cuarto y encontré las píldoras en su mesa de noche junto a su devota favorita y me quedé algunos segundos contemplando el pequeño altar de imágenes de santos que tenía, para que las ánimas la dejaran descansar y no la visitaran en altas horas de la noche. Bajé como un rayo y ella me esperaba sentada en su silla con un vaso con agua, tomó la pastilla mientras yo sacaba mi inhalador del bolsillo del pantalón y reposaba en el piso. Cuando recuperamos el aire me mandó a cambiarme el polo transpirado por primera y única vez en mi vida.
Salía con ella a comprar el pan y en el camino de ida anunciaba a los mataperros que al volver sería hora de entrar a casa. Llevaba siempre su bolsa para el pan, una bolsa de tela que conservaba el olor a pan fresco siempre o bien el olor del jabón de lavar. Me compraba un merengue mediano de veinte céntimos, un premio consuelo para quien no puede corretear por la calle y al llegar a la puerta de la casa mandaba a entrar a la muchachada. Entraba con ellos y nos quedábamos más de lo debido para lavarnos las manos, jugando con el agua hasta que la abuela pegaba el grito y nos mandaba a sentarnos a tomar lonche. Antes de salir de casa mi abuela dejaba la mantequilla a temperatura ambiente para que estuviera lista para untar cuando llegáramos. Luego esperábamos con mi hermano viendo el chavo del ocho a que llegara papá a recogernos, nos despedíamos de la abuela hasta mañana y nos íbamos a casa.
Una de aquellas tardes, el tío Tito nos regaló un gran paquete de hojas bond para jugar, hicimos mil destrozos. Jugamos a lanzar bombas hechas de bolas de papel, jugamos a una carrera de sapos saltarines que ganó mi hermano y como castigo, a los perdedores nos chicoteó el antebrazo con tres dedos. Jugamos además a los piratas haciendo gorros e imitando el sonido de espadas, nuevamente ganó mi hermano y como castigo, decidió encerrarnos en la pequeña alacena debajo de la escalera durante cinco minutos, en plena oscuridad. Por último hicimos una competencia de aviones que lanzaríamos en la calle para ver cuál planeaba mejor. Cada uno tenía un modelo distinto y al terminarlo debía salir a probarlo. Uno de mis primos al borde del llanto porque no sabía cómo hacer un avión me pidió ayuda. Hice su avión casi tan bueno como el mío, con los alerones hechos de un doblez especial que le daba mejor estabilidad y un alerón en la cola para que planeara mejor.
Apenas lo tuvo en sus manos salió disparado por la puerta, miré mi avión y me tomé un tiempo más en hacerlo perfecto. Caminé hacia la puerta y me senté en el borde de la entrada mirando por la reja de la casa de la abuela. Después de todo yo solo podía mirar, no podía correr y de hacerlo pasaría el resto de la tarde con la respiración entrecortada, esa tarde María Fernanda y Carlos Alberto serían felices para siempre, habría olor a pulitón, a café, a pan caliente en la panera de aluminio. También pensé que de ganar la competencia no chicotearía con tres dedos, ni con cuatro y que a diferencia de mi hermano no me gustaba la oscuridad. Encontré la pieza faltante de mi robot detrás del sillón de la sala y me fui a jugar con él, porque después de todo la calle no era lugar para una niña.
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