martes, 24 de marzo de 2009

Putita rica

Colaboración especial del dibujo, por mi broder Abe.


–Eres un marica –decía ella.
–Putita
–Marica, hijo de puta.
– ¡Putita rica!

Así pasaban el día sábado en aquel hotelito tranquilo en donde ya los conocían. Alfredo y Mariana iban algunos sábados a tener cuatro sesiones de amor con intermedios de diez minutos, para ir al baño, buscar algo de beber o descansar de la sesión amatoria anterior.

–Quiero algo de comer, vamos a comer de una vez.
–Estoy agotado eso de tener que hacértelo en círculos me cansa.
–Bien que te gusta, no seas niña y levántate de una vez.

Mellar el orgullo del otro era un juego cruel y sensual que disfrutaban, no había llamada telefónica, conversación o mail en el que no se encontraran rasgos de este extraño comportamiento. Mariana gozaba en la cama cuando él le decía fuerte y al oído

–Gime como la puta que sé que eres.

Desataba en ella esa mujer desinhibida e independiente, que no temía ser una puta en la cama, aunque nadie conocía esa faceta de ella, gozaba escuchando aquella cruel palabra en brazos de quien tanto placer le causaba.

Por otro lado, Alfredo era de la idea que las mejores sesiones de sexo que había tenido con ella, habían sido después de una bronca, le encantaba el poder que ejercía sobre ella en ese estado de histeria, lo calentaba más la idea de que ella se entregaba a él enfadada, diciéndole mientras lo miraba a los ojos, lo perro y huevón que era, lo mucho que lo odiaba y justo cuando lo decía dejaba escapar un gemido de placer.
Nunca probaron algo diferente, eran de esos amigos con derecho a roce desde hace ya un año. Sin embargo Mariana comenzaba a preguntarse que sería de aquella relación, estaba en la duda de dejarla por algo más real o seguir pues lo que buscaba llegaría de todas maneras. Alfredo más bien vivía el momento, si ella quería tirar, se veían, sino simplemente buscaba a alguien más. No había sentimientos de por medio, era pura atracción física.

–Puta madre, ya pues, te vas a vestir, en serio tengo hambre.
–Entonces vete a comer, ya te dije que estoy agotado.
–Serás hijo de puta, cabrón.

Y justo en ese momento, él saltaba de la cama, la tomaba por al cintura y la tiraba sobre el colchón, con las sábanas desordenadas y con olor a sexo fresco.

–Dices que soy un cabrón, ahora vas a ver lo que es ser cabrón… ¡Putita!
–Suéltame, me quiero ir, déjame en paz –gritaba ella.
–Oblígame pendeja, quiero verte hacerlo.

Luego de fricciones y gritos, se miraban por un momento, envueltos en esa ira de querer matarse, ella aún resistiéndose, él aún convenciéndola…y otra vez, los insultos de cama, sonreían de vez cuando al insultarse y él a veces, cuando no estaba lo suficientemente excitado, la hacía rogarle, implorarle por cada cosa que ella quería que él hiciera.
Alfredo no era complaciente con ella, no quería que Mariana pensara que eso era una relación afectiva, era bueno en ese tipo de cosas. No es que no quisiera a Mariana sino que la deseaba mucho más aún de lo que la quería. Era un niño consiguiendo lo que lo hacía feliz y Mariana lo hacía feliz, entre las piernas.
Muchas veces Mariana despertaba y Alfredo ya había desaparecido. En sus buenos días no le daba importancia pero en sus malos sí, ese tipo de actitudes de parte de él, la dañaban, pero después, se llamaban, se volvían a buscar, quedaban y luego ella olvidaba aquél trago amargo, después de todo una parte de ella pensaba, es solo sexo, gózalo, diviértete, úsalo y deséchalo, aunque no siempre era así.

– ¡Hola putita rica!, ¿dónde estás?
–Ocupada.
–Anda, te busco un ratito, ¿Qué dices?
–No tengo tiempo ahora, estoy ocupada.
–Podríamos salir luego a cenar, ¿No te gustaría?

Y allí estaba, le sacaba una sonrisa telefónica, la seguía endulzando, se veían y lo primero que le proponía Alfredo era ir al hotel. La situación funcionaba para ambos, había noches en que ella en casa necesitaba de él, de su cuerpo junto y sobre el suyo, de su aroma de hombre, de su barba raspante y lo llamaba en plena madrugada y le abría las puertas de su casa y las piernas también. Otras veces, salía borracha de algún local y lo llamaba, quedaban en encontrarse en un punto medio, para ella también eran necesarias aquellas arrechuras, era como si él la hubiera hecho adicta a esas actitudes sexo-dependientes. Y era una dependencia, pues al contrario de Alfredo, Mariana no se acostaba con nadie más.

