Y mientras encajaba en ella
ella desencajaba un gemido
era un sinfonía hermosa
su carne contra mi carne
sus músculos contra mis músculos
sus huesos contra mis huesos
mi sexo contra su sexo
Yo transpiraba pornografía
y rones baratos
ella era una niña linda
que sabía obeceder
Yo... soy solo un borracho idiota
que no recuerda
dónde la extravió.
sábado 14 de noviembre de 2009
lunes 2 de noviembre de 2009
Salir corriendo
Era una noche normal. Una fiesta como tantas otras a las que asistía religiosamente solo por tener algo que hacer, luego de una semana esclavizada en el trabajo. El mismo mar de gente, los mismos saludos, las mismas preguntas obvias y aburridas. Caminaba por los ambientes de una casa acondicionada para el evento que se realizaba, cuando la vi. La observé de lejos mientras bailaba, sabía ponerle sabor a lo que hacía. De a pocos me fui abriendo campo para que ella pudiera notarme entre la gente, así lo hizo. De repente cruzábamos miradas coquetas, ella bailaba como si la canción se hubiera inspirado en sus movimientos, era embriagante y divertido. Se acercó bailando y yo me avergoncé al principio e intenté —sin éxito— seguirla. Ella siguió pegada a mí, marcando el paso con su cadera, con las manos en mi cintura, con su boca rozando mi boca y la sonrisa puesta en el rostro. La canción terminó y me acerqué a su oído, bailas bonito le dije y ella sonrió, le di un beso en la mejilla, el cual recibió alegre y me devolvió con un abrazo largo.
Conversamos bastante, yo la miraba sintiendo una extraña sensación, una emoción que consideraba fuera de lugar, sentía que la había extrañado, que me había hecho falta, he sentido tu ausencia le dije, ella puso su mano en mi rostro y me dijo vamos por una chela. Rechacé su invitación pero le dije que la esperaría, sin embargo ella prefirió que la acompañara y antes de poder volver a negarme, me tomó de la mano, para no perdernos me dijo, yo pensaba en todo el tramo que recorrimos y todo el tiempo que esperamos que la gente la dejara llegar —sin daño alguno— a comprar su chela, que hacía mucho tiempo que nadie me tomaba de la mano, y que por alguna razón sentía la necesidad de soltarme, aunque no intentara hacerlo.
Seguimos caminando hasta encontrarnos con sus amigas, las saludé, me quedé un rato y luego me excusé diciendo que iba al baño. Me alejé y fui a otro ambiente. Mientras encendía un cigarrillo se acercó una chica a pedirme que por favor le vendiera cigarros, porque, en esta puta fiesta nadie los vende, me sonreí y le expliqué que le invitaba uno, se quedó parada junto a mí luego de darme las gracias. Me preguntó mi nombre, si conocía a quien organizaba la fiesta, y entablamos una conversación interesante después de ese comienzo tan plano y soso. La cantidad de gente en el lugar excedía el espacio del mismo, por lo cual entre empujón y permiso de parte de los demás asistentes terminamos en una de las esquinas de la habitación. Me invitaba constantemente a beber de su botella, pero siempre me negué con toda la educación que aún tenía en el cuerpo, luego de su sexto movimiento ondulante con la botella, a obvio modo de invitación a tomarla de sus manos.
La conversación nos llevó a un flirteo inocente, cuando de pronto alguien me plantó un beso en la mejilla y se colgó de mi cuello, estamos por allá me dijo mientras señalaba con la mano, le respondí que iría en un momento con la esperanza de que se soltara de mi y se fuera, pero no lo hizo. Saludó a mi interlocutora y dándome otro beso se fue. Al terminar mi conversación fui a buscarla, le di un beso en la mejilla, estaba seria, yo sonreí y le dije: me estaba invitando a participar en su revista con unos cuentos, refiriéndome a la chica del cigarrillo. Ella no pareció mostrar interés y sonriendo sin mirarme siguió conversando con sus amigas. Logré entrar en la conversación ya que una de ellas me habló, de repente de nuevo ella tomó mi mano y con esta rodeó su cintura, volví a perderme en mis pensamientos, en la sensación que me producía estar así con ella, no podía evitar pensar que a pesar de sentir cierta comodidad en el estado en que me encontraba, una parte de mi deseaba seguir vagando por aquella fiesta como tantas noches, sin saber que me deparaba la madrugada.
