martes, 26 de octubre de 2010

Nebulosa en Rojo

Su sangre se mezcló con la mía y en ese momento tuve una sensación extraña, no podía evitar imaginar todo lo que estábamos compartiendo a través de eso, mezclándonos y enredándonos para siempre, pero sobre todo me agobiaba el peso de la incertidumbre de poder estar contrayendo esa día que el mes de junio acababa, alguna enfermedad incurable o algún bicho horrendo aunque inofensivo que llevaba en su ADN. No recuerdo los detalles de aquél ritual, cómo empezó o por qué se realizó, solo me es posible recordar, como un pequeño alfiler clavado en lo que ahora es el desorden de mi mente, que no podía romperlo.
Sí, eso era lo único claro que recordaba que salió de su boca, miraba sus labios y me concentraba en ellos porque la luz les daba un textura exquisita, traté de no concentrarme tanto en eso y miré sus ojos, pero el resultado en mí era exactamente el mismo, una debilidad en las piernas y en mi voluntad para evitar caer en sus labios. Mantuve la calma todo el tiempo, a pesar de los constantes reclamos que tenía para mí en mi mente. Mi cuerpo no mostraba reacción alguna de protesta ante su voz, sus manos y aquella pequeña aguja de jeringa con la cual clavó mi índice por alguna razón que ya olvidé.
Apenas sentí el acero traspasando mi piel me zumbaron los oídos y se me calentó el cuerpo, sudé frío pero en ningún momento dejé de observar como salía de mi aquél líquido viscoso de un color granate más que rojo. Me paralicé por miedo a que la aguja me abriera una zanja en el dedo y las pequeñas gotas se volvieran un chorro fuerte y salpicara cual película gore sobre el resto del grupo que miraba expectante. Sí, es cierto, había más gente alrededor, más gente no, no lo sé, todo es confuso ahora, todas las imágenes se cruzan, se confunde, se superponen o bien tratan de gobernar el recuerdo que quiero recordar, la razón por la cual no podía romperlo.
Luego su sangre, su sangre que a simple vista era como la mía, pero no era la mía. Tenía un color brilloso como el de la tempera o del brillo del aceite sobre las cosas. Yo no tuve el valor para clavarle la aguja, me miró diciéndome lo obvio y sostuvo la aguja cerca de su piel por unos segundos. La hundió lento, con temor, la demora parecía mostrar que tenía la piel dura, pero luego apareció, una pequeña gota se abrió camino timidamente. Presionó su dedo con fuerza, la gota engrosó, su sangre me recordó el color del labial russian red.
 La herida de mi índice estaba empezando a secarse. Acercó su dedo en mi dirección mientras la gota de sangre le chorreaba hasta llegar a la palma de su mano izquierda. Yo le mostré la palma de mi mano con el índice que ya mostraba una costra húmeda que se iba secando en los bordes. Al juntar su dedo al mío, mi dedo sobre el suyo, traté de no presionar muy fuerte y evitarme el dolor. Las heridas aún quemaban y latían, latían y sangraban, le imprimió fuerza y asemejando un pincel jugó con su dedo a hacer pequeños círculos, asegurándose que nos mezcláramos bien, que nos confundiéramos, haciéndome cómplice de algo que no podría decir nunca.
Me aconsejó que me chupara el dedo para evitar el ardor y la herida cerrara, dijo todo eso llevándome de la mano a la matiné de su hermana menor en el primer piso de la casa. Tomaron la foto familiar, papá, mamá, ella y su hermana con una torta de strawberry shortcake en el centro de la mesa rodeada por bocaditos. Yo aún tenía el dedo en la boca, ella miraba al piso cuando se tomó la foto.

domingo, 24 de octubre de 2010

El avión

Aquella casa estaba inundada de olores, el olor a pulitón era mi preferido, se mezclaba con el aroma del pan caliente recién traído de la panadería que se encontraba a pocas cuadras de allí, ese pan caliente, en la panera de aluminio, cubierto por un secador impecablemente blanco y aroma a jabón de lavar marca Bolívar. El aroma del café de grano recién molido y pasado con el agua a punto con la receta secreta que le daba el sabor que tanto comentarían los adultos a la hora del lonche. El olor a comida cacera con aderezo a base de cebolla y ajo, el arroz hecho a la antigua, cocinado a fuego lento y con la cantidad de agua precisa. Todo esto acompañaba gritos y sudores de niños de menos de diez años, corriendo de un lado a otro, jugando con poca supervisión en la pista frente a la casa.
Era verano, era sabido entre mi hermano y yo que pasaríamos la mayor parte de la tarde en casa de la abuela. Dos padres trabajadores para mantener el hogar, para tener el árbol de navidad lleno de regalos, para pagar los costosos colegios de los que nos quejaríamos al hacernos adultos, para tener un perro, agua caliente y luz todos los días a todas horas. La abuela era un personaje, pequeña como era, la cocina estaba hecha a escala, no había alacena que no pudiera alcanzar con solo empinarse, el lavadero no tenía mucha altura al igual que la cocina, pero aquello solo lo notaría al crecer. Esa habitación casi liliputiense me recordaba siempre el jardín de infancia y esa pequeña casa que todos los salones nos turnábamos para jugar, con pequeñas camas, muñecos a modo de hijos que cerraban los ojos al echarse, y cocinas pequeñas de plástico que no producían una sola llamarada.
Yo no salía, solo me quedaba en el muro de la puerta mirando por entre las rejas de la casa de la abuela, mirando como jugaban y corrían y reían, yo solo miraba. A la hora de comer siempre recibía un plato más pequeño que ellos y una fruta menos de postre, sin opción a repetir. Mi abuela se sentaba en su silla a ver telenovelas mexicanas, las cuales devoraba con suma atención y me explicaba, como quien cuenta cuentos para dormir, esas tramas enrevesadas y melodramáticas que odio con tanta convicción. Luego se dedicaba a recoger la mesa, los platos, cubiertos, huesos y restos de arroz de los individuales, que minutos antes habían estado llenos y habían sido dejados por aquellos niños traviesos, a los que enviaba a cambiarse el polo empapado en sudor para que no se enfermaran.
A esa hora de la tarde continuaba con mi ejercicio de contemplación, el olor del pulitón era embriagante, mi abuela lavaba en silencio a diferencia de mi madre que siempre solía cantar, mi abuela miraba por la ventana de la cocina, empinándose para ver mejor a los nietos mientras se secaba las manos y comprobaba que aquél secador ya merecía ser lavado.  Los iba recolectando de los alrededores de la cocina y la mesa del comedor. Llenaba una gran olla con agua que hacía hervir con algo de jabón en escamas, del cual me regalaba un poco para jugar. Una vez hervida el agua metía uno a uno los secadores y los dejaba allí hasta que terminará la siguiente telenovela. Yo jugaba en el piso de la sala con un robot de plástico para armar, una de las pequeñas piezas había salido volando y me dedicaba a buscarla con atención.
Ellos seguían corriendo y gritando, mi abuela gritaba detrás de ellos echándolos, espantándolos como moscas con el único secador que se salvo de hacerse sopa y juntaba la puerta para seguir escuchando como María Fernanda le confesaba a Carlos Alberto que efectivamente Vitito era hijo suyo. Siempre al escuchar la música de tensión ante una confesión como esa, miraba a mi abuela y disfrutaba con su expresión de sorpresa. La boca abierta en forma de o y la suave caída de su mandíbula antes de ser cogida con su mano.
Continuaba buscando aquella pieza mientras en la cocina el olor del café empezaba abrirse paso por la casa, mi abuela salió de la cocina y me pidió que fuera deprisa a su cuarto en el segundo piso por sus pastillas para la presión, estaba colorada y respiraba entrecortado. Subí como un rayo a su cuarto y encontré las píldoras en su mesa de noche junto a su devota favorita y me quedé algunos segundos contemplando el pequeño altar de imágenes de santos que tenía, para que las ánimas la dejaran descansar y no la visitaran en altas horas de la noche. Bajé como un rayo y ella me esperaba sentada en su silla con un vaso con agua, tomó la pastilla mientras yo sacaba mi inhalador del bolsillo del pantalón y reposaba en el piso. Cuando recuperamos el aire me mandó a cambiarme el polo transpirado por primera y única vez en mi vida.
Salía con ella a comprar el pan y en el camino de ida anunciaba a los mataperros que al volver sería hora de entrar a casa. Llevaba siempre su bolsa para el pan, una bolsa de tela que conservaba el olor a pan fresco siempre o bien el olor del jabón de lavar. Me compraba un merengue mediano de veinte céntimos, un premio consuelo para quien no puede corretear por la calle y al llegar a la puerta de la casa mandaba a entrar a la muchachada. Entraba con ellos y nos quedábamos más de lo debido para lavarnos las manos, jugando con el agua hasta que la abuela pegaba el grito y nos mandaba a sentarnos a tomar lonche. Antes de salir de casa mi abuela dejaba la mantequilla a temperatura ambiente para que estuviera lista para untar cuando llegáramos. Luego esperábamos con mi hermano viendo el chavo del ocho a que llegara papá a recogernos, nos despedíamos de la abuela hasta mañana y nos íbamos a casa.
Una de aquellas tardes, el tío Tito nos regaló un gran paquete de hojas bond para jugar, hicimos mil destrozos. Jugamos a lanzar bombas hechas de bolas de papel, jugamos a una carrera de sapos saltarines que ganó mi hermano y como castigo, a los perdedores nos chicoteó el antebrazo con tres dedos. Jugamos además a los piratas haciendo gorros e imitando el sonido de espadas, nuevamente ganó mi hermano y como castigo, decidió encerrarnos en la pequeña alacena debajo de la escalera durante cinco minutos, en plena oscuridad. Por último hicimos una competencia de aviones que lanzaríamos en la calle para ver cuál planeaba mejor. Cada uno tenía un modelo distinto y al terminarlo debía salir a probarlo. Uno de mis primos al borde del llanto porque no sabía cómo hacer un avión me pidió ayuda. Hice su avión casi tan bueno como el mío, con los alerones hechos de un doblez especial que le daba mejor estabilidad y un alerón en la cola para que planeara mejor.
Apenas lo tuvo en sus manos salió disparado por la puerta, miré mi avión y me tomé un tiempo más en hacerlo perfecto. Caminé hacia la puerta y me senté en el borde de la entrada mirando por la reja de la casa de la abuela. Después de todo yo solo podía mirar, no podía correr y de hacerlo pasaría el resto de la tarde con la respiración entrecortada, esa tarde María Fernanda y Carlos Alberto serían felices para siempre, habría olor a pulitón, a café, a pan caliente en la panera de aluminio. También pensé que de ganar la competencia no chicotearía con tres dedos, ni con cuatro y que a diferencia de mi hermano no me gustaba la oscuridad. Encontré la pieza faltante de mi robot detrás del sillón de la sala y me fui a jugar con él, porque después de todo la calle no era lugar para una niña.

