viernes, 2 de abril de 2010

—Eres un degenerado.


Ese era su juego preferido, así se sentía mejor, se excitaba más. Aquél cuerpo maduro debajo de ella era su mejor y más secreta travesura. Él sonreía y la miraba columpiarse sobre él, posaba sus manos sobre sus caderas, sobre su lozana piel, sobre toda la juventud de la que ya él carecía y la tomaba con ímpetu juvenil. Alfredo tenía treinta y seis años, ella veintiuno. La conocía desde que ella tenía diez y él salía con su hermana mayor. Todavía cuando está de buen humor y solo en su departamento, recuerda cuando la visitaba, como lo sacaba a bailar, como le decía a su hermana: Mira como baila conmigo Ximena. Eran buenos amigos, siempre lo fueron, ahora eran buenos amantes, buenos desde que él le quito la etiqueta de estreno, seis meses después de encontrarse de nuevo.


—Estás muy grandecita para que alguien piense que soy un degenerado— dijo.
—No importa que edad tengas tú, en relación conmigo siempre serás el viejo verde que me sacó de los columpios— reía mientras iba al baño.


Siempre le pareció una niña interesante y bonita, muy bonita, tanto es así que le emocionaba cada año nuevo que cumplía, la miraba crecer, cambiar y sentía alegría y algo de pena de pensar que tendría que esperar mucho para siquiera sacarla a dar una vuelta en su coche, como hacía con su hermana. Compartían la pasión de la lectura, él le prestaba libros que luego de acabados comentaban, él le explicaba las palabras que ella no entendía y ella lo mantenía al tanto de todos los pretendientes que la rondaban.


Luego de una larga relación de cuatro años con Ximena, ésta decidió dejar de aguantar las constantes infidelidades de Alfredo poniendo fin a la relación. Lo que más pena le causó a él fue saber que ya no tendría excusa para seguir frecuentando a Zulema, para seguir observándola e imaginando que le deparaba el futuro y el desarrollo a su cuerpo. A veces pensaba en ir a buscarla a la salida del colegio y no lo hacía por miedo a verse como un degenerado, debido a esta confesión, Zulema se deleitaba llamándolo así cuando tiraban.
Esa no fue la única confesión que Alfredo le hizo, entre otras le comentó de su manía de buscar putas que se parecieran a ella, se tomaba la molestia de buscar en cada uno de esos cuerpos, de esos rostros, los rasgos de Zulema, su cabello ondulado y castaño, su sonrisa amplia, sus ojos color avellana y toda esa coquetería, que él pensaba que perdería al cambiarle el cuerpo. Por esos años, luego de la separación con Ximena, muchos amigos le comentaban lo mucho que se habían parecido sus enamoradas siguientes a ella, él sonreía y decía en su mente: si supieran que es por ti Zule, me meten preso.


Nunca fue buscarla al colegio, nunca volvió siquiera a pasar por la calle de su casa, aunque ganas no le faltaron. Le rondaba la idea de que diría la gente de verlo con una quinceañera en su coche, le preocupaba estar yendo contra la ley pero no contra las buenas costumbres. Pero eso era antes, ahora a su edad no había buenas costumbres, porque sabe que muy dentro de él todos esos años hasta antes de su encuentro, no dejó de pensar en ella, de imaginarla y cuando al sacar la cuenta de los años supo que ya tendría los dieciocho cumplidos no dejó de desearla y hasta masturbarse en la ducha por las mañanas pensando en ella.


