sábado, 13 de junio de 2009

Allí viene mi carro

Esperaba sentada en un café a que apareciera, el sonido de mis dedos sobre la mesa expresaban mi nerviosismo ante la espera y me remontaban al tiempo donde su olor era todo lo que me calmaba, nunca más dormí tranquila como cuando la escuchaba respirando a mi lado y luego de eso había tenido que enfrentarme al hecho de que tal vez no era tan buena persona como yo pensaba, que tal vez sus constantes preguntas sobre mi felicidad y mi estado de ánimo no eran por preocupación sino por envidia. Esperaba sentada mientras me tomaba un vaso con agua, la cual había pedido embotellada pero aún así sabía a agua de grifo. A pesar de tener aquellas dudas en mi cabeza accedí a nuestro encuentro, porque en el fondo mi corazón seguía siendo un idiota, y mi razón estaba agotada de demostrarle cuánto se equivocaba acerca de ella. Tenía palpitaciones cada vez que alguien entraba, la campanilla de la puerta sonaba y sonaba, había pasado ya media hora desde la hora de la cita y ella no aparecía. Recordé con cierto fastidio como me molestaba que me hiciera esperar y tuve un par de intentos de escapar de allí, nada exitosos.

Al final entró por la puerta, un poco más adulta de lo que la recodaba, entró sonriente y me dio un beso en la mejilla y un abrazo largo. El mozo se acercó a la mesa con la carta pero ella sabía bien que quería y se la devolvió pidiéndole un capuccino. Me dijo y ¿qué tal?, ¿cómo estás?, yo solo podía mirarla y sentir pena, tristeza, dolor, había pasado más de medio año y yo aún sufría por su ausencia, aunque analizándolo bien no era tanto su presencia sino su significado, no había logrado en todo ese tiempo conectar con nadie, y mis varios intentos por hacerlo habían sido desastrosos para mi estado de ánimo. Bien, le dije, pero mentía, me preocupó que se notará así que me fui al baño, me miré al espejo y mojé mi rostro y hablé con mi imagen para tranquilizarme, pero no sirvió de nada.

Salí del baño para encontrarla hablando por celular con su novio de turno y el golpe seco al estómago me hizo tropezar con la pata de la mesa, ella colgó enseguida. Me senté y volvió a sonreír contenta y casi altiva, le pregunté como estaba, pero sin ninguna curiosidad real, empezó a hablar de sus grandes proyectos y triunfos, y yo la odiaba, la odiaba, la odiaba, quería salir corriendo de allí, gritar, pero me aguantaba, en el fondo mi razón me tranquilizaba con hechos, ya terminaron, y lograba sonreír aunque sea un poco, yo pedí otra ronda de agua. Comimos algo mientras conversábamos con más fluidez e importancia, la sentí como cualquier amiga y logré olvidarme de que alguna vez la vi desnuda, que alguna vez… todos decimos cosas. Al terminar caminamos juntas hacia el paradero, por alguna extraña razón, quizás costumbre, o un hábito que nada tenía que ver con quién era yo, tomó mi brazo y sin dudarlo me agaché e improvisé la vieja treta de me amarro el zapato.

Seguimos caminando, ya casi llegando al paradero, empezó a hablar, cosas que yo no entendía, frases armadas, empapadas de buenas costumbres, yo no pude evitar reírme, la tomé de las manos, la miré a los ojos he improvisé un discurso:
Espero que hayas disfrutado esto, porque yo no, ha sido un error fatal aceptar tu invitación y haberme obligado a escuchar todo lo que escuché de ti, no te deseo mal, pero sinceramente esta es una de las peores decisiones que he tomado en mi vida, me pareció bien al principio, muy adulto y correcto, siquiera por todos aquellos años conservar una amistad, pero me es imposible y no quiero. Allí viene mi carro.

Le di un beso en la mejilla y me subí a la combi aún en movimiento, me coloqué los audífonos y mientras mi cuerpo se bamboleaba al ritmo de los baches y la pericia del conductor, me sentí bien. Al día siguiente conectada al mundo virtual de las conversaciones en línea, me habló como si nada.
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