Ciclo Super Trouper

http://www.facebook.com/home.php?#!/event.php?eid=156631341022224

Hola amigos lectores:
Qué tal?? Solo para avisarles que el viernes 29 estaré leyendo en el centro de Lima
me encantaría que fueran y compartir con ustedes. Los detallesestán en el evento del caralibro
Saludos cálidos!
NV

miércoles, 13 de octubre de 2010

A mi padre (que se roba mis poemas)

Él siempre ha sido  una sombra
la mano dura frente a mi engreimiento
nunca lo llevé a pasear como hoy
tengo edad para saber
para saber que el dolor de la abuela
no pasará
que ella espera sabia
que ella espera.

Lo he comprometido a que me dé
siquiera un día
quiero por un día
decirle que es un tonto
eres un tonto
y que quiera convencerme de lo contrario
con un helado
quiero decirle que es un tonto
un tonto si no se dio cuenta
que guardaba horas
solo para él.
Una sombra y una mirada
unos celos
celos a voces ahogadas
voces interpretadas
un cuidate y te espero.

Siempre se llamó papá
y lo tengo
pero quiero decirle tonto
que es un tonto
todo aquel tiempo lo guardé para tí
para que fueras tonto y él
para que fueras tonto
y seguir jugando.

Tu voz se volvió gruesa
yo quedé contigo de madrugada
miraste de reojo
incrédulo
siempre recordaré
el helado, los celos
pero sobre todo
siempre el cuidarme
y el te espero.

jueves, 7 de octubre de 2010

Mi lugar habitual

Una vez gané una apuesta por una estupidez. Estábamos en un bar,mi lugar habitual, llevábamos horas bebiendo, escuchando música y tratando de ganar terreno frente a los otros ruidos de las mesas de alrededor. La conversación llegó al tema o el tema llegó a la boca de aquél joven borracho lleno de brío. Mi sexualidad había dejado ser un tópico para mi, pero para los que recién me conocían era un mundo inexplorado y exótico. Yo me reí, lo admito, pero su rostro aunque risueño decía la verdad. Me retó, muchas copas de más, de ron, ron puro en las rocas, como se debe tomar, acepté.
Tenía la vista nublada y no era señal de un buen estado, fui al baño un momento y sonreí en el espejo, tenía la mirada globalizada y el rostro pálido. Me induje el vómito con la esperanza de retomar algo de cordura, solo conseguí vaciar mi estómago y sentirme liviana.
Salí y ya me esperaba contento, tenía las llaves de su carro en la mano y los demás seguían bebiendo animados sin indicios de querer partir. Subimos al carro, puso algo de hip hop y me sentí valiente, mala, ruda, una hija de puta camino a un infierno que no iba a devorarme.
Era la primera vez que pisaba un burdel, y confieso que ha sido la última, él escogió a una mujer que parecía no pasar los veinte años, sonreía coqueta y juguetona mientras me guiaba por esos pasillos escandalosos en gemidos graves y agudos, me guiaba con su cadera y su andar y el sonido de sus tacones.
Esperó a que entrara a la habitación y cerró la puerta detrás de mí, me invitó a sentarme en la cama, me quité los zapatillas, me molestaban, sentía el cuerpo caliente, la respiración acelerada y el sonido de mis latido en los oídos.
Llevaba puesto un atuendo de cama sensual y liviano que seguía cada uno de los movimientos de su contorneado cuerpo. Se sentó junto a mi sin decir nada,  acarició mis piernas por encima del jean, me dio un beso tímido en los labios, pude sentir su aroma a jabón y agua, un olor a color sepia y bateas de colores. Se echó en la cama mientras jalaba mi cuerpo sobre ella. Me incorporé de inmediato cuando sentí el olor de las sábanas, tenían sudor y saliva, por decir lo menos. La senté a mi lado y le di un halago sobre sus aretes, eran unos aretes chuscos de cinco lucas, unos aros grandes que siempre he odiado en las mujeres.
La hice cómplice de mi apuesta, le conté todo y pedí su ayuda mientras acariciaba sus manos y las admiraba con un desprecio interno, tenía las uñas largas y pintadas de color, algo que siempre odiado también. Realizamos un buen montaje, una sesión fotográfica de baja calidad, digna de cholotube y sus links truchos que queman arrechos que se guían por los títulos calentones que al clickear les bajan la erección. Buenas poses a media luz y una grabación de unos gemidos fingidos, practicados milenariamente por mujeres decepcionadas esperando sacarse aquél peso de gemidos, concentradas en las imperfecciones del techo.
Tenía todo lo que necesitaba para ganar, solo había tenido que quitarme el pantalón y el polo y pedirle a aquella linda mujer tan ordinaria según mis gustos que imaginara su mejor orgasmo para fotografiar su rostro junto al mio.
Al salir por aquella puerta, me tomó del brazo y sonriendo juntó sus labios con los míos en un beso tan convincente que me hizo olvidar que no debía abrir la boca. Junto su lengua con la mía y se alejó de mi una vez hubo conseguido engancharme.
Regresa cuando quieras minina, para hacerlo realidad, me dijo, cerró la puerta detrás de mi. Volví a caminar aquél pasillo escandaloso en gemidos graves y agudos...una vez gané una apuesta por una estupidez.

