jueves, 4 de junio de 2009

Blackheart


Trataba inagotablemente de llegar a la barra para servirme uno de esos tragos de cortesía que siempre entregaban en cada exposición, la gente olvidaba el espacio personal y a manera de callejón oscuro me desviaban de mi destino. Al final tuve que optar por lanzarme a la barra a la primera oportunidad que tuve, sin percatarme que alguien más había tenido la misma idea. Choqué con ella como contra un muro elaborado de carne y huesos, levantó la mirada furibunda hacia mí, para luego relajar el rostro y preguntar si me conocía, yo sabía quien era, pero ella a mi no me conocía. Con el rabillo del ojo logré atisbar al del bar y le pedí una cerveza, la cual fue arrancada de mis manos por un amigo, mientras ella me decía: me has agregado al facebook ¿no?, yo me sonreí de medio lado, algo incómodo y le respondí que sí, volvió a indagar sobre mi identidad y sobre que amistades podíamos tener en común, pero acabé con su bombardeo interrogativo, con un tímido y coqueto: yo sé que eres B pero no te conozco.
Seguimos conversando junto a la barra, decidimos que era la posición más estratégica si quitábamos el hecho que nos llovía cerveza en las cabezas cada cierto tiempo, hizo un comentario sobre los modales de mis amigos, como bien ella había notado minutos antes. Yo era más joven, y bien sabía que tenía conflictos en su relación con lo que ella llamaba “chibolos”, sin embargo fui inteligente al rebatirle los modales de los míos con los de los suyos, quienes de rato en rato, venían a querer sacarla de su posición con intentos de fuerza bruta que no superaban en lo más mínimo a su firme estado de carácter. Sonrió complaciente ante lo que yo considere una capacidad aguda de pensamiento y ella un simple golpe de suerte y rapidez mental. Continuó interrogándome con un tono juguetón de maestra de escuela que descubre la debilidad de un alumno por ella, retándome me preguntó: ¿y siempre acosas mujeres por internet?, sonreí pensado en mi respuesta mientras observaba como sus labios se posaban en el vaso y con pequeños sorbos, casi infantiles libaba el alcohol. No pude responderle pues olvidé por completo cuál había sido su pregunta, pude notar que se sintió halagada de que mi mirada se posara en ella, le dije que se veía diferente en persona, que era la primera vez que la veía y que el vestido negro que llevaba le quedaba bonito, esa fue la palabra que usé “bonito”, me sentí un pelmazo pero era la verdad, no dije lindo porque sinceramente sonaba muy gay y era lo último que quería que pensara de mí. Ante mi halago sonrió coqueta pero sin mirarme a la cara, miraba de manera constante hacia la barra, hacia el mar de gente que nos rodeaba y de rato en rato nuestros ojos se cruzaban y de cuando en vez yo no podía dejar de mirarla.
Continuamos la conversación con bastante facilidad quizás debido a la cantidad de alcohol que habíamos bebido hasta ese momento, no lo sé. Desde luego podía ser eso, ya que a nuestro alrededor la gente empezaba a formar ese barullo incomprensible con sus voces, ese barullo que puedes percibir en una fiesta cuando de pronto se apaga la música, una pareja discute, los más machos se pelean o un grito desgarrador del tipo: ¡llegó el momento del apretón!, mientras arrinconan contra la pared a una pobre incauta sacando a todos de sus conversaciones privadas. Pero gracias a aquél barullo, la distancia entre ella y yo, se minimizó, a veces sin querer mi mano tocaba la suya, en un momento fingí no oírla y coloqué mi oído cerca de ella, lo suficiente como para invitarla a acercarse, lo cual hizo, rozando mi oreja con sus labios, de modo que tuvo que repetir hasta tres veces lo que me estaba diciendo, ya que el roce me distraía de sus palabras. Sus amigos seguían viniendo e ignorándome por completo, en una de esas oportunidades tomé mi vaso y me fui a buscar a mis amigos sin despedirme. Al llegar donde ellos, empezaron los comentarios, ellos sabían lo especial que ella era para mí, aún sin conocerla, yo sonreía defendiéndome, comportándome como un caballero, sin dar detalles, solo hemos conversado, es linda. Seguimos allí viendo un poco las pinturas, bebiendo gratis más que nada, conversando con amigos, cuando de repente, me jalaron del brazo, era ella con cara de incógnita. Me preguntó porqué me había ido sin decir nada, algo molesta debo reconocer, pero le sonreí dándole una explicación que me pareció verosímil, ella me miró sin creerme del todo y me preguntó que iba a hacer después, yo no lo sabía pero suponía que lo mismo de siempre así que le dije: No sé, por ahí a ver qué hay, me dijo si quería ir con ella y sus amigos a un lugar, mencioné el nombre de un local muy frecuentado por gente de su edad en barranco y me reí. Ella pareció ofenderse un poco y con una mueca de qué gracioso eres, me dijo: No sonso, a mi casa. Sabía que mis amigos entenderían mi situación así que me despedí de una de ellas, la cual me dio todo su apoyo y me fui con B y sus amigos.
Caminamos a paso de tortuga conversando, interrumpidos de vez en cuando por alguno de sus amigos, entrando por una especie de callejón con una reja antigua, estaba su casa, era un portal bonito el suyo, una casona antigua, con techos altos y madera. Entré decidido a mezclarme con la gente antes de que ella me los presentara si en algún momento lo hacía, presté atención a las conversaciones de las chicas, una de ellas pidió un destapador, yo siempre llevaba uno conmigo así que me ofrecí a abrir su botella, me preguntó quién era, le di mi nombre, ella y sus otras dos amigas me saludaron dándome sus nombres también, estuvimos conversando los cuatro bastante rato, riéndonos, bebiendo, uno de los chicos se acercó, el enamorado de una de ellas asumo, pues la abrazó y me extendió la mano saludándome. Lo saludé también mientras ella le explicaba quién era yo, y qué hacía allí. Aunque solo me llevaban diez años parecían sentirse invadidos por mi, no eran nada amigables de entrada, es más tenían pequeños códigos entre ellos, bromas personales de las cuales solo me hacía partícipe B y alguna que otra chica. Se mostraban bastante impresionados sobre mis conocimientos de música, locales y onda ochentera limeña, no dejaban de preguntarme hasta que encontraban algo que no conocía y sonreían satisfechos de poner en evidencia lo que ellos consideraban mi corta edad. Era un triunfo absurdo sobre mi, una especie de no eres bienvenido broder, pero no me importaba, los dejaba sentirse superiores sin demostrar ni un poco de fastidio.

