sábado, 14 de noviembre de 2009

Métodos abreviados

Y mientras encajaba en ella
ella desencajaba un gemido
era un sinfonía hermosa

su carne contra mi carne
sus músculos contra mis músculos
sus huesos contra mis huesos
mi sexo contra su sexo

Yo transpiraba pornografía
y rones baratos
ella era una niña linda
que sabía obeceder

Yo... soy solo un borracho idiota
que no recuerda
dónde la extravió.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Salir corriendo

Era una noche normal. Una fiesta como tantas otras a las que asistía religiosamente solo por tener algo que hacer, luego de una semana esclavizada en el trabajo. El mismo mar de gente, los mismos saludos, las mismas preguntas obvias y aburridas. Caminaba por los ambientes de una casa acondicionada para el evento que se realizaba, cuando la vi. La observé de lejos mientras bailaba, sabía ponerle sabor a lo que hacía. De a pocos me fui abriendo campo para que ella pudiera notarme entre la gente, así lo hizo. De repente cruzábamos miradas coquetas, ella bailaba como si la canción se hubiera inspirado en sus movimientos, era embriagante y divertido. Se acercó bailando y yo me avergoncé al principio e intenté —sin éxito— seguirla. Ella siguió pegada a mí, marcando el paso con su cadera, con las manos en mi cintura, con su boca rozando mi boca y la sonrisa puesta en el rostro. La canción terminó y me acerqué a su oído, bailas bonito le dije y ella sonrió, le di un beso en la mejilla, el cual recibió alegre y me devolvió con un abrazo largo.

Conversamos bastante, yo la miraba sintiendo una extraña sensación, una emoción que consideraba fuera de lugar, sentía que la había extrañado, que me había hecho falta, he sentido tu ausencia le dije, ella puso su mano en mi rostro y me dijo vamos por una chela. Rechacé su invitación pero le dije que la esperaría, sin embargo ella prefirió que la acompañara y antes de poder volver a negarme, me tomó de la mano, para no perdernos me dijo, yo pensaba en todo el tramo que recorrimos y todo el tiempo que esperamos que la gente la dejara llegar —sin daño alguno— a comprar su chela, que hacía mucho tiempo que nadie me tomaba de la mano, y que por alguna razón sentía la necesidad de soltarme, aunque no intentara hacerlo.

Seguimos caminando hasta encontrarnos con sus amigas, las saludé, me quedé un rato y luego me excusé diciendo que iba al baño. Me alejé y fui a otro ambiente. Mientras encendía un cigarrillo se acercó una chica a pedirme que por favor le vendiera cigarros, porque, en esta puta fiesta nadie los vende, me sonreí y le expliqué que le invitaba uno, se quedó parada junto a mí luego de darme las gracias. Me preguntó mi nombre, si conocía a quien organizaba la fiesta, y entablamos una conversación interesante después de ese comienzo tan plano y soso. La cantidad de gente en el lugar excedía el espacio del mismo, por lo cual entre empujón y permiso de parte de los demás asistentes terminamos en una de las esquinas de la habitación. Me invitaba constantemente a beber de su botella, pero siempre me negué con toda la educación que aún tenía en el cuerpo, luego de su sexto movimiento ondulante con la botella, a obvio modo de invitación a tomarla de sus manos.

La conversación nos llevó a un flirteo inocente, cuando de pronto alguien me plantó un beso en la mejilla y se colgó de mi cuello, estamos por allá me dijo mientras señalaba con la mano, le respondí que iría en un momento con la esperanza de que se soltara de mi y se fuera, pero no lo hizo. Saludó a mi interlocutora y dándome otro beso se fue. Al terminar mi conversación fui a buscarla, le di un beso en la mejilla, estaba seria, yo sonreí y le dije: me estaba invitando a participar en su revista con unos cuentos, refiriéndome a la chica del cigarrillo. Ella no pareció mostrar interés y sonriendo sin mirarme siguió conversando con sus amigas. Logré entrar en la conversación ya que una de ellas me habló, de repente de nuevo ella tomó mi mano y con esta rodeó su cintura, volví a perderme en mis pensamientos, en la sensación que me producía estar así con ella, no podía evitar pensar que a pesar de sentir cierta comodidad en el estado en que me encontraba, una parte de mi deseaba seguir vagando por aquella fiesta como tantas noches, sin saber que me deparaba la madrugada.

Fue entonces que pasó. Ella les dio la espalda a sus amigas y me miró, me dio un beso leve en los labios, vámonos me dijo, también me dijo vamos a mi casa, yo me negué y le sugerí mejor ir a un telo, algo más impersonal pensaba, más sencillo, sin tanta atadura como amanecer en su casa, saludar a su hermana y tratar de disimular el miedo que me producía la mirada de su madre, al verme salir de la habitación de su hija, con su hija, en flagrante delito sexual. Yo pensaba todo esto mientras su mano me llevaba entre la gente, entre las caras descolocadas, los gritos histéricos, la ruidosa música, un camino sinuoso a la salida, la salida de aquél infierno que tanto me moría por explorar, sin que nadie me tomara la mano. La ciudad desde el taxi se veía bien, luces tenues, grandes grupos vagando, semáforos averiados, una fina garúa y su voz, su voz en mi oído diciendo: vamos a la casa. No me tiré del auto en movimiento por pensar en las heridas físicas que aquél arrebato de pánico podría causarme, sin embargo mi cuerpo se mantuvo rígido el resto del camino.

…estoy aquí con el corazón hecho mierda, con rabia y tristeza porque pasó lo que tenía que pasar… me dejó y entonces sé, que debí sopesar las heridas físicas con las metafísicas, porque las heridas en la piel se cierran y se curan. Y yo solo puedo pensar que aquella fatídica noche no solo debí insistir con más firmeza en ir a un telo y soltarme del suave roce de su mano en la mía, sino que me atormento cada noche mientras bebo, recriminándome sin cesar, en un soliloquio monotemático y patético, que nunca debí salir de aquél infierno, ni mucho menos dejarme tomar de la mano, pero sobre todo nunca debí creerme esa pequeña verdad postcoital, esas suaves palabras que se descolgaron de sus labios en la oscuridad, nunca debí creerle cuando me dijo que yo…lo era todo.

viernes, 21 de agosto de 2009

Retratos


Sofía la ignoraba de manera constante en cada reunión, Valeria se había convertido en la sombra detrás de las elocuentes historias que Sofía sabía contar y en varias ocasiones el atento público había olvidado su nombre o la había nombrado erróneamente. Yo siempre observaba desde una esquina, otra sombra más, pero estaba acostumbrada, ya había comprobado mis habilidades sociales y estaba satisfecha con mis logros, era capaz de entablar conversaciones con extraños, de convertirme en el alma de la fiesta y de irme acompañada en varias ocasiones hasta mi cama.
A pesar de aquellas habilidades tan desarrolladas nunca me acerqué a Valeria, tenía algo en su mirada, en su expresión corporal que hacía rebotar cual espejo la luz, cualquier acercamiento con otro ser humano. Podría ser quizás la cara de aburrimiento que solía llevar, la resignación a pasar varias horas con varios extraños, que no hacían más que ignorar su presencia, pero los pocos momentos en los cuales participaba con algún comentario, venían acompañados con una expresión triste, casi solitaria luego de que Sofía la interrumpía abruptamente para llevar el hilo de la conversación por donde mejor le convenía.
Habían sido pocas pero existían aún en la mente de los asiduos concurrentes a las reuniones, y se comentaban de boca en boca, cual leyenda urbana, arreglada por quien la contara, los sucesos en que unas copas de más, llevaban a Sofía a convertir al amor de su vida, a su compañera fiel en el hazmerreír de la fiesta. Valeria nunca le respondía, solo la miraba y la escuchaba con calmada actitud lo cual resultaba en la intervención de los asistentes para evitar que Sofía dijera algo de lo que pudiera arrepentirse. Aunque ya lo hubiera dicho y su sentencia fuera acompañada por expresiones de asombro de parte del auditorio, Valeria nunca respondía.
Sin embargo la noche en cuestión, Valeria no se quedó a escucharla ni la miro, le dio la espalda apenas comenzó con el corso de quejas disfrazadas con pequeñas risas que nadie apoyaba:

—Ya vengo, voy a comprar —dijo saliendo por la puerta.

Nadie trató de detenerla, ni siquiera su novia, que continuó con el tema de la ineptitud de su pareja sentimental por unos minutos más, tras los cuales se dedicó a seguir bebiendo con sus compañeros de trabajo que ya la conocían bien. Pasada media hora, ninguno se preguntaba que había sido de Valeria, así que sin que nadie lo notara salí a buscarla. Me sorprendí al encontrarla parada en la puerta del edificio, caminando tramos cortos de un lado al otro, cabizbaja con las manos en el cuello.

—Hola, ¿todo bien? —le dije.
— ¿Tienes un cigarro?
— Sí, claro, ¿has estado acá todo el rato?
—Sí, olvidé la llave del carro arriba, ¿la traerías? No tengo ganas de subir y hace frío para seguir acá parada hecha una pelotuda.
—Ok —le dije sonriendo. —Yo voy por ella.

Subí de nuevo al departamento y al conseguir la llave me detuvo un tipo a buscarme conversación y luego se acercaron dos chicas y todos conversaban mirándome, pero yo no decía nada, no daba ninguna señal de estar participando de aquello, ni de estar de acuerdo o en desacuerdo, al final se aburrieron y me pude ir. Bajé con rapidez pero con cautela, preocupada de que la temperatura corporal de Valeria estuviera rozando los signos de la hipotermia, después de todo por esas épocas hacía mucho frío y la nieve llegaba a cubrir los neumáticos de los carros.

— ¿La tienes? Dámela, sube rápido —me dijo. — ¿por qué tardaste tanto? Ya se me entumecían los dedos.

Le expliqué lo ocurrido, mientras colocaba la calefacción a grados comparables a la estancia de los condenados a castigos infernales. Nos quedamos en silencio recuperando el calor corporal, ella fumaba y de cuando en cuando compartía una pitada conmigo, yo había dejado de fumar hacía un par de meses, pero no quería romper la camaradería teniendo que explicar mi negación a su oferta. Puso algo de música, su índice jugaba en el timón dando pequeños golpes rítmicos, miraba fijo, como en trance por el vidrio del parabrisas, luego se echó a llorar.
Me quedé unos minutos en mi asiento, observando sin saber qué hacer, luego coloqué mi brazo alrededor de ella, su cabeza cayó automáticamente sobre mí, su boca se abrió para convertir su sollozo en lamento vivo y sentí pena. Nos quedamos así buen rato, yo acariciaba su pelo, ella se iba calmando, yo besaba su cabeza, ella se acomodaba, yo besaba su mejilla, ella besaba mi boca. La besé lento y suave, como quien cura una herida con alcohol y da pequeños soplos refrescantes a la piel, ella se alejó de mí súbitamente, cogiéndose los labios.

—Lo siento, no sé qué me pasó —me dijo.
—Estabas tan triste, yo… no supe qué más hacer, sentí que era lo único que podía hacer, besarte…
—…déjalo allí, ya no hables…

Se colocó encima de mí y continuamos besándonos más intensamente, cada cierto tiempo alejaba su rostro del mío y me clavaba la mirada, era diferente a las que siempre vi, me veía como si me viera el alma, me acariciaba la nuca y me volvía a besar. Yo me dejaba hacer, la acariciaba tímidamente, mis manos dudaban y se quedaban camino a donde termina la espalda y mis dedos jugueteaban con la poca piel que se dejaba sentir camino adonde mis manos deseaban explorar. Unas voces fuertes irrumpieron en el momento que compartíamos en el carro, el corazón se me fue a la garganta, ella me tranquilizó sin sobresalto alguno, hablando bajito y calmando mi miedo.
Desperté con ella a mi lado en el asiento trasero, las lunas del carro estaban empañadas por delgadas capas de nieve cristalizada, una mano irrumpió para romper aquella imagen y el rostro de Sofía se asomó, con la nariz pegada a la luna. Aún adormilada podía ver la agitación de sus manos, el movimiento de su boca y su cuerpo moviéndose en señal de clara afrenta.