martes, 5 de octubre de 2010

Ya no hay payasos

Bailaban lentito
en su pequeño universo
donde tomarse de las manos
no era pecado.

Sus ojos buscaban
perpetuar el momento
con sus bocas
hablaban tierno.

En mi mente solo existían
frases de reprobación
recordé con nostalgia
que allá afuera, soltabas mi mano.

Y es que afuera sí es pecado
y para tomarnos de la mano
hay que entrar.

lunes, 4 de octubre de 2010

Amigos

     ¿Lo tienes?
    
     Enséñamelo
     ¡Ábreme mierda!
Alonso miraba por el ojo mágico de la puerta todas las veces que Miguel tocaba, este no comprendía porque lo hacía pasar por aquél ritual obsesivo-compulsivo frente a su puerta luego de escucharlo tocar con la clave de golpes que le había entregado. En adición, realizaba un ruido molesto de ave, cada vez que Miguel olvidaba retirarse los zapatos para entrar a su casa.  Miguel no odiaba quitárselos porque sus medias tuvieran agujeros como ocurrió la primera vez que Alonso, a regañadientes decidió invitarlo a su casa y le retiró la invitación minutos después al percatarse de los huecos que dejaban ver los dedos de los pies de Miguel.  Lo odiaba porque el departamento era frío y siempre terminaba resfriado.
Retirados los zapatos, Miguel debía encargarse de preparar su bebida y esperar sentado en el sofá de tres cuerpos, no en ningún otro, a que Alonso volviera de preparar la suya. Con tres hielos de la cubitera grande, no de la pequeña y en una proporción de tres a uno, con énfasis en el ron. Esta actividad solo podía tener lugar en la cocina y sin dejar marcas de ningún tipo en la madera del repostero. Miguel también había aprendido que los temas eran discutidos en un orden constante y lo recordaba con perfección porque en varias ocasiones, las primeras veces que Alonso decidió frecuentarlo, había terminado en la calle sin zapatos y sin explicación.
El tema favorito de Alonso era la música, sobre todo la que acompañaría la reunión, en su habitación tenía un mueble dedicado a cada rareza musical que había encontrado en la web, ordenada bajo títulos diversos, dependiendo de las influencias musicales que encontraba en los discos. Miguel no sabía una mierda de música, al principio solo lo escuchaba y se ahogaba en su vaso de ron, con el pasar del tiempo fue capaz de mantener la conversación con él, sin evitar que este se encerrara en sí mismo y le diera por tirar disco tras disco al piso en dirección a los pies descalzo de Miguel, y este terminara en la calle.
La puerta del baño debía mantenerse abierta sin importar qué se estuviera haciendo allí, una razón de peso para que Alonso no tuviera muchas visitas femeninas. Miguel tuvo la discusión más fuerte con su novia a causa de aquella manía, la cual terminaría con él con la mejilla caliente de la cachetada que le dio, y una inflamación prostática de la patada con la que se despidió de él casi para siempre. Para cualquier corte en el hilo de la conversación, manejada cerca del ochenta por ciento por Alonso, debía usarse la frase ya vengo, pero ninguna de sus variantes, ya que, como en anteriores ocasiones, esto terminaba la reunión de forma abrupta y sin explicación.  Miguel demoró en promedio unas doce reuniones en darse cuenta de aquello, algunas noches de caminata descalzo y algunas otras de amanecer encerrado en el baño envuelto en el tapete.
Cada tema de conversación rozaba los cuarenta y cinco minutos, los cuales terminaban con el soundtrack de alguna película también de las favoritas de Alonso y de la que Miguel, era lo más probable al principio, no supiera una mierda. Ninguna de estas debía exigir un rango de más de minuto y medio de cruce de miradas, de lo contrario producía fastidio tal, que lo único que obligaba a Miguel a salir de ahí pero con sus zapatos, eran los gritos que Alonso daba con los ojos cerrados.
La reunión debía concluir pasadas las tres de la mañana pero antes de las tres y cuarto, Alonso colocaba todo en su lugar de manera sistemática mientras Miguel esperaba junto a la puerta con los zapatos en la mano. Una vez terminado todo Alonso pasaba al lado de Miguel con un vaso de agua con el cual se dirigía a su habitación. Solo en aquél momento Miguel tenía carta libre para salir sin colocarse los zapatos todavía. Ya había intentado hacerlo antes en alguna otra ocasión, dejando claras huellas en el piso de la sala, que le valieron un ostracismo de un mes de casa de Alonso.
Al llegar a la calle miraba a la derecha y luego a la izquierda y siempre decidía ir hacia la derecha. Caminaba mirando la vereda sin poder evitar pensar lo pesado que era Alonso y cada una de las estúpidas manías a las que tuvo que acostumbrarse.  Que no importaba cuantas veces lo visitara, siempre le pediría que le mostrara el ron que debía traer cuando lo invitaba. Pensaba en la puerta del baño abierta, los temas de conversación, la duración de los mismos, la preparación de las bebidas, los zapatos, pensaba todo eso concentrado además, en no pisar ninguna de las líneas de la vereda.

domingo, 3 de octubre de 2010

Todos quieren ser gerentes

Como reacción normal ante una noche larga
mi cuerpo genera ojeras
noto esas pequeñas bolsas bajo mis ojos
siento el cuerpo cansado, dolido.
Mi mente trata de estresar a mi cuerpo
haciéndolo pasar examen sobre las imágenes
que ha recaudado
se hace evidente la falta de memoria
avergonzada, decide dejarme en paz.
Aquella pequeña molestia
me recuerda tanto mi mortalidad
estar despierta por casi veinticuatro horas
me agota
manejar mi vida en periodos de ocho horas
me mata
todos quieren ser gerentes
yo no.

jueves, 30 de septiembre de 2010

El caminante

Intervengo la ciudad pegando stickers, para así tener más amantes, como el creador, que al final simplemente no quería seguir solo en la oscuridad
pienso en las cosas que no digo y en los telépatas
que las divulgan
yo tenía mucho dinero esta noche (diez nuevos soles)
y aún me queda uno
recuerdo que las confusiones salen de las palabras
de lo que quieres decir mientras te pierdes en circunloquios
absurdos
tengo la certeza
que el sonido de mis zapatos al caminar
delatan mis delitos
que no todos sabemos qué día es
y que las deudas son un problema
hasta en las mejores familias
además sé que cuando duermo
alguien me mece
y que las noches aunque silenciosas
tienen bulla
allá
bailes indecorosos, esbozan una sonrisa en mi
hasta nuevo aviso
papelitos amarillos
envuelven mi edredón
yo me acurruco en ellos
tratando de no romper su orden
pero a la luz del día
no todo es como pensábamos.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

