jueves, 26 de febrero de 2009

Mentiras


Esa tarde el teléfono sonó justo cuando la pensaba, cuando la imaginaba para que aquella tarde no fuera tan solitaria, y antes de responder vi que era ella y me alegré, y contesté tratando de disfrazar mi voz, había pasado toda la tarde durmiendo sintiendo que no tenía porque levantarme siquiera. Ella lo notó, con un tono de reprobación graciosa me reclamó y yo mentía sonriendo: no, estaba viendo una pela; no, estaba echado en mi cama.
Me dijo que tenía ganas de salir y pensó en mi, yo sonreía y le decía: ajá, me propuso salir a caminar, yo acepté gustoso, y tuve que correr de mi cuarto a la ducha, pues me dijo que debía encontrarla en cuarenta minutos en un parte de la ciudad que me demoraba alcanzar en transporte público con la bendición de los santos media hora, sin embargo el tráfico es algo en lo que no se debe confiar, como la desconfianza que te genera un engaño amoroso, una vez que sucede eres más precavido.
Me bañé y me eché la colonia que ella tantas veces antes había notado en mi cuando le daba un beso en la mejilla, y su mano cogía mi cuello suavemente para volver a olerlo y yo me sentía feliz. Salí corriendo peleándome con mi perra de camino a la puerta que da a la calle, explicándole como ella era única para mi, pero que había cosas que pasan entre un hombre y una mujer que me llevarían a prisión o bien a una buena cura católica de la salvación de mi alma si es que alguien se llegaba a enterar, hombre y mujer nena le dije, yo te adoro, pero somos dos especies distintas y cerré la puerta.
Mientras caminaba al paradero vi pasar dos buses de los que me llevaban a encontrarla, una vez parado tuve que esperar unos 10 minutos en volver a encontrar aquél bus. Llegaría tarde, ya lo sabía, pero por alguna razón me mantuve tranquilo pensándola de nuevo, cuando un mensaje llegó a mi celular interrumpiendo el sonido de la música que estaba escuchando. Era ella, se iba a demorar y me avisaba, sonreí mientras que le respondía y seguí escuchando música mientras trataba de disfrutar el viaje con una señora culona apoyándose en mis hombros y una pelea entre el cobrador y un pasajero por el costo del pasaje.
Llegué 10 minutos después de lo acordado y mientras esperaba me fumaba un cigarrillo, la vi caminando en mi dirección de reojo, y me hice el loco, me concentré en mi cigarro y en la música que escuchaba, cuando ella llegó, me tocó el hombro y yo improvisé cara de sorprendido y un pequeño sobresalto de la banca donde me encontraba.
Me saqué los audífonos y me acerqué a darle un beso, ella dijo hueles rico, y se acercó nuevamente a olerme, estaba satisfecho, podíamos caminar hasta mancora si quería, le gustaba mi aroma, bueno no el mío, pero el artificial que se combinaba bien con el mío.
Caminamos conversando acerca de lo que habíamos hecho durante el día, el sol se estaba escondiendo ya, pero como era verano había todavía algo de luz natural. Yo me dediqué a inventar, a recopilar las cosas que había hecho días anteriores, meses anteriores, años anteriores para hacerme un día interesante y rebosante de actividad. Le tocó el turno a ella, era fascinante escucharla, la verdad no hacía muchas cosas pero su voz y su cuerpo estaban tan relajados al decir lo que decía que le agregaba un toque interesante a su personalidad.
Le propuse invitarle un helado, como tantas otras veces que la invité a salir y por motivos externos nuestras salidas fracasaron siempre, con excepción de una. Ella accedió y seguimos caminando, buscando donde comernos aquel helado prometido. Había perdido el aroma que tanto me encantaba en ella, me di cuenta luego cada vez que al andar nuestros cuerpos tambaleantes debido a las malas condiciones de las veredas limeñas, se chocaban entre sí, me pareció raro y guarde silencio un buen rato, pensando en qué podría significar eso, ahora era ella la que notaba mi aroma y no al revés, es más ella era casi inodora para mi. Llegamos a una heladería pequeña, de esas de la marca típica del helado de todos los tiempos en lima, y nos sentamos a mirar toda la variedad de helados que podíamos degustar. Ella me hablaba cuando de repente se quedó callada unos segundos, los suficientes para darme cuenta de que algo ocurría y sacar los ojos de la carta de postres. Ella miraba sonriente y sonriendo con los ojos también, son pocas las personas en las que he descubierto esa habilidad, es más casi todas la tenían a través del velo de mi romanticismo amoroso hacia ellas. En fin, sonreía con dirección a algo que me señalo con los ojos y la cabeza, cuando miré hacia esa dirección, cruzando la calle había un boletín de una academia de preparación universitaria, eran resultados de exámenes, nada fuera de lo normal, pero lo que causaba en su rostro aquella risa de niña traviesa, era el locazo cochino y calato con su naranja de turno en la mano, mirando aquél boletín con suma atención, quiere ver si la hizo me dijo y reímos tanto que la mesera tuvo que regresar para apuntar nuestros pedidos.
Luego del helado la acompañé a su casa, seguíamos conversando, tambaleándonos y riendo, la familiaridad generada por las horas compartidas hizo que colocará su brazo en el mío, caminábamos como dos enamorados, de vez en cuando pegaba su rostro a mi brazo y yo me sentía feliz, había abierto los ojos aquella tarde pensando en ella, por pensar en alguien, por no pensar en otra, y me estaba dando la noche más inesperada y completa. Había generado una rutina infalible para evitar la soledad, acostarme bien entrada la madrugada y despertarme casi entrando al anochecer, solo para no sentirme solito y ese solo día, esa sola sensación de ser con alguien me había sacado de lo más oscuro donde yo pensé que me encontraba sin remedio.
Entonces en medio de toda esa cavilación ella me dijo: ya llegamos y me invitó a pasar, no lo niego me demoré en responder, pensando de nuevo, y de seguro me odiarán pero pensé dentro de todo mi soledad también es buena compañía y no estoy listo para perderla, así que sonreí y la abracé largo rato en la puerta de su casa, ella me dio un beso y me susurró al oído:
esta vez no te me escapas.