— ¡Bájate, carajo!, ¡bájate! —empecé a escuchar.

Valeria despertó fastidiada por la bulla, miró por la ventana y sonrió, me dio un pequeño beso en los labios, el cual recibí con preocupación. Se colocó el abrigo y se bajó del carro, indicándome que la esperara y cerrara con llave. Así lo hice. Sofía seguía invitándome bruscamente a que saliera a jugar a la lucha libre. La situación empezó a ser risible y me bajé. Apenas puse un pie fuera del carro, Sofía corrió en mi dirección y yo corrí alejándome de ella. Valeria estaba a una distancia prudente con las manos cubriendo su boca y luego se echó a reír.
Yo esquivaba a Sofía, quien agotaba sus fuerzas en vociferar amenazas, corrimos casi todo el bloque, y mientras ella retomaba aire, corrí en dirección a Valeria y le di un beso, la miré el tiempo que le tomaba a su novia correr de vuelta a nosotras y seguí corriendo camino al metro más cercano.

—Y ¿ya la llamaste? —me dijo.
—No, ¿para qué?
—Uno siempre espera luego que pasan esas cosas, que la otra persona llame.
— ¿Por qué?
— Para no sentir que solo te han usado pues, idiota.
— Si así es sentirse usado, ojala me pasara más seguido.
— Anda llámala y déjame mear —gritó tras la puerta de baño.

Fui a la cocina y me serví un poco de cereal, me acabé el cartón de leche. Me senté frente al televisor viendo los dibujos de los sábados por la mañana y me cagué de risa viendo al coyote quedándose sin aire, cayendo a un abismo, decepcionado por no poder atrapar al road runner.
Sonó mi celular.

Juegos de Amor


— ¿Y en qué piensas cuando te masturbas? —preguntó echada en mi pecho.

—Ya no me masturbo —dije exhalando el humo.

—Mentiroso, dime pues —dijo acurrucándose junto a mí entre las sábanas.

—Ya no lo hago, si estamos tirando, para qué lo voy hacer —le di un beso en la frente.

—Pero, si tuvieras que hacerlo, ¿pensarías en mí? —se colocó sobre mi pecho, mirando mis ojos.

—Jajaja, no sé, hablemos de otra cosa.

—Ya pues, ¡dime! —me dio un golpe en el abdomen.

—No, creo que no.

— ¿De verdad? —se sentó sobre mi, algo triste.

—No sé, quizás, alguna vez, ¿por qué quieres saber eso? — acaricié sus muslos.

—No sé, me dio curiosidad —se echó de nuevo a mi lado.

— ¿Y tú? ¿Pensarías en mí? —giré y la miré a los ojos.

—Sí, yo me tocaría rico pesando en ti —me besó buscando mi sexo entre las sábanas.

martes, 18 de agosto de 2009

Charles Bukowski


Uno de mis escritores favoritos, sino el único, acá les dejo un poema de él, no lo he encontrado en la web, aunque tampoco busqué con mucho ahínco. Besos

Estoy Enamorada

ella es joven, dijo,
pero mírame,
yo tengo unos tobillos bonitos,
y mira mis muñecas, tengo
unas muñecas preciosas
oh Dios mío,
creí que todo iba bien,
y ahora otra vez ella,
cada vez que llama te vuelves loco,
me dijiste que había pasado
me dijiste que había acabado,
oye, yo he vivido lo suficiente como para ser
una buena mujer,
¿por qué necesitas una mala mujer?
necesitas que te torturen, ¿verdad?
crees que la vida es una porquería
y si te tratan como una porquería
todo cuadra
¿no es así?
dime, ¿es eso? ¿te gusta que te traten como
una mierda?
y mi hijo, mi hijo iba a conocerte.
se lo dije a mi hijo
y dejé a todos mis amantes.
me puse de pie en una cafetería y grité
ESTOY ENAMORADA,
y ahora te ríes de mí...

lo siento, le dije, lo siento de veras.

abrázame, dijo ella, abrázame, por favor.

nunca he estado metido en una cosa así, le dije,
estos triángulos...

se puso de pie y encendió un cigarrillo, le temblaba todo el
[cuerpo.
iba y venía de un lado a otro, enloquecida y furiosa. tenía
un cuerpo pequeño, brazos delgados, muy delgados, y cuando
gritó y comenzó a pegarme la cogí por las
muñecas y entonces lo vi en sus ojos: odio,
auténtico, profundo, secular. yo era malvado, maleducado y
loco. todo lo que había aprendido no me había servido de nada.
no había ser vivo más estúpido que yo
y todos mis poemas eran
falsos.

jueves, 13 de agosto de 2009

Bésame otro poquito

Era un matrimonio común como los que siempre evité, sin embargo la presión familiar no me dejó en esta ocasión. Al menos pude escapar a la ceremonia he ir de frente a la recepción, llevaba puesto unos jeans, una camisa blanca, un chaleco negro y un pequeño morral de cuero donde llevaba mis cuadernos de apuntes. Por obvias razones de vestimenta todo el mundo me notó al entrar, mi madre rápidamente con la sonrisa pintada en los labios se me acercó y mientras fingía saludarme me apretaba el brazo dándome una reprimenda verbal. Yo sonreí y le di el beso en la mejilla, el cual formaba parte de su pequeña puesta en escena para evitar que el mundo notara lo que ya habían notado y comentaban de mesa en mesa cual batallón de hormigas hacia un grano de azúcar.
Yo me dirigí cerca de donde salía la comida y los mozos con bandejas cargadas de vasos con whisky y ron y alguna gaseosita y vasito con agua para la mojigatería y la muchachada. No saludé a nadie bajo amenaza de mi madre, me quedé por el jardín, era una gran casa alquilada siempre para el mismo propósito, así que como paria que era, me fui a investigar lo desconocido, encontré un pequeño lugar con un par de bancas de cemento, donde tomando las precauciones del caso encendí un pitillo.

—Fumona —me dijo.

Era una voz delgada, fina y aguda, cuyo tono juguetón logró que lanzara el pitillo a una fuente cita donde las aves reposaban a saciar su sed. Demoré en reconocerla, pero una vez que sonrió y se acercó a mi, lo supe, estaba más adulta, más lozana, ya no tenía pecas en el rostro, ni las rodillas sucias. Lucía llevaba puesto un vestido blanco que permitía ver sus rodillas, unas sandalias que permitían asomar sus hermosos pies y el aroma que siempre me cautivó. La abracé largo tiempo, mientras sonreía sabiendo que había valido la pena solo por verla, haber asistido a esta tortura social. Estuvimos conversando mientras buscábamos el pitillo que acababa de desechar, lo seguimos haciendo una vez que lo encontramos, fumábamos como si lo hubiéramos hecho siempre y parecía tener experiencia haciéndolo. Me contó que ella tampoco tenía planeado asistir, pero que al final su madre la convenció.

—Te ves súper guapa —me dijo mientras terminaba de sacarle los últimos toques al pitillo.
—Tú me sorprendes, estás hecha toda una mujer —le dije mirándola fijo de pies a cabeza.
— ¡A cuántas niñas miras así a diario, sucia! —dijo tocándome el brazo sin dejarlo ir.
—Tú de niña no tienes nada y por mirar nadie se ha ido preso, mi amor.

Nos quedamos allí conversando, los cinco años de nuestras vidas que habíamos dejado de vernos, y todo se sentía tan bien, parecía que nunca había hecho ese bendito viaje a Madrid, que yo no había buscado su cuerpo y consuelo en esos otros cuerpos, durante aquellos cinco años, sin olvidarla, pero no se lo dije, no valía la pena. Al regresar a la recepción, luego de darles el tiempo adecuado para que el contenido alcohólico en su sangre hiciera mella en su memoria a corto plazo y olvidarán la gran aberración que había cometido al aparecerme como quien va a una discoteca, a un evento tan importante como la boda de mi prima. Me senté en una mesa vacía, a mirar a los asistentes bailar al ritmo de la cumbia de moda, con los recién casados al medio de la pista, pero solo la veía a ella, con aquél muchacho tonto, por el que tanto se moría y ahora no soportaba ni que la tomara de la cintura al bailar. Después de tres bailes con él, pasó a mi costado y agitó la cabeza clavándome los ojos como quien te pide con fuerza que vayas tras de ella. Así lo hice.

—Sácame de aquí, voy a volver a Madrid, solo tengo este fin de semana y no planeo pasarlo así, por favor, sácame de aquí.

Me reí, seguía siendo tan dramática como antes, salimos corriendo de ahí, ella se quitó las sandalias y corrimos a través de los jardines que en esos momentos tenían los aspersores encendidos, hicimos piruetas como dos niñas jugando con el agua, cayéndonos al césped, callándonos con el ademán conocido del dedo en la boquita y llegamos empapadas a mi jeep. No pregunté adónde ir, no hablamos mucho, solo cantamos al son de las canciones de mi mp3, la gran mayoría recordaban nuestro tiempo juntas, conduje lo más lejos que pude de aquél lugar, bajamos en un grifo, compramos un arsenal en bebidas alcohólicas y nos fuimos a su casa de playa.
La mitad del camino lo durmió apoyada en mi hombro, supongo que eso debe ser la felicidad, no importa nada solo estar, solo ser un momento, solo uno. La desperté entrando al balneario y me dirigió camino a su casa. Bajamos las compras y antes de poner la llave en la puerta, yo iba detrás de ella, volteó y con unos movimientos suaves, casi ensayados y lentos, tan precisos, tan familiares, nos besamos. Casi pierdo la fuerza en los brazos y termino por botar ciento cincuenta soles en alcohol, pero no fue así, ella me sostuvo. Apenas entramos me pidió bésame otro poquito, me acerqué lento, miré su rostro lo que pareció largos segundos, junte mi rostro al de ella, nos acariciamos así, rozamos los labios, entrelacé sus manos y con mis brazos rodeé su cintura. Así nos quedamos besándonos otro poquito como la última vez.
Yo fui a la cocina a preparar los brebajes mientras ella buscaba algo seco que ponerse, regresó con un polo gigante de hombre, sonrojada, yo la abracé y le dije no me importa, vamos a beber no más, y bebimos, escuchando música, una en frente de la otra, mirándonos, investigándonos, preguntándonos con los ojos aún, lo que nos diríamos a voz en cuello con unos cuantos vasos en el organismo. Yo me quité las zapatillas para bailar y evitar pisarle los pies, había olvidado lo divertido que era bailar, bailar con ella, no lo he hecho con nadie más, lo intenté pero nunca fue tan divertido.

—Sigues con tus movimientos piedra —me dijo.
—Me muevo todo lo que puedo —dije riendo.