No tenía costumbre de espiarla, siempre respeté su espacio privado para que ella respetara el mío.  Hace unas semanas noté que su ciclo de sueño estaba roto, se levantaba en las madrugadas y la luz de la laptop alumbraba su rostro mientras yo, se suponía dormía.  Consideraba válido su comportamiento y no me preocupaba con quién conversara o de qué, al fin y al cabo ella estaba en mi cama todas las noches.  La veía sonreír, acallar sus carcajadas con constantes movimientos de sus dedos contra el teclado, no importaba.  A la mañana siguiente siempre sonriendo, me despertaba con un beso y me invitaba a ducharme para ir a trabajar.  Mientras lo hacía imaginaba qué podía estar ocurriendo con ella en la habitación contigua, mirando de rato en rato la puerta del baño entreabierta, el vapor empañando el espejo, pensaba enjabonándome el cuerpo, sacándome el shampoo del cabello, qué estaría haciendo.
Al salir de la ducha, vestido ya, camino a la mesa del comedor, donde ella colocaba todas las mañanas un individual blanco de tela, una servilleta, un tenedor brillante para los huevos revueltos, tostadas, un jugo de naranja natural, recién exprimido que dejaba el departamento con un olor cítrico buena parte de la mañana, una taza de café, cuyo aroma competía por inundar cada rincón de aquél pequeño espacio que era de los dos.  Ella se sentaba frente a mí, luego de salir a recoger el periódico del tapete de la puerta, me alcanzaba la sección de deportes, sonreía mientras acariciaba mi mano y le daba un sorbo al jugo.
Me iba al trabajo, antes de salir ella me entregaba un gran beso, me decía que me amaba y me daba una nalgada mientras cruzaba la puerta.  En el carro para despejar mi mente prendía la radio, pero aún así no alejaba mi cabeza de su rostro brillante frente al computador.  Volvía a casa, le dada de comer a la gata, su gata, luego llegaba ella sin parar de hablar de todo lo que había hecho en el día, de los ineptos que eran los practicantes de su estudio y del día de mierda en el juzgado.  Cenábamos frente al televisor, con la gata rondándonos, ella se echaba en mi hombro, me abrazaba, me besaba el cuello y nos íbamos a dormir.
De vez en cuando hacíamos el amor, cuando teníamos ganas, yo dormía inquieto despertando con cada movimiento de su pequeño cuerpo junto a mí.  Al abrir los ojos otra vez, frente a la laptop, sonriendo, arrugando a veces los ojos por la luz, haciendo muecas de desagrado, riendo, movimientos rápidos y repetitivos de sus manos en el teclado, la risa acallada y la mañana otra vez.
Sin embargo, esa mañana fue diferente, es decir, estuvo el beso en la mejilla, la invitación al baño, los pensamientos mientras me quitaba el jabón del cuerpo y el shampoo del cabello, la mesa servida, las tostadas, el café, el aroma a jugo, el individual blanco, los huevos revueltos, su mano sobre la mía, la sección de deportes, el tenedor brillante y yo…levantando la mesa en peso, rompiendo toda aquella rutina armónica de clase media, haciendo huir a la gata con un maullido aterrador, saliendo por la puerta, entrando al carro, corriendo por las calles, tocando el claxon y llegando, llegando donde ella, que me debía una explicación, que me debía una explicación, un puta explicación:

    ¿Cuánto tiempo engañaste a papá? —pregunté sudando.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Lo encontré caminando solo
pero feliz como es él
entonces decidí llamarlo
¡Lucho! -grité.
sabiendo bien que su nombre era otro.
Pero él sonrío.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Lánzate al río

Desde la ciudad debíamos seguir un camino por carretera por unos cuarenta minutos, era de noche, la primera parte del camino estaba alumbrado por algunos postes de luz.  Luego de veinte minutos solo los faroles de la combi nos alumbraban. De vez en cuando detrás de la frondosidad de los árboles se podía ver la luna, luna llena.  Nos aventuramos sin decirnos nada, cada quien sumergida en sus pensamientos.  Antes de llegar al punto de partida, nos detuvimos en medio de la carretera.  El guía bajó y dio un silbido.  Se notaba una reja y unas casas con las luces ya apagadas, dentro de esa oscuridad se encendió una luz que cegaba.  Desde allí salió un lugareño que caminó en dirección nuestra con una linterna, subió y nos saludó cordialmente. 
El punto de partida era un pueblo, Solo, así se llamaba, lo había visto antes a plena de luz del día, con algunas mujeres secando granos al sol.  Ahora solo alumbraban los faroles de la combi y la linterna del lugareño.  Dos niños curiosos se acercaron, la combi nos entregó luz mientras nos preparábamos.  Nos colocaron los chalecos y los cascos.  El sonido del río en la oscuridad intimidaba, pero aún nos mantuvimos serenas, paradas cerca de la entrada por donde luego caminaríamos con el bote.
Antes de eso una oración, el padre nuestro más corto de nuestras vidas, todas lo empezamos y luego olvidamos lo demás.  Hicimos un círculo y decidí dedicar una oración a la naturaleza, así lo hicimos.  Embriagadas de adrenalina, caminamos descalzo hacia nuestra aventura.
Nos dieron las indicaciones, cómo sentarnos, cómo enfrentar los rápidos y la natural calma que debíamos mantener en caso nos llegaramos a caer al río.  Allí empezó.
La luna era nuestra única luz, no teníamos nada encima más que nuestra ropa, el equipo y los remos.  La luna le daba reflejos al río, el ruído del agua contra las rocas, el cielo despejado y plagado de constelaciones, el primer rápido.  La adrenalina se apoderó de todas, éramos la únicca bulla humana en ese lugar.
Dos rápidos más, en uno de ellos casi perdemos el equilibrio, pero nos contuvimos.  Minutos después el anuncio esperado:
-Aquí si desean se pueden tirar y flotar.
Yo dudé lo reconozco, sin embargo todas las demás lo hicieron, yo me sentí satisfecha con estar allí de noche, mirando aquella inmensidad encima mio.  Me tiré, lo hice torpemente y casi entro en pánico si el chaleco no me sacaba a flote, me agarré a las amarras del bote.  Me aclimaté y logré soltarme un momento, luego lo vi, el cielo, la luna.  Subimos de nuevo, nos esperaba un rápido más y otro remanso.
El último rápido fue juguetón, empujó el bote con fuerza pero sin furia y cada reflejo de luz en él parecía entregar una sonrisa, parecía invitarte a jugar.  Nuestro grito de conquista despertó a la naturaleza que dormía.  Una bandada de pájaros blancos, salió de la espesura de los árboles, volando en círculo para retornar a sus hogares.
El último remanso, esta vez no dudé en lanzarme en él, me quedé allí, dejándome llevar por el río, flotando en él, mirando el cielo más estrellado que he visto, con la luna que a estas alturas parecía estar al alcance de mis manos. 
Lánzate al río y déjate llevar por él, enfréntate a tus miedos, respira y observa la belleza de la simplicidad.
Aquella noche dejé en el río todos mis miedos y trabas,todos mis "no puedo"; "tengo miedo";"¿ahora qué hago?"; aquella noche que me dejé llevar por el río, me di cuenta que a partir de ahora, sin importar qué venga, ni de dónde, lo puedo enfrentar.  Ya no le tengo miedo al paso siguiente, ya no le tengo miedo a no saber qué hay más allá.
Aquella noche también aprendí, que no hay nadie más con quien quisiera lanzarme al río, que no sean ustedes, amigas.
Así que, "Lánzate al río" y deja de pensar en qué irá a pasar.

