jueves, 26 de febrero de 2009

Mentiras


Esa tarde el teléfono sonó justo cuando la pensaba, cuando la imaginaba para que aquella tarde no fuera tan solitaria, y antes de responder vi que era ella y me alegré, y contesté tratando de disfrazar mi voz, había pasado toda la tarde durmiendo sintiendo que no tenía porque levantarme siquiera. Ella lo notó, con un tono de reprobación graciosa me reclamó y yo mentía sonriendo: no, estaba viendo una pela; no, estaba echado en mi cama.
Me dijo que tenía ganas de salir y pensó en mi, yo sonreía y le decía: ajá, me propuso salir a caminar, yo acepté gustoso, y tuve que correr de mi cuarto a la ducha, pues me dijo que debía encontrarla en cuarenta minutos en un parte de la ciudad que me demoraba alcanzar en transporte público con la bendición de los santos media hora, sin embargo el tráfico es algo en lo que no se debe confiar, como la desconfianza que te genera un engaño amoroso, una vez que sucede eres más precavido.
Me bañé y me eché la colonia que ella tantas veces antes había notado en mi cuando le daba un beso en la mejilla, y su mano cogía mi cuello suavemente para volver a olerlo y yo me sentía feliz. Salí corriendo peleándome con mi perra de camino a la puerta que da a la calle, explicándole como ella era única para mi, pero que había cosas que pasan entre un hombre y una mujer que me llevarían a prisión o bien a una buena cura católica de la salvación de mi alma si es que alguien se llegaba a enterar, hombre y mujer nena le dije, yo te adoro, pero somos dos especies distintas y cerré la puerta.
Mientras caminaba al paradero vi pasar dos buses de los que me llevaban a encontrarla, una vez parado tuve que esperar unos 10 minutos en volver a encontrar aquél bus. Llegaría tarde, ya lo sabía, pero por alguna razón me mantuve tranquilo pensándola de nuevo, cuando un mensaje llegó a mi celular interrumpiendo el sonido de la música que estaba escuchando. Era ella, se iba a demorar y me avisaba, sonreí mientras que le respondía y seguí escuchando música mientras trataba de disfrutar el viaje con una señora culona apoyándose en mis hombros y una pelea entre el cobrador y un pasajero por el costo del pasaje.
Llegué 10 minutos después de lo acordado y mientras esperaba me fumaba un cigarrillo, la vi caminando en mi dirección de reojo, y me hice el loco, me concentré en mi cigarro y en la música que escuchaba, cuando ella llegó, me tocó el hombro y yo improvisé cara de sorprendido y un pequeño sobresalto de la banca donde me encontraba.
Me saqué los audífonos y me acerqué a darle un beso, ella dijo hueles rico, y se acercó nuevamente a olerme, estaba satisfecho, podíamos caminar hasta mancora si quería, le gustaba mi aroma, bueno no el mío, pero el artificial que se combinaba bien con el mío.
Caminamos conversando acerca de lo que habíamos hecho durante el día, el sol se estaba escondiendo ya, pero como era verano había todavía algo de luz natural. Yo me dediqué a inventar, a recopilar las cosas que había hecho días anteriores, meses anteriores, años anteriores para hacerme un día interesante y rebosante de actividad. Le tocó el turno a ella, era fascinante escucharla, la verdad no hacía muchas cosas pero su voz y su cuerpo estaban tan relajados al decir lo que decía que le agregaba un toque interesante a su personalidad.
Le propuse invitarle un helado, como tantas otras veces que la invité a salir y por motivos externos nuestras salidas fracasaron siempre, con excepción de una. Ella accedió y seguimos caminando, buscando donde comernos aquel helado prometido. Había perdido el aroma que tanto me encantaba en ella, me di cuenta luego cada vez que al andar nuestros cuerpos tambaleantes debido a las malas condiciones de las veredas limeñas, se chocaban entre sí, me pareció raro y guarde silencio un buen rato, pensando en qué podría significar eso, ahora era ella la que notaba mi aroma y no al revés, es más ella era casi inodora para mi. Llegamos a una heladería pequeña, de esas de la marca típica del helado de todos los tiempos en lima, y nos sentamos a mirar toda la variedad de helados que podíamos degustar. Ella me hablaba cuando de repente se quedó callada unos segundos, los suficientes para darme cuenta de que algo ocurría y sacar los ojos de la carta de postres. Ella miraba sonriente y sonriendo con los ojos también, son pocas las personas en las que he descubierto esa habilidad, es más casi todas la tenían a través del velo de mi romanticismo amoroso hacia ellas. En fin, sonreía con dirección a algo que me señalo con los ojos y la cabeza, cuando miré hacia esa dirección, cruzando la calle había un boletín de una academia de preparación universitaria, eran resultados de exámenes, nada fuera de lo normal, pero lo que causaba en su rostro aquella risa de niña traviesa, era el locazo cochino y calato con su naranja de turno en la mano, mirando aquél boletín con suma atención, quiere ver si la hizo me dijo y reímos tanto que la mesera tuvo que regresar para apuntar nuestros pedidos.
Luego del helado la acompañé a su casa, seguíamos conversando, tambaleándonos y riendo, la familiaridad generada por las horas compartidas hizo que colocará su brazo en el mío, caminábamos como dos enamorados, de vez en cuando pegaba su rostro a mi brazo y yo me sentía feliz, había abierto los ojos aquella tarde pensando en ella, por pensar en alguien, por no pensar en otra, y me estaba dando la noche más inesperada y completa. Había generado una rutina infalible para evitar la soledad, acostarme bien entrada la madrugada y despertarme casi entrando al anochecer, solo para no sentirme solito y ese solo día, esa sola sensación de ser con alguien me había sacado de lo más oscuro donde yo pensé que me encontraba sin remedio.
Entonces en medio de toda esa cavilación ella me dijo: ya llegamos y me invitó a pasar, no lo niego me demoré en responder, pensando de nuevo, y de seguro me odiarán pero pensé dentro de todo mi soledad también es buena compañía y no estoy listo para perderla, así que sonreí y la abracé largo rato en la puerta de su casa, ella me dio un beso y me susurró al oído:
esta vez no te me escapas.
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