Salimos camino a la hamaca que estaba en el balcón, al ritmo de Calaveras y Diablitos, ella movía las caderas y yo la miraba andar bailando, me senté yo primero y ella se acomodó entre mis piernas, hacía frío así que nos acurrucamos, me miraba cantándome…pero tampoco quiero morir de amor, nos quedaríamos a ver el amanecer, como cuando nos conocimos, pero esta vez cuando hubiera luz, no tendría que soltarla, nos podríamos quedar así, acurrucadas.
Con un poco de suerte los rayos del sol me despertaron, ella ya había decidido ir al mar, así que fuimos, la playa estaba casi desierta, ella quería hacer topless, y lo hizo, yo miraba de un lado a otro tratando de ocultar mi preocupación tras los lentes de sol, pero ella se percató de eso y me mandó a darme un chapuzón. Al regresar de aquella aventura, pude darme cuenta de que nadie nos veía, así que regresé con el cuerpo mojado, derramando gotas de sal y me eché sobre ella a darle el beso más salado de la historia, ella reía y reía y me besaba de vuelta y se quitaba el calor con el frío de mi cuerpo y me quitaba el frío solo con su amor. Cuando el sol bajó en intensidad, me dijo que fuéramos a pescar, ella pescó casi todo, y yo me encargué de la cocina. No compramos agua, así que nos quitamos la sed con más alcohol.
En la noche conduje al grifo más cercano a comprar leña, Lucía quería una fogata, no tuve que ir muy lejos y no demoró mucho encenderla, nos sentamos en la arena junto a ésta cerca de la casa, a mirar esa noche despejada, la luna, su luz, el brillo en el mar, ella jugaba con la arena, jugaba a enarenar mis pies, a enterrarlos, yo olía sus cabellos, sorprendida de que el aroma de la sal de mar, no se hubiera llevado el de ella, seguía allí como un sello. Esperamos hasta que la fogata se apagó, cubiertas por una manta, luego entramos a la casa, ella tomó mi mano y me llevó a una de las habitaciones, solo al entrar ya me había quitado la camisa que llevaba abierta, me acarició los senos, la cintura, dejé que me explorara todo lo que quiso, con la firme promesa tácita de que yo también lo podría hacer. Me desvistió primero, luego dándome la espalda tomó mis brazos alrededor de su cintura. Yo le besé el cuello, mientras jugaba adivinar como sería su cuerpo bajo aquél polo gigante, hasta que se lo quité, le acaricié las nalgas y el punto exacto donde la espalda se transforma en culo y me excité.
Para terminar de desvestirla la recosté en la cama, le besé los senos largo rato, suave y húmedamente, recorrí con mi boca y con mi lengua su abdomen, terso y firme y me encontré con su bikini amarillo, el cual empecé a quitarle con los dientes y terminé arrojándolo al piso. Subí para besarle la boca y sus piernas rodearon mi torso, acariciándome, llamándome a encontrarla. Su beso fue más intenso, más prolongado y sus manos, sus uñas, ejercían una presión en mi espalda sin llegar a arañarla del todo.

—Hubiéramos tirado en la playa —me dijo con la voz entrecortada.
—De acá se escucha el mar, pero más importante es que me escuches a mi, que te estoy invitando a jugar —le dije dispuesta a tener sexo oral.

Amanecimos desnudas, abrazadas, con el sol iluminándolo todo, me dio un beso en la mejilla, en la barbilla, en los labios, en la nariz y me invitó a ducharme con ella. Después de comer, nos enrumbamos a Lima. No pude llevarla al aeropuerto, su familia no lo hubiera permitido, quiso que le prometiera no ponerme triste por su partida, yo solo pude prometerle no llorar. Me senté en el pequeño balcón del pequeño apartamento que alquilaba, mirando el horizonte por si se cruzaba su avión. Aún sentía su aroma en mi piel, su roce. Se fue como llegó, sin dejar un solo rastro tangible, tan solo su recuerdo en mi memoria. Aquella noche mientras abrazaba mi almohada, mientras me quedaba dormida, me di cuenta de que la felicidad era eso, eso que había dicho Lucía, bésame otro poquito, la felicidad era un poquito y me duraría para cinco años más o hasta otro matrimonio. Sin embargo, la felicidad es un poquito dentro de toda la vida y yo quería mi vida con millones de poquitos más, así que la fui a buscar.

jueves, 18 de junio de 2009

3385

¿Cómo va tu enfermedad?¿La has combatido?

la he asesinado
te felicito
gracias, ahora iré a la cárcel
tienes que escapar
consigue a tu clyde y escapa
consigue a tu louise y escapa
consigue huevos u ovarios y escapa
no te vendas nunca

sábado, 13 de junio de 2009

Allí viene mi carro

Esperaba sentada en un café a que apareciera, el sonido de mis dedos sobre la mesa expresaban mi nerviosismo ante la espera y me remontaban al tiempo donde su olor era todo lo que me calmaba, nunca más dormí tranquila como cuando la escuchaba respirando a mi lado y luego de eso había tenido que enfrentarme al hecho de que tal vez no era tan buena persona como yo pensaba, que tal vez sus constantes preguntas sobre mi felicidad y mi estado de ánimo no eran por preocupación sino por envidia. Esperaba sentada mientras me tomaba un vaso con agua, la cual había pedido embotellada pero aún así sabía a agua de grifo. A pesar de tener aquellas dudas en mi cabeza accedí a nuestro encuentro, porque en el fondo mi corazón seguía siendo un idiota, y mi razón estaba agotada de demostrarle cuánto se equivocaba acerca de ella. Tenía palpitaciones cada vez que alguien entraba, la campanilla de la puerta sonaba y sonaba, había pasado ya media hora desde la hora de la cita y ella no aparecía. Recordé con cierto fastidio como me molestaba que me hiciera esperar y tuve un par de intentos de escapar de allí, nada exitosos.

Al final entró por la puerta, un poco más adulta de lo que la recodaba, entró sonriente y me dio un beso en la mejilla y un abrazo largo. El mozo se acercó a la mesa con la carta pero ella sabía bien que quería y se la devolvió pidiéndole un capuccino. Me dijo y ¿qué tal?, ¿cómo estás?, yo solo podía mirarla y sentir pena, tristeza, dolor, había pasado más de medio año y yo aún sufría por su ausencia, aunque analizándolo bien no era tanto su presencia sino su significado, no había logrado en todo ese tiempo conectar con nadie, y mis varios intentos por hacerlo habían sido desastrosos para mi estado de ánimo. Bien, le dije, pero mentía, me preocupó que se notará así que me fui al baño, me miré al espejo y mojé mi rostro y hablé con mi imagen para tranquilizarme, pero no sirvió de nada.

Salí del baño para encontrarla hablando por celular con su novio de turno y el golpe seco al estómago me hizo tropezar con la pata de la mesa, ella colgó enseguida. Me senté y volvió a sonreír contenta y casi altiva, le pregunté como estaba, pero sin ninguna curiosidad real, empezó a hablar de sus grandes proyectos y triunfos, y yo la odiaba, la odiaba, la odiaba, quería salir corriendo de allí, gritar, pero me aguantaba, en el fondo mi razón me tranquilizaba con hechos, ya terminaron, y lograba sonreír aunque sea un poco, yo pedí otra ronda de agua. Comimos algo mientras conversábamos con más fluidez e importancia, la sentí como cualquier amiga y logré olvidarme de que alguna vez la vi desnuda, que alguna vez… todos decimos cosas. Al terminar caminamos juntas hacia el paradero, por alguna extraña razón, quizás costumbre, o un hábito que nada tenía que ver con quién era yo, tomó mi brazo y sin dudarlo me agaché e improvisé la vieja treta de me amarro el zapato.

Seguimos caminando, ya casi llegando al paradero, empezó a hablar, cosas que yo no entendía, frases armadas, empapadas de buenas costumbres, yo no pude evitar reírme, la tomé de las manos, la miré a los ojos he improvisé un discurso:
Espero que hayas disfrutado esto, porque yo no, ha sido un error fatal aceptar tu invitación y haberme obligado a escuchar todo lo que escuché de ti, no te deseo mal, pero sinceramente esta es una de las peores decisiones que he tomado en mi vida, me pareció bien al principio, muy adulto y correcto, siquiera por todos aquellos años conservar una amistad, pero me es imposible y no quiero. Allí viene mi carro.

Le di un beso en la mejilla y me subí a la combi aún en movimiento, me coloqué los audífonos y mientras mi cuerpo se bamboleaba al ritmo de los baches y la pericia del conductor, me sentí bien. Al día siguiente conectada al mundo virtual de las conversaciones en línea, me habló como si nada.

FO-9043







Cuidala, que me importa
ya no me divierto
y quiero llorar
Me dijo mientras me la llevaba
yo no podía prometérselo
Así que le mentí
ella me dejó a mi
Sí, imagino que lo pensaste
y sigo sin terminar
de pensarte.

jueves, 4 de junio de 2009

Blackheart


Trataba inagotablemente de llegar a la barra para servirme uno de esos tragos de cortesía que siempre entregaban en cada exposición, la gente olvidaba el espacio personal y a manera de callejón oscuro me desviaban de mi destino. Al final tuve que optar por lanzarme a la barra a la primera oportunidad que tuve, sin percatarme que alguien más había tenido la misma idea. Choqué con ella como contra un muro elaborado de carne y huesos, levantó la mirada furibunda hacia mí, para luego relajar el rostro y preguntar si me conocía, yo sabía quien era, pero ella a mi no me conocía. Con el rabillo del ojo logré atisbar al del bar y le pedí una cerveza, la cual fue arrancada de mis manos por un amigo, mientras ella me decía: me has agregado al facebook ¿no?, yo me sonreí de medio lado, algo incómodo y le respondí que sí, volvió a indagar sobre mi identidad y sobre que amistades podíamos tener en común, pero acabé con su bombardeo interrogativo, con un tímido y coqueto: yo sé que eres B pero no te conozco.
Seguimos conversando junto a la barra, decidimos que era la posición más estratégica si quitábamos el hecho que nos llovía cerveza en las cabezas cada cierto tiempo, hizo un comentario sobre los modales de mis amigos, como bien ella había notado minutos antes. Yo era más joven, y bien sabía que tenía conflictos en su relación con lo que ella llamaba “chibolos”, sin embargo fui inteligente al rebatirle los modales de los míos con los de los suyos, quienes de rato en rato, venían a querer sacarla de su posición con intentos de fuerza bruta que no superaban en lo más mínimo a su firme estado de carácter. Sonrió complaciente ante lo que yo considere una capacidad aguda de pensamiento y ella un simple golpe de suerte y rapidez mental. Continuó interrogándome con un tono juguetón de maestra de escuela que descubre la debilidad de un alumno por ella, retándome me preguntó: ¿y siempre acosas mujeres por internet?, sonreí pensado en mi respuesta mientras observaba como sus labios se posaban en el vaso y con pequeños sorbos, casi infantiles libaba el alcohol. No pude responderle pues olvidé por completo cuál había sido su pregunta, pude notar que se sintió halagada de que mi mirada se posara en ella, le dije que se veía diferente en persona, que era la primera vez que la veía y que el vestido negro que llevaba le quedaba bonito, esa fue la palabra que usé “bonito”, me sentí un pelmazo pero era la verdad, no dije lindo porque sinceramente sonaba muy gay y era lo último que quería que pensara de mí. Ante mi halago sonrió coqueta pero sin mirarme a la cara, miraba de manera constante hacia la barra, hacia el mar de gente que nos rodeaba y de rato en rato nuestros ojos se cruzaban y de cuando en vez yo no podía dejar de mirarla.
Continuamos la conversación con bastante facilidad quizás debido a la cantidad de alcohol que habíamos bebido hasta ese momento, no lo sé. Desde luego podía ser eso, ya que a nuestro alrededor la gente empezaba a formar ese barullo incomprensible con sus voces, ese barullo que puedes percibir en una fiesta cuando de pronto se apaga la música, una pareja discute, los más machos se pelean o un grito desgarrador del tipo: ¡llegó el momento del apretón!, mientras arrinconan contra la pared a una pobre incauta sacando a todos de sus conversaciones privadas. Pero gracias a aquél barullo, la distancia entre ella y yo, se minimizó, a veces sin querer mi mano tocaba la suya, en un momento fingí no oírla y coloqué mi oído cerca de ella, lo suficiente como para invitarla a acercarse, lo cual hizo, rozando mi oreja con sus labios, de modo que tuvo que repetir hasta tres veces lo que me estaba diciendo, ya que el roce me distraía de sus palabras. Sus amigos seguían viniendo e ignorándome por completo, en una de esas oportunidades tomé mi vaso y me fui a buscar a mis amigos sin despedirme. Al llegar donde ellos, empezaron los comentarios, ellos sabían lo especial que ella era para mí, aún sin conocerla, yo sonreía defendiéndome, comportándome como un caballero, sin dar detalles, solo hemos conversado, es linda. Seguimos allí viendo un poco las pinturas, bebiendo gratis más que nada, conversando con amigos, cuando de repente, me jalaron del brazo, era ella con cara de incógnita. Me preguntó porqué me había ido sin decir nada, algo molesta debo reconocer, pero le sonreí dándole una explicación que me pareció verosímil, ella me miró sin creerme del todo y me preguntó que iba a hacer después, yo no lo sabía pero suponía que lo mismo de siempre así que le dije: No sé, por ahí a ver qué hay, me dijo si quería ir con ella y sus amigos a un lugar, mencioné el nombre de un local muy frecuentado por gente de su edad en barranco y me reí. Ella pareció ofenderse un poco y con una mueca de qué gracioso eres, me dijo: No sonso, a mi casa. Sabía que mis amigos entenderían mi situación así que me despedí de una de ellas, la cual me dio todo su apoyo y me fui con B y sus amigos.
Caminamos a paso de tortuga conversando, interrumpidos de vez en cuando por alguno de sus amigos, entrando por una especie de callejón con una reja antigua, estaba su casa, era un portal bonito el suyo, una casona antigua, con techos altos y madera. Entré decidido a mezclarme con la gente antes de que ella me los presentara si en algún momento lo hacía, presté atención a las conversaciones de las chicas, una de ellas pidió un destapador, yo siempre llevaba uno conmigo así que me ofrecí a abrir su botella, me preguntó quién era, le di mi nombre, ella y sus otras dos amigas me saludaron dándome sus nombres también, estuvimos conversando los cuatro bastante rato, riéndonos, bebiendo, uno de los chicos se acercó, el enamorado de una de ellas asumo, pues la abrazó y me extendió la mano saludándome. Lo saludé también mientras ella le explicaba quién era yo, y qué hacía allí. Aunque solo me llevaban diez años parecían sentirse invadidos por mi, no eran nada amigables de entrada, es más tenían pequeños códigos entre ellos, bromas personales de las cuales solo me hacía partícipe B y alguna que otra chica. Se mostraban bastante impresionados sobre mis conocimientos de música, locales y onda ochentera limeña, no dejaban de preguntarme hasta que encontraban algo que no conocía y sonreían satisfechos de poner en evidencia lo que ellos consideraban mi corta edad. Era un triunfo absurdo sobre mi, una especie de no eres bienvenido broder, pero no me importaba, los dejaba sentirse superiores sin demostrar ni un poco de fastidio.