Se encontraron de casualidad, por destino o por azar. Él regresaba de Madrid luego de un segundo matrimonio fallido y una liquidación de un puesto como profesor que no le duraría tanto allá como en Lima. Se había mantenido al tanto de la movida literaria limeña todo lo que había podido, pero quedó impresionado al ver como el mundo de las letras se había abierto un próspero camino en nuestra sociedad. Había nuevas editoriales independientes, había nuevos poetas, y entre esos encontró a Zulema. En siete años era la primera noticia que tenía de ella, estaba emocionado por verla, por saber si se acordaba de él, quería verla, quería ver si todo lo que había imaginado sería verdad, las caderas, la cintura, la sonrisa y la voz, era afortunado, tenía la oportunidad de encontrarse con su fantasía, de encontrarse con la mujer de sus sueños.
Se alistó del mismo modo que lo hacía cuando tenía una cita con una de sus compañeras de turno, salvo que esta vez se quedó parado frente al espejo luego de afeitarse esa barba frondosa y oscura que tenía desde los veinticinco. Vio arrugas y piel algo cuarteada, vio dientes algo amarillos por el abuso del tabaco y pensó en Zulema. Aquél cuerpo joven y fresco, miradas a las que les falta mucho por ver, otros cuerpos menos maltratados que el suyo, detrás de ella, o con ella. Al terminar de lavarse y arreglarse, se colocó una banda blanqueadora de dientes mientras miraba un partido del barza en cable, después de todo tenía una sonrisa estupenda.
Mucho tiempo había pasado desde la última vez que viajaba en trasporte público en Lima, notaba que las calles se habían llenado de muchas líneas de bus, de cobradores gritones, de choferes imprudentes, así que decidió tomar un taxi. Por costumbre solo subió e indicó al chofer la dirección que debía seguir, al llegar se percató de su graso error al momento de pagarle al taxista: pareces nuevo, dijo para sí mismo. Caminó a la puerta del café donde había un recital en el cual Zulema leería, se tomó unos minutos para observar su reflejo en el vidrio de la puerta de entrada. El recital había empezado, había bastante público, así que se quedó de pie cerca de la entrada, mirando a la mesa de lectura.


No lograba verla, buscó también entre los asistentes, decidió quedarse un momento más y luego regresar a casa, cuando de repente un susurro y una mano que cogió su brazo lo hizo voltear. Era Zulema llegando tarde, apurada, jugando con su cabello y agarrando su cartera entre los brazos mientras pasaba entre la gente hasta llegar donde estaban los otros invitados.

Al finalizar, avanzó hacia ella mientras todavía se escuchaban algunos aplausos, se acercó y se quedó parado frente a ella, sonriendo. Ella sonrió de vuelta y volteo a conversar con los demás poetas:


—Hola Zulema, no me digas que no te acuerda de mi —le dijo.
—No, no me acuerdo —siguió conversando, dándole la espalda.
—Soy Alfredo, Alfredo Santori


Ella volteo, él se sintió aliviado de reconocer en aquella mirada, a la niña que no había dejado de pensar. Zulema se abalanzó sobre él, se colgó de su cuello, y él comprobó que podía hacerle el amor de pie, sin ningún problema. Quedaron en tomarse un café pero en otro lugar, ella le dio una dirección y le pidió que se adelantara, porque aún debía coordinar algunas cosas. Alfredo caminó satisfecho con el encuentro, caminó contento, imaginando, deseando, algo nervioso, se río de él mismo, de sentirse así, como un muchacho al que el corazón le quitaba aire, aun así prendió un cigarrillo.


Mientras se tomaba un café, apareció por la puerta Zulema, lo saludó con un largo beso en la mejilla, ella olía suave y fresco, pidió un café y empezaron a charlar. Él estaba más interesado en saber de ella, que contarle sobre él, sin embargo ella interrumpía su relato para preguntarle cosas, cosas que él contestaba parcamente, entregándole el dominio de la conversación. Él deseaba no mirarla con tanto deseo, con tanta lujuria, evitaba constantemente mantener la mirada fija en ella, pero era casi imposible, quería comprobar a cada segundo, si su imaginación no había fallado, observaba su cabello ondulado, su sonrisa amplia, sus ojos color avellana. La velada terminó rápido, ella debía ir a encontrarse con sus amigos, lo invitó a acompañarlos, pero él se negó, inventando una excusa idiota. Antes de despedirse, intercambiaron números y quedaron para verse de nuevo. Esa noche le fue imposible dormir, estaba demasiado excitado, pero no se masturbó, tenía ganas de sentirla a ella, de perderse en ella y no iba a desperdiciar energía en el vacío de su puño, pero sabía también que su deseo demoraría en cumplirse, si es que en todo caso se cumplía.