lunes, 30 de agosto de 2010

El Blog



-Deberías hacerte un blog -me dijo.                                               

Esa noche hasta me ofreció ayuda para crearlo.  Por esos días me había quedado sin trabajo y estaba en un proceso de creación bastante abundante.  Como tenía tiempo libre, decidí aventurarme a crear uno por mi cuenta.  No fue difícil la verdad, creo que esta última vez ha sido peor. La elección de los cuentos siempre se presnetó sencilla.  Me sentí satisfecha con los primeros cuentos posteados y con los primeros comentarios.
Investigué páginas que te daban consejos para mantener tu blog siempre actualizado y algunos pasos importantes para sobrellevar la interacción de los cibernautas. Era agradable entrar y encontrar comentarios sobre los cuentos, siempre positivos.  En ese momento me di cuenta que el apoyo de los lectores era importante.  No era una cuestión de ego (quizás sí, pero solo un poco), más bien me ayudo a tomarme más en serio lo que hacía, a ser más rigurosa con lo que escribía, a corregir textos hasta tres o cuatro veces como mínimo.
Por esa rigurosidad, o por el tiempo libre que tengo de nuevo, es que caí en la cuenta de que el blog ya tiene un año.  Decidí entonces que era momento, como alguien me dijo alguna vez de "pimpear" el blog.  No sé si he cumplido con los requisítos que él mantiene al respecto, pero definitivamente le he dado mucha más dedicación esta vez.
He aprendido algo de lenguaje HTLM, no me pregunten qué es, solo sé como alterarlo (me tomó cerca de tres horas, unas cuantas páginas web de ayuda y el traductor de google).  Al final me rendí más que nada por cansancio, pero no sin antes haber logrado la mitad de lo que pretendía hacer "pimpeando mi blog".
Este post es solo para agradecerles su apoyo, no solo a través de sus comentarios, sino a través de sus visitas.  Esta noche estaba tan orgullosa de lo que he logrado con este proyecto personal, que por primera vez se los mostré a mis padres.  Me dio gusto ver en sus ojos satisfacción, me dio más ánimo aún para seguir con esto.
Espero que sigan leyendo, yo seguiré escribiendo, porque me encanta!

miércoles, 25 de agosto de 2010

Softcore Porn

Ya no me masturbo pensando en mi ex.
He encontrado una nueva pasión, Nella.
Es la dueña de mi placer personal.
Tengo una relación con una actriz porno. Softcore porn.
Se toma la molestia de mirarme a los ojos por la pantalla y le parece amazing como la hago venir.
Tiene en el cuerpo un centenar de lunares y juego en ella a encontrar constelaciones.
Le tengo afecto.
He pensado viajar a Praga y buscarla.
Labora en un parvulario, según un website.
Bella, fresca e inocente
para luego transpirar sexo, sudor y gemidos junto a mi.

Samaq Huasi

Se me está jodiendo el carácter
quise mojarme bajo la lluvía, pero me cubrí.
Me he vuelto huraña y malhumorada.
Estoy pensando seriamente en meterme de lleno
o salirme del todo.
Sin embargo me quedo estancada
sin mojarme y con el carácter jodido.
Me perfumo para completar mi atuendo
por ratos me hace pensar que me veo mejor
y me siento bien.
Pero el aroma se acaba,
la lluvia para y pierdo el tiempo
pensando...
se me está jodiendo el carácter.
Me resisto ante el movimiento de un baile
auqnue mi mente tararea la canción.
Estoy cansada de mirar
pero si hago algo
lo hago mal, con los ojos vidriosos
y poca memoria.
Ya me quiero ir de acá
No sé bien qué haré
cando mi viaje termine.
Tengo planes pero no quiero
concretarlos
más bien prefiero dormir
desear
jamás despertarme.

sábado, 26 de junio de 2010

one night sushi

Y entonces pasa que me aburro, y la muerte empieza a coquetearme por los rincones de mi casa.
Y entonces pasa que me canso, de dormir todas las horas del día, de emocionarme de que salga el sol y no tener con quien compartirlo y no poder salir a disfrutarlo por mi cuenta.
Y entonces pasa que me molesta todo y todos y necesito alejarme.
Y entonces pasa que me siento sola, porque lo estoy, porque en el fondo lo estamos todos y pienso que necesito a alguien, un amor.
Pasa que no es cierto que me gusta mi soledad y si llega a pasar que me cruzo con alguien con quien compartir mis días, salgo corriendo
Pasa además que eso es una gran mentira, porque no encuentro a pesar de que busco y luego dejo de buscar y me doy cuenta que nunca pasará nada.
Pasa que amo mi espacio, mi tiempo y mis cosas como están y no me acostumbro a otras cosas.
Pasa que me río, pero no soy feliz y me río para no deprimirme
Pasa que me deprimo y pienso en la muerte, pasa que ya hice las paces con todo y ahora solo espero.
Espero que pronto, muy pronto ya, se acabe todo esto, estoy cansada y sola y ya me he hecho a la idea que así será, entonces pasa que…no pasa nada.

viernes, 2 de abril de 2010

—Eres un degenerado.


Ese era su juego preferido, así se sentía mejor, se excitaba más. Aquél cuerpo maduro debajo de ella era su mejor y más secreta travesura. Él sonreía y la miraba columpiarse sobre él, posaba sus manos sobre sus caderas, sobre su lozana piel, sobre toda la juventud de la que ya él carecía y la tomaba con ímpetu juvenil. Alfredo tenía treinta y seis años, ella veintiuno. La conocía desde que ella tenía diez y él salía con su hermana mayor. Todavía cuando está de buen humor y solo en su departamento, recuerda cuando la visitaba, como lo sacaba a bailar, como le decía a su hermana: Mira como baila conmigo Ximena. Eran buenos amigos, siempre lo fueron, ahora eran buenos amantes, buenos desde que él le quito la etiqueta de estreno, seis meses después de encontrarse de nuevo.


—Estás muy grandecita para que alguien piense que soy un degenerado— dijo.
—No importa que edad tengas tú, en relación conmigo siempre serás el viejo verde que me sacó de los columpios— reía mientras iba al baño.


Siempre le pareció una niña interesante y bonita, muy bonita, tanto es así que le emocionaba cada año nuevo que cumplía, la miraba crecer, cambiar y sentía alegría y algo de pena de pensar que tendría que esperar mucho para siquiera sacarla a dar una vuelta en su coche, como hacía con su hermana. Compartían la pasión de la lectura, él le prestaba libros que luego de acabados comentaban, él le explicaba las palabras que ella no entendía y ella lo mantenía al tanto de todos los pretendientes que la rondaban.