Fue entonces que pasó. Ella les dio la espalda a sus amigas y me miró, me dio un beso leve en los labios, vámonos me dijo, también me dijo vamos a mi casa, yo me negué y le sugerí mejor ir a un telo, algo más impersonal pensaba, más sencillo, sin tanta atadura como amanecer en su casa, saludar a su hermana y tratar de disimular el miedo que me producía la mirada de su madre, al verme salir de la habitación de su hija, con su hija, en flagrante delito sexual. Yo pensaba todo esto mientras su mano me llevaba entre la gente, entre las caras descolocadas, los gritos histéricos, la ruidosa música, un camino sinuoso a la salida, la salida de aquél infierno que tanto me moría por explorar, sin que nadie me tomara la mano. La ciudad desde el taxi se veía bien, luces tenues, grandes grupos vagando, semáforos averiados, una fina garúa y su voz, su voz en mi oído diciendo: vamos a la casa. No me tiré del auto en movimiento por pensar en las heridas físicas que aquél arrebato de pánico podría causarme, sin embargo mi cuerpo se mantuvo rígido el resto del camino.
…estoy aquí con el corazón hecho mierda, con rabia y tristeza porque pasó lo que tenía que pasar… me dejó y entonces sé, que debí sopesar las heridas físicas con las metafísicas, porque las heridas en la piel se cierran y se curan. Y yo solo puedo pensar que aquella fatídica noche no solo debí insistir con más firmeza en ir a un telo y soltarme del suave roce de su mano en la mía, sino que me atormento cada noche mientras bebo, recriminándome sin cesar, en un soliloquio monotemático y patético, que nunca debí salir de aquél infierno, ni mucho menos dejarme tomar de la mano, pero sobre todo nunca debí creerme esa pequeña verdad postcoital, esas suaves palabras que se descolgaron de sus labios en la oscuridad, nunca debí creerle cuando me dijo que yo…lo era todo.
Conversamos bastante, yo la miraba sintiendo una extraña sensación, una emoción que consideraba fuera de lugar, sentía que la había extrañado, que me había hecho falta, he sentido tu ausencia le dije, ella puso su mano en mi rostro y me dijo vamos por una chela. Rechacé su invitación pero le dije que la esperaría, sin embargo ella prefirió que la acompañara y antes de poder volver a negarme, me tomó de la mano, para no perdernos me dijo, yo pensaba en todo el tramo que recorrimos y todo el tiempo que esperamos que la gente la dejara llegar —sin daño alguno— a comprar su chela, que hacía mucho tiempo que nadie me tomaba de la mano, y que por alguna razón sentía la necesidad de soltarme, aunque no intentara hacerlo.
Seguimos caminando hasta encontrarnos con sus amigas, las saludé, me quedé un rato y luego me excusé diciendo que iba al baño. Me alejé y fui a otro ambiente. Mientras encendía un cigarrillo se acercó una chica a pedirme que por favor le vendiera cigarros, porque, en esta puta fiesta nadie los vende, me sonreí y le expliqué que le invitaba uno, se quedó parada junto a mí luego de darme las gracias. Me preguntó mi nombre, si conocía a quien organizaba la fiesta, y entablamos una conversación interesante después de ese comienzo tan plano y soso. La cantidad de gente en el lugar excedía el espacio del mismo, por lo cual entre empujón y permiso de parte de los demás asistentes terminamos en una de las esquinas de la habitación. Me invitaba constantemente a beber de su botella, pero siempre me negué con toda la educación que aún tenía en el cuerpo, luego de su sexto movimiento ondulante con la botella, a obvio modo de invitación a tomarla de sus manos.
