miércoles, 29 de septiembre de 2010

No tenía costumbre de espiarla, siempre respeté su espacio privado para que ella respetara el mío.  Hace unas semanas noté que su ciclo de sueño estaba roto, se levantaba en las madrugadas y la luz de la laptop alumbraba su rostro mientras yo, se suponía dormía.  Consideraba válido su comportamiento y no me preocupaba con quién conversara o de qué, al fin y al cabo ella estaba en mi cama todas las noches.  La veía sonreír, acallar sus carcajadas con constantes movimientos de sus dedos contra el teclado, no importaba.  A la mañana siguiente siempre sonriendo, me despertaba con un beso y me invitaba a ducharme para ir a trabajar.  Mientras lo hacía imaginaba qué podía estar ocurriendo con ella en la habitación contigua, mirando de rato en rato la puerta del baño entreabierta, el vapor empañando el espejo, pensaba enjabonándome el cuerpo, sacándome el shampoo del cabello, qué estaría haciendo.
Al salir de la ducha, vestido ya, camino a la mesa del comedor, donde ella colocaba todas las mañanas un individual blanco de tela, una servilleta, un tenedor brillante para los huevos revueltos, tostadas, un jugo de naranja natural, recién exprimido que dejaba el departamento con un olor cítrico buena parte de la mañana, una taza de café, cuyo aroma competía por inundar cada rincón de aquél pequeño espacio que era de los dos.  Ella se sentaba frente a mí, luego de salir a recoger el periódico del tapete de la puerta, me alcanzaba la sección de deportes, sonreía mientras acariciaba mi mano y le daba un sorbo al jugo.
Me iba al trabajo, antes de salir ella me entregaba un gran beso, me decía que me amaba y me daba una nalgada mientras cruzaba la puerta.  En el carro para despejar mi mente prendía la radio, pero aún así no alejaba mi cabeza de su rostro brillante frente al computador.  Volvía a casa, le dada de comer a la gata, su gata, luego llegaba ella sin parar de hablar de todo lo que había hecho en el día, de los ineptos que eran los practicantes de su estudio y del día de mierda en el juzgado.  Cenábamos frente al televisor, con la gata rondándonos, ella se echaba en mi hombro, me abrazaba, me besaba el cuello y nos íbamos a dormir.
De vez en cuando hacíamos el amor, cuando teníamos ganas, yo dormía inquieto despertando con cada movimiento de su pequeño cuerpo junto a mí.  Al abrir los ojos otra vez, frente a la laptop, sonriendo, arrugando a veces los ojos por la luz, haciendo muecas de desagrado, riendo, movimientos rápidos y repetitivos de sus manos en el teclado, la risa acallada y la mañana otra vez.
Sin embargo, esa mañana fue diferente, es decir, estuvo el beso en la mejilla, la invitación al baño, los pensamientos mientras me quitaba el jabón del cuerpo y el shampoo del cabello, la mesa servida, las tostadas, el café, el aroma a jugo, el individual blanco, los huevos revueltos, su mano sobre la mía, la sección de deportes, el tenedor brillante y yo…levantando la mesa en peso, rompiendo toda aquella rutina armónica de clase media, haciendo huir a la gata con un maullido aterrador, saliendo por la puerta, entrando al carro, corriendo por las calles, tocando el claxon y llegando, llegando donde ella, que me debía una explicación, que me debía una explicación, un puta explicación:

    ¿Cuánto tiempo engañaste a papá? —pregunté sudando.
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