Pasaron dos semanas, antes de que ella lo llamara, como buen cazador, veterano, Alfredo sabía que debía esperar paciente a que la presa cayera. Zulema lo invitaba a otro recital y luego a unos tragos en casa de unos amigos. No le emocionaba la idea de pasar tiempo con un grupo de niños, pero era el sacrificio que debía hacerse, así que aceptó luego de un largo silencio. Decidió saltarse el recital y llegar solo a la reunión. Zulema lo saludó de nuevo, con ese beso largo en la mejilla, que le permitía a él, saciarse de su aroma.


Llegaron a un caserón antiguo en Barranco, repleto de niños pretenciosos y seudo intelectuales que él evitaba mirar con suspicacia. Zulema le presentó alrededor de cinco muchachos, entre hombre y mujeres, sus amigos más cercanos supuso, sin embargo ella saludó a casi todos los asistentes. No bebió en toda la noche, él deseaba un vaso de whisky sin hielo, como había aprendido a beberlo con el tiempo, educando su garganta. Pero lo que ellos bebían era ron barato y cervezas a medio helar. Estuvo dando vueltas por la casa, tratando de encontrar una ventana donde fumar, en la casa el aire estaba enrarecido, entre cigarros y marihuana, sentía los ojos cansados. Una mano acarició su espalda, era Zulema, le pidió un cigarrillo y él se sintió feliz de compartir uno con ella, esos detalles le hacían recordar que ya no era una niña y eso no lo hacía sentirse viejo. Conversaron largo tiempo, ella le contó sobre Ximena, se sintió feliz de saber que le iba bien y cambió de tema. Ella pareció desconectarse de la conversación y lo invitó a bailar, era una especie de balada:


—Hay que bailar como antes —le dijo.

Pero esta vez, ella se aferró a su cuello y colocó su oído cerca de su corazón, él la tomó de la cintura, a una respetable distancia del culo, y pudo oler su cabello con tranquilidad y estrecharla y sentirla, y sentir como su corazón se aceleraba como un quinceañero otra vez, ella suspiraba y acariciaba su cuello, su cabello, podía sentir su corazón el pecho. Ella empezó a acariciarle el pecho, el torso. Entonces levantó el rostro y lo miró, él se acercó a darle un beso, ella retrocedió sin quitarle la mirada de encima y se acercó lento a su boca, jugó a rozarle los labios, a besarse solo con los labios, y después con todo lo demás. Alfredo se dio cuenta de que hacía demasiados años que nadie lo había besado así, hace muchos años que él ni siquiera experimentaba el beso y a pesar de que estaba interesado en llevársela a la cama en ese preciso momento, supo apreciar lo especial de ese pequeño encuentro.

Así pasó el tiempo, él la visitaba en los recitales, salían al cinematógrafo, a exposiciones, llegó a conocer mejor a sus amigos y hasta salían juntos, sin ella. Alfredo había sabido ser paciente, luego de que Zulema le confesara su falta de pericia en el ámbito físico-amoroso. El día de su cumpleaños número veintiuno, ella tomó la decisión de entregarse a él. Esa tarde Alfredo trato de no ser un amante egoísta, como se lo había dicho su ex esposa los últimos días que vivieron juntos. Trató de recordar la última vez que había tenido la oportunidad de compartir tanta inocencia en su cama. Sabía que después de esto, le esperaban encuentros sexuales más salvajes y sueltos, más relajados y variados, así fue.