Avanzada la reunión decidí aventurarme por la casa, desde luego primero me dirigí al baño observando todo a mí alrededor. Su baño era cómodo, estaba limpio, como los baños de chicas, tenía muchos cepillos, la secadora de pelo, varios frascos de shampoo y acondicionadores, jabón líquido para manos, y también para el cuerpo, esponjas, una afeitadora, su cepillo de dientes era fucsia y su espejo llevaba puesto pequeñas notas amarillas, recordatorios personales o mensajes de ánimo. Al salir en una de las paredes del corredor había varias fotos, algunas de ella, otras de lo que supuse amigos o amantes. En una de ellas, salía ella en una playa en bikini, mirando a la cámara, sonriendo, con el cabello empujado por la brisa. Llegó de frente a embestirme con sus interrogantes, me causaba gracia que pensara que aquella pose de mujer segura de sí podría causar en mi el más mínimo rasgo de incomodidad, pero no dije nada, solo lo disfrutaba porque en el fondo me gustaba esa clase de atención tensa que me prodigaba. Estuvimos un rato solos mirando las fotos mientras ella me explicaba dónde habían sido tomadas, cuándo y cómo, no fue aburrido, pero debo admitir que sí fue largo, tuve muchos problemas para concentrarme en su relato, observaba cada mueca que hacía al hablar, su mirada, su sonrisa, me parecía tan familiar y estaba tan cómodo que cualquiera pensaría que ya la conocía.
Sí la conocía, no porque fuera quien era, sino que a pesar de que ella parecía no recordar, ya habíamos tenido otro encuentro. Hace casi más de un año quizás menos, tuve la oportunidad de encontrarla, de conocerla y seguía encantándome igual que aquella primera vez. Su casa había cambiado un poco y esta vez sus amigos funcionaron como una especie de escudo entre nosotros. Siguió hablando un poco más y luego me preguntó cuál era mi favorita, las miré de nuevo, fue la primera vez que sentí vergüenza en toda la noche y le dije: Ésta, donde sales tú, y me miras bonito, ella soltó una pequeña carcajada y me sorprendiendo acercándose a mi boca, nos besamos largo rato en el medio del pasillo, lento, suave, le acariciaba la cintura, el cabello, tenía un olor rico, era dulce pero no meloso, mientras nos besábamos una amiga suya pasó al baño, yo di un paso hacía adelante colocando a B entre la pared y yo. Los besos se volvieron más rápidos, profundos, sin pensarlo demasiado abrí la primera puerta que encontré en nuestro paseo contra las paredes del pasillo, intercambiando nuestra posición dentro del sándwich, pero ella me detuvo: vamos a mi cuarto. Entramos, yo como un ciego me dejé llevar por ella en aquella oscuridad, ella que me tenía atrapado en sus labios, que me llevaba a ciegas amarrado a su boca, caímos toscamente sobre su cama, una de sus rodillas me golpeo y yo aspiré despacito un poco de aire, como cuando te haces un corte, ella sonrió y se disculpó mucho, besándome el rostro, los ojos, la nariz.
Pasado el inconveniente, me aventuré por su vientre, tenía la piel suave y su olor era embriagador, me excitaba, ella jugaba con mis cabellos respirando entrecortado y bajito, como cuando tiras en tu cuarto en la casa de tus papás, me susurraba al oído ricos y lentos shhhh, shhhh. Me quitó la camisa y me acarició la piel, los brazos, el pecho, y el abdomen hasta abrirme el pantalón, sabía como tocarme, pero sobretodo sabía que quería de mí. Me dejaba intentar besos, movimientos, posiciones pero siempre con algún arreglo especial, seguido por un gemido aprobatorio. Se sentía bien, entrar en ella era suave, liso, tenía la piel de su interior lubricada de una forma tal que me hacía sentir bienvenido. Me tenía sujeto entre sus piernas y brazos generando una cadencia rica y profunda, me volvía loco. Terminamos juntos mientras ella ahogaba sus gemidos en mi oído, ensordeciéndome, su cuerpo se relajó, dejando mi torso libre para moverse, y en el silencio de pronto golpes en la puerta. Ella respondió con un qué y una voz femenina le dijo que irían a comprar cigarros y alcohol, que estuviera atenta a la puerta. Los asistentes se dieron cuenta de lo que hacíamos, pues se retiraron entre risitas y con un fuerte portazo anunciando su salida. Tenía un cuerpo lindo ahora que podía observarla de pie, se vistió dándome la espalda y mientras le clavaba la mirada, ella solo volteaba y sonreía coqueta, dejándose mirar. Salimos de su cuarto, ella se dirigió al baño, yo a buscar una cerveza, la cual encontré, me senté en la sala, relajado, calmando mi sed, pensando en nada.

domingo, 17 de mayo de 2009

27 Noviembre

Te amo
te he amado siempre
déjame que te lo diga
Ahora
que me estoy quedando dormida
y probablemente
no me acuerde

lunes, 11 de mayo de 2009

IX

Todo era humo y
Allí
Estaba yo
buscando la manera
de flotar entre él
Todo era bulla y
Allí
Estaba ella
buscando la manera
de sentirse bien
Todo era algo
Ayer
El humo se impregno en mi
Biendentro
Ella ahora se siente bien.
Yo sigo tratando de flotar.

martes, 14 de abril de 2009

Hasta alcanzar el sol


Me parece que empecé a envejecer cuando me di cuenta del paso de las estaciones, cada vez con cada año cumplido se me hacía más notorio el paso del frío al calor, de un clima templado a otro más cálido, es más mientras más años cumplía mayor era mi necesidad de hablar del clima, del frío que hacía, del insoportable calor que no deja hacer nada durante la tarde, del frío desgarrador que no deja hacer nada durante la noche. La conversación favorita con los extraños, los taxistas, las personas del bus, las personas que desempeñan trabajos de atención al cliente, siempre el clima, siempre la misma conversación vacía y sin sentido, que no te lleva a nada más que quizás ser un poco cortés y tener la necesidad de acabar con el silencio irremediable.

No es solo el hecho de hablar del clima sino que fue la edad, el paso de los años lo que me hizo percatarme del cambio climático de mi ciudad y además del paso del tiempo por mi cuerpo, mi crecimiento corporal, el fantástico descubrimiento del cambio de olor del cuerpo. Mientras más responsabilidades caen encima de ti por la edad que vas alcanzando, más relación al menos en mi caso, tuvo mi estado de ánimo con el clima. Por ejemplo un buen día de sol sin importar la estación siempre es bueno para tomar unas cuantas cervezas bien heladas, con buena compañía y conversando del clima como la excusa para tomarlas. También es aprovechable ir a ver el mar, escucharlo rugir imponente, describiendo el horizonte y con ello al clima, sintiéndote bien a pesar de que el día haya sido una verdadera mierda, a pesar de que tu vieja te haya tocado con desesperación la puerta del baño preguntándote que tanto haces allí metida, sobre todo después de descubrir que tenías la debilidad de drogarte durante las reuniones familiares. Los días fríos son buenos, si es que la garúa quiere acompañar el grisáceo ambiente del cielo, para salir a caminar, fumarte un cigarrito y llamémosle reflexionar aunque en realidad creo que está muy lejos de eso. Te pones melancólico al punto de llegar a tu casa y encerrarte en tu habitación escuchando las baladitas del año abrazado a tu almohada preguntándote entre lágrimas que ahogas en ella, ¿por qué me dejó?

En fin el clima siempre está, siempre estaba al menos cuando viajaba en el auto con papá, siempre tenía un comentario acerca del clima para mí. Iniciaba la conversación con ello y pasábamos a otros temas los cuales solo incluían escuchar al dj de la radio. Sin embargo hay algo curioso en eso del tiempo de cómo empecé a notarlo y de cómo logró que me empezara a notar. No fue hasta que salí de mi país para buscar mejores opciones, que me di cuenta de lo marcada que son las estaciones en otros países, de cómo pueden diferenciarse, el tipo de abrigo cambia, o desaparece. Solo luego de eso pude notar acá las diferencias climáticas, las estaciones no están tan marcadas y no necesitamos tantos tipos de ropa, al menos no en la capital, acá donde todo siempre es gris y en buena hora el colchón de smog nos deja ver al sol y sentir como quema la piel, la ciudad en sí nos da nuestro tiempo para sentirnos bien, para verla como en las postales.

Desde luego, fue un proceso esto de hablar del clima, no empezó de sopetón, recuerdo que fueron mis años de adolescencia, cuando sales a descubrir el mundo y vas por allí sintiendo que es tuyo, allí empiezas a sentir frío o calor, notas más la pequeña inclemencia del clima sobre ti. Empiezas utilizando expresiones para describir tu aventura, empiezas a preocuparte más por tu vestimenta, empiezas a pensar en el verano no solo como las vacaciones sino como el sol, la playa, el mar. Y este es el punto importante, cuando uno es niño lo único que nota del paso del tiempo son las vacaciones y el inicio del año escolar. No te preocupas por si hace frío o calor, de eso se preocupa mamá, ella te abriga, te desabriga, aunque en realidad abrigarte es muy poco, porque andas correteando por el parque, por la casa, por la calle y siempre es mejor como dice la abuela que no abriguen mucho a los muchachos si van a estar mataperreando, eso enferma.


