viernes, 21 de agosto de 2009

Retratos


Sofía la ignoraba de manera constante en cada reunión, Valeria se había convertido en la sombra detrás de las elocuentes historias que Sofía sabía contar y en varias ocasiones el atento público había olvidado su nombre o la había nombrado erróneamente. Yo siempre observaba desde una esquina, otra sombra más, pero estaba acostumbrada, ya había comprobado mis habilidades sociales y estaba satisfecha con mis logros, era capaz de entablar conversaciones con extraños, de convertirme en el alma de la fiesta y de irme acompañada en varias ocasiones hasta mi cama.
A pesar de aquellas habilidades tan desarrolladas nunca me acerqué a Valeria, tenía algo en su mirada, en su expresión corporal que hacía rebotar cual espejo la luz, cualquier acercamiento con otro ser humano. Podría ser quizás la cara de aburrimiento que solía llevar, la resignación a pasar varias horas con varios extraños, que no hacían más que ignorar su presencia, pero los pocos momentos en los cuales participaba con algún comentario, venían acompañados con una expresión triste, casi solitaria luego de que Sofía la interrumpía abruptamente para llevar el hilo de la conversación por donde mejor le convenía.
Habían sido pocas pero existían aún en la mente de los asiduos concurrentes a las reuniones, y se comentaban de boca en boca, cual leyenda urbana, arreglada por quien la contara, los sucesos en que unas copas de más, llevaban a Sofía a convertir al amor de su vida, a su compañera fiel en el hazmerreír de la fiesta. Valeria nunca le respondía, solo la miraba y la escuchaba con calmada actitud lo cual resultaba en la intervención de los asistentes para evitar que Sofía dijera algo de lo que pudiera arrepentirse. Aunque ya lo hubiera dicho y su sentencia fuera acompañada por expresiones de asombro de parte del auditorio, Valeria nunca respondía.
Sin embargo la noche en cuestión, Valeria no se quedó a escucharla ni la miro, le dio la espalda apenas comenzó con el corso de quejas disfrazadas con pequeñas risas que nadie apoyaba:

—Ya vengo, voy a comprar —dijo saliendo por la puerta.

Nadie trató de detenerla, ni siquiera su novia, que continuó con el tema de la ineptitud de su pareja sentimental por unos minutos más, tras los cuales se dedicó a seguir bebiendo con sus compañeros de trabajo que ya la conocían bien. Pasada media hora, ninguno se preguntaba que había sido de Valeria, así que sin que nadie lo notara salí a buscarla. Me sorprendí al encontrarla parada en la puerta del edificio, caminando tramos cortos de un lado al otro, cabizbaja con las manos en el cuello.

—Hola, ¿todo bien? —le dije.
— ¿Tienes un cigarro?
— Sí, claro, ¿has estado acá todo el rato?
—Sí, olvidé la llave del carro arriba, ¿la traerías? No tengo ganas de subir y hace frío para seguir acá parada hecha una pelotuda.
—Ok —le dije sonriendo. —Yo voy por ella.

Subí de nuevo al departamento y al conseguir la llave me detuvo un tipo a buscarme conversación y luego se acercaron dos chicas y todos conversaban mirándome, pero yo no decía nada, no daba ninguna señal de estar participando de aquello, ni de estar de acuerdo o en desacuerdo, al final se aburrieron y me pude ir. Bajé con rapidez pero con cautela, preocupada de que la temperatura corporal de Valeria estuviera rozando los signos de la hipotermia, después de todo por esas épocas hacía mucho frío y la nieve llegaba a cubrir los neumáticos de los carros.

— ¿La tienes? Dámela, sube rápido —me dijo. — ¿por qué tardaste tanto? Ya se me entumecían los dedos.