— ¿A qué te refieres con qué esto nunca fue exclusivo? —dijo intentando no alzar la voz.
— A que no es exclusivo, esto no es una relación, salimos, tiramos y ya, ya me aburrí.
— ¿Te aburriste? ¿O te pica la chucha por alguno de esos niños idiotas?
— Puede ser, pero eso no es asunto tuyo, y yo tampoco tengo tu edad.


Discutieron toda una tarde, durante los silencios Zulema se miraba las uñas y respondía mensajes de texto en su celular, Alfredo en cambio fumaba y caminaba de un lado a otro, tratando de entender como esa niña se le escapaba de las manos, con una excusa que él mismo alguna vez utilizó con tantas otras mujeres. Zulema se servía agua, se le veía tranquila y feliz, eso a él lo llenaba de ira, pero entendió. Después de casi media hora sin hablar, pensando, razonando todas las respuestas que ella le había dado, se dio cuenta que tenía razón, ella era una niña tonta, que tenía que vivir y él ya tenía la vida hecha. Con toda la calma y educación que aún conservaba le dijo:


—Ya vete, tienes razón, ya vete


Ella terminó el vaso de agua que se había servido, cogió su bolso, lo cruzó alrededor de su cuerpo y se acercó a darle un beso, solo que esta vez fue fugaz, casi protocolar. Dio media vuelta y antes de salir, le dijo:


—Te quiero Alfredo, no lo dudes, solo que no de la misma forma que tú. Espero recibir noticias tuyas, para saber que no me guardas rencor. Chao


Alfredo se sirvió un vaso de whisky mientras en el balcón de su apartamento frente al malecón se ponía el sol, prendió la televisión y lo dejó en un partido repetido del barza. Fue al baño y se miró en el espejo, observó lo de siempre en su rostro, arrugas, vello facial creciendo y sus dientes amarillos por el abuso del tabaco y en sus ojos cansados, agua salada queriendo caer. Se lavó el rostro, se puso el pijama y se fue dormir. Al día siguiente empezaba a dictar en una universidad, un curso electivo de poesía contemporánea peruana.

Ojalá haya ají de gallina

Me perdí por completo en el aroma del perfume que llevaba puesto, pensando en la posibilidad de que lo tuviera desperdigado por cada poro de su piel, por cada retazo de tela que cubría su cuerpo. Eran las siete de la noche, ella hablaba y me contaba sobre su vida, desde luego a pedido mío, parecía ser que éramos los únicos teniendo una conversación. No la podía mirar a los ojos, mi mirada se posaba en ella cuando no me miraba, por un momento cerré los ojos tratando de imaginar su silueta desnuda y aromática, ella me preguntó: Te sientes mal, yo sonreí y le pedí por favor que continuara su relato.

Eran las ocho, había estado bebiendo un poco de cerveza en la taza que siempre llevaba conmigo, no podía libar de otra cosa que no fuera mi taza, me daba un aire interesante pensaba yo. La noche transcurrió tranquila y amena, voces altas, risas escandalosas y el esfuerzo sobrehumano que hacía para escucharla envueltos en el ensordecedor sonido de la música y las conversaciones ajenas. Varias veces me había sugerido salir al jardín para dejar de gritar pero yo no accedí, el frío le dije, no era tanto así, me gustaba que se acercara a mi oído y así sentir su aliento en mi piel, tratando de esconder el estremecimiento de mi cuerpo, me gustaba acercarme a su oído y robarle sin que se diera cuenta con mi olfato ese embriagador aroma que tan profundamente trataba de descifrar.