La conversación nos llevó a un flirteo inocente, cuando de pronto alguien me plantó un beso en la mejilla y se colgó de mi cuello, estamos por allá me dijo mientras señalaba con la mano, le respondí que iría en un momento con la esperanza de que se soltara de mi y se fuera, pero no lo hizo. Saludó a mi interlocutora y dándome otro beso se fue. Al terminar mi conversación fui a buscarla, le di un beso en la mejilla, estaba seria, yo sonreí y le dije: me estaba invitando a participar en su revista con unos cuentos, refiriéndome a la chica del cigarrillo. Ella no pareció mostrar interés y sonriendo sin mirarme siguió conversando con sus amigas. Logré entrar en la conversación ya que una de ellas me habló, de repente de nuevo ella tomó mi mano y con esta rodeó su cintura, volví a perderme en mis pensamientos, en la sensación que me producía estar así con ella, no podía evitar pensar que a pesar de sentir cierta comodidad en el estado en que me encontraba, una parte de mi deseaba seguir vagando por aquella fiesta como tantas noches, sin saber que me deparaba la madrugada.
Fue entonces que pasó. Ella les dio la espalda a sus amigas y me miró, me dio un beso leve en los labios, vámonos me dijo, también me dijo vamos a mi casa, yo me negué y le sugerí mejor ir a un telo, algo más impersonal pensaba, más sencillo, sin tanta atadura como amanecer en su casa, saludar a su hermana y tratar de disimular el miedo que me producía la mirada de su madre, al verme salir de la habitación de su hija, con su hija, en flagrante delito sexual. Yo pensaba todo esto mientras su mano me llevaba entre la gente, entre las caras descolocadas, los gritos histéricos, la ruidosa música, un camino sinuoso a la salida, la salida de aquél infierno que tanto me moría por explorar, sin que nadie me tomara la mano. La ciudad desde el taxi se veía bien, luces tenues, grandes grupos vagando, semáforos averiados, una fina garúa y su voz, su voz en mi oído diciendo: vamos a la casa. No me tiré del auto en movimiento por pensar en las heridas físicas que aquél arrebato de pánico podría causarme, sin embargo mi cuerpo se mantuvo rígido el resto del camino.
…estoy aquí con el corazón hecho mierda, con rabia y tristeza porque pasó lo que tenía que pasar… me dejó y entonces sé, que debí sopesar las heridas físicas con las metafísicas, porque las heridas en la piel se cierran y se curan. Y yo solo puedo pensar que aquella fatídica noche no solo debí insistir con más firmeza en ir a un telo y soltarme del suave roce de su mano en la mía, sino que me atormento cada noche mientras bebo, recriminándome sin cesar, en un soliloquio monotemático y patético, que nunca debí salir de aquél infierno, ni mucho menos dejarme tomar de la mano, pero sobre todo nunca debí creerme esa pequeña verdad postcoital, esas suaves palabras que se descolgaron de sus labios en la oscuridad, nunca debí creerle cuando me dijo que yo…lo era todo.
viernes 21 de agosto de 2009
Retratos

Sofía la ignoraba de manera constante en cada reunión, Valeria se había convertido en la sombra detrás de las elocuentes historias que Sofía sabía contar y en varias ocasiones el atento público había olvidado su nombre o la había nombrado erróneamente. Yo siempre observaba desde una esquina, otra sombra más, pero estaba acostumbrada, ya había comprobado mis habilidades sociales y estaba satisfecha con mis logros, era capaz de entablar conversaciones con extraños, de convertirme en el alma de la fiesta y de irme acompañada en varias ocasiones hasta mi cama.
A pesar de aquellas habilidades tan desarrolladas nunca me acerqué a Valeria, tenía algo en su mirada, en su expresión corporal que hacía rebotar cual espejo la luz, cualquier acercamiento con otro ser humano. Podría ser quizás la cara de aburrimiento que solía llevar, la resignación a pasar varias horas con varios extraños, que no hacían más que ignorar su presencia, pero los pocos momentos en los cuales participaba con algún comentario, venían acompañados con una expresión triste, casi solitaria luego de que Sofía la interrumpía abruptamente para llevar el hilo de la conversación por donde mejor le convenía.