lunes, 23 de febrero de 2009

Armas mortales


Me siento. Me siento con la ventana detrás de mi, la ventana da a la calle, solo falta que llegue alguien a apuntarme con un arma. Antes me apuntaron con un arma, cuando tenía cinco años, aún recuerdo el frío del metal calentándose con mi temperatura corporal y el latido de mi sien golpeando el cañón de lo que aún no sabía era un arma. Nunca hubo segunda vez, sin embargo no me gustaría que fuera en esta silla, con esta ventana ni esta noche.

Quiero sentir el placer de apuntarte con un arma mientras te hago el amor, tú me apuntas a mi, yo te apunto a ti, y mientras siento el calor de tu piel calentando el acero de mi arma mortal, te hago el amor, lento, como para evitar dispararte, pero te quiero disparar y quiero que me dispares. Pero nos detenemos, nos detenemos a reír, a tocarnos con el arma como una prolongación del cuerpo, la pasas por mis testículos y yo hago un ruido de dolor por el frío, y tú sonríes, esa sonrisa que te entrega el poder, el poder de saber que puedo sentirme aterrado, el poder que te da el acero asesino que alguna vez apunto mi sien infantil mientras yo jugaba a las carreras de auto. El timón era demasiado grande, pero yo los vi, los vi escabullirse hacia mi en la oscuridad, pero no dije nada, pensé estarían jugando a las escondidas y no revelaría su secreto.

Ahora yo tengo el arma y la paso lento por tus pezones y te estremeces y sonríes y dices qué rico y yo sigo, sigo las curvas de tu figura con mi arma mortal, te gusta lo sucio que suena, te gusta pensar que le podrías llamar así a mi pene, pero yo no quiero y para mostrar mi negación quito el seguro del arma y sonrió perversamente mientras el brillo de tus ojos se desvanece y tu sonrisa se desvanece. Ellos querían mi juguete, mi carro, y no les importó que me meara encima, al ver a mi madre rogando en llanto.
Hacemos el amor, yo apunto el arma en tu sien mientras veo tu expresión, mientras veo tu expresión y te siento por dentro, por dentro con mi arma, que podría ser mortal pero no lo es, es un arma diferente, es un arma de amor, porque con ella te hago el amor y ocasionalmente me tiro a Paz, porque le gusta, a mi no me gusta, no me gustan los hombres, él dice que sí, lo afirma, yo lo niego, saco mi arma mortal, la balanceo en el aire ofuscado, le apunto con ella, le apunto al corazón y le digo ¡cállate mierda! pero él no entiende, no entiende nada, él quiere ocupar tu lugar T, él quiere ser tú, pero yo sé que no es tú, él sabe que no es tú, y por eso lo arrodillo en el piso y mientras le apunto en la nuca, me lo tiro, pero no me gusta por eso le apunto, por eso lo embisto, por eso le disparo.

Tú y yo somos perfectos, dos adictos al sexo con ganas de experimentar con armas de fuego, dispárame me dices mientras te subes en mi, yo te apunto, te apunto sin mirar, porque estoy muy excitado, tú me excitas mucho, el arma me excita mucho, dispararte me excita más. Paz dijo que tú me engañas y yo le disparé mientras él se me entregaba, al fin el sonido del disparo deja de ensordecerme, de violentarme, lo veo tirado, inerte, mirando al vacío, es como una marioneta, me visto, guardo mi arma –las dos– me despido y me voy.

Ojala no haya segunda vez nunca, aunque de todas maneras siempre me he sentido predestinado a morir de un balazo, por eso compré el arma, por eso la comparto contigo. Te siento húmeda, caliente, ondulante, yo te apunto sin mirar, y tú abres los brazos y yo abro los ojos, tú sonríes angelical y yo me vengo en tu virginal cuerpo, con tu virginal rostro y con mi virginal arma de odio, te digo adiós. Me quedo dentro de ti unos segundos más, hasta que tu cuerpo se desploma al piso, veo tu cuerpo inerte, inerte como ayer el de Paz y me siento triste y me vuelvo loco.