Eran las diez, el veneno había cambiado, repartían unos cócteles con colores tropicales, sabían bien. Yo decidí salir a dar una vuelta y comprar un poco de ron y cigarrillos, había dejado a mi interlocutora con sus amigas, las cuales al llegar la apartaron de mi, sin siquiera saludarme. No me importó, luego de tomar un poco llegaría a arrebatarla yo también. Prendí un cigarrillo delante de la casa y me quedé parado debajo de la garúa limeña y envuelto en la humedad de Barranco. Sonreí, alcé los brazos cual alas y me sentí seguro. Regresé a la fiesta, había más gente ahora, algunos de los asistentes ya tenían la mirada perdida o la sonrisa colocada en el rostro cual máscara. Traté de ubicarla entre los rostros de los otros sin éxito, me senté al pie de la escalera. Ella bajaba, se apoyo en mi hombro para sentarse y me sonrió, yo le devolví la sonrisa, percatándome de que tenía los ojos de color avellana. Blanco.

Eran más de las diez, ya no lograba ver realmente las agujas en mi reloj, llevábamos horas bebiendo, lo sabía porque no había tanta gente, algunos estaban sentados en el piso, echados, boca arriba, boca abajo, otros deambulaban de un lado a otro. Bailaba, no recuerdo por qué, nunca me gustó el baile, pero ella tomaba mis manos y sonreía y cantaba y tarareaba, era feliz, así que no me importó. Blanco.

Mi mano se encontraba sobre una de sus tetas, a pesar de que su rostro estaba tenso y con la mirada fija en mí, en un acto notablemente desaprobatorio, mi mano empezó a acariciarla, lento, suave, ella pareció relajarse, sonrió y me besó. Blanco.

Yo sobre ella, una habitación en penumbras y ella susurrando en mi oído pequeños gemidos casi inaudibles por la música de fondo. La penetraba, lo sé porque lo sentía, dentro de mi desorientación recordé mi curiosidad acerca de su aroma y de su piel, y empecé a recorrer sus pechos, su vientre con mi nariz, aspirando encantado, envuelto en un éxtasis que después de unos minutos me haría acabar en ella. Blanco.

Me están chupando la pinga, lo sé porque lo siento, es ella de nuevo, la música ya casi ni se siente, seguimos en la misma habitación, la cual ya se definió en formas, hay una cómoda, un ropero grande empotrado a la pared y la cama tiene sábanas blancas. Se puede escuchar perros ladrando y algunos gritos incomprensibles, de voces comprensiblemente embriagadas. Lo hace muy bien, me pregunta si me gusta, utiliza su mano, luego su lengua, luego su garganta. Me hace feliz, me siento bien, avísame, me dice. Blanco.

Ella me insulta, parece molesta, camina de un lado a otro, grita, tira de las sábanas, se va vistiendo, primero las bragas, los jeans, y antes de colocarse el zapato izquierdo, da un portazo y se va. Vuelve a entrar para recordarme lo patán e idiota que soy, encima se te para mal, me grita y vuelve a tirar la puerta. Miro a mí alrededor, hay poca luz y me impide saber que hora es, me siento agotado, decido dormir. Blanco.

Luz, mucha luz, me duelen los ojos, tengo la boca seca y estoy calato. Me levanto y me pongo el calzoncillo, voy en busca del baño. Orino, me miro al espejo, me mojo la cara y bebo agua del caño como mi perro. Me visto, bajo las escaleras. Hay botellas tiradas por todas partes, una pareja duerme, él sentado y ella sobre él, me pregunto si habrán estado así toda la noche. Dos hombres abrazados durmiendo sentados en el piso apoyados ambos en la pared y en sus cabezas, uno de ellos abrazado a una botella de ron. Una mujer sentada a la mesa, me mira y me invita a sentarme. Habla profusamente mientras yo sigo mirando a mí alrededor, siento su masticar de forma superlativa en mi oído. Estoy desorientado, se ofrece a invitarme un café. Blanco.

Una avenida, un poco de sol, un taxi, unas palabras, un portazo. Blanco.

La llave de mi puerta, mi cama, mi pijama, mi habitación. Blanco.

— ¿Vamos a almorzar? —dice.
—Ojalá haya ají de gallina —digo yo.