lunes, 23 de febrero de 2009

Armas mortales


Me siento. Me siento con la ventana detrás de mi, la ventana da a la calle, solo falta que llegue alguien a apuntarme con un arma. Antes me apuntaron con un arma, cuando tenía cinco años, aún recuerdo el frío del metal calentándose con mi temperatura corporal y el latido de mi sien golpeando el cañón de lo que aún no sabía era un arma. Nunca hubo segunda vez, sin embargo no me gustaría que fuera en esta silla, con esta ventana ni esta noche.

Quiero sentir el placer de apuntarte con un arma mientras te hago el amor, tú me apuntas a mi, yo te apunto a ti, y mientras siento el calor de tu piel calentando el acero de mi arma mortal, te hago el amor, lento, como para evitar dispararte, pero te quiero disparar y quiero que me dispares. Pero nos detenemos, nos detenemos a reír, a tocarnos con el arma como una prolongación del cuerpo, la pasas por mis testículos y yo hago un ruido de dolor por el frío, y tú sonríes, esa sonrisa que te entrega el poder, el poder de saber que puedo sentirme aterrado, el poder que te da el acero asesino que alguna vez apunto mi sien infantil mientras yo jugaba a las carreras de auto. El timón era demasiado grande, pero yo los vi, los vi escabullirse hacia mi en la oscuridad, pero no dije nada, pensé estarían jugando a las escondidas y no revelaría su secreto.

Ahora yo tengo el arma y la paso lento por tus pezones y te estremeces y sonríes y dices qué rico y yo sigo, sigo las curvas de tu figura con mi arma mortal, te gusta lo sucio que suena, te gusta pensar que le podrías llamar así a mi pene, pero yo no quiero y para mostrar mi negación quito el seguro del arma y sonrió perversamente mientras el brillo de tus ojos se desvanece y tu sonrisa se desvanece. Ellos querían mi juguete, mi carro, y no les importó que me meara encima, al ver a mi madre rogando en llanto.
Hacemos el amor, yo apunto el arma en tu sien mientras veo tu expresión, mientras veo tu expresión y te siento por dentro, por dentro con mi arma, que podría ser mortal pero no lo es, es un arma diferente, es un arma de amor, porque con ella te hago el amor y ocasionalmente me tiro a Paz, porque le gusta, a mi no me gusta, no me gustan los hombres, él dice que sí, lo afirma, yo lo niego, saco mi arma mortal, la balanceo en el aire ofuscado, le apunto con ella, le apunto al corazón y le digo ¡cállate mierda! pero él no entiende, no entiende nada, él quiere ocupar tu lugar T, él quiere ser tú, pero yo sé que no es tú, él sabe que no es tú, y por eso lo arrodillo en el piso y mientras le apunto en la nuca, me lo tiro, pero no me gusta por eso le apunto, por eso lo embisto, por eso le disparo.

Tú y yo somos perfectos, dos adictos al sexo con ganas de experimentar con armas de fuego, dispárame me dices mientras te subes en mi, yo te apunto, te apunto sin mirar, porque estoy muy excitado, tú me excitas mucho, el arma me excita mucho, dispararte me excita más. Paz dijo que tú me engañas y yo le disparé mientras él se me entregaba, al fin el sonido del disparo deja de ensordecerme, de violentarme, lo veo tirado, inerte, mirando al vacío, es como una marioneta, me visto, guardo mi arma –las dos– me despido y me voy.

Ojala no haya segunda vez nunca, aunque de todas maneras siempre me he sentido predestinado a morir de un balazo, por eso compré el arma, por eso la comparto contigo. Te siento húmeda, caliente, ondulante, yo te apunto sin mirar, y tú abres los brazos y yo abro los ojos, tú sonríes angelical y yo me vengo en tu virginal cuerpo, con tu virginal rostro y con mi virginal arma de odio, te digo adiós. Me quedo dentro de ti unos segundos más, hasta que tu cuerpo se desploma al piso, veo tu cuerpo inerte, inerte como ayer el de Paz y me siento triste y me vuelvo loco.

Declaración en la comisaría, mi madre me carga y consuela, yo siento los golpes del capitán en la máquina de escribir, uno tras otro y escucho el timbre de su voz mientras hace mil preguntas y el eco de la habitación, policías por todas partes, el llanto mojando mi cara, el temblor del cuerpo de mi madre, el susto que se llevo mi padre, la máquina deja de sonar, el policía se levanta, nos vamos a casa.

T quisiera haber tenido el valor de cumplir mi promesa, pero no pude, soy un cobarde, yo quise cambiar para ti y ser para ti, pero aquél acero me prometió llevarse la verdad y ahora sí que soy libre, pero no tanto como tú. Tú ya no estás, y yo me he quedado solo con mis voces. Veo tu cuerpo, sé que nunca más será cálido, y que el roce de tu mano ya no me tranquilizará. Maté a Paz porque decía la verdad, te maté a ti porque sabía la verdad, ya no más mamá, ya no más papá, ni policía, ni ladrones, ni escondidas.
Tomo el arma y la rozo por mi rostro, en un acto casi religioso le hablo en mi mente, recito oraciones, le pido que me consuele. Ya no hay tiempo para más, debo irme, me visto, guardo a mi amiga mortal cerca de mi corazón, a mi arma de amor y corro. Corro por las calles como el niño que alguna vez fui, corro por lo que me quitaron esa noche, corro porque te amé y te acabaste, corro porque lo intenté contigo y no sabía lo que hacía en verdad, corro porque al final tuve que cometer un crimen en vez de enfrentarme a mi verdad, corro porque quiero olvidar el horrible crimen de la única persona que llegué a amar.
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