Habían sido pocas pero existían aún en la mente de los asiduos concurrentes a las reuniones, y se comentaban de boca en boca, cual leyenda urbana, arreglada por quien la contara, los sucesos en que unas copas de más, llevaban a Sofía a convertir al amor de su vida, a su compañera fiel en el hazmerreír de la fiesta. Valeria nunca le respondía, solo la miraba y la escuchaba con calmada actitud lo cual resultaba en la intervención de los asistentes para evitar que Sofía dijera algo de lo que pudiera arrepentirse. Aunque ya lo hubiera dicho y su sentencia fuera acompañada por expresiones de asombro de parte del auditorio, Valeria nunca respondía.
Sin embargo la noche en cuestión, Valeria no se quedó a escucharla ni la miro, le dio la espalda apenas comenzó con el corso de quejas disfrazadas con pequeñas risas que nadie apoyaba:
—Ya vengo, voy a comprar —dijo saliendo por la puerta.
Nadie trató de detenerla, ni siquiera su novia, que continuó con el tema de la ineptitud de su pareja sentimental por unos minutos más, tras los cuales se dedicó a seguir bebiendo con sus compañeros de trabajo que ya la conocían bien. Pasada media hora, ninguno se preguntaba que había sido de Valeria, así que sin que nadie lo notara salí a buscarla. Me sorprendí al encontrarla parada en la puerta del edificio, caminando tramos cortos de un lado al otro, cabizbaja con las manos en el cuello.
—Hola, ¿todo bien? —le dije.
— ¿Tienes un cigarro?
— Sí, claro, ¿has estado acá todo el rato?
—Sí, olvidé la llave del carro arriba, ¿la traerías? No tengo ganas de subir y hace frío para seguir acá parada hecha una pelotuda.
—Ok —le dije sonriendo. —Yo voy por ella.
Subí de nuevo al departamento y al conseguir la llave me detuvo un tipo a buscarme conversación y luego se acercaron dos chicas y todos conversaban mirándome, pero yo no decía nada, no daba ninguna señal de estar participando de aquello, ni de estar de acuerdo o en desacuerdo, al final se aburrieron y me pude ir. Bajé con rapidez pero con cautela, preocupada de que la temperatura corporal de Valeria estuviera rozando los signos de la hipotermia, después de todo por esas épocas hacía mucho frío y la nieve llegaba a cubrir los neumáticos de los carros.
A pesar de aquellas habilidades tan desarrolladas nunca me acerqué a Valeria, tenía algo en su mirada, en su expresión corporal que hacía rebotar cual espejo la luz, cualquier acercamiento con otro ser humano. Podría ser quizás la cara de aburrimiento que solía llevar, la resignación a pasar varias horas con varios extraños, que no hacían más que ignorar su presencia, pero los pocos momentos en los cuales participaba con algún comentario, venían acompañados con una expresión triste, casi solitaria luego de que Sofía la interrumpía abruptamente para llevar el hilo de la conversación por donde mejor le convenía.
Habían sido pocas pero existían aún en la mente de los asiduos concurrentes a las reuniones, y se comentaban de boca en boca, cual leyenda urbana, arreglada por quien la contara, los sucesos en que unas copas de más, llevaban a Sofía a convertir al amor de su vida, a su compañera fiel en el hazmerreír de la fiesta. Valeria nunca le respondía, solo la miraba y la escuchaba con calmada actitud lo cual resultaba en la intervención de los asistentes para evitar que Sofía dijera algo de lo que pudiera arrepentirse. Aunque ya lo hubiera dicho y su sentencia fuera acompañada por expresiones de asombro de parte del auditorio, Valeria nunca respondía.