Le expliqué lo ocurrido, mientras colocaba la calefacción a grados comparables a la estancia de los condenados a castigos infernales. Nos quedamos en silencio recuperando el calor corporal, ella fumaba y de cuando en cuando compartía una pitada conmigo, yo había dejado de fumar hacía un par de meses, pero no quería romper la camaradería teniendo que explicar mi negación a su oferta. Puso algo de música, su índice jugaba en el timón dando pequeños golpes rítmicos, miraba fijo, como en trance por el vidrio del parabrisas, luego se echó a llorar.
Me quedé unos minutos en mi asiento, observando sin saber qué hacer, luego coloqué mi brazo alrededor de ella, su cabeza cayó automáticamente sobre mí, su boca se abrió para convertir su sollozo en lamento vivo y sentí pena. Nos quedamos así buen rato, yo acariciaba su pelo, ella se iba calmando, yo besaba su cabeza, ella se acomodaba, yo besaba su mejilla, ella besaba mi boca. La besé lento y suave, como quien cura una herida con alcohol y da pequeños soplos refrescantes a la piel, ella se alejó de mí súbitamente, cogiéndose los labios.

—Lo siento, no sé qué me pasó —me dijo.
—Estabas tan triste, yo… no supe qué más hacer, sentí que era lo único que podía hacer, besarte…
—…déjalo allí, ya no hables…

Se colocó encima de mí y continuamos besándonos más intensamente, cada cierto tiempo alejaba su rostro del mío y me clavaba la mirada, era diferente a las que siempre vi, me veía como si me viera el alma, me acariciaba la nuca y me volvía a besar. Yo me dejaba hacer, la acariciaba tímidamente, mis manos dudaban y se quedaban camino a donde termina la espalda y mis dedos jugueteaban con la poca piel que se dejaba sentir camino adonde mis manos deseaban explorar. Unas voces fuertes irrumpieron en el momento que compartíamos en el carro, el corazón se me fue a la garganta, ella me tranquilizó sin sobresalto alguno, hablando bajito y calmando mi miedo.
Desperté con ella a mi lado en el asiento trasero, las lunas del carro estaban empañadas por delgadas capas de nieve cristalizada, una mano irrumpió para romper aquella imagen y el rostro de Sofía se asomó, con la nariz pegada a la luna. Aún adormilada podía ver la agitación de sus manos, el movimiento de su boca y su cuerpo moviéndose en señal de clara afrenta.

— ¡Bájate, carajo!, ¡bájate! —empecé a escuchar.

Valeria despertó fastidiada por la bulla, miró por la ventana y sonrió, me dio un pequeño beso en los labios, el cual recibí con preocupación. Se colocó el abrigo y se bajó del carro, indicándome que la esperara y cerrara con llave. Así lo hice. Sofía seguía invitándome bruscamente a que saliera a jugar a la lucha libre. La situación empezó a ser risible y me bajé. Apenas puse un pie fuera del carro, Sofía corrió en mi dirección y yo corrí alejándome de ella. Valeria estaba a una distancia prudente con las manos cubriendo su boca y luego se echó a reír.
Yo esquivaba a Sofía, quien agotaba sus fuerzas en vociferar amenazas, corrimos casi todo el bloque, y mientras ella retomaba aire, corrí en dirección a Valeria y le di un beso, la miré el tiempo que le tomaba a su novia correr de vuelta a nosotras y seguí corriendo camino al metro más cercano.

—Y ¿ya la llamaste? —me dijo.
—No, ¿para qué?
—Uno siempre espera luego que pasan esas cosas, que la otra persona llame.
— ¿Por qué?
— Para no sentir que solo te han usado pues, idiota.
— Si así es sentirse usado, ojala me pasara más seguido.
— Anda llámala y déjame mear —gritó tras la puerta de baño.

Fui a la cocina y me serví un poco de cereal, me acabé el cartón de leche. Me senté frente al televisor viendo los dibujos de los sábados por la mañana y me cagué de risa viendo al coyote quedándose sin aire, cayendo a un abismo, decepcionado por no poder atrapar al road runner.
Sonó mi celular.
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