Declaración en la comisaría, mi madre me carga y consuela, yo siento los golpes del capitán en la máquina de escribir, uno tras otro y escucho el timbre de su voz mientras hace mil preguntas y el eco de la habitación, policías por todas partes, el llanto mojando mi cara, el temblor del cuerpo de mi madre, el susto que se llevo mi padre, la máquina deja de sonar, el policía se levanta, nos vamos a casa.

T quisiera haber tenido el valor de cumplir mi promesa, pero no pude, soy un cobarde, yo quise cambiar para ti y ser para ti, pero aquél acero me prometió llevarse la verdad y ahora sí que soy libre, pero no tanto como tú. Tú ya no estás, y yo me he quedado solo con mis voces. Veo tu cuerpo, sé que nunca más será cálido, y que el roce de tu mano ya no me tranquilizará. Maté a Paz porque decía la verdad, te maté a ti porque sabía la verdad, ya no más mamá, ya no más papá, ni policía, ni ladrones, ni escondidas.
Tomo el arma y la rozo por mi rostro, en un acto casi religioso le hablo en mi mente, recito oraciones, le pido que me consuele. Ya no hay tiempo para más, debo irme, me visto, guardo a mi amiga mortal cerca de mi corazón, a mi arma de amor y corro. Corro por las calles como el niño que alguna vez fui, corro por lo que me quitaron esa noche, corro porque te amé y te acabaste, corro porque lo intenté contigo y no sabía lo que hacía en verdad, corro porque al final tuve que cometer un crimen en vez de enfrentarme a mi verdad, corro porque quiero olvidar el horrible crimen de la única persona que llegué a amar.

Te quiero

Tú te ríes de mí y yo no me enojo
Tú te defiendes diciendo que a ti te molesta
Hay cosas de ti que a mi me hacen enojar
Pero no parece importarte, sigues mirando
Tu reflejo en el espejo
Me miras sin mirarme y tu sonrisa
Parece decir te quiero
Lo veo a través del espejo
Te quiero digo yo
Pero no parece importarte
Por eso no me importa
Si te ríes
De mí

viernes, 20 de febrero de 2009

Messenger



Cuando entro y no estás, me duele
Pero me duele más, cuando estás
Y no me ves o aparentas no verme
Quiero invitarte a salir
Casi lo logro pero
Me arrepentí
Cuando entro y aparento no verte
Me ves y las cosas que dices
Me duelen
Yo creo que tú me besas
Casi sin darte cuenta
Yo no he vuelto a hablar del tema
Quizás deberíamos salir
A veces entro y te veo
Solo para decirte cosas
Que te duelan
Yo creo que ese beso
No fue nada
No podré invitarte a salir
Pero a ella
La seguiré hiriendo siempre.

jueves, 19 de febrero de 2009

Mil veces puta


Ella caminaba por el túnel que visitaba tres veces a la semana apenas la noche caía en la ciudad. Se podía escuchar solo el ruido de sus tacones, el ritmo de su andar, que hacían imaginar a quien lo escuchara, las caderas que acompañaban ese compás, un cuerpo lozano y ardiente, un cuerpo al cual podía tomarse sin precio. Pero ella tenía su precio, lo sabía muy bien, nunca entregaría los placeres de su bien amado tesoro sin nada a cambio, eso era lo primero que había aprendido, todo en la vida tiene un precio. Sabía muy bien que la seguía, que la acechaba, y eso la hacía mantener el paso firme y cadencioso y también una sonrisa de satisfacción. Justo al llegar a la escalera, una escalera subterránea que llevaba a los baños públicos, donde la única luz que alumbraba el camino parpadeaba, ella caminaba aún con el paso firme y cadencioso, pudo ver a ese hombre, esa sombra que la seguía y tanto bien le hacía al ego, ninguno de los dos aceleró el paso a pesar que podían ver sus sombras reflejadas los pocos segundos que la luz estaba prendida.