Sin embargo la noche en cuestión, Valeria no se quedó a escucharla ni la miro, le dio la espalda apenas comenzó con el corso de quejas disfrazadas con pequeñas risas que nadie apoyaba:
—Ya vengo, voy a comprar —dijo saliendo por la puerta.
Nadie trató de detenerla, ni siquiera su novia, que continuó con el tema de la ineptitud de su pareja sentimental por unos minutos más, tras los cuales se dedicó a seguir bebiendo con sus compañeros de trabajo que ya la conocían bien. Pasada media hora, ninguno se preguntaba que había sido de Valeria, así que sin que nadie lo notara salí a buscarla. Me sorprendí al encontrarla parada en la puerta del edificio, caminando tramos cortos de un lado al otro, cabizbaja con las manos en el cuello.
—Hola, ¿todo bien? —le dije.
— ¿Tienes un cigarro?
— Sí, claro, ¿has estado acá todo el rato?
—Sí, olvidé la llave del carro arriba, ¿la traerías? No tengo ganas de subir y hace frío para seguir acá parada hecha una pelotuda.
—Ok —le dije sonriendo. —Yo voy por ella.
Subí de nuevo al departamento y al conseguir la llave me detuvo un tipo a buscarme conversación y luego se acercaron dos chicas y todos conversaban mirándome, pero yo no decía nada, no daba ninguna señal de estar participando de aquello, ni de estar de acuerdo o en desacuerdo, al final se aburrieron y me pude ir. Bajé con rapidez pero con cautela, preocupada de que la temperatura corporal de Valeria estuviera rozando los signos de la hipotermia, después de todo por esas épocas hacía mucho frío y la nieve llegaba a cubrir los neumáticos de los carros.
— ¿La tienes? Dámela, sube rápido —me dijo. — ¿por qué tardaste tanto? Ya se me entumecían los dedos.
Le expliqué lo ocurrido, mientras colocaba la calefacción a grados comparables a la estancia de los condenados a castigos infernales. Nos quedamos en silencio recuperando el calor corporal, ella fumaba y de cuando en cuando compartía una pitada conmigo, yo había dejado de fumar hacía un par de meses, pero no quería romper la camaradería teniendo que explicar mi negación a su oferta. Puso algo de música, su índice jugaba en el timón dando pequeños golpes rítmicos, miraba fijo, como en trance por el vidrio del parabrisas, luego se echó a llorar.
Me quedé unos minutos en mi asiento, observando sin saber qué hacer, luego coloqué mi brazo alrededor de ella, su cabeza cayó automáticamente sobre mí, su boca se abrió para convertir su sollozo en lamento vivo y sentí pena. Nos quedamos así buen rato, yo acariciaba su pelo, ella se iba calmando, yo besaba su cabeza, ella se acomodaba, yo besaba su mejilla, ella besaba mi boca. La besé lento y suave, como quien cura una herida con alcohol y da pequeños soplos refrescantes a la piel, ella se alejó de mí súbitamente, cogiéndose los labios.
—Lo siento, no sé qué me pasó —me dijo.
—Estabas tan triste, yo… no supe qué más hacer, sentí que era lo único que podía hacer, besarte…
—…déjalo allí, ya no hables…
Se colocó encima de mí y continuamos besándonos más intensamente, cada cierto tiempo alejaba su rostro del mío y me clavaba la mirada, era diferente a las que siempre vi, me veía como si me viera el alma, me acariciaba la nuca y me volvía a besar. Yo me dejaba hacer, la acariciaba tímidamente, mis manos dudaban y se quedaban camino a donde termina la espalda y mis dedos jugueteaban con la poca piel que se dejaba sentir camino adonde mis manos deseaban explorar. Unas voces fuertes irrumpieron en el momento que compartíamos en el carro, el corazón se me fue a la garganta, ella me tranquilizó sin sobresalto alguno, hablando bajito y calmando mi miedo.
Desperté con ella a mi lado en el asiento trasero, las lunas del carro estaban empañadas por delgadas capas de nieve cristalizada, una mano irrumpió para romper aquella imagen y el rostro de Sofía se asomó, con la nariz pegada a la luna. Aún adormilada podía ver la agitación de sus manos, el movimiento de su boca y su cuerpo moviéndose en señal de clara afrenta.
