lunes, 4 de octubre de 2010

Amigos

     ¿Lo tienes?
    
     Enséñamelo
     ¡Ábreme mierda!
Alonso miraba por el ojo mágico de la puerta todas las veces que Miguel tocaba, este no comprendía porque lo hacía pasar por aquél ritual obsesivo-compulsivo frente a su puerta luego de escucharlo tocar con la clave de golpes que le había entregado. En adición, realizaba un ruido molesto de ave, cada vez que Miguel olvidaba retirarse los zapatos para entrar a su casa.  Miguel no odiaba quitárselos porque sus medias tuvieran agujeros como ocurrió la primera vez que Alonso, a regañadientes decidió invitarlo a su casa y le retiró la invitación minutos después al percatarse de los huecos que dejaban ver los dedos de los pies de Miguel.  Lo odiaba porque el departamento era frío y siempre terminaba resfriado.
Retirados los zapatos, Miguel debía encargarse de preparar su bebida y esperar sentado en el sofá de tres cuerpos, no en ningún otro, a que Alonso volviera de preparar la suya. Con tres hielos de la cubitera grande, no de la pequeña y en una proporción de tres a uno, con énfasis en el ron. Esta actividad solo podía tener lugar en la cocina y sin dejar marcas de ningún tipo en la madera del repostero. Miguel también había aprendido que los temas eran discutidos en un orden constante y lo recordaba con perfección porque en varias ocasiones, las primeras veces que Alonso decidió frecuentarlo, había terminado en la calle sin zapatos y sin explicación.
El tema favorito de Alonso era la música, sobre todo la que acompañaría la reunión, en su habitación tenía un mueble dedicado a cada rareza musical que había encontrado en la web, ordenada bajo títulos diversos, dependiendo de las influencias musicales que encontraba en los discos. Miguel no sabía una mierda de música, al principio solo lo escuchaba y se ahogaba en su vaso de ron, con el pasar del tiempo fue capaz de mantener la conversación con él, sin evitar que este se encerrara en sí mismo y le diera por tirar disco tras disco al piso en dirección a los pies descalzo de Miguel, y este terminara en la calle.
La puerta del baño debía mantenerse abierta sin importar qué se estuviera haciendo allí, una razón de peso para que Alonso no tuviera muchas visitas femeninas. Miguel tuvo la discusión más fuerte con su novia a causa de aquella manía, la cual terminaría con él con la mejilla caliente de la cachetada que le dio, y una inflamación prostática de la patada con la que se despidió de él casi para siempre. Para cualquier corte en el hilo de la conversación, manejada cerca del ochenta por ciento por Alonso, debía usarse la frase ya vengo, pero ninguna de sus variantes, ya que, como en anteriores ocasiones, esto terminaba la reunión de forma abrupta y sin explicación.  Miguel demoró en promedio unas doce reuniones en darse cuenta de aquello, algunas noches de caminata descalzo y algunas otras de amanecer encerrado en el baño envuelto en el tapete.
Cada tema de conversación rozaba los cuarenta y cinco minutos, los cuales terminaban con el soundtrack de alguna película también de las favoritas de Alonso y de la que Miguel, era lo más probable al principio, no supiera una mierda. Ninguna de estas debía exigir un rango de más de minuto y medio de cruce de miradas, de lo contrario producía fastidio tal, que lo único que obligaba a Miguel a salir de ahí pero con sus zapatos, eran los gritos que Alonso daba con los ojos cerrados.
La reunión debía concluir pasadas las tres de la mañana pero antes de las tres y cuarto, Alonso colocaba todo en su lugar de manera sistemática mientras Miguel esperaba junto a la puerta con los zapatos en la mano. Una vez terminado todo Alonso pasaba al lado de Miguel con un vaso de agua con el cual se dirigía a su habitación. Solo en aquél momento Miguel tenía carta libre para salir sin colocarse los zapatos todavía. Ya había intentado hacerlo antes en alguna otra ocasión, dejando claras huellas en el piso de la sala, que le valieron un ostracismo de un mes de casa de Alonso.
Al llegar a la calle miraba a la derecha y luego a la izquierda y siempre decidía ir hacia la derecha. Caminaba mirando la vereda sin poder evitar pensar lo pesado que era Alonso y cada una de las estúpidas manías a las que tuvo que acostumbrarse.  Que no importaba cuantas veces lo visitara, siempre le pediría que le mostrara el ron que debía traer cuando lo invitaba. Pensaba en la puerta del baño abierta, los temas de conversación, la duración de los mismos, la preparación de las bebidas, los zapatos, pensaba todo eso concentrado además, en no pisar ninguna de las líneas de la vereda.
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