Avanzada la reunión decidí aventurarme por la casa, desde luego primero me dirigí al baño observando todo a mí alrededor. Su baño era cómodo, estaba limpio, como los baños de chicas, tenía muchos cepillos, la secadora de pelo, varios frascos de shampoo y acondicionadores, jabón líquido para manos, y también para el cuerpo, esponjas, una afeitadora, su cepillo de dientes era fucsia y su espejo llevaba puesto pequeñas notas amarillas, recordatorios personales o mensajes de ánimo. Al salir en una de las paredes del corredor había varias fotos, algunas de ella, otras de lo que supuse amigos o amantes. En una de ellas, salía ella en una playa en bikini, mirando a la cámara, sonriendo, con el cabello empujado por la brisa. Llegó de frente a embestirme con sus interrogantes, me causaba gracia que pensara que aquella pose de mujer segura de sí podría causar en mi el más mínimo rasgo de incomodidad, pero no dije nada, solo lo disfrutaba porque en el fondo me gustaba esa clase de atención tensa que me prodigaba. Estuvimos un rato solos mirando las fotos mientras ella me explicaba dónde habían sido tomadas, cuándo y cómo, no fue aburrido, pero debo admitir que sí fue largo, tuve muchos problemas para concentrarme en su relato, observaba cada mueca que hacía al hablar, su mirada, su sonrisa, me parecía tan familiar y estaba tan cómodo que cualquiera pensaría que ya la conocía.
Sí la conocía, no porque fuera quien era, sino que a pesar de que ella parecía no recordar, ya habíamos tenido otro encuentro. Hace casi más de un año quizás menos, tuve la oportunidad de encontrarla, de conocerla y seguía encantándome igual que aquella primera vez. Su casa había cambiado un poco y esta vez sus amigos funcionaron como una especie de escudo entre nosotros. Siguió hablando un poco más y luego me preguntó cuál era mi favorita, las miré de nuevo, fue la primera vez que sentí vergüenza en toda la noche y le dije: Ésta, donde sales tú, y me miras bonito, ella soltó una pequeña carcajada y me sorprendiendo acercándose a mi boca, nos besamos largo rato en el medio del pasillo, lento, suave, le acariciaba la cintura, el cabello, tenía un olor rico, era dulce pero no meloso, mientras nos besábamos una amiga suya pasó al baño, yo di un paso hacía adelante colocando a B entre la pared y yo. Los besos se volvieron más rápidos, profundos, sin pensarlo demasiado abrí la primera puerta que encontré en nuestro paseo contra las paredes del pasillo, intercambiando nuestra posición dentro del sándwich, pero ella me detuvo: vamos a mi cuarto. Entramos, yo como un ciego me dejé llevar por ella en aquella oscuridad, ella que me tenía atrapado en sus labios, que me llevaba a ciegas amarrado a su boca, caímos toscamente sobre su cama, una de sus rodillas me golpeo y yo aspiré despacito un poco de aire, como cuando te haces un corte, ella sonrió y se disculpó mucho, besándome el rostro, los ojos, la nariz.
Pasado el inconveniente, me aventuré por su vientre, tenía la piel suave y su olor era embriagador, me excitaba, ella jugaba con mis cabellos respirando entrecortado y bajito, como cuando tiras en tu cuarto en la casa de tus papás, me susurraba al oído ricos y lentos shhhh, shhhh. Me quitó la camisa y me acarició la piel, los brazos, el pecho, y el abdomen hasta abrirme el pantalón, sabía como tocarme, pero sobretodo sabía que quería de mí. Me dejaba intentar besos, movimientos, posiciones pero siempre con algún arreglo especial, seguido por un gemido aprobatorio. Se sentía bien, entrar en ella era suave, liso, tenía la piel de su interior lubricada de una forma tal que me hacía sentir bienvenido. Me tenía sujeto entre sus piernas y brazos generando una cadencia rica y profunda, me volvía loco. Terminamos juntos mientras ella ahogaba sus gemidos en mi oído, ensordeciéndome, su cuerpo se relajó, dejando mi torso libre para moverse, y en el silencio de pronto golpes en la puerta. Ella respondió con un qué y una voz femenina le dijo que irían a comprar cigarros y alcohol, que estuviera atenta a la puerta. Los asistentes se dieron cuenta de lo que hacíamos, pues se retiraron entre risitas y con un fuerte portazo anunciando su salida. Tenía un cuerpo lindo ahora que podía observarla de pie, se vistió dándome la espalda y mientras le clavaba la mirada, ella solo volteaba y sonreía coqueta, dejándose mirar. Salimos de su cuarto, ella se dirigió al baño, yo a buscar una cerveza, la cual encontré, me senté en la sala, relajado, calmando mi sed, pensando en nada.
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