— ¡Bájate, carajo!, ¡bájate! —empecé a escuchar.
Valeria despertó fastidiada por la bulla, miró por la ventana y sonrió, me dio un pequeño beso en los labios, el cual recibí con preocupación. Se colocó el abrigo y se bajó del carro, indicándome que la esperara y cerrara con llave. Así lo hice. Sofía seguía invitándome bruscamente a que saliera a jugar a la lucha libre. La situación empezó a ser risible y me bajé. Apenas puse un pie fuera del carro, Sofía corrió en mi dirección y yo corrí alejándome de ella. Valeria estaba a una distancia prudente con las manos cubriendo su boca y luego se echó a reír.
Yo esquivaba a Sofía, quien agotaba sus fuerzas en vociferar amenazas, corrimos casi todo el bloque, y mientras ella retomaba aire, corrí en dirección a Valeria y le di un beso, la miré el tiempo que le tomaba a su novia correr de vuelta a nosotras y seguí corriendo camino al metro más cercano.
—Y ¿ya la llamaste? —me dijo.
—No, ¿para qué?
—Uno siempre espera luego que pasan esas cosas, que la otra persona llame.
— ¿Por qué?
— Para no sentir que solo te han usado pues, idiota.
— Si así es sentirse usado, ojala me pasara más seguido.
— Anda llámala y déjame mear —gritó tras la puerta de baño.
Fui a la cocina y me serví un poco de cereal, me acabé el cartón de leche. Me senté frente al televisor viendo los dibujos de los sábados por la mañana y me cagué de risa viendo al coyote quedándose sin aire, cayendo a un abismo, decepcionado por no poder atrapar al road runner.
Sonó mi celular.
Le expliqué lo ocurrido, mientras colocaba la calefacción a grados comparables a la estancia de los condenados a castigos infernales. Nos quedamos en silencio recuperando el calor corporal, ella fumaba y de cuando en cuando compartía una pitada conmigo, yo había dejado de fumar hacía un par de meses, pero no quería romper la camaradería teniendo que explicar mi negación a su oferta. Puso algo de música, su índice jugaba en el timón dando pequeños golpes rítmicos, miraba fijo, como en trance por el vidrio del parabrisas, luego se echó a llorar.
Me quedé unos minutos en mi asiento, observando sin saber qué hacer, luego coloqué mi brazo alrededor de ella, su cabeza cayó automáticamente sobre mí, su boca se abrió para convertir su sollozo en lamento vivo y sentí pena. Nos quedamos así buen rato, yo acariciaba su pelo, ella se iba calmando, yo besaba su cabeza, ella se acomodaba, yo besaba su mejilla, ella besaba mi boca. La besé lento y suave, como quien cura una herida con alcohol y da pequeños soplos refrescantes a la piel, ella se alejó de mí súbitamente, cogiéndose los labios.
—Lo siento, no sé qué me pasó —me dijo.
—Estabas tan triste, yo… no supe qué más hacer, sentí que era lo único que podía hacer, besarte…
—…déjalo allí, ya no hables…
Se colocó encima de mí y continuamos besándonos más intensamente, cada cierto tiempo alejaba su rostro del mío y me clavaba la mirada, era diferente a las que siempre vi, me veía como si me viera el alma, me acariciaba la nuca y me volvía a besar. Yo me dejaba hacer, la acariciaba tímidamente, mis manos dudaban y se quedaban camino a donde termina la espalda y mis dedos jugueteaban con la poca piel que se dejaba sentir camino adonde mis manos deseaban explorar. Unas voces fuertes irrumpieron en el momento que compartíamos en el carro, el corazón se me fue a la garganta, ella me tranquilizó sin sobresalto alguno, hablando bajito y calmando mi miedo.