Entró al baño de damas, se miro un momento en el espejo, cuando rápidamente su acechador abrió la puerta y con violencia le pegó el rostro al espejo donde segundos antes ella sonreía, el vidrio donde tenía colocada la mejilla derecha se quiñó, un hilo de sangre le corría por el rostro. El hombre le arranco el hilo que llevaba bajo la falda, ella gimió con media sonrisa. Él la tenía sometida, una mano presionando su rostro contra el espejo, la otra en su cadera, con esa se encargaría de alejar y traerla hacia él, una vez que entrara en ella. El hombre bajó su bragueta, el sonido raudo de su movimiento hizo eco, la penetró profunda y rítmicamente, sin decirle una sola palabra. La embistió, ella volvió a gemir, esta vez de dolor, sin embargo segundos después, cuando él marcó el ritmo de los movimientos con la mano que cogía su cintura, se dejó llevar. Se relajó, lo disfrutó, la imagen que tenía frente a ella, la excitaba aún más. Ahora apoyado en ella, dejándola a merced de su violento acto, haciéndola sentir el sudor de su cuerpo, el sonido casi sordo de sus gemidos en su oído, la furia con la que en pocos minutos la llenaría de él.
Así lo hizo, él salió toscamente de ella para derramar y manchar su espalda, dejando una marca visible del macabro acto que tanta felicidad le había causado, felicidad que ella veía dibujada en el reflejo del espejo, donde aún tenía la cara. Aún sobre ella, traspirando, jadeando, continuó sobando su sexo contra sus nalgas. Ella seria le dijo que eso era otro precio, un polvo más, que no se pasara de pendejo. Ella lo vio sonreír a través del espejo mientras podía sentir como esa verga volvía a tener rigidez entre sus nalgas. Él la volvió a penetrar, esta vez contra natura, el grito desgarrador que ella dejó salir de su pequeño y ardiente cuerpo hizo aullar a los pocos perros callejeros que andaban en la zona. Pero no le pidió que parara, es más con la voz aún dura pero adolorida, le dijo que eso era definitivamente otro precio, más billete cabrón, cerdo, mamón, asqueroso, a medida que ella proliferaba los insultos, él más excitado, la embistió con rapidez hasta terminar dentro de ella. Al salir, ella pudo sentir como por una naturalidad de su cuerpo, chorreaba entre sus nalgas la prueba de la invasión que se había cometido.

Al subirse la bragueta, el eco volvió a escarapelarle el cuerpo, mientras que sentía que él la dejaba ir. Tenía la mejilla adormecida, el culo adolorido, el cuerpo sucio, pensó en llegar a su casa y darse un buen baño caliente e irse a dormir. Él se miró al espejo, se mojó el rostro, sacó del bolsillo de la camisa un peine y se peinó detenidamente, mientras ella le hacía las cuentas verbales de todo el dinero que debía darle. Él le dio una sonrisa patán y sacando unos billetes del bolsillo del pantalón, le agradeció tirándolos al piso del baño. La puerta se cerró, haciendo el último ruido que impedía escuchar el sonido del fluorescente que alumbraba la habitación. Ella se agachó adolorida, pero con cierto aire de orgullo, recogiendo los billetes, sonriendo al darse cuenta de que era todo lo que ella había pedido. Se sentó en el caño y como pudo se limpio el culo y la chucha, refrescando un poco su piel. Se lavó el rostro y se maquilló el moretón que tenía en la mejilla, se pintó los labios, se arregló el cabello y se alegró de verse al espejo como si nada hubiera pasado.
Pero pasaba, pasaba tres veces a la semana por el túnel cuando caía la noche en la ciudad. Pasaba que la penetrara extraño tras extraño, pasaba que tenía que ser buena en matemáticas al hacer las cuentas verbales a los clientes, pasaba que antes de volver a la calle debía arreglarse y ocultar uno que otro golpe visible, pasaba que debía conservar ese caminar sexy y esa cadencia aunque le doliera el culo como si sangrara, pasaba que sangraba, pasaba que debía ir algunas mañanas a la posta a curarse las heridas que su profesión le causaban, pasaba que le pidieran fiado, pasaba que le dieran billetes falsos, pasaba que le pagaran en monedas…pasaba que le encantaba lo que hacía. Sonriendo, volvía a hacer el recorrido inverso, por aquél pasillo, que la llevaba a las escaleras, que la llevaba al túnel, donde de nuevo el sonido cadencioso de sus tacones era lo único que se oía, donde de nuevo el ritmo de su andar firme y cadencioso atraerían a otro hombre, a otra sombra con el cual volvería a recorrer una especie de calvario satisfactorio.

Pero entonces cuando sintiera cansancio o hambre, caminaría orgullosa a la parada de autobuses, con la satisfacción de llevar en su cartera doscientos soles para comprarse unos zapatos nuevos para caminar de nuevo aquel túnel, con la sonrisa a flor de piel, sabiendo que no se la tiraban, que ella decidía ser tirada, sabiendo que no era una subordinada, sabiendo que transgredía el papel que la sociedad tan macabramente le había impuesto. Era una mujer sí, pero no cualquier mujer, tenía la sabiduría de saberse hermosa, deseada, sabía que todo en la vida tiene un precio. El precio que ella pagaba cada noche para dejar de ser lo que le repetían de niña en el colegio, el precio que pagaba por reinventarse, el precio de su sueño. Entonces estiraba la mano y paraba el autobús, mientras le repetía a esa niña inocente que tan en el fondo conservaba dentro de ella, esa niña que nunca imaginó que soñar doliera tanto: mil veces puta que pobre.

