viernes, 3 de septiembre de 2010

Lánzate al río

Desde la ciudad debíamos seguir un camino por carretera por unos cuarenta minutos, era de noche, la primera parte del camino estaba alumbrado por algunos postes de luz.  Luego de veinte minutos solo los faroles de la combi nos alumbraban. De vez en cuando detrás de la frondosidad de los árboles se podía ver la luna, luna llena.  Nos aventuramos sin decirnos nada, cada quien sumergida en sus pensamientos.  Antes de llegar al punto de partida, nos detuvimos en medio de la carretera.  El guía bajó y dio un silbido.  Se notaba una reja y unas casas con las luces ya apagadas, dentro de esa oscuridad se encendió una luz que cegaba.  Desde allí salió un lugareño que caminó en dirección nuestra con una linterna, subió y nos saludó cordialmente. 
El punto de partida era un pueblo, Solo, así se llamaba, lo había visto antes a plena de luz del día, con algunas mujeres secando granos al sol.  Ahora solo alumbraban los faroles de la combi y la linterna del lugareño.  Dos niños curiosos se acercaron, la combi nos entregó luz mientras nos preparábamos.  Nos colocaron los chalecos y los cascos.  El sonido del río en la oscuridad intimidaba, pero aún nos mantuvimos serenas, paradas cerca de la entrada por donde luego caminaríamos con el bote.
Antes de eso una oración, el padre nuestro más corto de nuestras vidas, todas lo empezamos y luego olvidamos lo demás.  Hicimos un círculo y decidí dedicar una oración a la naturaleza, así lo hicimos.  Embriagadas de adrenalina, caminamos descalzo hacia nuestra aventura.
Nos dieron las indicaciones, cómo sentarnos, cómo enfrentar los rápidos y la natural calma que debíamos mantener en caso nos llegaramos a caer al río.  Allí empezó.
La luna era nuestra única luz, no teníamos nada encima más que nuestra ropa, el equipo y los remos.  La luna le daba reflejos al río, el ruído del agua contra las rocas, el cielo despejado y plagado de constelaciones, el primer rápido.  La adrenalina se apoderó de todas, éramos la únicca bulla humana en ese lugar.
Dos rápidos más, en uno de ellos casi perdemos el equilibrio, pero nos contuvimos.  Minutos después el anuncio esperado:
-Aquí si desean se pueden tirar y flotar.
Yo dudé lo reconozco, sin embargo todas las demás lo hicieron, yo me sentí satisfecha con estar allí de noche, mirando aquella inmensidad encima mio.  Me tiré, lo hice torpemente y casi entro en pánico si el chaleco no me sacaba a flote, me agarré a las amarras del bote.  Me aclimaté y logré soltarme un momento, luego lo vi, el cielo, la luna.  Subimos de nuevo, nos esperaba un rápido más y otro remanso.
El último rápido fue juguetón, empujó el bote con fuerza pero sin furia y cada reflejo de luz en él parecía entregar una sonrisa, parecía invitarte a jugar.  Nuestro grito de conquista despertó a la naturaleza que dormía.  Una bandada de pájaros blancos, salió de la espesura de los árboles, volando en círculo para retornar a sus hogares.
El último remanso, esta vez no dudé en lanzarme en él, me quedé allí, dejándome llevar por el río, flotando en él, mirando el cielo más estrellado que he visto, con la luna que a estas alturas parecía estar al alcance de mis manos. 
Lánzate al río y déjate llevar por él, enfréntate a tus miedos, respira y observa la belleza de la simplicidad.
Aquella noche dejé en el río todos mis miedos y trabas,todos mis "no puedo"; "tengo miedo";"¿ahora qué hago?"; aquella noche que me dejé llevar por el río, me di cuenta que a partir de ahora, sin importar qué venga, ni de dónde, lo puedo enfrentar.  Ya no le tengo miedo al paso siguiente, ya no le tengo miedo a no saber qué hay más allá.
Aquella noche también aprendí, que no hay nadie más con quien quisiera lanzarme al río, que no sean ustedes, amigas.
Así que, "Lánzate al río" y deja de pensar en qué irá a pasar.
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