jueves, 19 de febrero de 2009

Mil veces puta


Ella caminaba por el túnel que visitaba tres veces a la semana apenas la noche caía en la ciudad. Se podía escuchar solo el ruido de sus tacones, el ritmo de su andar, que hacían imaginar a quien lo escuchara, las caderas que acompañaban ese compás, un cuerpo lozano y ardiente, un cuerpo al cual podía tomarse sin precio. Pero ella tenía su precio, lo sabía muy bien, nunca entregaría los placeres de su bien amado tesoro sin nada a cambio, eso era lo primero que había aprendido, todo en la vida tiene un precio. Sabía muy bien que la seguía, que la acechaba, y eso la hacía mantener el paso firme y cadencioso y también una sonrisa de satisfacción. Justo al llegar a la escalera, una escalera subterránea que llevaba a los baños públicos, donde la única luz que alumbraba el camino parpadeaba, ella caminaba aún con el paso firme y cadencioso, pudo ver a ese hombre, esa sombra que la seguía y tanto bien le hacía al ego, ninguno de los dos aceleró el paso a pesar que podían ver sus sombras reflejadas los pocos segundos que la luz estaba prendida.


Entró al baño de damas, se miro un momento en el espejo, cuando rápidamente su acechador abrió la puerta y con violencia le pegó el rostro al espejo donde segundos antes ella sonreía, el vidrio donde tenía colocada la mejilla derecha se quiñó, un hilo de sangre le corría por el rostro. El hombre le arranco el hilo que llevaba bajo la falda, ella gimió con media sonrisa. Él la tenía sometida, una mano presionando su rostro contra el espejo, la otra en su cadera, con esa se encargaría de alejar y traerla hacia él, una vez que entrara en ella. El hombre bajó su bragueta, el sonido raudo de su movimiento hizo eco, la penetró profunda y rítmicamente, sin decirle una sola palabra. La embistió, ella volvió a gemir, esta vez de dolor, sin embargo segundos después, cuando él marcó el ritmo de los movimientos con la mano que cogía su cintura, se dejó llevar. Se relajó, lo disfrutó, la imagen que tenía frente a ella, la excitaba aún más. Ahora apoyado en ella, dejándola a merced de su violento acto, haciéndola sentir el sudor de su cuerpo, el sonido casi sordo de sus gemidos en su oído, la furia con la que en pocos minutos la llenaría de él.
Así lo hizo, él salió toscamente de ella para derramar y manchar su espalda, dejando una marca visible del macabro acto que tanta felicidad le había causado, felicidad que ella veía dibujada en el reflejo del espejo, donde aún tenía la cara. Aún sobre ella, traspirando, jadeando, continuó sobando su sexo contra sus nalgas. Ella seria le dijo que eso era otro precio, un polvo más, que no se pasara de pendejo. Ella lo vio sonreír a través del espejo mientras podía sentir como esa verga volvía a tener rigidez entre sus nalgas. Él la volvió a penetrar, esta vez contra natura, el grito desgarrador que ella dejó salir de su pequeño y ardiente cuerpo hizo aullar a los pocos perros callejeros que andaban en la zona. Pero no le pidió que parara, es más con la voz aún dura pero adolorida, le dijo que eso era definitivamente otro precio, más billete cabrón, cerdo, mamón, asqueroso, a medida que ella proliferaba los insultos, él más excitado, la embistió con rapidez hasta terminar dentro de ella. Al salir, ella pudo sentir como por una naturalidad de su cuerpo, chorreaba entre sus nalgas la prueba de la invasión que se había cometido.

Al subirse la bragueta, el eco volvió a escarapelarle el cuerpo, mientras que sentía que él la dejaba ir. Tenía la mejilla adormecida, el culo adolorido, el cuerpo sucio, pensó en llegar a su casa y darse un buen baño caliente e irse a dormir. Él se miró al espejo, se mojó el rostro, sacó del bolsillo de la camisa un peine y se peinó detenidamente, mientras ella le hacía las cuentas verbales de todo el dinero que debía darle. Él le dio una sonrisa patán y sacando unos billetes del bolsillo del pantalón, le agradeció tirándolos al piso del baño. La puerta se cerró, haciendo el último ruido que impedía escuchar el sonido del fluorescente que alumbraba la habitación. Ella se agachó adolorida, pero con cierto aire de orgullo, recogiendo los billetes, sonriendo al darse cuenta de que era todo lo que ella había pedido. Se sentó en el caño y como pudo se limpio el culo y la chucha, refrescando un poco su piel. Se lavó el rostro y se maquilló el moretón que tenía en la mejilla, se pintó los labios, se arregló el cabello y se alegró de verse al espejo como si nada hubiera pasado.
Pero pasaba, pasaba tres veces a la semana por el túnel cuando caía la noche en la ciudad. Pasaba que la penetrara extraño tras extraño, pasaba que tenía que ser buena en matemáticas al hacer las cuentas verbales a los clientes, pasaba que antes de volver a la calle debía arreglarse y ocultar uno que otro golpe visible, pasaba que debía conservar ese caminar sexy y esa cadencia aunque le doliera el culo como si sangrara, pasaba que sangraba, pasaba que debía ir algunas mañanas a la posta a curarse las heridas que su profesión le causaban, pasaba que le pidieran fiado, pasaba que le dieran billetes falsos, pasaba que le pagaran en monedas…pasaba que le encantaba lo que hacía. Sonriendo, volvía a hacer el recorrido inverso, por aquél pasillo, que la llevaba a las escaleras, que la llevaba al túnel, donde de nuevo el sonido cadencioso de sus tacones era lo único que se oía, donde de nuevo el ritmo de su andar firme y cadencioso atraerían a otro hombre, a otra sombra con el cual volvería a recorrer una especie de calvario satisfactorio.

Pero entonces cuando sintiera cansancio o hambre, caminaría orgullosa a la parada de autobuses, con la satisfacción de llevar en su cartera doscientos soles para comprarse unos zapatos nuevos para caminar de nuevo aquel túnel, con la sonrisa a flor de piel, sabiendo que no se la tiraban, que ella decidía ser tirada, sabiendo que no era una subordinada, sabiendo que transgredía el papel que la sociedad tan macabramente le había impuesto. Era una mujer sí, pero no cualquier mujer, tenía la sabiduría de saberse hermosa, deseada, sabía que todo en la vida tiene un precio. El precio que ella pagaba cada noche para dejar de ser lo que le repetían de niña en el colegio, el precio que pagaba por reinventarse, el precio de su sueño. Entonces estiraba la mano y paraba el autobús, mientras le repetía a esa niña inocente que tan en el fondo conservaba dentro de ella, esa niña que nunca imaginó que soñar doliera tanto: mil veces puta que pobre.
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