viernes, 2 de abril de 2010

Ojalá haya ají de gallina

Me perdí por completo en el aroma del perfume que llevaba puesto, pensando en la posibilidad de que lo tuviera desperdigado por cada poro de su piel, por cada retazo de tela que cubría su cuerpo. Eran las siete de la noche, ella hablaba y me contaba sobre su vida, desde luego a pedido mío, parecía ser que éramos los únicos teniendo una conversación. No la podía mirar a los ojos, mi mirada se posaba en ella cuando no me miraba, por un momento cerré los ojos tratando de imaginar su silueta desnuda y aromática, ella me preguntó: Te sientes mal, yo sonreí y le pedí por favor que continuara su relato.

Eran las ocho, había estado bebiendo un poco de cerveza en la taza que siempre llevaba conmigo, no podía libar de otra cosa que no fuera mi taza, me daba un aire interesante pensaba yo. La noche transcurrió tranquila y amena, voces altas, risas escandalosas y el esfuerzo sobrehumano que hacía para escucharla envueltos en el ensordecedor sonido de la música y las conversaciones ajenas. Varias veces me había sugerido salir al jardín para dejar de gritar pero yo no accedí, el frío le dije, no era tanto así, me gustaba que se acercara a mi oído y así sentir su aliento en mi piel, tratando de esconder el estremecimiento de mi cuerpo, me gustaba acercarme a su oído y robarle sin que se diera cuenta con mi olfato ese embriagador aroma que tan profundamente trataba de descifrar.

Eran las diez, el veneno había cambiado, repartían unos cócteles con colores tropicales, sabían bien. Yo decidí salir a dar una vuelta y comprar un poco de ron y cigarrillos, había dejado a mi interlocutora con sus amigas, las cuales al llegar la apartaron de mi, sin siquiera saludarme. No me importó, luego de tomar un poco llegaría a arrebatarla yo también. Prendí un cigarrillo delante de la casa y me quedé parado debajo de la garúa limeña y envuelto en la humedad de Barranco. Sonreí, alcé los brazos cual alas y me sentí seguro. Regresé a la fiesta, había más gente ahora, algunos de los asistentes ya tenían la mirada perdida o la sonrisa colocada en el rostro cual máscara. Traté de ubicarla entre los rostros de los otros sin éxito, me senté al pie de la escalera. Ella bajaba, se apoyo en mi hombro para sentarse y me sonrió, yo le devolví la sonrisa, percatándome de que tenía los ojos de color avellana. Blanco.

Eran más de las diez, ya no lograba ver realmente las agujas en mi reloj, llevábamos horas bebiendo, lo sabía porque no había tanta gente, algunos estaban sentados en el piso, echados, boca arriba, boca abajo, otros deambulaban de un lado a otro. Bailaba, no recuerdo por qué, nunca me gustó el baile, pero ella tomaba mis manos y sonreía y cantaba y tarareaba, era feliz, así que no me importó. Blanco.

Mi mano se encontraba sobre una de sus tetas, a pesar de que su rostro estaba tenso y con la mirada fija en mí, en un acto notablemente desaprobatorio, mi mano empezó a acariciarla, lento, suave, ella pareció relajarse, sonrió y me besó. Blanco.

Yo sobre ella, una habitación en penumbras y ella susurrando en mi oído pequeños gemidos casi inaudibles por la música de fondo. La penetraba, lo sé porque lo sentía, dentro de mi desorientación recordé mi curiosidad acerca de su aroma y de su piel, y empecé a recorrer sus pechos, su vientre con mi nariz, aspirando encantado, envuelto en un éxtasis que después de unos minutos me haría acabar en ella. Blanco.

Me están chupando la pinga, lo sé porque lo siento, es ella de nuevo, la música ya casi ni se siente, seguimos en la misma habitación, la cual ya se definió en formas, hay una cómoda, un ropero grande empotrado a la pared y la cama tiene sábanas blancas. Se puede escuchar perros ladrando y algunos gritos incomprensibles, de voces comprensiblemente embriagadas. Lo hace muy bien, me pregunta si me gusta, utiliza su mano, luego su lengua, luego su garganta. Me hace feliz, me siento bien, avísame, me dice. Blanco.

Ella me insulta, parece molesta, camina de un lado a otro, grita, tira de las sábanas, se va vistiendo, primero las bragas, los jeans, y antes de colocarse el zapato izquierdo, da un portazo y se va. Vuelve a entrar para recordarme lo patán e idiota que soy, encima se te para mal, me grita y vuelve a tirar la puerta. Miro a mí alrededor, hay poca luz y me impide saber que hora es, me siento agotado, decido dormir. Blanco.

Luz, mucha luz, me duelen los ojos, tengo la boca seca y estoy calato. Me levanto y me pongo el calzoncillo, voy en busca del baño. Orino, me miro al espejo, me mojo la cara y bebo agua del caño como mi perro. Me visto, bajo las escaleras. Hay botellas tiradas por todas partes, una pareja duerme, él sentado y ella sobre él, me pregunto si habrán estado así toda la noche. Dos hombres abrazados durmiendo sentados en el piso apoyados ambos en la pared y en sus cabezas, uno de ellos abrazado a una botella de ron. Una mujer sentada a la mesa, me mira y me invita a sentarme. Habla profusamente mientras yo sigo mirando a mí alrededor, siento su masticar de forma superlativa en mi oído. Estoy desorientado, se ofrece a invitarme un café. Blanco.

Una avenida, un poco de sol, un taxi, unas palabras, un portazo. Blanco.

La llave de mi puerta, mi cama, mi pijama, mi habitación. Blanco.

— ¿Vamos a almorzar? —dice.
—Ojalá haya ají de gallina —digo yo.
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