Yo empecé a envejecer cuando caí en la cuenta de que en Enero hacía mucho calor y llegando a Julio hacía mucho frío, fue en ese momento cuando mirarme al espejo fue diferente, ya no fue por hacer muecas o pasarme el hilo dental, o mirar que no haya salido un nuevo vestigio de acné. Yo empecé a envejecer cuando me di cuenta que sin importar la estación mamá siempre tenía frío, también descubrí lo que era una baja de presión. Yo empecé a envejecer y no soy vieja, tengo mucho por delante, muchas aventuras, mucho que ver, pero no puedo evitar lamentarme de cómo fui permitiendo que el tiempo pasara por mí. Que el verano ya no solo fueran vacaciones y estar todo el día en la calle jugando, que el invierno no solo fuera la flojera de levantarse para ir al colegio y tener que bañarse a las seis de la mañana, a veces con agua fría, que los paseos a Chosica no fueran simples paseos sino excursiones bien planificadas en busca del sol, que mi primer beso y mi primer amor no se dieran de noche o por la tarde de un día como todos, sino un día de verano o una noche de invierno. Yo empecé a envejecer cuando caí en la cuenta de que los columpios son un medio de entretenimiento para los niños cuando hace buen tiempo para salir al parque y no un vehículo en el cual si me balanceo con todas mis fuerzas puedo llegar hasta alcanzar el sol.

martes, 24 de marzo de 2009

Putita rica

Colaboración especial del dibujo, por mi broder Abe.


–Eres un marica –decía ella.
–Putita
–Marica, hijo de puta.
– ¡Putita rica!

Así pasaban el día sábado en aquel hotelito tranquilo en donde ya los conocían. Alfredo y Mariana iban algunos sábados a tener cuatro sesiones de amor con intermedios de diez minutos, para ir al baño, buscar algo de beber o descansar de la sesión amatoria anterior.

–Quiero algo de comer, vamos a comer de una vez.
–Estoy agotado eso de tener que hacértelo en círculos me cansa.
–Bien que te gusta, no seas niña y levántate de una vez.

Mellar el orgullo del otro era un juego cruel y sensual que disfrutaban, no había llamada telefónica, conversación o mail en el que no se encontraran rasgos de este extraño comportamiento. Mariana gozaba en la cama cuando él le decía fuerte y al oído

–Gime como la puta que sé que eres.

Desataba en ella esa mujer desinhibida e independiente, que no temía ser una puta en la cama, aunque nadie conocía esa faceta de ella, gozaba escuchando aquella cruel palabra en brazos de quien tanto placer le causaba.

Por otro lado, Alfredo era de la idea que las mejores sesiones de sexo que había tenido con ella, habían sido después de una bronca, le encantaba el poder que ejercía sobre ella en ese estado de histeria, lo calentaba más la idea de que ella se entregaba a él enfadada, diciéndole mientras lo miraba a los ojos, lo perro y huevón que era, lo mucho que lo odiaba y justo cuando lo decía dejaba escapar un gemido de placer.
Nunca probaron algo diferente, eran de esos amigos con derecho a roce desde hace ya un año. Sin embargo Mariana comenzaba a preguntarse que sería de aquella relación, estaba en la duda de dejarla por algo más real o seguir pues lo que buscaba llegaría de todas maneras. Alfredo más bien vivía el momento, si ella quería tirar, se veían, sino simplemente buscaba a alguien más. No había sentimientos de por medio, era pura atracción física.

–Puta madre, ya pues, te vas a vestir, en serio tengo hambre.
–Entonces vete a comer, ya te dije que estoy agotado.
–Serás hijo de puta, cabrón.

Y justo en ese momento, él saltaba de la cama, la tomaba por al cintura y la tiraba sobre el colchón, con las sábanas desordenadas y con olor a sexo fresco.

–Dices que soy un cabrón, ahora vas a ver lo que es ser cabrón… ¡Putita!
–Suéltame, me quiero ir, déjame en paz –gritaba ella.
–Oblígame pendeja, quiero verte hacerlo.

Luego de fricciones y gritos, se miraban por un momento, envueltos en esa ira de querer matarse, ella aún resistiéndose, él aún convenciéndola…y otra vez, los insultos de cama, sonreían de vez cuando al insultarse y él a veces, cuando no estaba lo suficientemente excitado, la hacía rogarle, implorarle por cada cosa que ella quería que él hiciera.
Alfredo no era complaciente con ella, no quería que Mariana pensara que eso era una relación afectiva, era bueno en ese tipo de cosas. No es que no quisiera a Mariana sino que la deseaba mucho más aún de lo que la quería. Era un niño consiguiendo lo que lo hacía feliz y Mariana lo hacía feliz, entre las piernas.
Muchas veces Mariana despertaba y Alfredo ya había desaparecido. En sus buenos días no le daba importancia pero en sus malos sí, ese tipo de actitudes de parte de él, la dañaban, pero después, se llamaban, se volvían a buscar, quedaban y luego ella olvidaba aquél trago amargo, después de todo una parte de ella pensaba, es solo sexo, gózalo, diviértete, úsalo y deséchalo, aunque no siempre era así.

– ¡Hola putita rica!, ¿dónde estás?
–Ocupada.
–Anda, te busco un ratito, ¿Qué dices?
–No tengo tiempo ahora, estoy ocupada.
–Podríamos salir luego a cenar, ¿No te gustaría?

Y allí estaba, le sacaba una sonrisa telefónica, la seguía endulzando, se veían y lo primero que le proponía Alfredo era ir al hotel. La situación funcionaba para ambos, había noches en que ella en casa necesitaba de él, de su cuerpo junto y sobre el suyo, de su aroma de hombre, de su barba raspante y lo llamaba en plena madrugada y le abría las puertas de su casa y las piernas también. Otras veces, salía borracha de algún local y lo llamaba, quedaban en encontrarse en un punto medio, para ella también eran necesarias aquellas arrechuras, era como si él la hubiera hecho adicta a esas actitudes sexo-dependientes. Y era una dependencia, pues al contrario de Alfredo, Mariana no se acostaba con nadie más.

–Pero ¿por qué no Mariana? No seas tonta, ustedes no tienen ningún compromiso y este muchacho que está para comérselo entero, te viene invitando a salir ya casi un mes.
–No es por Alfredo.
– ¿Entonces?
–No sé, es…no sé, ¿será correcto?
–¡¡¡Ay por favor!!!! En pleno siglo veintiuno que me preguntes eso, tienes que vivir tu sexualidad plenamente, mujer, o qué, quieres esperar a que las tetas las tengas en la barriga y dos culos en vez de uno.


Mariana rió y se convenció a sí misma que podía salir con aquél muchacho, ella era soltera, exitosa, por qué no, después de todo no tenía compromisos. Alfredo la llamó tres veces en toda la tarde pero ella no respondió, descubrió lo bien que se sentía al estar allí parada frente al espejo de su habitación mirando su cuerpo desnudo, volviéndolo apetecible para su acompañante nocturno. Miraba su cuerpo en el espejo, se miraba tocándose calmadamente, sintiendo la suavidad de su piel y pensando en él, en Alfredo, mirando la pantalla del celular imaginándolo loco sin ella, sonriendo de forma coqueta, pensando, esta noche no Alfredo, esta noche es para mí.
La cena transcurrió con tranquilidad, bebieron vino, comieron postre, se tomaron un café y cuando llegaron a casa de Mariana, ella lo invitó a tomar una copa, él encantado aceptó. Se bebieron la copa, lento mientras conversaban en un tono bajo pero no susurrante, Mariana había dejado el celular apagado en casa y pensaba en ir a revisarlo, no podía ante la curiosidad de saber si Alfredo había vuelto a llamar. Pero desistió de ese pensamiento, quería demostrarse que no era ninguna sexo-dependiente. Así que empleó su mejor arte de seducción para llevar aquél muchacho a su cama, le gustaba el aroma de su piel, su barba afeitada y sus caricias suaves, todo en oposición a Alfredo. Se encontraban en pleno acto, mientras ella le pedía un poco de imaginación en sus insultos, en su rudeza, cuando de pronto desde la calle, se escucha un grito:

–Así es como te gusta gemir, ¡puta de mierda!, ¿me contarás mañana lo bien que te lo hizo?

Ella reconoció la voz de Alfredo pero no dijo nada, cerró los ojos y solo escucho todo el repertorio de insultos que él vociferaba, con esa voz gruesa y esa boca donde estaba esa barba que ella tanto deseaba. Cerró los ojos y apretó las piernas contra el torso de su invitado mientras le pedía que se quedara callado.

–¡¡¡Puta!!!! ¿Cómo te pica la chucha verdad?

Como a las cinco de la mañana, salía el amante nocturno de casa de Mariana, tropezó con lo que él supuso un pobre vago de la calle, quizás el pobre vago que le gritaba puta a la del 5c. Eso fue lo que le dijo Mariana, sabiendo bien que en ese piso, no vivían más que unas hermanas ancianas que cuidaban de cuanto gato encontraban en la calle.

–Ellas sí merecen que les griten puta –pensaba.

Alfredo sostuvo la puerta antes de que se cerrara y subió al piso de Mariana.

–Ábreme la puerta, que se que estás ahí –dijo mientras la pateaba.

Mariana se apresuró a abrir la puerta con el temor de que algún vecino viera esa escena, caminaba desde la habitación sin poder colocarse la bata, lo cual la hizo enfadarse aún más, cuando abrió la puerta, empezaron los gritos.
Alfredo no reclamaba nada, solo la insultaba, la humillaba, ella estaba enojada con él, por el escándalo que había armado en la puerta pero también algo regocijada de que llegara a hacerle el amor como solo él sabía hacerlo. Él la cargó y la llevó hasta la habitación, le arrancó la bata con violencia y le ató las manos detrás de la espalda.
–Ves esa esquina puta de mierda, allí es donde estuve toda la noche congelado, recordándole al mundo lo puta que eres, dímelo, quiero que me lo digas.
–Me haces daño, ¡carajo!, suéltame el pelo y desátame.

La tumbó sobre la cama mientras ella con las piernas se defendía de los ataques de sus manos, le repetía que no lo mirara, que cerrara los ojos, que una puta como ella, no debía mirarlo a los ojos. Mariana entró en pánico y empezó a gritar por ayuda, él se puso nervioso y le tapó la boca con la mano mientras colocaba la otra en su cuello.

–Puta de mierda, cállate la boca, cállate, te voy a enseñar como son las cosas –decía él susurrando manteniendo la presión sobre su cuello.

Cuando la bulla paró, él la soltó y al notar que no se movía, retiró el pelo que le cubría el rostro, la peinó, la colocó en la cama como en un féretro, le dio un beso en la frente y salió de la habitación camino a la puerta diciendo:
–Te veo mañana ¡putita rica!

Nunca más supo de Alfredo.

lunes, 16 de marzo de 2009

Perrapoema


Escucho voces
Me repiten algo
La avenida es grande
Y la espera larga
La luz de la computadora
La foto de tu ventana
Melancolía extrema
Hasta que hablas
Y usas
El teclado como un arma
Y yo caigo
Y tú ríes
Las voces siguen repitiendo destinos
La espera del transporte acaba

Cuando me siento junto a la ventana
La noche
Mi almohada
Insomnio
Y aquél vaso llenovacío
Y mi constante amor
Por aparecer ausenteconectada
Las noches largas

Los regalos
La incoherencia
Los golpes y las veredas
al amanecer
Y ella que no es tú
Siempre me tienta
Y escapa

Nunca antes caminar a mi casa
Me produjo tanto
Se perdió el aroma

Llegando a tientas
Con los ojos achinaditos
La llave entra, la chapa gira

Y ella me espera
Se levanta y se alegra
No hay nadie como tú

Eres mi perrapoema

domingo, 8 de marzo de 2009

Algo

No he vuelto a saber de ti
Aunque me habría gustado
No he hecho nada para remediarlo
Sin embargo cuando ellos hablan
De cosas que tú nunca me dijiste
Tú me dueles
Y yo finjo
No me importa


Te tengo en mis pensamientos
Nos llevamos bien
Acá en mi mente
Me concentro en soñarte
Y no importa cuanto sueñe
Tú me dueles
La última vez salió de tus labios
Y sentí el golpe
Y decidí


A L E J A R M E (*)


Pero ya ves acá estoy
Escribiendo que
Me dueles
Y no importa.