Luego de una larga relación de cuatro años con Ximena, ésta decidió dejar de aguantar las constantes infidelidades de Alfredo poniendo fin a la relación. Lo que más pena le causó a él fue saber que ya no tendría excusa para seguir frecuentando a Zulema, para seguir observándola e imaginando que le deparaba el futuro y el desarrollo a su cuerpo. A veces pensaba en ir a buscarla a la salida del colegio y no lo hacía por miedo a verse como un degenerado, debido a esta confesión, Zulema se deleitaba llamándolo así cuando tiraban.
Esa no fue la única confesión que Alfredo le hizo, entre otras le comentó de su manía de buscar putas que se parecieran a ella, se tomaba la molestia de buscar en cada uno de esos cuerpos, de esos rostros, los rasgos de Zulema, su cabello ondulado y castaño, su sonrisa amplia, sus ojos color avellana y toda esa coquetería, que él pensaba que perdería al cambiarle el cuerpo. Por esos años, luego de la separación con Ximena, muchos amigos le comentaban lo mucho que se habían parecido sus enamoradas siguientes a ella, él sonreía y decía en su mente: si supieran que es por ti Zule, me meten preso.


Nunca fue buscarla al colegio, nunca volvió siquiera a pasar por la calle de su casa, aunque ganas no le faltaron. Le rondaba la idea de que diría la gente de verlo con una quinceañera en su coche, le preocupaba estar yendo contra la ley pero no contra las buenas costumbres. Pero eso era antes, ahora a su edad no había buenas costumbres, porque sabe que muy dentro de él todos esos años hasta antes de su encuentro, no dejó de pensar en ella, de imaginarla y cuando al sacar la cuenta de los años supo que ya tendría los dieciocho cumplidos no dejó de desearla y hasta masturbarse en la ducha por las mañanas pensando en ella.


Se encontraron de casualidad, por destino o por azar. Él regresaba de Madrid luego de un segundo matrimonio fallido y una liquidación de un puesto como profesor que no le duraría tanto allá como en Lima. Se había mantenido al tanto de la movida literaria limeña todo lo que había podido, pero quedó impresionado al ver como el mundo de las letras se había abierto un próspero camino en nuestra sociedad. Había nuevas editoriales independientes, había nuevos poetas, y entre esos encontró a Zulema. En siete años era la primera noticia que tenía de ella, estaba emocionado por verla, por saber si se acordaba de él, quería verla, quería ver si todo lo que había imaginado sería verdad, las caderas, la cintura, la sonrisa y la voz, era afortunado, tenía la oportunidad de encontrarse con su fantasía, de encontrarse con la mujer de sus sueños.
Se alistó del mismo modo que lo hacía cuando tenía una cita con una de sus compañeras de turno, salvo que esta vez se quedó parado frente al espejo luego de afeitarse esa barba frondosa y oscura que tenía desde los veinticinco. Vio arrugas y piel algo cuarteada, vio dientes algo amarillos por el abuso del tabaco y pensó en Zulema. Aquél cuerpo joven y fresco, miradas a las que les falta mucho por ver, otros cuerpos menos maltratados que el suyo, detrás de ella, o con ella. Al terminar de lavarse y arreglarse, se colocó una banda blanqueadora de dientes mientras miraba un partido del barza en cable, después de todo tenía una sonrisa estupenda.
Mucho tiempo había pasado desde la última vez que viajaba en trasporte público en Lima, notaba que las calles se habían llenado de muchas líneas de bus, de cobradores gritones, de choferes imprudentes, así que decidió tomar un taxi. Por costumbre solo subió e indicó al chofer la dirección que debía seguir, al llegar se percató de su graso error al momento de pagarle al taxista: pareces nuevo, dijo para sí mismo. Caminó a la puerta del café donde había un recital en el cual Zulema leería, se tomó unos minutos para observar su reflejo en el vidrio de la puerta de entrada. El recital había empezado, había bastante público, así que se quedó de pie cerca de la entrada, mirando a la mesa de lectura.


No lograba verla, buscó también entre los asistentes, decidió quedarse un momento más y luego regresar a casa, cuando de repente un susurro y una mano que cogió su brazo lo hizo voltear. Era Zulema llegando tarde, apurada, jugando con su cabello y agarrando su cartera entre los brazos mientras pasaba entre la gente hasta llegar donde estaban los otros invitados.

Al finalizar, avanzó hacia ella mientras todavía se escuchaban algunos aplausos, se acercó y se quedó parado frente a ella, sonriendo. Ella sonrió de vuelta y volteo a conversar con los demás poetas:


—Hola Zulema, no me digas que no te acuerda de mi —le dijo.
—No, no me acuerdo —siguió conversando, dándole la espalda.
—Soy Alfredo, Alfredo Santori


Ella volteo, él se sintió aliviado de reconocer en aquella mirada, a la niña que no había dejado de pensar. Zulema se abalanzó sobre él, se colgó de su cuello, y él comprobó que podía hacerle el amor de pie, sin ningún problema. Quedaron en tomarse un café pero en otro lugar, ella le dio una dirección y le pidió que se adelantara, porque aún debía coordinar algunas cosas. Alfredo caminó satisfecho con el encuentro, caminó contento, imaginando, deseando, algo nervioso, se río de él mismo, de sentirse así, como un muchacho al que el corazón le quitaba aire, aun así prendió un cigarrillo.


Mientras se tomaba un café, apareció por la puerta Zulema, lo saludó con un largo beso en la mejilla, ella olía suave y fresco, pidió un café y empezaron a charlar. Él estaba más interesado en saber de ella, que contarle sobre él, sin embargo ella interrumpía su relato para preguntarle cosas, cosas que él contestaba parcamente, entregándole el dominio de la conversación. Él deseaba no mirarla con tanto deseo, con tanta lujuria, evitaba constantemente mantener la mirada fija en ella, pero era casi imposible, quería comprobar a cada segundo, si su imaginación no había fallado, observaba su cabello ondulado, su sonrisa amplia, sus ojos color avellana. La velada terminó rápido, ella debía ir a encontrarse con sus amigos, lo invitó a acompañarlos, pero él se negó, inventando una excusa idiota. Antes de despedirse, intercambiaron números y quedaron para verse de nuevo. Esa noche le fue imposible dormir, estaba demasiado excitado, pero no se masturbó, tenía ganas de sentirla a ella, de perderse en ella y no iba a desperdiciar energía en el vacío de su puño, pero sabía también que su deseo demoraría en cumplirse, si es que en todo caso se cumplía.


Pasaron dos semanas, antes de que ella lo llamara, como buen cazador, veterano, Alfredo sabía que debía esperar paciente a que la presa cayera. Zulema lo invitaba a otro recital y luego a unos tragos en casa de unos amigos. No le emocionaba la idea de pasar tiempo con un grupo de niños, pero era el sacrificio que debía hacerse, así que aceptó luego de un largo silencio. Decidió saltarse el recital y llegar solo a la reunión. Zulema lo saludó de nuevo, con ese beso largo en la mejilla, que le permitía a él, saciarse de su aroma.


Llegaron a un caserón antiguo en Barranco, repleto de niños pretenciosos y seudo intelectuales que él evitaba mirar con suspicacia. Zulema le presentó alrededor de cinco muchachos, entre hombre y mujeres, sus amigos más cercanos supuso, sin embargo ella saludó a casi todos los asistentes. No bebió en toda la noche, él deseaba un vaso de whisky sin hielo, como había aprendido a beberlo con el tiempo, educando su garganta. Pero lo que ellos bebían era ron barato y cervezas a medio helar. Estuvo dando vueltas por la casa, tratando de encontrar una ventana donde fumar, en la casa el aire estaba enrarecido, entre cigarros y marihuana, sentía los ojos cansados. Una mano acarició su espalda, era Zulema, le pidió un cigarrillo y él se sintió feliz de compartir uno con ella, esos detalles le hacían recordar que ya no era una niña y eso no lo hacía sentirse viejo. Conversaron largo tiempo, ella le contó sobre Ximena, se sintió feliz de saber que le iba bien y cambió de tema. Ella pareció desconectarse de la conversación y lo invitó a bailar, era una especie de balada:


—Hay que bailar como antes —le dijo.