Una noche en tu blog


Siempre me lo imagine, no la conocía, no conocía más de lo que leía sobre su vida y sus experiencias sentimentales en un blog, pero siempre me lo imaginé, me gustaba su actitud frente al desamor, su manera de abrirse a cientos de extraños, de desnudar su alma sin importarle nada, me gustaba que se tildara de cursi.
No frecuentaba la movida artística de los jóvenes limeños bohemios hacía mucho tiempo, no iba a ninguna presentación de libros, pinturas, foto, etc. Una noche hace algún tiempo ya, el tiempo que me tomó poder al fin dejar de escribir la historia en mi cabeza y llevarla al papel, una noche la vi.
La vi entrar por la puerta de la casa de un editor conocido, el corazón me latió fuerte, no supe como ocultar mi emoción, quería dirigirle la palabra, presentarme, pero me daba la impresión de que no le importaría mucho. Me pasé la noche deambulando por la casa, tratando de acercarme de manera natural, sin éxito. Después de unas cuantas cervezas por primera vez en la noche fui al baño. Estaba ocupado así que esperé junto a la puerta, mirando unas esculturas y pinturas que había en el pasillo. La puerta se abrió y de pronto antes de que yo pudiera siquiera reaccionar, apareció V y con una contorsión gimnástica se adelantó a entrar al baño, dejándome parada hecha una imbécil. No lo podía creer, ¡qué falta de educación!, de tino, ¿Era acaso yo, invisible?, traté de calmarme y concentrarme en otra cosa, por ejemplo en las ganas superlativas de querer ir al baño. Al fin se abrió la puerta y ella salió sonriéndome, qué linda sonrisa tiene, qué bonito rostro, qué rico aroma, qué mujer.
Se disculpó conmigo y me dijo que venía esperando hace mucho que el baño se desocupara y que ya no aguantaba más, que no había sido su intención ser grosera. Tuve que olvidarme de mis ganas de orinar por unos minutos y me presenté, me acerqué a darle un beso, que ella recibió con agrado. Le comenté que me gustaba mucho su blog y que siempre trataba de darme un tiempo para leerlo, que le había escrito un par de veces, una de ellas confesándole mi pena de que no buscara novia en lugar de novio. Rió divertida o quizás nerviosa, no supe descifrarla, sin embargo, me dijo que se acordaba de eso, lo cual me pareció lindo. Le pregunté si todo lo que decía era cierto sino se inventaba historias, momentos o tomaba historias personales de otras personas, amigos, conocidos y enriquecía sus escritos, me dijo que no, que realmente le había pasado todo.
Empecé a bailar de las ganas insoportables de querer vaciar mi vejiga y el baño se ocupó unas tres veces en lo que duró nuestra conversación, le causó risa, no quería dejarla ir, había luchado toda la noche para conseguir un poco de su atención y mi cuerpo no podía dejar de lado su necesidad fisiológica. Desistí, tuve que entrar al baño, se despidió de mi con un nos vemos por ahí, yo sonreí y entré rápidamente a hacer mi asunto. Cuando salí, fui directo a la refrigeradora por una cerveza, para festejar mi logro, estaba animada, contenta, ahora cuando me veía pasar, me miraba sonriente, nada podía hacerme sentir más feliz.
La noche avanzó al igual que la resistencia etílica de los asistentes, empezaron las vociferaciones, las pequeñas escupidas de alguien que de repente acorta la distancia con su interlocutor, el baile, las despedidas y uno que otro pasado dormido sobre la alfombra o junto al helecho. Volvimos a coincidir en el mismo lugar, esta vez en la cocina, yo estaba tratando de decidir si tomarme una cerveza o no, cuando apareció. Tocó la puerta de la “refri”, levanté la mirada hacía donde estaba la suya, me sonrió, su rostro estaba más relajado y sus mejillas rojas, tenía los ojos un poco más chiquitos y su hablar era más coqueto. Me preguntó que hacía, le comenté mi dilema y me dijo tómate una más conmigo. Accedí de inmediato. La música estaba cada vez más fuerte, la mayoría bailaba o se movía al ritmo de la canción, o cantaban y bailaban con ella, le propuse ir al balcón, ella accedió. Toda la noche había querido salir a fumarme un cigarro, había perdido la costumbre de fumar bajo techo, no me gustaba el olor del cigarrillo impregnado en los muebles. Le ofrecí uno, le cedí el fuego primero y luego le dije ¡Salud!, respondió igual, bebimos y disfrutamos la vista.
Se me ocurrió preguntarle si su búsqueda estaba siendo fructífera, si al menos tenía un prospecto o dos o más, se rió mirando al piso y levantando la cabeza suavemente me miró seria y me dijo que no, yo le sonreí y lo lamenté. Me preguntó porque le había enviado ese mensaje, a lo que le contesté que por qué no me había escrito para preguntármelo, me respondió por cobarde. Le dije que no había porque ponerse trabas emocionales, que había que barajar todas las opciones, yo solo quería colocar una en su plato. Bebimos alucinando a unos cuantos borrachos que pasaban por la calle, vociferando lo infructuoso de la noche de cacería que se habían propuesto, nos reímos.
Cuando se terminó su cerveza me dijo que se iba, me desconcerté, no supe bien que hacer pero ella lo resolvió como casi todo en esa noche, hablando: Te llevó por ahí, llévame donde tú quieras, llévame al infierno, llévame y tortúrame, llévame y ya, pensaba. Accedí. Una vez que entramos a la reunión de nuevo, sentí que la camaradería, el flirteo se empezó a romper. Ella hizo intentos por despedirse y sus amigos la cogían de la cintura, le invitaban un trago más, ella sonreía sonreía y se dejaba llevar. Terminé por resignarme y me fui a buscar a mis amigos, a los pocos que encontré, no había modo de llevármelos, era mejor que me retirara con alguito de orgullo en el cuerpo y sobretodo satisfacción, había logrado lo único que me propuse en la noche, hablar con ella y que me conociera.