(*) originalmente con espacios entre las letras

jueves, 26 de febrero de 2009

Mentiras


Esa tarde el teléfono sonó justo cuando la pensaba, cuando la imaginaba para que aquella tarde no fuera tan solitaria, y antes de responder vi que era ella y me alegré, y contesté tratando de disfrazar mi voz, había pasado toda la tarde durmiendo sintiendo que no tenía porque levantarme siquiera. Ella lo notó, con un tono de reprobación graciosa me reclamó y yo mentía sonriendo: no, estaba viendo una pela; no, estaba echado en mi cama.
Me dijo que tenía ganas de salir y pensó en mi, yo sonreía y le decía: ajá, me propuso salir a caminar, yo acepté gustoso, y tuve que correr de mi cuarto a la ducha, pues me dijo que debía encontrarla en cuarenta minutos en un parte de la ciudad que me demoraba alcanzar en transporte público con la bendición de los santos media hora, sin embargo el tráfico es algo en lo que no se debe confiar, como la desconfianza que te genera un engaño amoroso, una vez que sucede eres más precavido.
Me bañé y me eché la colonia que ella tantas veces antes había notado en mi cuando le daba un beso en la mejilla, y su mano cogía mi cuello suavemente para volver a olerlo y yo me sentía feliz. Salí corriendo peleándome con mi perra de camino a la puerta que da a la calle, explicándole como ella era única para mi, pero que había cosas que pasan entre un hombre y una mujer que me llevarían a prisión o bien a una buena cura católica de la salvación de mi alma si es que alguien se llegaba a enterar, hombre y mujer nena le dije, yo te adoro, pero somos dos especies distintas y cerré la puerta.
Mientras caminaba al paradero vi pasar dos buses de los que me llevaban a encontrarla, una vez parado tuve que esperar unos 10 minutos en volver a encontrar aquél bus. Llegaría tarde, ya lo sabía, pero por alguna razón me mantuve tranquilo pensándola de nuevo, cuando un mensaje llegó a mi celular interrumpiendo el sonido de la música que estaba escuchando. Era ella, se iba a demorar y me avisaba, sonreí mientras que le respondía y seguí escuchando música mientras trataba de disfrutar el viaje con una señora culona apoyándose en mis hombros y una pelea entre el cobrador y un pasajero por el costo del pasaje.
Llegué 10 minutos después de lo acordado y mientras esperaba me fumaba un cigarrillo, la vi caminando en mi dirección de reojo, y me hice el loco, me concentré en mi cigarro y en la música que escuchaba, cuando ella llegó, me tocó el hombro y yo improvisé cara de sorprendido y un pequeño sobresalto de la banca donde me encontraba.
Me saqué los audífonos y me acerqué a darle un beso, ella dijo hueles rico, y se acercó nuevamente a olerme, estaba satisfecho, podíamos caminar hasta mancora si quería, le gustaba mi aroma, bueno no el mío, pero el artificial que se combinaba bien con el mío.
Caminamos conversando acerca de lo que habíamos hecho durante el día, el sol se estaba escondiendo ya, pero como era verano había todavía algo de luz natural. Yo me dediqué a inventar, a recopilar las cosas que había hecho días anteriores, meses anteriores, años anteriores para hacerme un día interesante y rebosante de actividad. Le tocó el turno a ella, era fascinante escucharla, la verdad no hacía muchas cosas pero su voz y su cuerpo estaban tan relajados al decir lo que decía que le agregaba un toque interesante a su personalidad.
Le propuse invitarle un helado, como tantas otras veces que la invité a salir y por motivos externos nuestras salidas fracasaron siempre, con excepción de una. Ella accedió y seguimos caminando, buscando donde comernos aquel helado prometido. Había perdido el aroma que tanto me encantaba en ella, me di cuenta luego cada vez que al andar nuestros cuerpos tambaleantes debido a las malas condiciones de las veredas limeñas, se chocaban entre sí, me pareció raro y guarde silencio un buen rato, pensando en qué podría significar eso, ahora era ella la que notaba mi aroma y no al revés, es más ella era casi inodora para mi. Llegamos a una heladería pequeña, de esas de la marca típica del helado de todos los tiempos en lima, y nos sentamos a mirar toda la variedad de helados que podíamos degustar. Ella me hablaba cuando de repente se quedó callada unos segundos, los suficientes para darme cuenta de que algo ocurría y sacar los ojos de la carta de postres. Ella miraba sonriente y sonriendo con los ojos también, son pocas las personas en las que he descubierto esa habilidad, es más casi todas la tenían a través del velo de mi romanticismo amoroso hacia ellas. En fin, sonreía con dirección a algo que me señalo con los ojos y la cabeza, cuando miré hacia esa dirección, cruzando la calle había un boletín de una academia de preparación universitaria, eran resultados de exámenes, nada fuera de lo normal, pero lo que causaba en su rostro aquella risa de niña traviesa, era el locazo cochino y calato con su naranja de turno en la mano, mirando aquél boletín con suma atención, quiere ver si la hizo me dijo y reímos tanto que la mesera tuvo que regresar para apuntar nuestros pedidos.
Luego del helado la acompañé a su casa, seguíamos conversando, tambaleándonos y riendo, la familiaridad generada por las horas compartidas hizo que colocará su brazo en el mío, caminábamos como dos enamorados, de vez en cuando pegaba su rostro a mi brazo y yo me sentía feliz, había abierto los ojos aquella tarde pensando en ella, por pensar en alguien, por no pensar en otra, y me estaba dando la noche más inesperada y completa. Había generado una rutina infalible para evitar la soledad, acostarme bien entrada la madrugada y despertarme casi entrando al anochecer, solo para no sentirme solito y ese solo día, esa sola sensación de ser con alguien me había sacado de lo más oscuro donde yo pensé que me encontraba sin remedio.
Entonces en medio de toda esa cavilación ella me dijo: ya llegamos y me invitó a pasar, no lo niego me demoré en responder, pensando de nuevo, y de seguro me odiarán pero pensé dentro de todo mi soledad también es buena compañía y no estoy listo para perderla, así que sonreí y la abracé largo rato en la puerta de su casa, ella me dio un beso y me susurró al oído:
esta vez no te me escapas.

lunes, 23 de febrero de 2009

Armas mortales


Me siento. Me siento con la ventana detrás de mi, la ventana da a la calle, solo falta que llegue alguien a apuntarme con un arma. Antes me apuntaron con un arma, cuando tenía cinco años, aún recuerdo el frío del metal calentándose con mi temperatura corporal y el latido de mi sien golpeando el cañón de lo que aún no sabía era un arma. Nunca hubo segunda vez, sin embargo no me gustaría que fuera en esta silla, con esta ventana ni esta noche.

Quiero sentir el placer de apuntarte con un arma mientras te hago el amor, tú me apuntas a mi, yo te apunto a ti, y mientras siento el calor de tu piel calentando el acero de mi arma mortal, te hago el amor, lento, como para evitar dispararte, pero te quiero disparar y quiero que me dispares. Pero nos detenemos, nos detenemos a reír, a tocarnos con el arma como una prolongación del cuerpo, la pasas por mis testículos y yo hago un ruido de dolor por el frío, y tú sonríes, esa sonrisa que te entrega el poder, el poder de saber que puedo sentirme aterrado, el poder que te da el acero asesino que alguna vez apunto mi sien infantil mientras yo jugaba a las carreras de auto. El timón era demasiado grande, pero yo los vi, los vi escabullirse hacia mi en la oscuridad, pero no dije nada, pensé estarían jugando a las escondidas y no revelaría su secreto.

Ahora yo tengo el arma y la paso lento por tus pezones y te estremeces y sonríes y dices qué rico y yo sigo, sigo las curvas de tu figura con mi arma mortal, te gusta lo sucio que suena, te gusta pensar que le podrías llamar así a mi pene, pero yo no quiero y para mostrar mi negación quito el seguro del arma y sonrió perversamente mientras el brillo de tus ojos se desvanece y tu sonrisa se desvanece. Ellos querían mi juguete, mi carro, y no les importó que me meara encima, al ver a mi madre rogando en llanto.
Hacemos el amor, yo apunto el arma en tu sien mientras veo tu expresión, mientras veo tu expresión y te siento por dentro, por dentro con mi arma, que podría ser mortal pero no lo es, es un arma diferente, es un arma de amor, porque con ella te hago el amor y ocasionalmente me tiro a Paz, porque le gusta, a mi no me gusta, no me gustan los hombres, él dice que sí, lo afirma, yo lo niego, saco mi arma mortal, la balanceo en el aire ofuscado, le apunto con ella, le apunto al corazón y le digo ¡cállate mierda! pero él no entiende, no entiende nada, él quiere ocupar tu lugar T, él quiere ser tú, pero yo sé que no es tú, él sabe que no es tú, y por eso lo arrodillo en el piso y mientras le apunto en la nuca, me lo tiro, pero no me gusta por eso le apunto, por eso lo embisto, por eso le disparo.

Tú y yo somos perfectos, dos adictos al sexo con ganas de experimentar con armas de fuego, dispárame me dices mientras te subes en mi, yo te apunto, te apunto sin mirar, porque estoy muy excitado, tú me excitas mucho, el arma me excita mucho, dispararte me excita más. Paz dijo que tú me engañas y yo le disparé mientras él se me entregaba, al fin el sonido del disparo deja de ensordecerme, de violentarme, lo veo tirado, inerte, mirando al vacío, es como una marioneta, me visto, guardo mi arma –las dos– me despido y me voy.

Ojala no haya segunda vez nunca, aunque de todas maneras siempre me he sentido predestinado a morir de un balazo, por eso compré el arma, por eso la comparto contigo. Te siento húmeda, caliente, ondulante, yo te apunto sin mirar, y tú abres los brazos y yo abro los ojos, tú sonríes angelical y yo me vengo en tu virginal cuerpo, con tu virginal rostro y con mi virginal arma de odio, te digo adiós. Me quedo dentro de ti unos segundos más, hasta que tu cuerpo se desploma al piso, veo tu cuerpo inerte, inerte como ayer el de Paz y me siento triste y me vuelvo loco.

Declaración en la comisaría, mi madre me carga y consuela, yo siento los golpes del capitán en la máquina de escribir, uno tras otro y escucho el timbre de su voz mientras hace mil preguntas y el eco de la habitación, policías por todas partes, el llanto mojando mi cara, el temblor del cuerpo de mi madre, el susto que se llevo mi padre, la máquina deja de sonar, el policía se levanta, nos vamos a casa.

T quisiera haber tenido el valor de cumplir mi promesa, pero no pude, soy un cobarde, yo quise cambiar para ti y ser para ti, pero aquél acero me prometió llevarse la verdad y ahora sí que soy libre, pero no tanto como tú. Tú ya no estás, y yo me he quedado solo con mis voces. Veo tu cuerpo, sé que nunca más será cálido, y que el roce de tu mano ya no me tranquilizará. Maté a Paz porque decía la verdad, te maté a ti porque sabía la verdad, ya no más mamá, ya no más papá, ni policía, ni ladrones, ni escondidas.
Tomo el arma y la rozo por mi rostro, en un acto casi religioso le hablo en mi mente, recito oraciones, le pido que me consuele. Ya no hay tiempo para más, debo irme, me visto, guardo a mi amiga mortal cerca de mi corazón, a mi arma de amor y corro. Corro por las calles como el niño que alguna vez fui, corro por lo que me quitaron esa noche, corro porque te amé y te acabaste, corro porque lo intenté contigo y no sabía lo que hacía en verdad, corro porque al final tuve que cometer un crimen en vez de enfrentarme a mi verdad, corro porque quiero olvidar el horrible crimen de la única persona que llegué a amar.