Desperté con ella a mi lado en el asiento trasero, las lunas del carro estaban empañadas por delgadas capas de nieve cristalizada, una mano irrumpió para romper aquella imagen y el rostro de Sofía se asomó, con la nariz pegada a la luna. Aún adormilada podía ver la agitación de sus manos, el movimiento de su boca y su cuerpo moviéndose en señal de clara afrenta.
— ¡Bájate, carajo!, ¡bájate! —empecé a escuchar.
Valeria despertó fastidiada por la bulla, miró por la ventana y sonrió, me dio un pequeño beso en los labios, el cual recibí con preocupación. Se colocó el abrigo y se bajó del carro, indicándome que la esperara y cerrara con llave. Así lo hice. Sofía seguía invitándome bruscamente a que saliera a jugar a la lucha libre. La situación empezó a ser risible y me bajé. Apenas puse un pie fuera del carro, Sofía corrió en mi dirección y yo corrí alejándome de ella. Valeria estaba a una distancia prudente con las manos cubriendo su boca y luego se echó a reír.
Yo esquivaba a Sofía, quien agotaba sus fuerzas en vociferar amenazas, corrimos casi todo el bloque, y mientras ella retomaba aire, corrí en dirección a Valeria y le di un beso, la miré el tiempo que le tomaba a su novia correr de vuelta a nosotras y seguí corriendo camino al metro más cercano.
—Y ¿ya la llamaste? —me dijo.
—No, ¿para qué?
—Uno siempre espera luego que pasan esas cosas, que la otra persona llame.
— ¿Por qué?
— Para no sentir que solo te han usado pues, idiota.
— Si así es sentirse usado, ojala me pasara más seguido.
— Anda llámala y déjame mear —gritó tras la puerta de baño.
Fui a la cocina y me serví un poco de cereal, me acabé el cartón de leche. Me senté frente al televisor viendo los dibujos de los sábados por la mañana y me cagué de risa viendo al coyote quedándose sin aire, cayendo a un abismo, decepcionado por no poder atrapar al road runner.
Sonó mi celular.
Juegos de Amor

— ¿Y en qué piensas cuando te masturbas? —preguntó echada en mi pecho.
—Ya no me masturbo —dije exhalando el humo.
—Mentiroso, dime pues —dijo acurrucándose junto a mí entre las sábanas.
—Ya no lo hago, si estamos tirando, para qué lo voy hacer —le di un beso en la frente.
—Pero, si tuvieras que hacerlo, ¿pensarías en mí? —se colocó sobre mi pecho, mirando mis ojos.
—Jajaja, no sé, hablemos de otra cosa.
—Ya pues, ¡dime! —me dio un golpe en el abdomen.
—No, creo que no.
— ¿De verdad? —se sentó sobre mi, algo triste.
—No sé, quizás, alguna vez, ¿por qué quieres saber eso? — acaricié sus muslos.
—No sé, me dio curiosidad —se echó de nuevo a mi lado.
— ¿Y tú? ¿Pensarías en mí? —giré y la miré a los ojos.
—Sí, yo me tocaría rico pesando en ti —me besó buscando mi sexo entre las sábanas.
—Ya no me masturbo —dije exhalando el humo.
—Mentiroso, dime pues —dijo acurrucándose junto a mí entre las sábanas.
—Ya no lo hago, si estamos tirando, para qué lo voy hacer —le di un beso en la frente.
—Pero, si tuvieras que hacerlo, ¿pensarías en mí? —se colocó sobre mi pecho, mirando mis ojos.
—Jajaja, no sé, hablemos de otra cosa.
—Ya pues, ¡dime! —me dio un golpe en el abdomen.
—No, creo que no.
— ¿De verdad? —se sentó sobre mi, algo triste.
—No sé, quizás, alguna vez, ¿por qué quieres saber eso? — acaricié sus muslos.
—No sé, me dio curiosidad —se echó de nuevo a mi lado.
— ¿Y tú? ¿Pensarías en mí? —giré y la miré a los ojos.
—Sí, yo me tocaría rico pesando en ti —me besó buscando mi sexo entre las sábanas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