Pero esta vez, ella se aferró a su cuello y colocó su oído cerca de su corazón, él la tomó de la cintura, a una respetable distancia del culo, y pudo oler su cabello con tranquilidad y estrecharla y sentirla, y sentir como su corazón se aceleraba como un quinceañero otra vez, ella suspiraba y acariciaba su cuello, su cabello, podía sentir su corazón el pecho. Ella empezó a acariciarle el pecho, el torso. Entonces levantó el rostro y lo miró, él se acercó a darle un beso, ella retrocedió sin quitarle la mirada de encima y se acercó lento a su boca, jugó a rozarle los labios, a besarse solo con los labios, y después con todo lo demás. Alfredo se dio cuenta de que hacía demasiados años que nadie lo había besado así, hace muchos años que él ni siquiera experimentaba el beso y a pesar de que estaba interesado en llevársela a la cama en ese preciso momento, supo apreciar lo especial de ese pequeño encuentro.

Así pasó el tiempo, él la visitaba en los recitales, salían al cinematógrafo, a exposiciones, llegó a conocer mejor a sus amigos y hasta salían juntos, sin ella. Alfredo había sabido ser paciente, luego de que Zulema le confesara su falta de pericia en el ámbito físico-amoroso. El día de su cumpleaños número veintiuno, ella tomó la decisión de entregarse a él. Esa tarde Alfredo trato de no ser un amante egoísta, como se lo había dicho su ex esposa los últimos días que vivieron juntos. Trató de recordar la última vez que había tenido la oportunidad de compartir tanta inocencia en su cama. Sabía que después de esto, le esperaban encuentros sexuales más salvajes y sueltos, más relajados y variados, así fue.

— ¿A qué te refieres con qué esto nunca fue exclusivo? —dijo intentando no alzar la voz.
— A que no es exclusivo, esto no es una relación, salimos, tiramos y ya, ya me aburrí.
— ¿Te aburriste? ¿O te pica la chucha por alguno de esos niños idiotas?
— Puede ser, pero eso no es asunto tuyo, y yo tampoco tengo tu edad.


Discutieron toda una tarde, durante los silencios Zulema se miraba las uñas y respondía mensajes de texto en su celular, Alfredo en cambio fumaba y caminaba de un lado a otro, tratando de entender como esa niña se le escapaba de las manos, con una excusa que él mismo alguna vez utilizó con tantas otras mujeres. Zulema se servía agua, se le veía tranquila y feliz, eso a él lo llenaba de ira, pero entendió. Después de casi media hora sin hablar, pensando, razonando todas las respuestas que ella le había dado, se dio cuenta que tenía razón, ella era una niña tonta, que tenía que vivir y él ya tenía la vida hecha. Con toda la calma y educación que aún conservaba le dijo:


—Ya vete, tienes razón, ya vete


Ella terminó el vaso de agua que se había servido, cogió su bolso, lo cruzó alrededor de su cuerpo y se acercó a darle un beso, solo que esta vez fue fugaz, casi protocolar. Dio media vuelta y antes de salir, le dijo:


—Te quiero Alfredo, no lo dudes, solo que no de la misma forma que tú. Espero recibir noticias tuyas, para saber que no me guardas rencor. Chao


Alfredo se sirvió un vaso de whisky mientras en el balcón de su apartamento frente al malecón se ponía el sol, prendió la televisión y lo dejó en un partido repetido del barza. Fue al baño y se miró en el espejo, observó lo de siempre en su rostro, arrugas, vello facial creciendo y sus dientes amarillos por el abuso del tabaco y en sus ojos cansados, agua salada queriendo caer. Se lavó el rostro, se puso el pijama y se fue dormir. Al día siguiente empezaba a dictar en una universidad, un curso electivo de poesía contemporánea peruana.

Ojalá haya ají de gallina

Me perdí por completo en el aroma del perfume que llevaba puesto, pensando en la posibilidad de que lo tuviera desperdigado por cada poro de su piel, por cada retazo de tela que cubría su cuerpo. Eran las siete de la noche, ella hablaba y me contaba sobre su vida, desde luego a pedido mío, parecía ser que éramos los únicos teniendo una conversación. No la podía mirar a los ojos, mi mirada se posaba en ella cuando no me miraba, por un momento cerré los ojos tratando de imaginar su silueta desnuda y aromática, ella me preguntó: Te sientes mal, yo sonreí y le pedí por favor que continuara su relato.

Eran las ocho, había estado bebiendo un poco de cerveza en la taza que siempre llevaba conmigo, no podía libar de otra cosa que no fuera mi taza, me daba un aire interesante pensaba yo. La noche transcurrió tranquila y amena, voces altas, risas escandalosas y el esfuerzo sobrehumano que hacía para escucharla envueltos en el ensordecedor sonido de la música y las conversaciones ajenas. Varias veces me había sugerido salir al jardín para dejar de gritar pero yo no accedí, el frío le dije, no era tanto así, me gustaba que se acercara a mi oído y así sentir su aliento en mi piel, tratando de esconder el estremecimiento de mi cuerpo, me gustaba acercarme a su oído y robarle sin que se diera cuenta con mi olfato ese embriagador aroma que tan profundamente trataba de descifrar.

Eran las diez, el veneno había cambiado, repartían unos cócteles con colores tropicales, sabían bien. Yo decidí salir a dar una vuelta y comprar un poco de ron y cigarrillos, había dejado a mi interlocutora con sus amigas, las cuales al llegar la apartaron de mi, sin siquiera saludarme. No me importó, luego de tomar un poco llegaría a arrebatarla yo también. Prendí un cigarrillo delante de la casa y me quedé parado debajo de la garúa limeña y envuelto en la humedad de Barranco. Sonreí, alcé los brazos cual alas y me sentí seguro. Regresé a la fiesta, había más gente ahora, algunos de los asistentes ya tenían la mirada perdida o la sonrisa colocada en el rostro cual máscara. Traté de ubicarla entre los rostros de los otros sin éxito, me senté al pie de la escalera. Ella bajaba, se apoyo en mi hombro para sentarse y me sonrió, yo le devolví la sonrisa, percatándome de que tenía los ojos de color avellana. Blanco.

Eran más de las diez, ya no lograba ver realmente las agujas en mi reloj, llevábamos horas bebiendo, lo sabía porque no había tanta gente, algunos estaban sentados en el piso, echados, boca arriba, boca abajo, otros deambulaban de un lado a otro. Bailaba, no recuerdo por qué, nunca me gustó el baile, pero ella tomaba mis manos y sonreía y cantaba y tarareaba, era feliz, así que no me importó. Blanco.

Mi mano se encontraba sobre una de sus tetas, a pesar de que su rostro estaba tenso y con la mirada fija en mí, en un acto notablemente desaprobatorio, mi mano empezó a acariciarla, lento, suave, ella pareció relajarse, sonrió y me besó. Blanco.