Te quiero

Tú te ríes de mí y yo no me enojo
Tú te defiendes diciendo que a ti te molesta
Hay cosas de ti que a mi me hacen enojar
Pero no parece importarte, sigues mirando
Tu reflejo en el espejo
Me miras sin mirarme y tu sonrisa
Parece decir te quiero
Lo veo a través del espejo
Te quiero digo yo
Pero no parece importarte
Por eso no me importa
Si te ríes
De mí

viernes, 20 de febrero de 2009

Messenger



Cuando entro y no estás, me duele
Pero me duele más, cuando estás
Y no me ves o aparentas no verme
Quiero invitarte a salir
Casi lo logro pero
Me arrepentí
Cuando entro y aparento no verte
Me ves y las cosas que dices
Me duelen
Yo creo que tú me besas
Casi sin darte cuenta
Yo no he vuelto a hablar del tema
Quizás deberíamos salir
A veces entro y te veo
Solo para decirte cosas
Que te duelan
Yo creo que ese beso
No fue nada
No podré invitarte a salir
Pero a ella
La seguiré hiriendo siempre.

jueves, 19 de febrero de 2009

Mil veces puta


Ella caminaba por el túnel que visitaba tres veces a la semana apenas la noche caía en la ciudad. Se podía escuchar solo el ruido de sus tacones, el ritmo de su andar, que hacían imaginar a quien lo escuchara, las caderas que acompañaban ese compás, un cuerpo lozano y ardiente, un cuerpo al cual podía tomarse sin precio. Pero ella tenía su precio, lo sabía muy bien, nunca entregaría los placeres de su bien amado tesoro sin nada a cambio, eso era lo primero que había aprendido, todo en la vida tiene un precio. Sabía muy bien que la seguía, que la acechaba, y eso la hacía mantener el paso firme y cadencioso y también una sonrisa de satisfacción. Justo al llegar a la escalera, una escalera subterránea que llevaba a los baños públicos, donde la única luz que alumbraba el camino parpadeaba, ella caminaba aún con el paso firme y cadencioso, pudo ver a ese hombre, esa sombra que la seguía y tanto bien le hacía al ego, ninguno de los dos aceleró el paso a pesar que podían ver sus sombras reflejadas los pocos segundos que la luz estaba prendida.


Entró al baño de damas, se miro un momento en el espejo, cuando rápidamente su acechador abrió la puerta y con violencia le pegó el rostro al espejo donde segundos antes ella sonreía, el vidrio donde tenía colocada la mejilla derecha se quiñó, un hilo de sangre le corría por el rostro. El hombre le arranco el hilo que llevaba bajo la falda, ella gimió con media sonrisa. Él la tenía sometida, una mano presionando su rostro contra el espejo, la otra en su cadera, con esa se encargaría de alejar y traerla hacia él, una vez que entrara en ella. El hombre bajó su bragueta, el sonido raudo de su movimiento hizo eco, la penetró profunda y rítmicamente, sin decirle una sola palabra. La embistió, ella volvió a gemir, esta vez de dolor, sin embargo segundos después, cuando él marcó el ritmo de los movimientos con la mano que cogía su cintura, se dejó llevar. Se relajó, lo disfrutó, la imagen que tenía frente a ella, la excitaba aún más. Ahora apoyado en ella, dejándola a merced de su violento acto, haciéndola sentir el sudor de su cuerpo, el sonido casi sordo de sus gemidos en su oído, la furia con la que en pocos minutos la llenaría de él.
Así lo hizo, él salió toscamente de ella para derramar y manchar su espalda, dejando una marca visible del macabro acto que tanta felicidad le había causado, felicidad que ella veía dibujada en el reflejo del espejo, donde aún tenía la cara. Aún sobre ella, traspirando, jadeando, continuó sobando su sexo contra sus nalgas. Ella seria le dijo que eso era otro precio, un polvo más, que no se pasara de pendejo. Ella lo vio sonreír a través del espejo mientras podía sentir como esa verga volvía a tener rigidez entre sus nalgas. Él la volvió a penetrar, esta vez contra natura, el grito desgarrador que ella dejó salir de su pequeño y ardiente cuerpo hizo aullar a los pocos perros callejeros que andaban en la zona. Pero no le pidió que parara, es más con la voz aún dura pero adolorida, le dijo que eso era definitivamente otro precio, más billete cabrón, cerdo, mamón, asqueroso, a medida que ella proliferaba los insultos, él más excitado, la embistió con rapidez hasta terminar dentro de ella. Al salir, ella pudo sentir como por una naturalidad de su cuerpo, chorreaba entre sus nalgas la prueba de la invasión que se había cometido.

Al subirse la bragueta, el eco volvió a escarapelarle el cuerpo, mientras que sentía que él la dejaba ir. Tenía la mejilla adormecida, el culo adolorido, el cuerpo sucio, pensó en llegar a su casa y darse un buen baño caliente e irse a dormir. Él se miró al espejo, se mojó el rostro, sacó del bolsillo de la camisa un peine y se peinó detenidamente, mientras ella le hacía las cuentas verbales de todo el dinero que debía darle. Él le dio una sonrisa patán y sacando unos billetes del bolsillo del pantalón, le agradeció tirándolos al piso del baño. La puerta se cerró, haciendo el último ruido que impedía escuchar el sonido del fluorescente que alumbraba la habitación. Ella se agachó adolorida, pero con cierto aire de orgullo, recogiendo los billetes, sonriendo al darse cuenta de que era todo lo que ella había pedido. Se sentó en el caño y como pudo se limpio el culo y la chucha, refrescando un poco su piel. Se lavó el rostro y se maquilló el moretón que tenía en la mejilla, se pintó los labios, se arregló el cabello y se alegró de verse al espejo como si nada hubiera pasado.
Pero pasaba, pasaba tres veces a la semana por el túnel cuando caía la noche en la ciudad. Pasaba que la penetrara extraño tras extraño, pasaba que tenía que ser buena en matemáticas al hacer las cuentas verbales a los clientes, pasaba que antes de volver a la calle debía arreglarse y ocultar uno que otro golpe visible, pasaba que debía conservar ese caminar sexy y esa cadencia aunque le doliera el culo como si sangrara, pasaba que sangraba, pasaba que debía ir algunas mañanas a la posta a curarse las heridas que su profesión le causaban, pasaba que le pidieran fiado, pasaba que le dieran billetes falsos, pasaba que le pagaran en monedas…pasaba que le encantaba lo que hacía. Sonriendo, volvía a hacer el recorrido inverso, por aquél pasillo, que la llevaba a las escaleras, que la llevaba al túnel, donde de nuevo el sonido cadencioso de sus tacones era lo único que se oía, donde de nuevo el ritmo de su andar firme y cadencioso atraerían a otro hombre, a otra sombra con el cual volvería a recorrer una especie de calvario satisfactorio.

Pero entonces cuando sintiera cansancio o hambre, caminaría orgullosa a la parada de autobuses, con la satisfacción de llevar en su cartera doscientos soles para comprarse unos zapatos nuevos para caminar de nuevo aquel túnel, con la sonrisa a flor de piel, sabiendo que no se la tiraban, que ella decidía ser tirada, sabiendo que no era una subordinada, sabiendo que transgredía el papel que la sociedad tan macabramente le había impuesto. Era una mujer sí, pero no cualquier mujer, tenía la sabiduría de saberse hermosa, deseada, sabía que todo en la vida tiene un precio. El precio que ella pagaba cada noche para dejar de ser lo que le repetían de niña en el colegio, el precio que pagaba por reinventarse, el precio de su sueño. Entonces estiraba la mano y paraba el autobús, mientras le repetía a esa niña inocente que tan en el fondo conservaba dentro de ella, esa niña que nunca imaginó que soñar doliera tanto: mil veces puta que pobre.

