jueves, 13 de agosto de 2009

Bésame otro poquito

Era un matrimonio común como los que siempre evité, sin embargo la presión familiar no me dejó en esta ocasión. Al menos pude escapar a la ceremonia he ir de frente a la recepción, llevaba puesto unos jeans, una camisa blanca, un chaleco negro y un pequeño morral de cuero donde llevaba mis cuadernos de apuntes. Por obvias razones de vestimenta todo el mundo me notó al entrar, mi madre rápidamente con la sonrisa pintada en los labios se me acercó y mientras fingía saludarme me apretaba el brazo dándome una reprimenda verbal. Yo sonreí y le di el beso en la mejilla, el cual formaba parte de su pequeña puesta en escena para evitar que el mundo notara lo que ya habían notado y comentaban de mesa en mesa cual batallón de hormigas hacia un grano de azúcar.
Yo me dirigí cerca de donde salía la comida y los mozos con bandejas cargadas de vasos con whisky y ron y alguna gaseosita y vasito con agua para la mojigatería y la muchachada. No saludé a nadie bajo amenaza de mi madre, me quedé por el jardín, era una gran casa alquilada siempre para el mismo propósito, así que como paria que era, me fui a investigar lo desconocido, encontré un pequeño lugar con un par de bancas de cemento, donde tomando las precauciones del caso encendí un pitillo.

—Fumona —me dijo.

Era una voz delgada, fina y aguda, cuyo tono juguetón logró que lanzara el pitillo a una fuente cita donde las aves reposaban a saciar su sed. Demoré en reconocerla, pero una vez que sonrió y se acercó a mi, lo supe, estaba más adulta, más lozana, ya no tenía pecas en el rostro, ni las rodillas sucias. Lucía llevaba puesto un vestido blanco que permitía ver sus rodillas, unas sandalias que permitían asomar sus hermosos pies y el aroma que siempre me cautivó. La abracé largo tiempo, mientras sonreía sabiendo que había valido la pena solo por verla, haber asistido a esta tortura social. Estuvimos conversando mientras buscábamos el pitillo que acababa de desechar, lo seguimos haciendo una vez que lo encontramos, fumábamos como si lo hubiéramos hecho siempre y parecía tener experiencia haciéndolo. Me contó que ella tampoco tenía planeado asistir, pero que al final su madre la convenció.

—Te ves súper guapa —me dijo mientras terminaba de sacarle los últimos toques al pitillo.
—Tú me sorprendes, estás hecha toda una mujer —le dije mirándola fijo de pies a cabeza.
— ¡A cuántas niñas miras así a diario, sucia! —dijo tocándome el brazo sin dejarlo ir.
—Tú de niña no tienes nada y por mirar nadie se ha ido preso, mi amor.

Nos quedamos allí conversando, los cinco años de nuestras vidas que habíamos dejado de vernos, y todo se sentía tan bien, parecía que nunca había hecho ese bendito viaje a Madrid, que yo no había buscado su cuerpo y consuelo en esos otros cuerpos, durante aquellos cinco años, sin olvidarla, pero no se lo dije, no valía la pena. Al regresar a la recepción, luego de darles el tiempo adecuado para que el contenido alcohólico en su sangre hiciera mella en su memoria a corto plazo y olvidarán la gran aberración que había cometido al aparecerme como quien va a una discoteca, a un evento tan importante como la boda de mi prima. Me senté en una mesa vacía, a mirar a los asistentes bailar al ritmo de la cumbia de moda, con los recién casados al medio de la pista, pero solo la veía a ella, con aquél muchacho tonto, por el que tanto se moría y ahora no soportaba ni que la tomara de la cintura al bailar. Después de tres bailes con él, pasó a mi costado y agitó la cabeza clavándome los ojos como quien te pide con fuerza que vayas tras de ella. Así lo hice.

—Sácame de aquí, voy a volver a Madrid, solo tengo este fin de semana y no planeo pasarlo así, por favor, sácame de aquí.

Me reí, seguía siendo tan dramática como antes, salimos corriendo de ahí, ella se quitó las sandalias y corrimos a través de los jardines que en esos momentos tenían los aspersores encendidos, hicimos piruetas como dos niñas jugando con el agua, cayéndonos al césped, callándonos con el ademán conocido del dedo en la boquita y llegamos empapadas a mi jeep. No pregunté adónde ir, no hablamos mucho, solo cantamos al son de las canciones de mi mp3, la gran mayoría recordaban nuestro tiempo juntas, conduje lo más lejos que pude de aquél lugar, bajamos en un grifo, compramos un arsenal en bebidas alcohólicas y nos fuimos a su casa de playa.
La mitad del camino lo durmió apoyada en mi hombro, supongo que eso debe ser la felicidad, no importa nada solo estar, solo ser un momento, solo uno. La desperté entrando al balneario y me dirigió camino a su casa. Bajamos las compras y antes de poner la llave en la puerta, yo iba detrás de ella, volteó y con unos movimientos suaves, casi ensayados y lentos, tan precisos, tan familiares, nos besamos. Casi pierdo la fuerza en los brazos y termino por botar ciento cincuenta soles en alcohol, pero no fue así, ella me sostuvo. Apenas entramos me pidió bésame otro poquito, me acerqué lento, miré su rostro lo que pareció largos segundos, junte mi rostro al de ella, nos acariciamos así, rozamos los labios, entrelacé sus manos y con mis brazos rodeé su cintura. Así nos quedamos besándonos otro poquito como la última vez.
Yo fui a la cocina a preparar los brebajes mientras ella buscaba algo seco que ponerse, regresó con un polo gigante de hombre, sonrojada, yo la abracé y le dije no me importa, vamos a beber no más, y bebimos, escuchando música, una en frente de la otra, mirándonos, investigándonos, preguntándonos con los ojos aún, lo que nos diríamos a voz en cuello con unos cuantos vasos en el organismo. Yo me quité las zapatillas para bailar y evitar pisarle los pies, había olvidado lo divertido que era bailar, bailar con ella, no lo he hecho con nadie más, lo intenté pero nunca fue tan divertido.