Yo sobre ella, una habitación en penumbras y ella susurrando en mi oído pequeños gemidos casi inaudibles por la música de fondo. La penetraba, lo sé porque lo sentía, dentro de mi desorientación recordé mi curiosidad acerca de su aroma y de su piel, y empecé a recorrer sus pechos, su vientre con mi nariz, aspirando encantado, envuelto en un éxtasis que después de unos minutos me haría acabar en ella. Blanco.

Me están chupando la pinga, lo sé porque lo siento, es ella de nuevo, la música ya casi ni se siente, seguimos en la misma habitación, la cual ya se definió en formas, hay una cómoda, un ropero grande empotrado a la pared y la cama tiene sábanas blancas. Se puede escuchar perros ladrando y algunos gritos incomprensibles, de voces comprensiblemente embriagadas. Lo hace muy bien, me pregunta si me gusta, utiliza su mano, luego su lengua, luego su garganta. Me hace feliz, me siento bien, avísame, me dice. Blanco.

Ella me insulta, parece molesta, camina de un lado a otro, grita, tira de las sábanas, se va vistiendo, primero las bragas, los jeans, y antes de colocarse el zapato izquierdo, da un portazo y se va. Vuelve a entrar para recordarme lo patán e idiota que soy, encima se te para mal, me grita y vuelve a tirar la puerta. Miro a mí alrededor, hay poca luz y me impide saber que hora es, me siento agotado, decido dormir. Blanco.

Luz, mucha luz, me duelen los ojos, tengo la boca seca y estoy calato. Me levanto y me pongo el calzoncillo, voy en busca del baño. Orino, me miro al espejo, me mojo la cara y bebo agua del caño como mi perro. Me visto, bajo las escaleras. Hay botellas tiradas por todas partes, una pareja duerme, él sentado y ella sobre él, me pregunto si habrán estado así toda la noche. Dos hombres abrazados durmiendo sentados en el piso apoyados ambos en la pared y en sus cabezas, uno de ellos abrazado a una botella de ron. Una mujer sentada a la mesa, me mira y me invita a sentarme. Habla profusamente mientras yo sigo mirando a mí alrededor, siento su masticar de forma superlativa en mi oído. Estoy desorientado, se ofrece a invitarme un café. Blanco.

Una avenida, un poco de sol, un taxi, unas palabras, un portazo. Blanco.

La llave de mi puerta, mi cama, mi pijama, mi habitación. Blanco.

— ¿Vamos a almorzar? —dice.
—Ojalá haya ají de gallina —digo yo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Mi polo azul


—Quiero decirte algo— me dijo mientras se acurrucaba en la cama junto a mi.

Yo besé su frente y la abracé fuerte y sonreí con los ojos cerrados.
Ella habló despacio en mi oído, palabras varias, sonidos conocidos para mi poco experimentado corazón.

Corazón vendado

Dijo lo que tenía que decir y me dejó la oreja húmeda y tibia

Palabras varias

—¿No tienes nada qué decir?—me preguntó de pie junto a la cama.


Me estiré en la cama y coloqué mis brazos debajo de mi cabeza mirando al techo. Ella se vestía y su boca seguía moviéndose.

Palabras varias

Dio un paseo alrededor de la cama, tenía puesto mi polo…

Una sonrisa…
Sus ojos…

Nadie me besó y me hizo el amor de mañana, como aquél beso y esa mañana
Con ella
Y mi polo azul

sábado, 23 de enero de 2010

Nada


Pareciera que ya no hay nada qué decir, pero viene el monstruo y sale de mí diciendo palabras perversas que no logro recordar, o que prefiero enterrar. Pareciera que ya no queda más de ninguna de ellas en mi y sin embargo, siguen regresando, cual fantasmas, cual muertos vivientes en busca de mi corazón sangrante, herido, cocido, remachado, roto. Persiguen el olor a sangre en mi parte más tierna. Ya no hay nada en realidad.

NADA

Sé que si cierro lo ojos y me lo creo, así será, sé que la verdad quiero que haya algo, porque la idea de la nada, me asusta, pero lleno los espacios con traslucidas imágenes de féminas de una noche, de luna, de sol, de verano, de invierno, con mujeres que me miran de reojo, cuando creen que no miro, ellas que por alguna razón siempre ganan.
Entonces la nada no parece tan angustiante, tan barata, facilista, se convierte en la mejor opción.
Nada parece mejor que algo, alguien, yo y yo parece ser la formula matemática de la revelación de la vida plena,

YO + YO = YO-YO

Me bamboleo cual bote en la inmensidad de un mar furioso, violento y por ratos precioso, delicioso cuando sale el sol, sin embargo sobresale la furia

¡¡¡Vete a la mierda perra!!!!
Igual mañana no recuerdo, igual mañana me disculpo, igual ahora se cierran mis ojos y después

NADA

Hace Tiempo


Allí estaba yo, sentada, algo desorientada, pensando que quizás, no le importaba qué pensaba. Fumaba el único cigarrillo que siempre guardo, con los audiófonos pegados a los oídos, desconectándome de todo el ruido, escuchando un baladita, y ella venía e iba, venía e iba, perdida, sin verme, sin notarme. Sonreía siempre, pensaba, recordaba, hacía en mi cabeza lo que no hacía con mi cuerpo y sonreía, y el micro en mi boca y yo cantando, y los colores cayendo sobre mi, mientras yo daba vueltas, vueltas, vueltas, ensimismada, sintiendo que no importaba si me veía o no, si me esperaba o no, y ella sonreía del otro lado de la mesa, mirándome y no mirándome.
Cuántos errores se pueden cometer cuando tu mente es más rápida que el sentimiento
Y los colores y la música y ella sentada gozando y yo sin poder dejar de sentir ternuraestática
Y luego la vía expresa, expresándose a través de mí:
La amistad es lo único que no se mosquea
No tiene potasio
Y las moscas joden, engañan, mueren
Yo quiero seguir viva siempre, para ellos
Para mí.

En la mesa había abrigos
Tuve que ir a recoger lo que perdí, ella me mandó dos veces, mi responsabilidad con el objeto estaba hecha
Y así fui, sin miedo a encontrar lo que me esperaba, la máscara
Y la recogí, pasando piola entre los asistentes y volví con convicción a la avenida donde ella esperaba sin esperar, donde le dije: la encontré
Todos esperaban, todos estaban

Y la merced, la merced en línea, para congraciarme con lo santo, porque al final de cuentas, “soy un hombre solitario” y ustedes son los únicos que han estado allí siempre
Entonces pienso en lo malo, en el diablo, en lo oscuro y debo amarlo
Debo amarlo porque a pesar de tirarme un peso encima
A pesar de quitarme el aire
Lo he aprendido a querer y aunque él es el mal, yo no soy el bien.

Y lo que vendrá y las fotos, la experiencia, el amarlas, el quererlas
El haberla adoptado y que me reciba todas las noches para oler mi aliento, sentir mi tacto

Su sonrisa pequeñita me coqueteaba desde el otro lado de la mesa, yo la ignoraba y ella reía, entonces prendía un pucho y hablaba con otro, bailaba con otro, y sabía que la quería mía, solo de mi, aunque sea en el momento en que la deseaba, en que el mar tocaba mis pies y helaba mi sangre y ella entibiaba mi mente, mi alma.

Entonces ella canta y baila y yo grito, solo grito y ella se quita la máscara y se muestra y la veo y se oculta a pedido, y yo odio al pelmazo que se lo pidió
Aquél policía disfrazado de cantinero, aquella negra de curvas grandes, esas jarras del mal, de licor, de licor de caña y ella sonriendo, sonriendo
Como siempre la imagino, como siempre debe ser.