sábado, 14 de noviembre de 2009

Métodos abreviados

Y mientras encajaba en ella
ella desencajaba un gemido
era un sinfonía hermosa

su carne contra mi carne
sus músculos contra mis músculos
sus huesos contra mis huesos
mi sexo contra su sexo

Yo transpiraba pornografía
y rones baratos
ella era una niña linda
que sabía obeceder

Yo... soy solo un borracho idiota
que no recuerda
dónde la extravió.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Salir corriendo

Era una noche normal. Una fiesta como tantas otras a las que asistía religiosamente solo por tener algo que hacer, luego de una semana esclavizada en el trabajo. El mismo mar de gente, los mismos saludos, las mismas preguntas obvias y aburridas. Caminaba por los ambientes de una casa acondicionada para el evento que se realizaba, cuando la vi. La observé de lejos mientras bailaba, sabía ponerle sabor a lo que hacía. De a pocos me fui abriendo campo para que ella pudiera notarme entre la gente, así lo hizo. De repente cruzábamos miradas coquetas, ella bailaba como si la canción se hubiera inspirado en sus movimientos, era embriagante y divertido. Se acercó bailando y yo me avergoncé al principio e intenté —sin éxito— seguirla. Ella siguió pegada a mí, marcando el paso con su cadera, con las manos en mi cintura, con su boca rozando mi boca y la sonrisa puesta en el rostro. La canción terminó y me acerqué a su oído, bailas bonito le dije y ella sonrió, le di un beso en la mejilla, el cual recibió alegre y me devolvió con un abrazo largo.

Conversamos bastante, yo la miraba sintiendo una extraña sensación, una emoción que consideraba fuera de lugar, sentía que la había extrañado, que me había hecho falta, he sentido tu ausencia le dije, ella puso su mano en mi rostro y me dijo vamos por una chela. Rechacé su invitación pero le dije que la esperaría, sin embargo ella prefirió que la acompañara y antes de poder volver a negarme, me tomó de la mano, para no perdernos me dijo, yo pensaba en todo el tramo que recorrimos y todo el tiempo que esperamos que la gente la dejara llegar —sin daño alguno— a comprar su chela, que hacía mucho tiempo que nadie me tomaba de la mano, y que por alguna razón sentía la necesidad de soltarme, aunque no intentara hacerlo.

Seguimos caminando hasta encontrarnos con sus amigas, las saludé, me quedé un rato y luego me excusé diciendo que iba al baño. Me alejé y fui a otro ambiente. Mientras encendía un cigarrillo se acercó una chica a pedirme que por favor le vendiera cigarros, porque, en esta puta fiesta nadie los vende, me sonreí y le expliqué que le invitaba uno, se quedó parada junto a mí luego de darme las gracias. Me preguntó mi nombre, si conocía a quien organizaba la fiesta, y entablamos una conversación interesante después de ese comienzo tan plano y soso. La cantidad de gente en el lugar excedía el espacio del mismo, por lo cual entre empujón y permiso de parte de los demás asistentes terminamos en una de las esquinas de la habitación. Me invitaba constantemente a beber de su botella, pero siempre me negué con toda la educación que aún tenía en el cuerpo, luego de su sexto movimiento ondulante con la botella, a obvio modo de invitación a tomarla de sus manos.

La conversación nos llevó a un flirteo inocente, cuando de pronto alguien me plantó un beso en la mejilla y se colgó de mi cuello, estamos por allá me dijo mientras señalaba con la mano, le respondí que iría en un momento con la esperanza de que se soltara de mi y se fuera, pero no lo hizo. Saludó a mi interlocutora y dándome otro beso se fue. Al terminar mi conversación fui a buscarla, le di un beso en la mejilla, estaba seria, yo sonreí y le dije: me estaba invitando a participar en su revista con unos cuentos, refiriéndome a la chica del cigarrillo. Ella no pareció mostrar interés y sonriendo sin mirarme siguió conversando con sus amigas. Logré entrar en la conversación ya que una de ellas me habló, de repente de nuevo ella tomó mi mano y con esta rodeó su cintura, volví a perderme en mis pensamientos, en la sensación que me producía estar así con ella, no podía evitar pensar que a pesar de sentir cierta comodidad en el estado en que me encontraba, una parte de mi deseaba seguir vagando por aquella fiesta como tantas noches, sin saber que me deparaba la madrugada.

Fue entonces que pasó. Ella les dio la espalda a sus amigas y me miró, me dio un beso leve en los labios, vámonos me dijo, también me dijo vamos a mi casa, yo me negué y le sugerí mejor ir a un telo, algo más impersonal pensaba, más sencillo, sin tanta atadura como amanecer en su casa, saludar a su hermana y tratar de disimular el miedo que me producía la mirada de su madre, al verme salir de la habitación de su hija, con su hija, en flagrante delito sexual. Yo pensaba todo esto mientras su mano me llevaba entre la gente, entre las caras descolocadas, los gritos histéricos, la ruidosa música, un camino sinuoso a la salida, la salida de aquél infierno que tanto me moría por explorar, sin que nadie me tomara la mano. La ciudad desde el taxi se veía bien, luces tenues, grandes grupos vagando, semáforos averiados, una fina garúa y su voz, su voz en mi oído diciendo: vamos a la casa. No me tiré del auto en movimiento por pensar en las heridas físicas que aquél arrebato de pánico podría causarme, sin embargo mi cuerpo se mantuvo rígido el resto del camino.

…estoy aquí con el corazón hecho mierda, con rabia y tristeza porque pasó lo que tenía que pasar… me dejó y entonces sé, que debí sopesar las heridas físicas con las metafísicas, porque las heridas en la piel se cierran y se curan. Y yo solo puedo pensar que aquella fatídica noche no solo debí insistir con más firmeza en ir a un telo y soltarme del suave roce de su mano en la mía, sino que me atormento cada noche mientras bebo, recriminándome sin cesar, en un soliloquio monotemático y patético, que nunca debí salir de aquél infierno, ni mucho menos dejarme tomar de la mano, pero sobre todo nunca debí creerme esa pequeña verdad postcoital, esas suaves palabras que se descolgaron de sus labios en la oscuridad, nunca debí creerle cuando me dijo que yo…lo era todo.