Camino a la puerta —me fui sin despedirme ya que no conocía a nadie— me tomaron del brazo, era V, sonriendo me dijo ¿Vamos?, bajamos por el ascensor, estábamos en el piso once, era un ascensor pequeño y con espejos, como todos en realidad, me quedé mirándome un momento, ella se rió, me preguntó que hacía, yo le dije que nada, solo que me veía bien y me sorprendía, ella secundó mi opinión, sí, te ves bien. Llegamos a su carro, era un carrito de chica, me dio risa, subimos y me preguntó adónde me llevaba, había esperado mucho tiempo para este encuentro, como dije siempre me lo imaginé, siempre quise que pasara, no perdía nada arriesgándome, no perdía nada mandándome, me lo debía a mí misma, le respondí: A tu casa.
Íbamos en el carro alejándonos de aquél departamento miraflorino, escuchando música, cuando de pronto en un semáforo me dijo que sería buena idea comprar algo de tomar y de comer porque en su casa no había más que pan con queso fresco, me reí y paramos en un grifo. Bajamos, escogimos un vino entre las dos departiendo historias sobre algunas marcas de ron, vodka, borracheras de adolescente, riéndonos de casi todo. Al llegar a la caja me dijo que iba al baño, de pronto el cajero rompió el código sobre no meterse en lo que no te importa, preguntándome si ella era mi pareja, no le respondí, le entregué el dinero parcamente y cuando V apareció le dije: pregúntale a ella. Nos fuimos de allí con un par de vinos y unas botanitas, una vez en el carro, empezamos a reír a carcajadas. Sin pensarlo, luego de retar al cajero a preguntarle a V lo que minutos antes me había preguntado a mí, ella me miró y me dijo: Vamos, mi amor, mientras me daba la mano.
Al llegar a su casa, una casa de chica, que también me dio risa, tenía el espacio donde estaba su escritorio y la máquina desde donde me imagino se sentaba a escribir esas historias que tan ávidamente leían sus ciberlectores, incluyéndome. Me dijo que si no me molestaba le gustaría cambiarse que por mientras abriera el vino, que las copas estaban en la despensa de la cocina. También me animó a poner algo de música pero no me atreví, sabía bien que la música era algo importante para ella, al igual que el cine, no quería hacer nada que arruinara nuestra conexión, por lo cual me demoré en la primera tarea que me encargó todo lo que pude.
Apareció al rato con una camiseta y un pantalón holgado, nos sentamos en su sofá, era cómodo. Ella se levantó súbitamente para colocar música, me preguntó que me gustaría escuchar, pensé rápido y le pedí que colocara una canción de Cat Power, un cover de Frank Sinatra, sonrió de medio lado, coqueta, cómplice. Se sentó de nuevo a mi lado, hicimos un brindis y probamos el vino, la invité a que bailara conmigo. Nos pusimos de pie, me acerqué todo lo que pude a ella y le tomé la cintura, la miré a los ojos, le sonreí, podía notar su nerviosismo en la manera en que me devolvía la sonrisa, pero se dejaba llevar. Me acerqué a su rostro, la miré detenidamente, le besé la nariz, ella cerró los ojos, yo también y me ahogué en su cabello. Dejándose llevar por la música se dio media vuelta y me tomó de las manos, extendió mis brazos y los suyos a modo de pájaro, las movía ondulantemente, era sensual, delicada, libre. Hizo un pequeño baile individual sin soltarme, utilizando sus caderas para agacharse y volver a subir. Volvió el rostro hacia a mí, se acercó bailando, me miró, me sonrió más relajada quizás intoxicada por la música, el vino y me dio un beso en la nariz.
Al terminar la canción nos sentamos a seguir bebiendo, conversamos poco, nos miramos mucho, sonreímos más, jugaba con mis manos hablando: Me gustan, son bonitas. Yo sonreía y era feliz feliz feliz. La noche avanzaba y las sonrisas se convirtieron en bostezos y el vino se evaporó, decidí que era momento de irme, había llegado bastante lejos y estaba satisfecha con ello. Le anuncié mi partida, mientras trataba de incorporarme de la posición en la que estábamos, nos habíamos echado en el sofá, abrazadas, quédate a desayunar me dijo. Obedecí.
Me despertó la luz que entraba por la ventana y el canto de uno de esos pájaros limeños que anuncian la mañana. V seguía dormida junto a mí, con la mitad de su cuerpo encima de mi cuerpo, con su pierna encima de mi pierna, con su rostro sobre mi pecho. Le dije que iría al baño y luego a comprar algo para desayunar, no me miró pero me dio un beso en la mejilla y luego se acurrucó en el sofá. Me quedé un rato mirándola, contemplándola, sonreí, luego me invadió una sensación de tristeza y me sentí azul. Sabía que ni bien cruzara esa puerta no iría por ningún desayuno, es más no volvería en absoluto, buscaría donde tomar una combi y me iría a mi casa. V se quedó con mi corazón aquella noche que la vi y me daba mucha pena pensar que yo rompí el suyo aunque sea un poquito, por no regresar aquella mañana, hace algún tiempo ya, el tiempo que me tomó poder al fin dejar de imaginar esta historia en mi cabeza y escribirla para que algún día, quizás mañana ella se siente en el espacio donde está su escritorio y la máquina desde la cual ávidos ciberlectores se enterarán como me rompió el corazón y como yo de ella no me llevé absolutamente nada.