—Sigues con tus movimientos piedra —me dijo.
—Me muevo todo lo que puedo —dije riendo.

Salimos camino a la hamaca que estaba en el balcón, al ritmo de Calaveras y Diablitos, ella movía las caderas y yo la miraba andar bailando, me senté yo primero y ella se acomodó entre mis piernas, hacía frío así que nos acurrucamos, me miraba cantándome…pero tampoco quiero morir de amor, nos quedaríamos a ver el amanecer, como cuando nos conocimos, pero esta vez cuando hubiera luz, no tendría que soltarla, nos podríamos quedar así, acurrucadas.
Con un poco de suerte los rayos del sol me despertaron, ella ya había decidido ir al mar, así que fuimos, la playa estaba casi desierta, ella quería hacer topless, y lo hizo, yo miraba de un lado a otro tratando de ocultar mi preocupación tras los lentes de sol, pero ella se percató de eso y me mandó a darme un chapuzón. Al regresar de aquella aventura, pude darme cuenta de que nadie nos veía, así que regresé con el cuerpo mojado, derramando gotas de sal y me eché sobre ella a darle el beso más salado de la historia, ella reía y reía y me besaba de vuelta y se quitaba el calor con el frío de mi cuerpo y me quitaba el frío solo con su amor. Cuando el sol bajó en intensidad, me dijo que fuéramos a pescar, ella pescó casi todo, y yo me encargué de la cocina. No compramos agua, así que nos quitamos la sed con más alcohol.
En la noche conduje al grifo más cercano a comprar leña, Lucía quería una fogata, no tuve que ir muy lejos y no demoró mucho encenderla, nos sentamos en la arena junto a ésta cerca de la casa, a mirar esa noche despejada, la luna, su luz, el brillo en el mar, ella jugaba con la arena, jugaba a enarenar mis pies, a enterrarlos, yo olía sus cabellos, sorprendida de que el aroma de la sal de mar, no se hubiera llevado el de ella, seguía allí como un sello. Esperamos hasta que la fogata se apagó, cubiertas por una manta, luego entramos a la casa, ella tomó mi mano y me llevó a una de las habitaciones, solo al entrar ya me había quitado la camisa que llevaba abierta, me acarició los senos, la cintura, dejé que me explorara todo lo que quiso, con la firme promesa tácita de que yo también lo podría hacer. Me desvistió primero, luego dándome la espalda tomó mis brazos alrededor de su cintura. Yo le besé el cuello, mientras jugaba adivinar como sería su cuerpo bajo aquél polo gigante, hasta que se lo quité, le acaricié las nalgas y el punto exacto donde la espalda se transforma en culo y me excité.
Para terminar de desvestirla la recosté en la cama, le besé los senos largo rato, suave y húmedamente, recorrí con mi boca y con mi lengua su abdomen, terso y firme y me encontré con su bikini amarillo, el cual empecé a quitarle con los dientes y terminé arrojándolo al piso. Subí para besarle la boca y sus piernas rodearon mi torso, acariciándome, llamándome a encontrarla. Su beso fue más intenso, más prolongado y sus manos, sus uñas, ejercían una presión en mi espalda sin llegar a arañarla del todo.

—Hubiéramos tirado en la playa —me dijo con la voz entrecortada.
—De acá se escucha el mar, pero más importante es que me escuches a mi, que te estoy invitando a jugar —le dije dispuesta a tener sexo oral.

Amanecimos desnudas, abrazadas, con el sol iluminándolo todo, me dio un beso en la mejilla, en la barbilla, en los labios, en la nariz y me invitó a ducharme con ella. Después de comer, nos enrumbamos a Lima. No pude llevarla al aeropuerto, su familia no lo hubiera permitido, quiso que le prometiera no ponerme triste por su partida, yo solo pude prometerle no llorar. Me senté en el pequeño balcón del pequeño apartamento que alquilaba, mirando el horizonte por si se cruzaba su avión. Aún sentía su aroma en mi piel, su roce. Se fue como llegó, sin dejar un solo rastro tangible, tan solo su recuerdo en mi memoria. Aquella noche mientras abrazaba mi almohada, mientras me quedaba dormida, me di cuenta de que la felicidad era eso, eso que había dicho Lucía, bésame otro poquito, la felicidad era un poquito y me duraría para cinco años más o hasta otro matrimonio. Sin embargo, la felicidad es un poquito dentro de toda la vida y yo quería mi vida con millones de poquitos más, así que la fui a buscar.
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