Una noche en tu blog


Siempre me lo imagine, no la conocía, no conocía más de lo que leía sobre su vida y sus experiencias sentimentales en un blog, pero siempre me lo imaginé, me gustaba su actitud frente al desamor, su manera de abrirse a cientos de extraños, de desnudar su alma sin importarle nada, me gustaba que se tildara de cursi.
No frecuentaba la movida artística de los jóvenes limeños bohemios hacía mucho tiempo, no iba a ninguna presentación de libros, pinturas, foto, etc. Una noche hace algún tiempo ya, el tiempo que me tomó poder al fin dejar de escribir la historia en mi cabeza y llevarla al papel, una noche la vi.
La vi entrar por la puerta de la casa de un editor conocido, el corazón me latió fuerte, no supe como ocultar mi emoción, quería dirigirle la palabra, presentarme, pero me daba la impresión de que no le importaría mucho. Me pasé la noche deambulando por la casa, tratando de acercarme de manera natural, sin éxito. Después de unas cuantas cervezas por primera vez en la noche fui al baño. Estaba ocupado así que esperé junto a la puerta, mirando unas esculturas y pinturas que había en el pasillo. La puerta se abrió y de pronto antes de que yo pudiera siquiera reaccionar, apareció V y con una contorsión gimnástica se adelantó a entrar al baño, dejándome parada hecha una imbécil. No lo podía creer, ¡qué falta de educación!, de tino, ¿Era acaso yo, invisible?, traté de calmarme y concentrarme en otra cosa, por ejemplo en las ganas superlativas de querer ir al baño. Al fin se abrió la puerta y ella salió sonriéndome, qué linda sonrisa tiene, qué bonito rostro, qué rico aroma, qué mujer.
Se disculpó conmigo y me dijo que venía esperando hace mucho que el baño se desocupara y que ya no aguantaba más, que no había sido su intención ser grosera. Tuve que olvidarme de mis ganas de orinar por unos minutos y me presenté, me acerqué a darle un beso, que ella recibió con agrado. Le comenté que me gustaba mucho su blog y que siempre trataba de darme un tiempo para leerlo, que le había escrito un par de veces, una de ellas confesándole mi pena de que no buscara novia en lugar de novio. Rió divertida o quizás nerviosa, no supe descifrarla, sin embargo, me dijo que se acordaba de eso, lo cual me pareció lindo. Le pregunté si todo lo que decía era cierto sino se inventaba historias, momentos o tomaba historias personales de otras personas, amigos, conocidos y enriquecía sus escritos, me dijo que no, que realmente le había pasado todo.
Empecé a bailar de las ganas insoportables de querer vaciar mi vejiga y el baño se ocupó unas tres veces en lo que duró nuestra conversación, le causó risa, no quería dejarla ir, había luchado toda la noche para conseguir un poco de su atención y mi cuerpo no podía dejar de lado su necesidad fisiológica. Desistí, tuve que entrar al baño, se despidió de mi con un nos vemos por ahí, yo sonreí y entré rápidamente a hacer mi asunto. Cuando salí, fui directo a la refrigeradora por una cerveza, para festejar mi logro, estaba animada, contenta, ahora cuando me veía pasar, me miraba sonriente, nada podía hacerme sentir más feliz.
La noche avanzó al igual que la resistencia etílica de los asistentes, empezaron las vociferaciones, las pequeñas escupidas de alguien que de repente acorta la distancia con su interlocutor, el baile, las despedidas y uno que otro pasado dormido sobre la alfombra o junto al helecho. Volvimos a coincidir en el mismo lugar, esta vez en la cocina, yo estaba tratando de decidir si tomarme una cerveza o no, cuando apareció. Tocó la puerta de la “refri”, levanté la mirada hacía donde estaba la suya, me sonrió, su rostro estaba más relajado y sus mejillas rojas, tenía los ojos un poco más chiquitos y su hablar era más coqueto. Me preguntó que hacía, le comenté mi dilema y me dijo tómate una más conmigo. Accedí de inmediato. La música estaba cada vez más fuerte, la mayoría bailaba o se movía al ritmo de la canción, o cantaban y bailaban con ella, le propuse ir al balcón, ella accedió. Toda la noche había querido salir a fumarme un cigarro, había perdido la costumbre de fumar bajo techo, no me gustaba el olor del cigarrillo impregnado en los muebles. Le ofrecí uno, le cedí el fuego primero y luego le dije ¡Salud!, respondió igual, bebimos y disfrutamos la vista.
Se me ocurrió preguntarle si su búsqueda estaba siendo fructífera, si al menos tenía un prospecto o dos o más, se rió mirando al piso y levantando la cabeza suavemente me miró seria y me dijo que no, yo le sonreí y lo lamenté. Me preguntó porque le había enviado ese mensaje, a lo que le contesté que por qué no me había escrito para preguntármelo, me respondió por cobarde. Le dije que no había porque ponerse trabas emocionales, que había que barajar todas las opciones, yo solo quería colocar una en su plato. Bebimos alucinando a unos cuantos borrachos que pasaban por la calle, vociferando lo infructuoso de la noche de cacería que se habían propuesto, nos reímos.
Cuando se terminó su cerveza me dijo que se iba, me desconcerté, no supe bien que hacer pero ella lo resolvió como casi todo en esa noche, hablando: Te llevó por ahí, llévame donde tú quieras, llévame al infierno, llévame y tortúrame, llévame y ya, pensaba. Accedí. Una vez que entramos a la reunión de nuevo, sentí que la camaradería, el flirteo se empezó a romper. Ella hizo intentos por despedirse y sus amigos la cogían de la cintura, le invitaban un trago más, ella sonreía sonreía y se dejaba llevar. Terminé por resignarme y me fui a buscar a mis amigos, a los pocos que encontré, no había modo de llevármelos, era mejor que me retirara con alguito de orgullo en el cuerpo y sobretodo satisfacción, había logrado lo único que me propuse en la noche, hablar con ella y que me conociera.
Camino a la puerta —me fui sin despedirme ya que no conocía a nadie— me tomaron del brazo, era V, sonriendo me dijo ¿Vamos?, bajamos por el ascensor, estábamos en el piso once, era un ascensor pequeño y con espejos, como todos en realidad, me quedé mirándome un momento, ella se rió, me preguntó que hacía, yo le dije que nada, solo que me veía bien y me sorprendía, ella secundó mi opinión, sí, te ves bien. Llegamos a su carro, era un carrito de chica, me dio risa, subimos y me preguntó adónde me llevaba, había esperado mucho tiempo para este encuentro, como dije siempre me lo imaginé, siempre quise que pasara, no perdía nada arriesgándome, no perdía nada mandándome, me lo debía a mí misma, le respondí: A tu casa.
Íbamos en el carro alejándonos de aquél departamento miraflorino, escuchando música, cuando de pronto en un semáforo me dijo que sería buena idea comprar algo de tomar y de comer porque en su casa no había más que pan con queso fresco, me reí y paramos en un grifo. Bajamos, escogimos un vino entre las dos departiendo historias sobre algunas marcas de ron, vodka, borracheras de adolescente, riéndonos de casi todo. Al llegar a la caja me dijo que iba al baño, de pronto el cajero rompió el código sobre no meterse en lo que no te importa, preguntándome si ella era mi pareja, no le respondí, le entregué el dinero parcamente y cuando V apareció le dije: pregúntale a ella. Nos fuimos de allí con un par de vinos y unas botanitas, una vez en el carro, empezamos a reír a carcajadas. Sin pensarlo, luego de retar al cajero a preguntarle a V lo que minutos antes me había preguntado a mí, ella me miró y me dijo: Vamos, mi amor, mientras me daba la mano.
Al llegar a su casa, una casa de chica, que también me dio risa, tenía el espacio donde estaba su escritorio y la máquina desde donde me imagino se sentaba a escribir esas historias que tan ávidamente leían sus ciberlectores, incluyéndome. Me dijo que si no me molestaba le gustaría cambiarse que por mientras abriera el vino, que las copas estaban en la despensa de la cocina. También me animó a poner algo de música pero no me atreví, sabía bien que la música era algo importante para ella, al igual que el cine, no quería hacer nada que arruinara nuestra conexión, por lo cual me demoré en la primera tarea que me encargó todo lo que pude.
Apareció al rato con una camiseta y un pantalón holgado, nos sentamos en su sofá, era cómodo. Ella se levantó súbitamente para colocar música, me preguntó que me gustaría escuchar, pensé rápido y le pedí que colocara una canción de Cat Power, un cover de Frank Sinatra, sonrió de medio lado, coqueta, cómplice. Se sentó de nuevo a mi lado, hicimos un brindis y probamos el vino, la invité a que bailara conmigo. Nos pusimos de pie, me acerqué todo lo que pude a ella y le tomé la cintura, la miré a los ojos, le sonreí, podía notar su nerviosismo en la manera en que me devolvía la sonrisa, pero se dejaba llevar. Me acerqué a su rostro, la miré detenidamente, le besé la nariz, ella cerró los ojos, yo también y me ahogué en su cabello. Dejándose llevar por la música se dio media vuelta y me tomó de las manos, extendió mis brazos y los suyos a modo de pájaro, las movía ondulantemente, era sensual, delicada, libre. Hizo un pequeño baile individual sin soltarme, utilizando sus caderas para agacharse y volver a subir. Volvió el rostro hacia a mí, se acercó bailando, me miró, me sonrió más relajada quizás intoxicada por la música, el vino y me dio un beso en la nariz.
Al terminar la canción nos sentamos a seguir bebiendo, conversamos poco, nos miramos mucho, sonreímos más, jugaba con mis manos hablando: Me gustan, son bonitas. Yo sonreía y era feliz feliz feliz. La noche avanzaba y las sonrisas se convirtieron en bostezos y el vino se evaporó, decidí que era momento de irme, había llegado bastante lejos y estaba satisfecha con ello. Le anuncié mi partida, mientras trataba de incorporarme de la posición en la que estábamos, nos habíamos echado en el sofá, abrazadas, quédate a desayunar me dijo. Obedecí.
Me despertó la luz que entraba por la ventana y el canto de uno de esos pájaros limeños que anuncian la mañana. V seguía dormida junto a mí, con la mitad de su cuerpo encima de mi cuerpo, con su pierna encima de mi pierna, con su rostro sobre mi pecho. Le dije que iría al baño y luego a comprar algo para desayunar, no me miró pero me dio un beso en la mejilla y luego se acurrucó en el sofá. Me quedé un rato mirándola, contemplándola, sonreí, luego me invadió una sensación de tristeza y me sentí azul. Sabía que ni bien cruzara esa puerta no iría por ningún desayuno, es más no volvería en absoluto, buscaría donde tomar una combi y me iría a mi casa. V se quedó con mi corazón aquella noche que la vi y me daba mucha pena pensar que yo rompí el suyo aunque sea un poquito, por no regresar aquella mañana, hace algún tiempo ya, el tiempo que me tomó poder al fin dejar de imaginar esta historia en mi cabeza y escribirla para que algún día, quizás mañana ella se siente en el espacio donde está su escritorio y la máquina desde la cual ávidos ciberlectores se enterarán como me rompió el corazón y como yo de ella no me llevé absolutamente nada.

miércoles, 11 de febrero de 2009

No valgo nada


Te acuerdas de esa vez mientras estábamos tirando, y tú te enojaste conmigo porque querías ponerte arriba y yo no te dejaba porque así no te la podía meter igual de rico como quería. Te acuerdas que te alejaste de mi, me hiciste salir de ti y te encerraste en el baño y me dejaste con mi erección y la verga hinchada hecho un huevón…y no me quedó más remedio que escupir mi mano y pajearme mirando a la actriz porno nipona en la tele, a pesar que no las concibo como producto pornográfico eréctil.
Luego de eso me levanté y toqué la puerta del baño, te llamé y tú me decías vete huevón, eres un pajero de mierda, te he escuchado venirte. Y yo te rogaba que salieras del baño, que ya, que si querías te iba a dejar estar arriba esta vez, y tú nada, no hacías más que decirme lo imbécil que era y yo enojado, puta madre Alexandra sal del baño y tú gritando desaforada en el baño de ese pequeño hotel donde solíamos ir: ¡¡¡¡¡Pajero de mierda!!!!! Y yo me enojé más, y estuve tentado a ponerme el calzoncillo y la única media que me pude sacar en la arrechura por tirarte, e irme de allí.
Hacía un mes que no tirábamos ¿te acuerdas?, ese día justo todo se había dado, estaba el dinero, el tiempo, la excusa y tú… encerrada en el baño. Sentado en la puerta podía escuchar los gemidos en el resto de habitaciones contiguas y podía sentir como las paredes que me rodeaban destilaban olor a sexo de otros, la pantalla del televisor sudaba sexo mientras Cheyenne Silver como niñera underage conquistaba a un nuevo padre de familia y tú sin salir, sin decirme nada y yo te decía Alexandra mi amor, por favor y tú gritas: déjame que estoy cagando.
Y yo ahora sí enojado, porque me lo decías por joder, porque sabías que te dejaría en paz, sabías que no me atrevería a volver a interrumpirte y yo sabía que era un cojudo y quizás sí un pajero, pero al menos no me quedaba a medio camino conmigo, porque sabía bien que lo hacías por joder y era mentira.
Sentí frío así que me metí en la cama, decidí esperarte, encendí un cigarrillo, la puerta del baño se abrió, saliste y como siempre que cagabas me dijiste: no entres allí y yo sonreí porque no se te veía molesta y hasta te perdoné que le contaras a todo el hotel que era un pajero.
Pero no era cierto, era solo un viejo reflejo de un pudor que conservabas para mi o para ti, no sé, y no me dejabas abrazarte ni tocarte, y me estabas volviendo loco, y seguías diciéndome pajero, egoísta y yo no entendía, y me decías que te costaba dejarme un ratito, aunque sea la primera vez, pero solo importas tú y a mi que me parta un rayo, a mi que no venga el orgasmo. Y me desviabas el rostro y yo solo podía pensar en mí, no podía decirte nada, y tú peleabas, te retorcías debajo de mí y eso me causaba una nueva erección.
Yo solo pensaba por qué Alexandra por qué, por qué no me dejas besarte, tocarte, por qué no dejas de resistirte, y tú nada de ceder a mi fuerza, luchabas, te retorcías y me decías déjame imbécil, déjame Alfredo, y yo paré, paré y decidí vestirme y buscar a Gabriela, ella sí me iba a dejar tirármela rico, como yo quisiera, en la posición que yo quisiera, solo importaba yo.
Me puse el calzoncillo, adónde vas me preguntaste, ¿te acuerdas? y yo no dije nada, me vestí lento pero seguro, así como quitarte la virginidad esa vez. Tapaste tu rostro con la almohada e intentaste acallar tu llanto, y yo pensaba, ¡esta huevona de mierda, de qué chucha llora ahora!, pero no pude, no te pude dejar llorar, porque tú no eras cualquiera, no eres una zorra o una puta, tú no jugabas conmigo, tú no me eras infiel, tú habías decidido ser mía, y yo no podía Alexandra, no podía verte llorar.
Así que te pregunté qué pasa y como siempre tú, tú, tan rica y linda como siempre, me decías perdón, no te piques pues gordo, ven déjame que te lo haga rico, no te vayas. Y no me iba Alexandra, no te dejaba, no porque tu llanto me convenciera, sino porque eras única. Esto no lo sabes, y quiero que nunca lo sepas, pero yo me las tiro a todas Alexandra, a todas sin excepción, soy débil, soy malo, soy una basura…¡qué chucha no valgo nada!. Pero a ti, a ti no te puedo dejar, no puedo hacerte daño, no te puedo tratar con indiferencia, sin amor, tú no eres un tire más….y aunque nunca dejaré de tirármelas, a ti no te puedo dejar.
Esa noche me convenciste y me quedé y te juro que en ningún momento pensé en que me tiraba a Pamela Anderson o a Carmen Electra o a la doble porno de Brtiney Spears como hacía con las demás, a ti te miraba a la cara, te veía a los ojos. A ti no te prohibía que me besaras el cuello por miedo a las marcas, a ti te las pedía. A ti te besaba en los labios, a ti te tenía respeto a pesar de que cuando estaba muy borracho pensaba que me engañabas con cualquiera y te insultaba.
Tú no eres cualquiera Alexandra contigo no espero que te vayas a dormir para coger mis cosas e irme corriendo para no volver a llamar, contigo espero que te quedes dormida para susurrarte cuanto te amo y esperar que me digas mientras te abrazo y entre sueños: cállate huevón, déjame dormir, que yo no soy Alexandra.
Entonces yo me levanto, me visto y me voy corriendo para no volver a llamar, sabiendo que esa no eres tú, ellas nunca serán tú y pensando que sin ti, realmente no valgo nada.