miércoles, 11 de febrero de 2009

No valgo nada


Te acuerdas de esa vez mientras estábamos tirando, y tú te enojaste conmigo porque querías ponerte arriba y yo no te dejaba porque así no te la podía meter igual de rico como quería. Te acuerdas que te alejaste de mi, me hiciste salir de ti y te encerraste en el baño y me dejaste con mi erección y la verga hinchada hecho un huevón…y no me quedó más remedio que escupir mi mano y pajearme mirando a la actriz porno nipona en la tele, a pesar que no las concibo como producto pornográfico eréctil.
Luego de eso me levanté y toqué la puerta del baño, te llamé y tú me decías vete huevón, eres un pajero de mierda, te he escuchado venirte. Y yo te rogaba que salieras del baño, que ya, que si querías te iba a dejar estar arriba esta vez, y tú nada, no hacías más que decirme lo imbécil que era y yo enojado, puta madre Alexandra sal del baño y tú gritando desaforada en el baño de ese pequeño hotel donde solíamos ir: ¡¡¡¡¡Pajero de mierda!!!!! Y yo me enojé más, y estuve tentado a ponerme el calzoncillo y la única media que me pude sacar en la arrechura por tirarte, e irme de allí.
Hacía un mes que no tirábamos ¿te acuerdas?, ese día justo todo se había dado, estaba el dinero, el tiempo, la excusa y tú… encerrada en el baño. Sentado en la puerta podía escuchar los gemidos en el resto de habitaciones contiguas y podía sentir como las paredes que me rodeaban destilaban olor a sexo de otros, la pantalla del televisor sudaba sexo mientras Cheyenne Silver como niñera underage conquistaba a un nuevo padre de familia y tú sin salir, sin decirme nada y yo te decía Alexandra mi amor, por favor y tú gritas: déjame que estoy cagando.
Y yo ahora sí enojado, porque me lo decías por joder, porque sabías que te dejaría en paz, sabías que no me atrevería a volver a interrumpirte y yo sabía que era un cojudo y quizás sí un pajero, pero al menos no me quedaba a medio camino conmigo, porque sabía bien que lo hacías por joder y era mentira.
Sentí frío así que me metí en la cama, decidí esperarte, encendí un cigarrillo, la puerta del baño se abrió, saliste y como siempre que cagabas me dijiste: no entres allí y yo sonreí porque no se te veía molesta y hasta te perdoné que le contaras a todo el hotel que era un pajero.
Pero no era cierto, era solo un viejo reflejo de un pudor que conservabas para mi o para ti, no sé, y no me dejabas abrazarte ni tocarte, y me estabas volviendo loco, y seguías diciéndome pajero, egoísta y yo no entendía, y me decías que te costaba dejarme un ratito, aunque sea la primera vez, pero solo importas tú y a mi que me parta un rayo, a mi que no venga el orgasmo. Y me desviabas el rostro y yo solo podía pensar en mí, no podía decirte nada, y tú peleabas, te retorcías debajo de mí y eso me causaba una nueva erección.
Yo solo pensaba por qué Alexandra por qué, por qué no me dejas besarte, tocarte, por qué no dejas de resistirte, y tú nada de ceder a mi fuerza, luchabas, te retorcías y me decías déjame imbécil, déjame Alfredo, y yo paré, paré y decidí vestirme y buscar a Gabriela, ella sí me iba a dejar tirármela rico, como yo quisiera, en la posición que yo quisiera, solo importaba yo.
Me puse el calzoncillo, adónde vas me preguntaste, ¿te acuerdas? y yo no dije nada, me vestí lento pero seguro, así como quitarte la virginidad esa vez. Tapaste tu rostro con la almohada e intentaste acallar tu llanto, y yo pensaba, ¡esta huevona de mierda, de qué chucha llora ahora!, pero no pude, no te pude dejar llorar, porque tú no eras cualquiera, no eres una zorra o una puta, tú no jugabas conmigo, tú no me eras infiel, tú habías decidido ser mía, y yo no podía Alexandra, no podía verte llorar.
Así que te pregunté qué pasa y como siempre tú, tú, tan rica y linda como siempre, me decías perdón, no te piques pues gordo, ven déjame que te lo haga rico, no te vayas. Y no me iba Alexandra, no te dejaba, no porque tu llanto me convenciera, sino porque eras única. Esto no lo sabes, y quiero que nunca lo sepas, pero yo me las tiro a todas Alexandra, a todas sin excepción, soy débil, soy malo, soy una basura…¡qué chucha no valgo nada!. Pero a ti, a ti no te puedo dejar, no puedo hacerte daño, no te puedo tratar con indiferencia, sin amor, tú no eres un tire más….y aunque nunca dejaré de tirármelas, a ti no te puedo dejar.
Esa noche me convenciste y me quedé y te juro que en ningún momento pensé en que me tiraba a Pamela Anderson o a Carmen Electra o a la doble porno de Brtiney Spears como hacía con las demás, a ti te miraba a la cara, te veía a los ojos. A ti no te prohibía que me besaras el cuello por miedo a las marcas, a ti te las pedía. A ti te besaba en los labios, a ti te tenía respeto a pesar de que cuando estaba muy borracho pensaba que me engañabas con cualquiera y te insultaba.
Tú no eres cualquiera Alexandra contigo no espero que te vayas a dormir para coger mis cosas e irme corriendo para no volver a llamar, contigo espero que te quedes dormida para susurrarte cuanto te amo y esperar que me digas mientras te abrazo y entre sueños: cállate huevón, déjame dormir, que yo no soy Alexandra.
Entonces yo me levanto, me visto y me voy corriendo para no volver a llamar, sabiendo que esa no eres tú, ellas nunca serán tú y pensando que sin ti, realmente no valgo nada.