–Pero ¿por qué no Mariana? No seas tonta, ustedes no tienen ningún compromiso y este muchacho que está para comérselo entero, te viene invitando a salir ya casi un mes.
–No es por Alfredo.
– ¿Entonces?
–No sé, es…no sé, ¿será correcto?
–¡¡¡Ay por favor!!!! En pleno siglo veintiuno que me preguntes eso, tienes que vivir tu sexualidad plenamente, mujer, o qué, quieres esperar a que las tetas las tengas en la barriga y dos culos en vez de uno.


Mariana rió y se convenció a sí misma que podía salir con aquél muchacho, ella era soltera, exitosa, por qué no, después de todo no tenía compromisos. Alfredo la llamó tres veces en toda la tarde pero ella no respondió, descubrió lo bien que se sentía al estar allí parada frente al espejo de su habitación mirando su cuerpo desnudo, volviéndolo apetecible para su acompañante nocturno. Miraba su cuerpo en el espejo, se miraba tocándose calmadamente, sintiendo la suavidad de su piel y pensando en él, en Alfredo, mirando la pantalla del celular imaginándolo loco sin ella, sonriendo de forma coqueta, pensando, esta noche no Alfredo, esta noche es para mí.
La cena transcurrió con tranquilidad, bebieron vino, comieron postre, se tomaron un café y cuando llegaron a casa de Mariana, ella lo invitó a tomar una copa, él encantado aceptó. Se bebieron la copa, lento mientras conversaban en un tono bajo pero no susurrante, Mariana había dejado el celular apagado en casa y pensaba en ir a revisarlo, no podía ante la curiosidad de saber si Alfredo había vuelto a llamar. Pero desistió de ese pensamiento, quería demostrarse que no era ninguna sexo-dependiente. Así que empleó su mejor arte de seducción para llevar aquél muchacho a su cama, le gustaba el aroma de su piel, su barba afeitada y sus caricias suaves, todo en oposición a Alfredo. Se encontraban en pleno acto, mientras ella le pedía un poco de imaginación en sus insultos, en su rudeza, cuando de pronto desde la calle, se escucha un grito:

–Así es como te gusta gemir, ¡puta de mierda!, ¿me contarás mañana lo bien que te lo hizo?

Ella reconoció la voz de Alfredo pero no dijo nada, cerró los ojos y solo escucho todo el repertorio de insultos que él vociferaba, con esa voz gruesa y esa boca donde estaba esa barba que ella tanto deseaba. Cerró los ojos y apretó las piernas contra el torso de su invitado mientras le pedía que se quedara callado.

–¡¡¡Puta!!!! ¿Cómo te pica la chucha verdad?

Como a las cinco de la mañana, salía el amante nocturno de casa de Mariana, tropezó con lo que él supuso un pobre vago de la calle, quizás el pobre vago que le gritaba puta a la del 5c. Eso fue lo que le dijo Mariana, sabiendo bien que en ese piso, no vivían más que unas hermanas ancianas que cuidaban de cuanto gato encontraban en la calle.

–Ellas sí merecen que les griten puta –pensaba.

Alfredo sostuvo la puerta antes de que se cerrara y subió al piso de Mariana.

–Ábreme la puerta, que se que estás ahí –dijo mientras la pateaba.

Mariana se apresuró a abrir la puerta con el temor de que algún vecino viera esa escena, caminaba desde la habitación sin poder colocarse la bata, lo cual la hizo enfadarse aún más, cuando abrió la puerta, empezaron los gritos.
Alfredo no reclamaba nada, solo la insultaba, la humillaba, ella estaba enojada con él, por el escándalo que había armado en la puerta pero también algo regocijada de que llegara a hacerle el amor como solo él sabía hacerlo. Él la cargó y la llevó hasta la habitación, le arrancó la bata con violencia y le ató las manos detrás de la espalda.
–Ves esa esquina puta de mierda, allí es donde estuve toda la noche congelado, recordándole al mundo lo puta que eres, dímelo, quiero que me lo digas.
–Me haces daño, ¡carajo!, suéltame el pelo y desátame.

La tumbó sobre la cama mientras ella con las piernas se defendía de los ataques de sus manos, le repetía que no lo mirara, que cerrara los ojos, que una puta como ella, no debía mirarlo a los ojos. Mariana entró en pánico y empezó a gritar por ayuda, él se puso nervioso y le tapó la boca con la mano mientras colocaba la otra en su cuello.

–Puta de mierda, cállate la boca, cállate, te voy a enseñar como son las cosas –decía él susurrando manteniendo la presión sobre su cuello.

Cuando la bulla paró, él la soltó y al notar que no se movía, retiró el pelo que le cubría el rostro, la peinó, la colocó en la cama como en un féretro, le dio un beso en la frente y salió de la habitación camino a la puerta diciendo:
–Te veo mañana ¡putita rica!

Nunca más supo de Alfredo.
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