Elusive


Ha sido difícil estar sin ti, de vez en cuando tengo algún recuerdo bonito, tu cuerpo junto a mí enredándose, perdiendo nuestros bordes, nuestro espacio, tu calor, tu aroma. No puedo especificar cuanto tiempo ha pasado ya, pero te puedo hablar de todo lo que pasé. Nunca me quedó claro porqué se terminó, aunque ahora parece ya no tener importancia, antes solía perderme por las tardes pensando en qué error había cometido, me atormentaba el saber que con el tiempo te convertirías en un recuerdo, que el contacto con tu piel, con tus labios, con tu cuerpo llegaría a parecer tan lejano, distante, hasta incluso imaginado. Debo reconocer que me hiciste mucha falta, que no podía concebir mi tiempo sin ti en él, que las horas eran largas cuando no estabas y las tardes eran silenciosas. Comer dejó de ser un pasatiempo divertido y cómodo, la mesa se hizo inmensa. Lo más doloroso era quizás imaginarte con alguien más, solo deseaba poder arrancarte de mi cabeza, de mi corazón, hacerle creer a todo mi ser que fuiste una simple invención. Las lágrimas se me caían en las combis, mirando televisión, escuchando música, me rodeaba de gente en reuniones y de bulla en las fiestas y sentía como todo giraba a mí alrededor y yo estático, con mi chela en la mano y mi pucho pegado a los labios…esperando. Lo peor de todo era que necesitaba compañía y solo conseguía sexo, me hacía bien en ese momento, me quitaba los malos pensamientos, me quitaba el rencor, me quitaba la pena, me quitaba extrañarte, pero hacía solo eso, quitarme. Yo me moría por ti, fuiste esa mujer que me hizo querer, desear y sentí que perdiéndote, me perdía, pero no era verdad. Aún hoy cuando ando ocioso por ahí, de un lado a otro conectando mis pensamientos, caminando grandes tramos por las calles, aún hoy me acuerdo de tu sonrisa, de tu forma de mirarme, de tu mano en mi rostro, de tu cabeza en mi hombro, de la felicidad que proyectabas cuando decías que yo era todo lo que necesitabas…yo te creí. Y por qué no, ahora entiendo que en ese momento para ti fue verdad y lo aprecio, que pena que la verdad todavía no pueda vencer al tiempo y a la rutina. Dejé de frecuentarte, antes aunque sea por un poco de cordialidad salíamos como amigos, terminé dándome cuenta de lo mal que me hacía y reconozco sí, que me desaparecí de la peor manera, pero al menos ahora me siento bien.
Ahora no siento que cometo un acto de infidelidad si dejo que una chica me saque a bailar, me toque el cabello, me lleve a su casa, me invite a salir. Al menos ahora las invito yo, las persigo yo, las enamoro yo. Hoy que te escribo esta especie de confesión, hoy he sentido que te he dejado ir para siempre y pensé que iba a sentir dolor, pena, pero sabes qué, me siento feliz, lo suficiente para salir hoy a tomarme una chela y sentarme junto a ella, ella que tan pacientemente esperó que me curara de ti, que tan amablemente me dijo que no cuando me la quise tirar, ella que al verme llegar al bar me recibió con un beso en los labios y extendió su mano para tomar la mía y que cruzáramos ese mar de extraños sin perdernos el uno del otro, construyendo un lazo inquebrantable con nuestros brazos. Ella que aún hoy no me ha dicho una sola mentira. Olvidarte, dejarte atrás ha sido de las mejores experiencias de mi vida y te agradezco infinitamente que me hayas dado la oportunidad de encontrarla…te agradezco que aunque me fui nunca viniste a buscarme.